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Libro PDF Nadie dijo que fuera fácil Reme Hernan

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tráfico y creo que duda un poco de mi experiencia al volante. Al fin, y para su tranquilidad, llegamos.
—Un día de estos, si no muero en un accidente, moriré de un infarto… pero en ambos casos, por culpa tuya —dice entre suspiros.
—¡Qué exagerada eres!
—Ya lo verás, ya…
Entramos en el centro escolar. Es enorme. Es un colegio privado a todo lujo. Según tengo entendido, un adinerado alemán invirtió en su construcción, cosa que me
parece curiosa y más en esta zona que no es de ricos precisamente. Pero por lo que pude ver en los precios de la web, las matrículas son bastante asequibles, así que
imagino que, o bien quería blanquear dinero, o es un hombre preocupado por la educación que ha decidido hacer algo bueno para los niños y niñas de este pueblo con su
dinero. Ya eché un vistazo a las instalaciones cuando vine a dejar el currículum. Hay cuatro clases para cada curso, solo de primaria, además de las clases de secundaria.
Tienen un gimnasio que más quisieran muchos deportistas, además de las pistas exteriores. También disponen de una piscina climatizada con sus baños y vestuarios.
Nos acercamos a la ventanilla de secretaría, donde nos atiende una mujer de mediana edad muy amable.
—¿En qué puedo ayudarlas, señoritas?
—Buenos días, tenía una cita con el señor… —Miro el papel del correo electrónico porque tiene un nombre complicado de pronunciar y difícil de recordar—. El
señor Terje Gunnar.
—¡Ah sí! Daniella, ¿verdad? Enseguida le aviso. Siéntense unos minutos.
Nos sentamos en unos sofás muy cómodos que hay a la entrada, la verdad es que parece la recepción de un hotel.
—Así da gusto venir a estudiar —dice Laura con los ojos como platos mirando a su alrededor.
—Pues aún no has visto nada, parece un hotel de cinco estrellas.
—Señorita Callesi, ya puede pasar.
—Deséame suerte —le digo a Laura guiñándole un ojo.
El señor Gunnar es un hombre muy serio, de unos cuarenta y tantos años. Ojea mi currículum detenidamente. Me hace varias preguntas técnicas sobre la
metodología que emplearía en las clases, por qué me gusta esta profesión, me propone varios casos prácticos y me pide pautas para resolverlos. A pesar de los nervios,
voy sorteando cada una de las pruebas. No las tengo todas conmigo… Creo que Gunnar es un hombre difícil de impresionar, y más por una primeriza como yo.
—Señorita Callesi… Por lo que veo, no puede aportar ninguna experiencia al puesto.
—No, terminé hace cuatro años la carrera, pero no he podido acceder a ningún trabajo hasta ahora.
—¿Por alguna razón en concreto?
—Falta de oportunidades, supongo.
—Bien… Pues alguna vez debe ser la primera. Vamos a depositar nuestra confianza y la educación de nuestros niños en usted, señorita Callesi.
—¿De verdad?
—¿Tengo pinta de bromear?
—No señor… Disculpe, es que me ha costado tanto llegar hasta aquí que me parece increíble.
—Créame, lo difícil no es conseguir el puesto, lo complicado es mantenerlo y ser una maestra con todo lo que conlleva esa palabra. A primeros de septiembre nos
veremos en la reunión inicial del curso con el resto del claustro de profesores. Hasta entonces, disfrute del verano. —Me tiende la mano a modo de despedida y la
estrecho temblorosa.
—Muchas gracias, señor Gunnar. Espero cumplir y superar sus expectativas.
Intento contener la alegría máxima que siento ahora mismo mientras salgo de su despacho. Cuando llego a la entrada, Laura está andando de un lado para otro.
Cuando me ve, viene corriendo hacia mí.
—¿Ya? ¿Qué te ha dicho? ¿Ha ido bien?
—Pues, bueno… ¡El puesto es mío!
—¿En serio? ¡Bien! —Se cuelga de mi cuello como si fuera un mono y le hubiera tocado la lotería. Bueno, ambas cosas juntas no sé si tienen mucho sentido.
—Laura, vas a estrangularme —le digo intentando quitármela de encima.
—¡Vale, vale! Venga, vamos a comer y me cuentas los detalles. Pagas tú, ya sabes.
