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Libro PDF Pecado Laura Restrepo

Pecado - Laura Restrepo

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demás. A diario la observaba durante largo rato: en ella veía cifrados los secretos de
su alma y adivinados los confines de su Imperio. La pintura era ambigua y oscura,
como el propio Rey, y era inabarcable, infinita, como su reino. Justamente por eso le
servía de brújula, de hoja de ruta, de mapa.
La pintura era El jardín de las delicias, tríptico que Hieronymus Bosch había
pintado en un arrebato genial y alucinatorio. Ante los ojos de Irina, este famoso
Jardín se extiende como un gran teatro del mundo, prodigiosamente onírico. Si el
Bosco lo hubiera escrito o filmado, en vez de pintado, el resultado habría sido una
guía completa de lo sagrado y lo profano: una Comedia divina y humana como las de
Dante o Balzac; un evangelio apócrifo; un Apocalipsis según Coppola o según San
Juan.
El tríptico se encuentra abierto de par en par. Irina lo observa. A la izquierda
florece el Paraíso. En el centro está la Tierra. A la derecha arde el Infierno. El
protagonista principal del postigo de la izquierda es una suerte de surtidor del color y
la textura de la carne, una fuente cabezona y dotada de varias ramas, brazos o
tentáculos. Como quien dice un pulpo. Un pulpo rozagante, orondo y bien hidratado,
como un riñón perfectamente sano o un corazón a pleno ritmo. A Irina le pasa por la
mente una sentencia de Pablo de Tarso que la hace estremecer: Horrenda cosa es
caer en manos del Dios Vivo. De repente, ella comprende que el Gran Pulpo, fuente
orgánica de la que toda agua brota, no puede ser otro que ese temible Dios Vivo del
que habla Pablo.
El Rey que ha adquirido el Jardín del Bosco es Felipe Segundo, Sacra Majestad
convencida del origen divino de su trono. Auténtico Dios en la Tierra, Felipe lo es
gracias a la inmensidad de sus dominios y a la magnitud de su poder. En sus manos
están los destinos del Mundo, así como en los tentáculos del Dios Vivo están pasado,
presente y futuro del Orbe. También Felipe debe inspirar fervor y terror; también
sobre él recae la doble tarea de señalar el camino y machacar a los desviados.
En el tríptico, los dominios del Pulpo se extienden sobre montañas azules y dulces
praderas. Llena el ámbito una luz de maravilla, y todo está en paz. En medio de este
edén nacen un par de muñecos desnudos y pálidos. Más que felices, parecen
perplejos. El Pulpo nombrará al macho Adán, y Eva a su compañera.
Eso, más o menos, en lo que respecta al Paraíso. Ahora, en el panel primordial, que
viene al centro, Irina cree ver una suerte de spa multitudinario donde chapotean
pequeños terrícolas de ambos sexos, entregados con curiosidad a ciertos intercambios
al parecer prohibidos. Se miran entre sí, se acercan unos a otros, se tocan, se abrazan,
comen moras, naranjas, manzanas. Los hay que bailan contentos: se diría que ésos
están borrachos. La humanidad acaba de descubrir las posibilidades del deseo. Hay
un toque de humor en todo ello. Irina piensa que es como si alguien hubiera echado
feromonas en un hormiguero.
Desde el panel izquierdo parece tronar la advertencia: comer la fruta es pecado. La
palabra resuena en las alturas, pronunciada por primerísima vez: Pecado. Peccatum
en latín, aunque quizá el Dios Vivo la haya dicho en arameo.
El tríptico refuerza en Felipe la convicción de que su propia misión es hacer eco de
la voluntad de Dios, encabezando la cruzada contra el peccatum y defendiendo a
sangre y fuego la causa de la vera religión.
Pero no todo está bajo control. Como los súbditos de Felipe, también las criaturas
del Bosco desoyen la orden divina y persisten en la acción, que se desenvuelve como
melodrama y deja prever un final trágico. Ni al Gran Pulpo ni al Gran Rey debe
agradarles que en el hormiguero cunda el desorden. Yo amo a la humanidad sumisa,
dice el Uno y repite el Otro, pero hombres y mujeres hacen lo que les viene en gana.
Allá ellos. Que se atengan a las consecuencias.
