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Libro PDF Nunca leerás estas páginas Ruy Sarabia

Nunca leerás estas páginas  Ruy Sarabia

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Madrid, 8 de octubre de 1993
Laura: en este cuaderno te revelaré
verdades que te aterrorizarán. Sé que
habrá momentos en los que no querrás
continuar leyendo, en los que apartarás
la vista, en los que sentirás la tentación
de no seguir adelante. Por favor, no te
rindas.
Por todo lo que fuimos, continúa
leyendo.
No es fácil empezar esta historia,
pero quizá la mejor manera de hacerlo
sería diciéndote que me gustaría estar ya
muerto. Ya he cumplido mi deber, y sólo
me queda esperar el fin bajo estos
soportales, en compañía de Adrián,
protegido por un par de mantas y unas
cajas de cartón, mientras escribo en este
cuaderno las razones por las que hice
todo lo que hice. Las verdaderas
razones.
Imagínate lo que es dudar cada
noche si despertarás a la mañana
siguiente. No, no te puedes hacer una
idea. El caso es que yo era un perfecto
hijo de puta antes de conocerte, y tú
cambiaste mi vida. Poco a poco, casi sin
darme cuenta, descubrí que podía sentir,
que podía amar, que te quería. Y de
repente todo se fue a la mierda.
Fue mi intuición la que me llevó a
hacerme los análisis. Mi cuerpo
empezaba a fallar, me sentía más triste,
más débil, menos lúcido. Las fuerzas
empezaban a faltarme, me veía
excesivamente pálido, oía mi propia voz
un poco rota. Y recordaba, quizá a causa
de uno de esos mecanismos del cerebro
que jamás comprenderemos, la noche en
la que me acosté con aquella chica en
los Sanfermines, detrás de una casa
abandonada. Sí, Laura, es lo que
imaginas.
Cuando leas estas páginas, estaré
muerto.
Madrid, 9 de octubre
Tengo que aprovechar la luz del día
para escribir, aunque la mayor parte del
tiempo la paso entre tinieblas,
deambulando por los vagones del metro,
suplicando por Dios -qué ironía, nunca
creí en Dios- una moneda para poder
comer. Una estación, un vagón. La gente
se aparta al ver mi aspecto y escuchar
mi voz, y apenas consigo unos cuantos
duros por hora. Quizá el Metro no sea el
mejor sitio para pedir. El olor a metal, a
aire artificial y caliente, el chirriar de
los raíles y el zumbido de los
ventiladores hacen que cada tren se
convierta en un refugio de la derrota.
Ningún sitio como el Metro para
contemplar tan nítidamente la realidad
de las personas que te rodean. Pocos
hablan, casi nadie sonríe. Los más
afortunados son aquellos que consiguen
concentrarse en la lectura y los
adolescentes que cruzan miradas. Pero
la mayoría de la gente mira a un lado y a
otro, como buscando el momento en que
la vida les pasó por encima sin darse
cuenta. Algunos, los peores, ni siquiera
levantan la cabeza y fijan los ojos
vacíos, sin expresión, en el suelo de
plástico negro.
Procuro evitar las líneas en las que
puedo encontrar a alguien que me
reconozca. De todas formas, el riesgo es
mínimo. A ti misma te costaría mucho
trabajo admitir que una vez estuviste
enamorada de este esqueleto andrajoso,
de este despojo de piel amarillenta con
manchas violetas y grises, de esta piel
desfigurada y llena de cicatrices. En
verdad, no sé para qué pido, ya no me
importa comer. Lo único que me importa
es acabar este cuaderno y explicarte en
él cuánto te quise, cuánto os quise, y por
qué hice lo que hice. Espero que me
acabes comprendiendo.
Y, sobre todo, espero que acabes
pensando, como yo lo hago ahora, que el
pasado no existe. Existe la memoria. Tú
tienes una percepción de cómo
sucedieron las cosas, pero esa es
únicamente tu percepción y tu recuerdo,
que no tiene que coincidir con lo que
realmente pasó. Nadie puede afirmar
con seguridad cómo fueron los hechos
porque no existen ni la Verdad ni el
Pasado; sólo existen Tu Verdad y Tu
Pasado. Cuando acabes de leer este
cuaderno -si no muero antes de
terminarlo- sé que coincidirás conmigo.
Y espero que entonces no aborrezcas mi
recuerdo.
Me resulta muy difícil escarbar en la
memoria, pero sé que debo hacerlo. No
puedes imaginarte lo doloroso que es
recibir una condena a muerte por algo
que hice hace tanto tiempo. Y es más
duro recibirla cuando el amor -tu amorya
me había redimido de toda culpa, y
cuando mi vida ya había cobrado forma.
Madrid, 10 de octubre
Quizá la mejor manera de comenzar
sea explicándote por qué he elegido
pasar mis últimos días aquí, en la ciudad
de los olvidados.
Antiguamente, a los leprosos se los
confinaba lejos de las ciudades, en
lugares en los que no pudiesen contagiar
a nadie, lugares llamados lazaretos. En
los lazaretos, los leprosos iban
descomponiéndose poco a poco,
creando su pequeña sociedad mientras
esperaban la muerte. Yo vivo en un
lazareto, Laura. Los leprosos tenían dos
consuelos: la visita de sus familiares y
amigos más valientes y la esperanza de
un milagro. En mi lazareto no hay ningún
consuelo. Las familias de los que
estamos aquí han renegado de nosotros,
si es que saben que existimos. Y ya
nadie mantiene la esperanza, si es que
alguna vez la tuvo.
La vida aquí es muy dura. El mayor
tesoro que puedes encontrar son los
tetrabriks de vino tinto que circulan muy
de vez en cuando por los soportales. El
frío sólo puede soportarse por las
mantas que nos traen algunas almas
bondadosas, y no pasamos demasiada
hambre gracias a las monjas. Aunque yo
ya he perdido las ganas de comer, y sólo
sigo haciéndolo por la tozudez de
Adrián. Hay algo que me cuesta
soportar, algo especialmente humillante:
mear y cagar en la calle. En los bares no
nos dejan entrar, porque nuestro aspecto
espanta a los clientes. Tenemos que
esperar hasta la noche y agazaparnos en
los arbustos del parque, como si
fuéramos perros. En estos últimos días,
como pierdo la conciencia la mayor
parte del tiempo, suelo hacérmelo
encima.
Es muy duro no poder ducharse.
Antes nos acercábamos a la casa de las
monjas a por ropa vieja, y
aprovechábamos para darnos una ducha
rápida. Pero ahora ya no puedo
arriesgarme a que vean cómo estoy, que
me manden a un hospital y me acaben
identificando. Aunque quemé todos los
documentos en los que aparecía mi
nombre, es probable que mis padres
hayan denunciado mi desaparición, y no
quiero que me encuentren nunca. Ahora,
para lavarme, me acerco a las fuentes
donde antes bebían los caballos; aún
quedan bastantes en Madrid. Allí
procuro peinarme y asearme con un
peine desdentado que me regaló Adrián

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