—Sí, cómo iba a olvidarlo —digo poniendo los ojos en blanco—, doña «me enfado y no respiro».
Nos vamos a comer a un restaurante italiano, Fabricio, que hay a dos calles de mi casa. Es un restaurante de fábula, un poco caro si pides a la carta, pero merece la
pena, y los menús de mediodía son económicos. Le cuento a Laura todos los detalles de la entrevista que, salvo por los casos prácticos que me planteó, ha sido más un
monólogo del director, cosa que, en cierto modo, agradezco, la verdad.
Una vez saciada nuestras ansias de comer y de parlotear, nos vamos a casa. Laura se ha empeñado en ayudarme a colocar cosas de la mudanza. Sé que la mitad de
lo que coloque lo tendré que cambiar de sitio después, pero al menos me hará compañía.
Al llegar a la entrada del garaje oímos varias voces y un fuerte golpe. Salimos del coche y nos damos cuenta de que las voces provienen de un camión de mudanza
que hay aparcado frente a una gigantesca casa que han construido hace unos meses, más conocida entre nosotros como «la mansión». Solo la entrada ya es digna de
mención. Tiene una gran portada metálica, como las de las casas de terror de las películas, un camino empedrado rodeado de césped perfectamente cuidado hasta la
entrada donde comienzan unas escaleras, demasiadas a mi parecer, para terminar en un porche techado con vigas de madera y una puerta de entrada a la casa, también de
madera.
Como Laura y yo somos buenas ciudadanas —y buenas cotillas—, nos acercamos a ver qué ocurre. Según vamos llegando al lugar, vemos trozos de cristal por el
suelo y un joven con la cara descompuesta.
—¿Estás bien?
—Sí señora, no se preocupe. No se acerquen demasiado, se vayan a cortar, solo me faltaba eso —dice el joven preocupado—. Mi padre me mata… Me he librado
de que me aplaste el dichoso espejo este, pero mi padre se encargará de rematarme. —Se le ve preocupado, pero el acento asturiano que tiene, hace que me resulte
gracioso.
—Un accidente lo tiene cualquiera, hombre —dice Laura intentando quitarle importancia.
Seguidamente aparecen dos hombres por la puerta de la mansión. Uno de ellos ya entrado en canas con el mismo atuendo que el joven del espejo —imagino que el
supuesto padre—, y otro detrás, más joven y trajeado.
—Pero, ¿qué has hecho, alma de Dios? —dice muy alterado el padre del chico—. Ya sabía yo que no se te puede dejar nada a tu cargo, eres un desastre Toñín.
El hombre empieza a recoger trozos del espejo. Yo, en un intento por ayudarles, cojo varios trozos grandes y se los acerco.
—¡Au! —Siento el cristal cortar la palma de mi mano.
—Ya le dije que no se acercara —dice Toñín.
—¡Cállate gandul! Métete en el camión y no te muevas —responde el padre cada vez más enfadado.
—A ver… déjeme, Antonio —dice una voz tras él, seductora donde las haya.
Y ahí está, un ángel personificado. Jamás había visto a un hombre tan atractivo —salvo en las películas—: alto, pelo relativamente largo y castaño oscuro, piel
morena, ojos azules muy claros, nariz perfecta, sonrisa deslumbrante y labios carnosos. Vamos, un bombón con camisa y pantalón. Mi cara tiene que ser de foto.
—Lo del espejo tiene arreglo, no se preocupe, compramos otro y listo. Ya hablo yo con Carolina para explicárselo. Y déjeme usted ver —dice cogiéndome la mano
con suavidad y con cierto acento, por lo que supongo que no debe ser de aquí.
Yo, más que preocuparme por el corte, que es superficial, estoy embobada mirándole. A Laura ya se le había desencajado la mandíbula hace rato.
—Parece que no es cosa de mucho, pero venga conmigo, tengo un botiquín a mano.
—Nada, no se preocupe —murmuro—, vivo aquí al lado.
—Insisto, y más si vamos a ser vecinos, no voy a mandarla a casa así, sería muy descortés por mi parte.
—No, de verdad, estoy bien, es un rasguño sin importancia.
—Está bien, como quiera… ¿Su nombre es…?
—Daniella, encantada —digo tendiéndole la otra mano.
—Lo mismo digo. Soy Alessandro Drago, su nuevo vecino.
—¡Yo soy Laura! —Salta de repente.