El postigo de la derecha recibe con ebullición de fuegos y martirios a los
Comedores de Fruta, a partir de ahora llamados peccatores: los adúlteros, los
incestuosos, los soberbios, los indiferentes, los criminales. Aquí pagarán por todos
sus peccata.
Éste no es un infierno; éste es el Infierno: un sótano de arrepentimiento y castigo
mediante tortura que podría servirle a Felipe como arquetipo para su Inquisición: la
aplicación metódica de un protocolo de dolores, o el suplicio como arte de retener
la vida en el sufrimiento, subdividiéndola en mil muertes (Le Breton). Sin embargo,
a Irina no se le escapa el sesgo infantil del averno del Bosco, excrementicio y
pervertido a la manera de los niños cuando practican en secreto sus juegos más sucios
y crueles.
Philippus Rex debe temblar ante la perspectiva de condenarse él mismo, humano al
fin y al cabo, pese a su empecinada cruzada por impedir que el mal y la herejía se
infiltren en su Imperio. O quizá por eso mismo. Irina intuye en él un pánico sacro al
tormento del fuego, que tantas veces ha infligido a los demás.
En tanto que el Jardín ha sido posesión de Felipe, quien debía mirarse allí como en
espejo, Irina lee todo lo que encuentra sobre el personaje y se obsesiona al punto de
que acaba soñando con él.
En el sueño, ella camina por despeñaderos escarpados cargando al Rey en brazos.
Es apremiante llevarlo a un lugar —cuál lugar no se sabe—, y ella debe apresurarse
para llegar a tiempo. A tiempo de qué, tampoco se sabe. Pero el Rey pesa, pesa
demasiado, su peso dificulta la marcha. Cuando Irina comprende que no avanzan y no
podrán llegar, el Rey se vuelve liviano, cada vez más liviano, y ganan velocidad.
Luego viene el desenlace, pero es confuso: Irina lo olvida al despertar.
Ha sido un sueño intenso, vívido. Parece disparatado, pero señala un camino. Crea
un vínculo.
Se diría que Irina logra acercarse a la figura de aquel monarca, a quien hasta
entonces apenas conocía y de quien lo poco que sabía le olía a fanatismo repugnante.
Felipe Segundo, más mítico que real y más monstruoso que humano, siempre engolado
y lejano, inclusive de sí mismo. Su cabeza es la de un moralista y su cuerpo el de un
libertino, y en medio, como un cepo, aprieta el cuello una abultada gorguera blanca. A
Irina le hubiera bastado con lo que su abuelo le contaba de niña, que Felipe Segundo
era un señor de barba que además era el dueño del Mundo. Pero ahora visita día tras
día el Palacio donde el Rey ha mandado colgar el Jardín (frente a su propia cama,
probablemente).
Irina se pregunta si sólo ella anda obsesionada con este Rey, a quien llaman el
Señor de Negro, o también las otras gentes que frecuentan el Palacio, ahora
convertido en atracción turística. ¿Huelen su presencia los vigilantes que pasan el día
estacados en sus butacas, en las estancias inmensas de aquel lugar desolado? ¿O las
guías que repiten hasta el cansancio una misma cantinela, que rueda bajo las bóvedas
como un eco? Es como una posesión, o más bien una ofuscación, le confiesa Irina a su
hermana Diana, como cuando alguien, o algo, te invade por dentro y no te suelta.
Tratando de evadir las resonancias —el tictac de los muchos relojes, los pasos del
muchacho en la torre, los rezos de los monjes—, Irina se sienta al sol en el Patio de
los Evangelistas y tararea una canción de La Cabra Mecánica, y tú que eres tan
guapa y tan lista, y tú que te mereces un príncipe, o un dentista. De adolescente,
también ella pudo haber soñado con tener un día su propio palacio con todo y
príncipe. Y ahora que lo tiene, cuánto frío, Señor, le dice, y cuánta desazón se siente a
tu lado.
El Rey muere en la madrugada de un 13 de septiembre, cuando faltan dos años para
que termine el siglo. Algún tiempo después, alguien descuelga el cuadro de los
aposentos reales para llevarlo a un museo. A partir de ese momento, Felipe pierde el
derrotero. Vaga por la pavorosa belleza de su Palacio como un alma en pena, perdido
en un laberinto de culpas y acosado por la sombra de sus pecados. Desconcertado,
languidece de nostalgia en rincones a los que no llega el canto de los pájaros. Sobre
esto deja constancia por escrito: de lo que más soledad he tenido es de los
ruiseñores, que hogaño no los he oído.
