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Libro PDF Ni tú Romeo, ni yo Julieta Sylvia Marx

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Subí el volumen. Iba cantando a pleno
pulmón, muy por encima de la particular
voz de Metallica, y sí, lo admito: muy
por encima de mis posibilidades. Tomé
aire, ahora venía lo mejor, tenía que
darlo todo aunque me dejase la garganta
en el intento.
Llegados a este punto, apreté los
dientes con fuerza y pisé aún más a
fondo el acelerador. La aguja del
cuentakilómetros subió hasta alcanzar el
ciento cuarenta, y acababa de rebasar la
señal de prohibido ir a más de ciento
veinte.
Seguí berreando, poseída por el
espíritu de Metallica, y al mismo tiempo
aporreando el volante, tratando de llevar
el ritmo frenéticamente con la palma de
la mano.
Ya pensaría luego qué hacer; ahora
sólo tenía que descargar toda aquella
adrenalina que me estaba ahogando.
Desvié la mirada de la carretera lo justo
para alcanzar la pitillera y sacar un
cigarrillo. Eso sí que constituía una
rebelión en toda regla: ¡Ja! Aquél era
SU coche, SU tapicería y él había
colocado un cartel de PROHIBIDO
FUMAR dentro de SU precioso y
minúsculo Clio.
—¡Que se joda!
Así, de pronto, por una de esas
asociaciones de ideas, me vinieron a la
mente las palabras de Lorena cuando
hace unos meses le presenté a mi chico y
se saludaron a través de la ventanilla del
coche. Sus palabras fueron: «¡Joder,
tía…! ¿Cómo un tío tan buenorro puede
conducir esta porquería de Clio?» Así
es Lorena, mi amiga del alma, a veces
tan profunda, a veces tan superficial.
Aspiré una intensa calada y expulsé
una interminable nube de humo hacia el
cristal. No estaba acostumbrada a fumar
mientras conducía o, mejor dicho, no
estaba acostumbrada a conducir. Me dio
un ataque de tos y bajé la ventanilla…
—¡Mierda!
El viento me azotó con tal fuerza la
cara que casi me deja sin respiración.
Volví a subirla con rabia.
Al momento caí en la cuenta y miré
hacia el salpicadero.
—¿Y… si un radar me ha hecho una
foto a… a cuánto? —Un vistazo rápido
al cuentakilómetros de reojo me dio la
respuesta—: ¡A ciento cuarenta y seis
kilómetros por hora! —exclamé riendo
—. ¡Guauuuuuuuuu! ¡Que se joda! Es su
coche… ¡es su multa!
La canción que venía escuchando
había terminado. Supuse que sin el
subidón de la voz rota del heavy, que
aplacaba algo mi sed de venganza, me
desinflaría del todo. No aguantaba aquel
silencio, así que conecté rápidamente la
radio, sin preocuparme de elegir el dial.
El locutor de Música de los ochenta dio
paso a una de las canciones.
—¿Te sientes romántica o romántico
en esta tarde noche de sábado? Mmm…
En ese caso, abrázate a tu chico o
chica… y déjate llevar por esta
fantástica balada…
—¡Y una mierda! —le grité con
todas mis fuerzas—. Será posible el
flipao de la radio… Pero ¡será
gilipollas…! ¡¿A quién me voy a arrimar
yo a partir de ahora?! —espeté con
rabia a la voz radiofónica—. ¿A quién
me abrazo yo, eh? ¡¿A tu puta madre?!
Furiosa, apagué el cigarrillo sobre
el asiento del copiloto. Total… ¿qué? Si
ya no pensaba ir nunca más sentada
allí… Muy a mi pesar, noté la visión
borrosa, algunas lágrimas se
empecinaban en derramarse. Busqué a
tientas las gafas de sol en el bolso,
donde habían permanecido toda la tarde,
y me las ajusté sobre el puente de mi
chata nariz. Hacía como tres horas que
el sol se había escondido, pero así me
daba la sensación de que se me
evaporarían las ganas de llorar.
—No pienso llorar por él, ¿por un
imbécil? No, no, ¡me niego! ¡No pienso
llorar, que se joda! —Irritada, aparté la
mano del volante para limpiarme dos o
tres lágrimas indiscretas que caían
irremediablemente por mi mejilla.
Me sentía indignada, engañada por
las dos personas que pensaba yo que
más me querían: mi novio y mi amiga.
Acudían a mi mente aquellos flashes,
imágenes que en la vida hubiera
imaginado. Algo tan típico que me daban
náuseas.
Había llegado a casa antes de lo
previsto, algo que nunca debió suceder.
¿Por qué todos a mi alrededor tenían
que ser siempre tan, tan, tan
asquerosamente perfectos y felices?