—Encantado Laura. —Asiente—. Muy bien Daniella, pues si no necesita nada más, y con su permiso, voy a seguir con este lío. Espero que nos veamos pronto.
Yo me limito a asentir. Seguro que ha pensado que soy boba o algo así, porque no me salen las palabras. Mientras él se dirige a la casa a seguir con la mudanza,
Laura y yo nos quedamos ahí como estatuas.
—Creo que ya es hora de irnos Laura. Y recoge las bragas que me parece que se te han caído.
—Qué hombre… ¡Qué hombre! ¿Has visto qué ojos, qué cuerpo, qué sonrisa, qué piel, qué voz…?
—Sí, hasta ahora conservo la vista perfectamente.
—No me dirás ahora que te ha sido indiferente… Cuando te ha faltado decirle: «sí, cúrame por favor».
—Laura, no soy idiota, tengo ojos. Tampoco es para tanto —eso no me lo creo ni yo misma— y, para tu información, está casado.
—¿Ah sí?
—Sí, entre esos ojos, esa sonrisa, ese cuerpo y esa voz, también tiene un estupendo anillo en el dedo.
—¡Qué observadora eres! Ya sabía yo que le habías echado el ojo.
Pasamos la tarde colocando trastos y más trastos. Cuando por fin se ha ido Laura, he respirado un poco de paz. Me encanta que venga, su compañía, excepto
cuando se pasa las horas fantaseando con hombres imposibles, en este caso, mi vecino. Me doy una ducha y me dispongo a hacer la cena. Pongo la radio de la cocina y
ni me entero de que alguien entra en casa.
—Da gusto llegar y encontrarse a semejante bombón bailando en tu cocina —dice David en mi oído dándome un manotazo en el trasero.
—¡Au!¡Qué susto me has dado!
—¿Tan feo soy?
—¿Tengo que responder?
—Qué fuerte… —dice haciéndose el sorprendido—. Ya sabía yo que solo me querías por mi dinero.
—Sí, sobre todo por eso —contesto entre risas—. Anda, ve a cambiarte que vamos a cenar.
—¿Me ayudas? —insinúa con sonrisa picarona.
—Es una invitación muy sugerente —me acerco a él lentamente—, a la par que apetecible —le acaricio la cara, el cuello, el pecho…—, pero la cena se va a enfriar,
así que… ¡a cambiarse he dicho! —Y le dejo con cara de póker y más caliente que el aceite de la sartén, mientras río para mis adentros.
—Esto no tiene que ser sano, te lo digo yo —dice meneando la cabeza.
Ya en la mesa me cuenta qué tal le ha ido el día, los avances en su proyecto… Está negociando para construir un edificio para una empresa muy importante y lleva
varios meses tras ellos, ya que sería un negocio de bastantes miles de euros.
—¿Y tú qué tal, cielo? ¿Qué has hecho hoy?
—Pues he tenido la entrevista del colegio.
—¿Y cómo ha ido?
—Bueno… A partir de septiembre tendré menos tiempo libre.
—¿Te han cogido? ¡Qué bien, nena! —Se levanta eufórico y me da un beso que casi me hace perder la mitad de mi dentadura—. Sabía que lo conseguirías, eres una
chica muy inteligente, siempre conseguirás lo que te propongas.
Le cuento cómo ha ido la entrevista, la posterior comida con Laura y el encontronazo con el nuevo vecino, sin entrar en demasiados detalles.
—Así que ya tenemos vecinos nuevos. Por el pedazo de casa que tienen, deben ser unos ricos estirados.
—No, que va… Él parece muy majo.
—Majo ¿eh?… ¿Cómo es?
—Es simpático, agradable… No sé, normal.
—Me refiero a físicamente, no que me des todos los sinónimos posibles de «simpático».
—Pues un chico normal y corriente, yo qué sé.
—Vamos que es guapo, rico y agradable. ¿Soltero?
—Casado. ¿A dónde quieres llegar?
—¿Yo? Solo me intereso por quién vive al lado nuestro —dice intentando desviar el tema.
—Eres tonto.
—¿Por qué? ¿Qué he dicho?
—Porque sé lo que estás pensando. Y sí, es guapo, y también tengo ojos, pero eso no quiere decir nada.
