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Omertá El juego de las seis máscaras – Adriana Criado

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 Omertá El juego de las seis máscaras – Adriana Criado 

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No pasó mucho tiempo desde que se sentó en el
banco, no muy alejada de su familia, hasta que él
apareció, caminando hacia donde estaba con las
manos a la espalda. Con su misma edad, el
pequeño era todo un rompecorazones. Quizás fuera
eso lo que tanto le gustaba a ella: su manera de ser,
tan seguro de sí mismo. De un salto, se bajó del
banco, haciendo que sus graciosas y largas trenzas
se mecieran con el aire. Le sonrió de la misma
manera que había visto a los adultos sonreír a sus
parejas, y él le devolvió la sonrisa. Sin embargo,
la del muchacho rápidamente cambió y se
convirtió en un gesto pícaro que indicaba que no
se le estaba pasando por la mente nada bueno. Ella
sin embargo conservaba su dulzura e inocencia.
–¿A qué vamos a jugar hoy? –preguntó la
pequeña, pasando por alto su sonrisa. Estaba
acostumbrada y sabía que no tardaría en descubrir
qué había pensado.
–Hoy vamos a divertirnos mucho –Aún tenía
las manos tras la espalda, por lo que las sacó,
dejando ver que en las manos llevaba unas tijeras.
A la chica no le hizo falta preguntar cómo su
familia le había permitido traerlas al parque, pues
sabía la respuesta: a él nadie le negaba nunca
nada.
–¿Qué vamos a cortar?
–Tus trenzas.
–¿Qué? No. Sabes que me encantan mis trenzas
–Como acto reflejo, agarró una de ellas y empezó
a jugar con el pelo entre sus dedos. Le llegaban
por la cintura y él siempre le tiraba de ellas
cuando tenía oportunidad. Estaba obsesionado, o
eso pensaba. Pero claro, él tenía unos motivos
distintos a los que la muchacha creía. A él le
gustaban esas trenzas, y le encantaba ver cómo ella
se ponía roja de ira y frustración cuando la picaba,
lo que hacía continuamente.
–Me da igual, yo quiero jugar. Te doy diez
segundos de ventaja para que eches a correr. Si te
pillo, pienso cortártelas.
Y ella sabía perfectamente que de verdad lo
haría. No esperó a que empezara a contar, salió a
correr en cuanto él acabó de decir esas palabras.
Las trenzas por las que iba a pelear chocaban en su
espalda recordándole que, de momento, estaban
ahí. Diez segundos después escuchó unos pasos
tras ella. Sabía que la iba a alcanzar pronto, él
siempre había corrido muy rápido. Bueno, ella
también. Además, era muy ágil. Pero el chico
siempre le había ganado en todo, algo que le
sacaba de sus casillas muchas veces.
Pasó por delante de sus familias, dándolo todo
en esa pequeña carrera. El corazón le latía muy
rápido, no solo por el hecho de estar corriendo,
sino de imaginar que podía quedarse sin su
preciado pelo y de pensar que, de nuevo, estaba
jugando con él.
–¡Tened cuidado! –Les gritó uno de los adultos
a ambos, mirándolos con horror–. Maldita sea,
¡¿qué haces corriendo con unas tijeras?!
Pero lo único que el muchacho hizo fue reírse,
sacarle la lengua y seguir corriendo. No tardó
mucho en alcanzar a la preciosa niña que le robaba
el aliento. Pero claro, eso él nunca iba a
reconocerlo, al menos en voz alta. Estiró uno de
sus brazos para agarrar una de las trenzas. El tirón
de pelo hizo que ella se quejase y se parase en
seco, llevándose las manos a la cabeza.
–¡Suéltame! –gritó, pataleando–. ¡No se te
ocurra cortarlas!
Pero él no le hizo caso. Las tijeras penetraron
en el pelo de ella, haciendo que una de las trenzas
quedara en la mano del pequeño. Repitió lo mismo
con la otra aprovechando el estado de shock y
confusión de su amiga y, luego, se echó a reír. Sin
embargo, ella no reía. Las lágrimas le acudieron a
los ojos rápidamente mientras miraba su pelo,
ahora muerto, en manos del muchacho.
–Me las has cortado –afirmó con la voz rota.
–Claro que sí. Te dije que iba a hacerlo.
–¡Eres…!
–¿Soy qué? –interrumpió él, cruzándose de
brazos aún con las trencitas en la mano. No tenía
pensado soltarlas. Además, ese nuevo look le
quedaba muy bien a la chica, a pesar de estar fatal
hecho. Él no era peluquero, solo un travieso niño
de diez años al que le encantaba molestar.
–¡Un tonto! ¡Eres un tonto! –gritó ella, furiosa.
–¿Tonto? ¿Ese es el mejor insulto que tienes
para mí? He escuchado a los adultos decir otros
tacos más gordos. ¿No te atreves a decirlos,
tontita? –Al decir esa última palabra, puso la voz
algo más aguda, como si se estuviera riendo de
ella. Las mejillas de la pequeña se encendieron
como si de una bombilla se tratase y, antes de salir
corriendo, le gritó de nuevo.
–¡Imbécil!
Él siguió riendo, observando como ella se iba.
Aunque si era sincero, las lágrimas que
recorrieron las mejillas de su amiga, hicieron algo
en su corazón que no le gustó. Fue como un
pellizco al que decidió no darle importancia.
Apretó las trenzas con más fuerza y le silbó con
gracia a la pequeña.
–¡Oye! Espera un momento.
La niña se giró para mirarlo con expresión
desafiante, resultaba graciosa teniendo en cuenta la
inocencia de su rostro, sin embargo, solo trataba
de hacerse la dura ante su amigo, que se acercaba
a ella con paso decidido.
–Déjame, no quiero hablar contigo. Eres malo
–replicó la chica cruzándose de brazos, a la vez
que retrocedía un paso.
–No quiero hablar, solo quería decirte ad…
Bueno, nada.
–¿Qué? Ahora dime qué ibas a decir.
–Ya te lo diré.
El muchacho le dedicó una sonrisa sincera, con
la inocencia propia de un niño de su edad. Pero, al
igual que siempre, ese tipo de sonrisas en él no
duraban mucho, ya que rápidamente cambió de
nuevo su expresión dulce por una mucho más
picara, a la que todos estaban ya acostumbrados.
Levantó su mano derecha, llevándosela a la frente

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