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Libro PDF Noticias de Berlín Cees Nooteboom

Noticias de Berlín - Cees Nooteboom

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13 de enero de 1963. A ambos
lados de la autopista los paisajes
blancos prosiguen hacia otras partes
de Alemania. Llevamos ya un día
entero conduciendo por la autopista
más irreal de Europa, una autopista
a través de un país que no existe. Ni
ciudades ni pueblos, solamente
indicadores de gasolineras y áreas de
servicio. Esto no es atravesar un
país, es errar por la superficie de la
tierra. Tan solo en Helmstedt el
pasado y la política desembocan en
sus símbolos: guardias, puestos de
guardia, banderas, alambradas,
letreros. Las pequeñas casas avanzan
poco a poco hacia nosotros, y en el
cielo arrecido ondean las banderas
de Estados Unidos, Inglaterra y
Francia. ¿Cómo hubiese explicado
alguien este futuro a un alemán hace
treinta años?
Aquí, el control es sencillo. Una
vez más, para no dar pie a
equívocos, se nos recuerda que
abandonamos el Oeste y entramos
en el Este. Los mismos uniformes
alemanes pero distintos. Se nos hace
bajar del coche, se nos indica que
hemos de ir a un barracón. Un
pensamiento pueril: de modo que
esto es. Lo observamos todo con
ojos ávidos, pero ¿qué hay que ver?
Estoy en una pequeña cola junto a
un mostrador bajo. Sentados detrás
de una mesa hay un hombre y una
mujer. El hombre, de uniforme, con
botas, exhala nubecillas de vaho.
Tiene frío. Y la verdad es que hace
frío. La mujer, sentada más cerca de
la estufa de cerámica, hojea mi
pasaporte. Mira la foto, me mira a
mí, vuelve a mirar la foto. Soy yo.
¿Cuánto dinero llevo encima? Lo
apunta en un papelillo grisáceo, con
una hoja de calco debajo. ¿Cámara
fotográfica? ¿Radio? ¿Moneda
extranjera? ¿Dinero suelto? Anotan
todo y he de firmar. El pasaporte y
el papelillo desaparecen a otra
sección. La copia se queda en el
cajón de un armario. Heme aquí
archivado para la eternidad con mis
450 marcos, mis 18 florines y mis 20
francos belgas. A través de la
ventana medio escarchada veo unos
árboles cubiertos de nieve, una
alambrada cubierta de nieve, una
alta torre vigía construida con
gruesos troncos. No hay nadie en
ella. Me dan un formulario rosa a
rellenar en otra habitación. Hay
unas sillas metálicas, pero hace
demasiado frío para sentarse. Luego
se me devuelve el pasaporte y tengo
que pagar una cantidad. Debajo de
la pequeña mesa de madera veo las
grandes botas negras de la mujer
que rechinan contra el suelo. ¿Qué
hay que ver en realidad? Nada, un
control de una precisión un tanto
irreal que a ellos se les hace tan largo
como a nosotros, y la verdad es que
es largo.
Tomo un periódico de un
montoncito que está para eso. El
periódico parodia el estilo
bullanguero y sensacionalista del
Bild-Zeitung de Alemania
Occidental, y de ahí que se llame
Neue (Nuevo) Bild-Zeitung. La
exposición agrícola de la RDA en
Tamale (Ghana septentrional) es
visitada a diario por numerosos
africanos. Y el problema de la
reunificación de las dos Alemanias
debe de resolverse por medio de
vías pacíficas, ha declarado el
vicepresidente de Tanganica en Dar
es-Salaam. En las páginas interiores,
una escultura moderna junto a una
escultura de Alemania del Este.
Pregunta: ¿quién salvaguarda mejor
la cultura nacional alemana?
Observo una vez más a los
uniformados y me pregunto hasta
qué punto estarán ellos interesados
en eso de la cultura nacional
alemana. De la pared cuelgan citas
de Ulbricht y de otros sobre la paz,
sobre la productividad, sobre la
democracia. Al otro lado de la
puerta, el viento afilado. Y, como
servida en bandeja, esta zona