Repasé mentalmente:
A) Mi viejo: el mejor traumatólogo
de la ciudad, un machista de la vieja
escuela, intransigente, intolerante. Por
mi parte no había mucho más que añadir,
salvo que tenía un suspenso como padre
y como esposo.
B) Mi hermano: el hijo ejemplar,
que siguió los pasos del doctor Lasarte,
y que también iba a ejercer como
médico. Un crac como hijo, como
hermano, como amigo, y probablemente
como pareja cuando la tuviese. Aunque
a mí no me la da con la patética excusa
de que se ha dedicado en cuerpo y alma
a sus estudios y no ha tenido tiempo para
novias. ¡Vomitivamente perfecto!
C) Mi pareja: de él todavía no
podían opinar mis padres, pero para los
demás estaba claro, lo tenía todo:
simpatía, atractivo. De cara a la galería,
claro, porque lo de infiel era un
calificativo nuevo, recién estrenado, que
por ahora sólo sabía yo.
D) Mi mejor amiga, Lorena: con lo
pendona que había sido siempre, ahora
por fin sentaba la cabeza y abría una
modesta peluquería. Parecía distinta
(incluso su pelo), mucho más contenta, y
ahora sé por qué… ¡porque la muy zorra
se acostaba con Víctor, mi novio!
E) Mi madre: bueno…, no se puede
decir que sea una mujer de éxito, de
renombre, de una valía de puertas afuera
como los demás, sino más bien de
puertas adentro. Entraría en la categoría
de mujerbondadosa, conformada o
conformista (no sé muy bien la
diferencia), pero sobre todo, muy
cargante. Además de hablar por los
codos, siempre ha sido una sufridora,
como la mayoría de madres de más de
cincuenta y tantos.
¿Y qué hay de mí? ¿Qué he
conseguido? Pirarme de casa antes de
tiempo, recién cumplidos los
diecinueve, cuando pensaba comerme el
mundo. Resulta que ha sido al revés: al
cabo de los años, el mundo se me ha
merendado a mí. Conseguí un trabajo
chungo, varios cambios de piso
compartido, he ido dando tumbos de acá
para allá, gastando las fuerzas y el
dinero que no tenía (ni tengo). He sido
especialista en coger trabajos de poca
monta, que siempre se iban a pique, y he
tenido un imán para atraer a la gente más
problemática.
El indicador de la gasolina me
anunció que iba ya con la reserva. El
muy idiota de Víctor no había repostado
y yo, con los nervios y el shock
emocional, ni siquiera me había dado
cuenta de cómo iba de combustible.
¿Cómo iba yo a saber cuánto gastaba el
jodido Clio? Bueno, sí se lo había oído
comentar a él con los colegas, pero rara
vez prestaba atención a esos asuntos.
Soy experta en desconectar cuando algo
no me interesa, en poner el automático.
¿Cómo era? ¿Siete litros cada cien?
¿Llegaría con la reserva, siendo que me
quedaban más de setenta kilómetros por
recorrer? Parecía uno de esos
condenados problemas de matemáticas
que nunca se me dieron bien. No estaba
para hacer cuentas. Por fortuna, acababa
de pasar un cartel anunciando un área de
autoservicio, así que repostaría y
comería algo. No podía llegar a casa del
doctor Lasarte dentro de una hora sin
probar bocado. Lo que tenía bien claro
era que no pensaba recular, pero
tampoco presentarme allí como una
mantenida. De eso nada.
Enseguida, con el rabillo del ojo,
divisé ya casi dentro del carril de
incorporación un camión tremendo de
esos que llevan cerdos para sacrificar al
matadero y, sin tiempo para decidirme,
más que nada porque el pedazo
monstruo entraba sí o sí en la autovía,
puse el intermitente izquierdo al tiempo
que giraba el volante. El chirrido de
unos frenos casi me detuvo en seco el
corazón. Por pura inercia, sin ser
consciente, pisé el pedal con todas mis
fuerzas, mientras oía el bocinazo
prolongado del camión de porcino que
se alejaba por la derecha. El ruido
estridente de mi propio coche me hizo
mirar en la otra dirección. Mientras
frenaba me estaba dejando buena parte
de la chapa lateral de la puerta del Clio
azul en el quitamiedos de la autovía.
Tras unas milésimas de segundo
interminables, el coche se detuvo,
ladeado entre el arcén y la barra
metálica, y ahí fue cuando empecé a ser
consciente de que acababa de sufrir un
accidente. Solté un taco, miré al frente, a
los lados, me observé los brazos y algo
me llamó la atención en el reducido
ángulo visual. Por mi retrovisor interior
apareció la figura de alguien vestido de
negro, cojeando y con el casco aún
puesto, que se acercaba hacia mi coche
gesticulando. Detrás había una moto
tirada en el suelo.
