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Libro PDF No pude decirte adiós Giuseppe Badaracco

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Fotografía: Polly Palmer
Imágenes de fondo (cementerio):
Pixabay
Primera Edición.
I.S.B.N. Nº 13:
978-1530166268
I.S.B.N. Nº 10: 1530166268
Copyright © by CreateSpace, 2016 –
Primera Edición.
Registro Nº 1511165789697 (All
rights reserved by SafeCreative).
Esta obra está protegida por las
leyes de copyright
y tratados internacionales.
DEDICATORIA
A Juan Ignacio… in loving memory.
Introducción.
La crisis
¿De quién es la culpa cuando el
amor acaba?
Esa madrugada, el timbre del
BlackBerry comenzó a vibrar con
insistencia. Igal, entre sueños, intentaba
sin éxito alcanzar su teléfono para
apagarlo y seguir durmiendo. Cuando
por fin lo logró, percibió que no era el
suyo el que había estado sonando. Al
mirar la hora en el celular, descubrió
que eran las cuatro de la madrugada y,
algo asustado, comenzó a despertar a
Fher, que dormía con placidez a su lado,
sin inmutarse pese el barullo que hacía
el equipo al vibrar. Lo sacudió, al
principio con movimientos suaves, y
como el muchacho no se daba por
aludido, con más intensidad después.
—Fher, Fher… Que son las cuatro
de la mañana y está sonando tu teléfono,
¿lo atendés o lo apagás?
—Mmm… Sí, sí, ya voy, ¿qué pasa?
—Que es muy temprano aún y tu
teléfono suena, quizá sea algo
importante.
—A ver, a ver…
Y con un movimiento automático,
que más bien parecía un reflejo
condicionado, el muchacho encontró su
teléfono sobre la mesa de luz, observó
la pantalla y lo apagó.
—Es mi viejo, que no joda tan
temprano, quién se cree…
Y volvió a acurrucarse sobre sus
piernas. ¡Qué manera tan incómoda de
dormir! Y en menos de un suspiro ya
estaba roncando de nuevo.
Igal entonces apoyó su cabeza sobre
la almohada y no le costó mucho volver
a conciliar el sueño. Aún faltaban tres
horas para comenzar las actividades
matutinas y necesitaba seguir
descansando, al menos por un rato.
Cuando a las siete de la mañana su
celular comenzó a sonar con la melodía
elegida para despertarlo, Igal estiró
suavemente sus brazos y de un salto se
puso de pie, acaso enceguecido por los
primeros rayos de sol que comenzaban a
filtrarse por la persiana.
«Tengo que hacer arreglar de una
vez por todas este sistema, todos los
días lo mismo, el sol en la cara… No
debe ser tan difícil solucionar esto…
Qué pena que nadie quiera hacer esta
tarea, imposible encontrar un cortinero
en esta bendita ciudad», fue la primera
rumia mental del día.
Con movimientos muy suaves,
intentando hacer el menor bochinche
posible, comenzó a levantar la persiana
para que la claridad se apoderase del
cuarto y así Fher pudiese ir
despertándose de a poco. Luego corrió
el visillo para que la claridad no
invadiese el cuarto tan de golpe. No sin
antes saludar al sol y al nuevo día en
voz alta con un acostumbrado:
—¡Buen día, vida! ¿Con qué
sorpresa me vas a recibir hoy?
Lunes. Día maniático y abrumador.
Si algo quería Igal era comenzar bien el
lunes. No sabía bien por qué, pero una
especie de culpa le habitaba desde niño.
Si no arrancaba temprano el lunes,
parecía que no le rendía la semana, se
sentía atontado, inútil, inservible. Con el
cepillo de dientes en la boca, caminó
arrastrando sus pantuflas entre el baño y
la cocina, dejó la pava en la hornalla
para que fuera calentando agua para el
mate y cuando volvió al baño para
terminar su rápido cepillado y completar
su aseo matutino, vio de reojo el
teléfono fijo en el living y recordó la
llamada nocturna al celular de Fher.
«No te llaman a las cuatro de la
mañana si no es por algo importante…
¿Habrá sucedido algo? ¿Algún
accidente? Nadie despierta a un hijo
para dar buenas noticias a esa hora, por
lo general tu padre solo te llama de
madrugada cuando sucede algo grave.
¿Será que a la madre de Fher la han
vuelto a internar?», era su segunda rumia
diaria. Y no iba a demorar mucho en
averiguarlo.
Enjuagó su boca y dio dos o tres
escupitajos sobre el lavatorio del baño.
Pasó un poco de agua tibia por su rostro
y, casi sin peinarse, salió con rapidez en
dirección al teléfono de línea de la casa.
Intentaba recordar si había oído o no
sonar ese aparato desde el cuarto, estaba
muy confuso. El cansancio que tenía no
le permitía recordar si había sentido o
no el timbre enérgico de su campanilla.
Pero era obvio que su suegro iba a dejar
un mensaje en la contestadora si algo
grave había sucedido. Su hijo, medio
dormido, le había cortado la llamada y
era seguro que el hombre tendría algo
importante que comunicarle.
Levantó el tubo, marcó la clave de
acceso al contestador automático y una
voz se escuchó anunciando:
«Un nuevo mensaje de voz ha sido
registrado. Para escucharlo marque uno,
para borrarlo marque dos, para…».
Y sin dejar que la vocecita femenina
de la grabación terminara el relato
archiconocido, presionó la tecla con el
número uno y escuchó:
«Fher, mi amor, ¿estás ahí? Mmm,
qué lindo debés estar dormidito… ¿Tan
profundo sueño tenés que no me atendés
el celular? ¿Te desperté y me cortaste o
qué? ¿O estabas teniendo un húmedo
sueño conmigo y no querías que te
despierte? Bueno… Solo quería que
supieras que me desperté de madrugada
extrañando tu cuerpo, tu olor… y que no
doy más sin verte. Hace cuatro días que
te llamo y no atendés, que te escribo
mensajes de texto y no contestás. ¿Por
qué me estás castigando así? ¿Te tiene
tan controlado que ni un segundo tenés
para escribirme? ¿Tan mal te trato?
Bueno, como sea, resolvelo… Porque si
no, te prometo que voy a ir a tu edificio,
voy a subir al decimoquinto piso y si me
atiende tu novio, voy a contarle todo. Se
va a enterar de que no lo querés más,
que estás con él por costumbre, que
querés estar conmigo. Y voy a decirle
clarito que te deje libre para que seas
feliz a mi lado, porque sé que eso es lo
que querés, ¿o no, papito? ¿O no es lo
que me decís cada vez que nos
encontramos? Ahora porque regresó tu
novio de su viaje me tenés abandonado.
Si esta mañana no me llamás a primera
hora, voy a ir a tu edificio, o mejor voy
a llamar al teléfono de tu novio para que
me atienda, no creas que no descubrí su
número, lo encontré en tu directorio y lo
anoté por las dudas… Así que ya sabés,
si a primera hora de la mañana no me
respondés, voy a llamarlo».
El timbre sonó indicando que el
emisor del mensaje había cortado la
comunicación.
Igal no podía creer lo que había
oído. La amenazante voz de un hombre
mayor, haciéndose el seductor primero,
y cada vez más enojado después, estaba
presionando a Fher y descubriendo una
situación que no había percibido.
«¿Podía eso ser real? ¿Habría Fher
estado engañándolo y encontrándose con
otro hombre cada vez que él salía de
viaje?», pensaba.
Sin dudas ese hombre era

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