Ya no halla cómo salir de aquí, de este extraño lugar que le ordenó construir su
padre, Carolus Quinto Imperator, para que fuera su mausoleo. El resultado ha sido
este convento de proporciones ciclópeas y austeridad sobrepuesta en el que Felipe
habita y su padre yace, y que es a la vez palacio para los muertos y cementerio para
los vivos. En un mismo recinto dispusiste su tumba y tu trono, le dice Irina.
Tres vigilantes del Palacio discuten entre ellos durante un receso. Fuman y se
toman un café que sirven de termo y que acompañan con las ensaimadas que han
traído del pueblo. Irina los escucha; le hace gracia la pasión con que reviven una
querella que lleva cuatrocientos años dando vueltas sin ser resuelta, y que gira en
torno al tiempo que le habría tomado a Felipe subir al cielo después de muerto.
¿Acaso no ascendió inmediatamente gracias a sus rezos constantes, a su ascetismo
esmerado y a las treinta mil misas que mandó decir por su alma? Está claro que no. Si
es cierto que fue tan bueno, ¿qué lo retuvo en la Tierra? Las opiniones varían, la
polémica se enciende. Refunfuña con desagrado el vigilante mayor, un viejo de
bigotes y ojillos de nutria. Masculla que todo eso son pamplinas; quienes saben de
reinos de este mundo aseguran y que una corona no es nada, para qué sirve el único
sombrero que no protege ni de la lluvia ni de la luna. Irina imagina al joven Felipe en
la noche de su coronación: lunático y empapado.
El segundo celador, más joven y optimista, asegura que Felipe tardó cuatro meses
en alcanzar la Gloria. La tercera integrante del grupo, una mujer que casi no cabe en
su uniforme, opina que el lapso no fue de cuatro meses, sino de cuatro años. ¡Cuatro
años vagando por los silenciosos corredores del vacío! Vaya fatiga. Cuatro años el
bueno del Rey añorando el canto de los ruiseñores y deambulando sin rumbo, con ese
pie en ascuas, hinchado como globo y atenazado por los filos de la artritis y el veneno
de la artrosis.
Yo me sentía como en Game of Thrones, le dirá después Irina a su hermana Diana.
De todos modos, se anima a preguntarles a los del termo de dónde sacan información
sobre esa cronología ultramundana. La miran con extrañeza, pero le responden con
cortesía. Ella es extranjera, eso se le nota, sobre todo en el acento, y no tiene por qué
saber que, en su momento, distintos visionarios aseguraron haber comprobado con sus
propios ojos que Felipe subía al cielo. Pero no coincidieron al establecer la fecha de
tal suceso.
—Yo diría que no tardó ni cuatro meses ni cuatro años —ahora es Irina quien
arriesga una opinión—. Para mí que el Señor de Negro todavía anda por acá. Sus
pecados deben retenerlo, como un lastre, impidiendo que ascienda.
—No lo deja subir el peso de esa gente a la que mantiene emparedada, a cal y
canto y hasta la muerte, en una torre de piedra —opina la mujer del uniforme
apretado.
Seres muy cercanos al Rey languidecen y fenecen en la torre del oprobio. La
primera, su propia abuela Juana, la Reina Demente. La segunda, Ana, la Bella Tuerta,
su antigua amante caída en desgracia. El tercero, Carlos, su pobre hijo y heredero,
perturbado y contrahecho. Herreros y albañiles los han ido enrejando y tapiando hasta
que el último gramo de sol deja de alumbrarlos.
—Ojo, que todo tiene doble lectura —asegura el viejo que parece nutria,
atusándose el bigote y advirtiéndole a Irina que no se confunda.
Felipe no se arrepiente de haber sido severo en los castigos, sino de haberlo sido
demasiado poco. No pide perdón por su crueldad, sino por su excesiva indulgencia.
Si se da golpes de pecho, no es por haber orquestado los terrores inquisitoriales, ni
por haber instigado a su jauría rabiosa. No hay en él remordimiento por haber
alineado a su Armada Invencible como otros hacen con soldaditos de plomo, ni por
haber blandido la Ira de Dios como otros se valen de cañones. De eso no se retracta
ahora que anda de muerto ambulante; se arrepiente, en cambio, de no haberlo llevado
a cabo con mayor energía y eficacia.