No, no me atrevía a salir, ni siquiera
a hacer ningún movimiento.
—¡Joder, joder, joderrrr! —Me
lamenté, dando un puñetazo al volante
—. ¡Esto no me puede estar pasando!
El motorista, impaciente, golpeó con
los nudillos en mi ventanilla tres veces.
Y lo primero que vi fue la cremallera de
su cazadora negra que bajaba como a
cámara lenta y unos guantes que sacaban
de dentro unos papeles.
—¡Los papeles de la moto! ¡La
madre que lo parió! ¡Esto va en serio!
Bajé un poco la ventanilla, con los
ojos como platos.
—¿Vas a salir del puto coche o
piensas quedarte ahí toda la noche? —
Ése fue su saludo.
Aquello me irritó. «Mal empezamos,
que me conozco», pensé.
Jamás he soportado que me griten, y
menos un desconocido… y muchísimo
menos cuando resulta que casi me lo
llevo por delante con el automóvil… Así
que, sin encomendarme a nadie, eché el
freno de mano con tanta fuerza que casi
lo arranco de cuajo y abrí la puerta con
brusquedad contra su pierna derecha.
Se llevó la mano a la espinilla y
gritó algo imperceptible dentro del
casco. Mejor no haberme enterado.
—Vale, no he visto tu pierna —me
disculpé sin mucha convicción.
El motorista por fin se estaba
quitando el casco cuando salí del
vehículo.
Tuve que levantar la vista para
mirarlo y él la bajó para mirarme a mí.
A pesar de la diferencia, su altura no me
imponía lo más mínimo.
Estaba acostumbrada a mantener el
tipo, sobre todo a conservar esa mala
leche que me caracteriza y no dejarme
llevar por tonterías. Incluso el hecho de
que el tipo fuese atractivo podía
cabrearme aún más. Ya sabía yo cómo
eran los tíos así.
Es cierto que me fijé en aquellas
botas moteras, que recogían los bajos de
unos pantalones de cuero pegados a unas
piernas interminables. Se desprendió de
los guantes con una seguridad aplastante,
los sostuvo en su mano izquierda, y,
aunque lo negaría hasta la extenuación,
reconozco que me fijé en aquellos labios
carnosos que ahora se movían, que
trataban de decirme algo… ¡me estaba
hablando! Intenté destaponarme el oído
derecho presionándome el lóbulo con el
índice.
—¿Tú estás en estado de shock o es
que eres así?
—¿A ti qué coño te pasa? —Me
metí las manos en los bolsillos del
pantalón, echando los codos hacia atrás.
Su pronunciada mandíbula se tensó y
él se me quedó mirando a los ojos
fijamente, pero no a modo de coqueteo,
para nada. Más bien se trataba de todo
lo contrario, una inspección incómoda.
Se puso el chaleco amarillo
fosforescente y se inclinó hacia mí,
agachándose como dos cabezas para
ponerse a mí misma altura. Y de repente
vi su mano delante de mi nariz,
mostrándome tres dedos.
—¿Cuántos dedos ves aquí?
—Yo, tres… ¿Es que no sabes contar
tú solo? —Contesté con suficiencia.
Pero ¿qué se había creído? —. ¿Tengo
cara de gilipollas o qué?
—Bueno, vamos a dejarlo,
terminemos cuanto antes con esto. Saca
los papeles mientras vienen los de los
atestados… ¡Ah…, y ponte el chaleco
reflectante si no quieres que se te lleven
por delante!
¡Los papeles! ¿Quién iba a imaginar
que iba a necesitar los papeles del
coche de MI novio? ¿Cómo iba a pensar
yo que tendría un accidente en plena
noche?
Miré hacia el suelo como si ahí
fuera a encontrar algo más que una
pequeña pieza metálica que a saber de
cuál de los dos era.
—Los papeles… vale —repetí,
tratando de ganar tiempo.
Lo cierto era que ni siquiera llevaba
el carné de conducir, eso seguro. ¿Para
qué iba a llevarlo encima si yo no tenía
coche y además era mi novio quien
conducía? Pero si al principio de la
tarde yo no tenía más intención que
esperar a que concluyese el
entrenamiento para salir con él.
—Bueno, yo soy Xabi. —Me tendió
la mano con un gesto un poco brusco
para ser una presentación cortés.
—Ah, vale, Javi —repetí.
—¡Xabi! —Me corrigió molesto—.
¡Con «x» y «b»!
No valía la pena decir más. ¡Era un
jodido imbécil!
—¿Tiemblas siempre así o es
porque sigues bajo el shock?
—¿Y tú eres siempre igual de
capullo o es que te has quedado así por
el accidente? —arremetí, echando los
hombros atrás, sacando pecho.
—Mira, chica, me la trae floja si
eres retrasada, pero deberías mov

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