—Hombre, tiene muchas cualidades…
—Ya, pero yo ya tengo otros compromisos. —Me acerco a él y me siento en sus rodillas—. Estoy perdidamente enamorada de otro…
Sin mediar palabra me coge en brazos y me lleva hacia el sofá. Nos quedamos de pie uno frente al otro. Me besa con dulzura. Me sube la camiseta del pijama. El
contacto de sus manos en mi piel me produce un cosquilleo por todo el cuerpo. Empieza a besar mi cuello, bajando por el pecho hasta llegar al ombligo. De rodillas
frente a mí, se quita la camiseta y a mí la parte de abajo del pijama. Se sienta en el sofá y me coloca sobre él. Sigue recorriendo mi anatomía con besos y caricias. Yo
empiezo a besarle por todo el cuerpo y le quito la parte de abajo. Me coloco sobre él y saca un condón del bolsillo del pantalón. Empezamos a movernos al unísono.
—Te quiero Daniella —me susurra al oído.
—Y yo a ti.
Y sin más que decir, nos perdemos en un mundo de sensaciones, besos, caricias, deseo y amor.
CAPÍTULO 3
La persiana de la habitación está a la mitad y me despierta la luz del sol. Miro con los ojos entreabiertos el despertador, son las once de la mañana. David ya se ha
ido. Hay una nota a mi lado.
«Buenos días preciosa, no quería despertarte. Nos vemos esta noche. Te quiero».
Es un cielo. Ojalá esto no se acabe nunca y siempre nos queramos de esta forma.
Mis ganas de estar en la cama un rato más se desvanecen cuando llaman al timbre. Será Laura. Me pongo la bata de seda por encima ya que, aunque sea ella, abrir
en camisón de verano no es plan, y bajo decidida.
—Hola Daniella, buenos días. Igual le pillo en mal momento— dice mirándome de arriba abajo.
Mi cara es un poema. Es él, Alessandro. Al contrario que el día anterior, hoy viene con un pantalón de chándal y una camiseta blanca de tirantes. Me cierro la bata
de inmediato, me falta tela para taparme.
—Buenos días —balbuceo—. No le esperaba, es decir, pensé que era Laura. Dígame, ¿qué quiere de mí? O sea, ¿qué necesita? —Claramente se está riendo de mí
por mis nervios injustificados, bueno injustificados para él.
—Pues quería saber si me puede dejar una taladradora, la que tengo en casa se ha roto y Carolina, mi mujer, se ha empeñado en colocar unos cuadros.
—Claro pase, iré a buscarla. David tiene que tener alguna en el garaje. Puede tutearme, por cierto.
—Oh, de acuerdo, lo mismo digo —dice con esa sonrisa que derretiría el mismísimo Polo Norte.
Le dejo en el pasillo de la entrada admirando la pobre decoración de mi casa. Voy como un zombi al garaje a buscar el dichoso cacharro que no sé, ni siquiera, si
tengo. Al fin la encuentro.
—Aquí tienes. No pensaba que hacíais esas cosas, es decir, pensé que tendríais alguien que las haga—. Según termino la frase me doy cuenta que soy una
descarada—. Bueno… lo digo por… esto…
—Te entiendo, tranquila, no me molesta en absoluto. Y sí, normalmente se encarga otra persona de la colocación de los muebles y demás objetos de decoración,
pero para dos cuadros, creo que podré apañármelas.
—Sí, es muy fácil. Yo todavía estoy esperando a que David tenga un momento para colocar cosas de la mudanza.
—Imagino que David es tu marido.
—Novio —corrijo inmediatamente, aunque qué más da.
—Bueno, no te incordio más. Esta misma tarde te la devuelvo. Gracias.
—De nada, no te preocupes, cuando hayas terminado la traes, no hay prisa.
—Ciao Daniella.
Respondo con una sonrisa y cierro la puerta. Dios… Qué ganas de que se fuera de allí. Qué vergüenza.
Paso el día colocando las últimas cajas. Ya empieza a parecer una casa decente. Suena el móvil. Esta vez sí es Laura.
>Hola!!! Qué haces?? Cotilleando al vecino desde la ventana??
<Sí, he desayunado con él. >En serio?
<No! Pava! Anda que has venido a verme. >He estado ocupada, tengo varios trabajos que presentar en la uni.
Por mí perfecto! Sabes que me encanta!!
<Bien, pues nos vemos mañana. Chao!!
Después de ducharme y ponerme de nuevo el pijama me tumbo a ver las noticias, que no dejan de ser deprimentes, mientras espero

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