fronteriza. Abren e inspeccionan los
coches, la gente muestra la
documentación, un soldado ruso
pasea por la nieve; aquí ondean
otras banderas, banderas de un rojo
más vivo; un oficial telefonea desde
una garita, las barreras suben y
bajan continuamente. Leo los
letreros: «No te dejes manipular. Di
no a las provocaciones contra la
RDA. La RDA ha salvado la paz en
Alemania»1. Fotografías de gran
tamaño de unos trabajadores junto a
unos altos hornos. Fotografías de
gran tamaño de unos obreros en
una fábrica de automóviles.
Fotografías de gran tamaño de
Ulbricht. Todo ello gris, gélido e
increíblemente alemán.
Se nos permite continuar.
Mostramos el pasaporte, se alza la
barrera, vuelta a mostrar el
pasaporte, otra barrera se alza. Y
entonces, de pronto, estamos fuera.
El mismo paisaje blanco –el
incidente ya olvidado– se extiende
hasta perderse en la niebla de la
lejanía. En el bosque a nuestra
derecha, alambradas y torres vigía.
Y de golpe, sobre un pequeño
puente, la imagen siniestra de dos
hombres con trajes blancos y
caperuza, hombres de nieve, con un
perro negro jadeante con la lengua
afuera, tirando de la correa. Llevan
largos fusiles al hombro,
desaparecen con el perro por el
bosque, cazadores de hombres.
Seguimos por la misma autopista. A
veces, a lo lejos, la sombra de un
pueblecillo, granjas arracimadas en
torno a una iglesia. ¿Qué estarán
haciendo allí ahora? Por una sola
vez, una algazara de chiquillos,
como un movimiento inesperado, el
hallazgo de un pintor. Y a
intervalos regulares, carteles:
«Damos la bienvenida a los
delegados del VI Congreso del
SED». Sigue siendo aún la misma
vieja autopista de Hitler, se nota:
después de cada placa de cemento,
una pequeña sacudida, un saliente
de alquitrán. ¿O se trata quizá del
rayado que se ve en los mapas de los
libros de Historia? ¿Son acaso los
finos trazos que señalan las
conquistas, los ocasos, los cambios?
Imperios romanos que fueron
sacros, principados, repúblicas,
marcas, Terceros Reich, zonas.
Luchando contra las feroces
arremetidas de la nevasca,
avanzamos lentamente con el coche,
criaturas micromaníacas, escarabajos
sobre estos campos coloreados por
la historia de la que nada se ve.
15 de enero de 1963. Podría
imaginarse en la antigua Grecia, o en
cualquier otra antigüedad, una
ciudad dividida en dos por un
muro. Y en torno a ella, historias y
leyendas, un proverbio
prácticamente en desuso, una
comedia de Tirso de Molina
descubierta en un olvidado rincón
de la biblioteca de Salamanca, una
adaptación de Moliere, y luego, por
supuesto, unas cuantas horas de
cinerama, una anécdota en la que los
símbolos crecen como la mala
hierba, patrimonio cultural. Pero la
clase de antigüedades a las que nos
referimos se remonta solo a un par
de milenios, más o menos la edad
que hemos alcanzado nosotros en la
serie de civilizaciones imbricadas a
la que todavía pertenecemos. Quizá
sea ese el motivo por el que algo
incorregiblemente antiguo se pega a
nuestro comportamiento, un grato
arcaísmo contra el que no podrá
ningún viaje a la Luna. Basta con
ponerse alguna vez junto a ese
muro, y guiñar los ojos: el trasiego
de lansquenetes medievales que te
gritan alto ahí y te cortan el paso,
que bajan un puente o levantan una
barrera, y entonces de repente te
encuentras en el País de los Otros.
Quien es capaz de recorrer millones
de kilómetros en unos cuantos días,
de buscar planetas en su propia casa
y de escindir átomos, es igualmente
capaz de construir un muro de unos
dos o tres metros, infranqueable
para sí, como también lo habría sido
para un egipcio o un bab

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