Un balcón interior, estratégicamente ubicado a un costado del lecho real, se abre
directamente sobre la capilla, que allá abajo respira en mansedumbre de incienso y
penumbra. Sobre el altar, clavado en cruz e iluminado por cirios, alcanza a verse el
Cristo más aporreado y sangriento que pueda imaginarse. Irina va atando cabos: tanto
el Infernus Abominabilis como la Santa Iglesia son cámaras de tortura, y exaltan por
igual al cuerpo destrozado. Cuerpos destrozados los que van quedando regados
también por América, el territorio conquistado. El Reino, una carnicería. Irina piensa
que el Rey está loco como una cabra. Como una cabra mecánica.
Durante sus recorridos por el Palacio, Irina le rastrea la pista al emblema que
Felipe ha elegido para que aparezca grabado en cada escalón, en cada mueble, en
cada viga, cada piedra, cada copa y cada plato; a lo mejor también bordado en sus
camisas y hasta en sus sábanas. Ese emblema es una parrilla. Una parrilla de poner la
carne al fuego: un objeto de martirio, un barbecue de rostizar gente en vida.
El Rey ha querido que la marca de su identidad sea esa parrilla, y consagra su
Palacio a San Lorenzo, el mártir que muere asado.
Pero, al mismo tiempo, a Felipe no le tiembla la mano al mandar gente a la hoguera.
Los inviernos se dejan venir más fríos que nunca, la peste asuela y el hambre aprieta.
Tambalea el Imperio, al punto de arrancarle al cardenal palabras proféticas: Dios nos
ayude, está todo en vísperas de caer y no sé por qué aún no ha caído. Al Rey se lo
ve alcanzado de sueño; va por ahí cojo y cansado. Como si fuera oveja o conejo, a su
divina majestad la drena una diarrea imparable. Sus médicos le aconsejan una dieta
estricta a base de fruta, que no le tranca las churrias y en cambio lo mantiene anémico
y demacrado. Aun así, Felipe sigue aferrado a su código arcaico, y no ceja en su celo
contra los que llama herejes y desviados, para reprimirlos en su insolencia y
desvergüenza, según sus propias palabras. A un pobre infeliz que le implora
clemencia cuando las llamas están por devorarlo, el Rey le responde con desdén
monárquico: Yo mismo llevaría la leña para quemar a mi hijo, si fuese tan malo
como vos.
¿Es puro y beatífico aquel San Lorenzo que muere en la hoguera por defender su fe,
pero no lo son aquellos que corren la misma suerte a causa de su fe propia, cuando
ésta no coincide con la del monarca?
Irina hace inventario de virtudes y crímenes del Rey, intercambiables entre sí y
reversibles, como una prenda bicolor: ética de doble uso, ¿como toda ética? Las notas
que toma subrayan la dualidad del juicio moral. La naturaleza desdoblada del pecado,
sus varias caras de poliedro.
Observando ansiosamente el tríptico del Bosco, ¿habrá notado Felipe, como le
sucede ahora a Irina, que los placeres que en la Tierra disfrutan los humanos, o sea
los pecados en que incurren, se parecen demasiado a los castigos que en el Infierno
les imponen los demonios? Quien violó será violado, quien torturó será torturado,
quien ignoró será ignorado, quien mató será mil veces asesinado.
Irina trata de aclarar el embrollo. El castigo es la otra cara del pecado; su
reproducción exacta pero invertida. Por otro lado, placer y pecado son equivalentes.
Ergo, ¿placer y castigo son intercambiables?
Irina sueña que lleva en brazos al Rey, que pesa poco y cada vez menos.
Posiblemente esté muerto, o vaya muriendo sobre la marcha. Ella lo carga sin
dificultad, y avanza rápido. Hacia dónde, no lo sabe.
Las Susanas en su paraíso
No dejes que me haga expulsar del Jardín.
C. P. V.
Las escuchábamos decir: San Tarsicio es el paraíso. Y San Tarsicio es la felicidad.
Pero la felicidad aparecía como una casi nada, una tela de araña o un soplo, una
visión que hoy teníamos delante y mañana ya no, como la flor de un día.
—¿Lo sospechaban ellas?
No eran propensas a sospechar. Daban la dicha por descontada, como algo que está
ahí, en un pozo eternamente; como si las aguas de ese pozo les correspondieran por
derecho propio. Así eran ellas, las Susanas. Hay algo que sabe el diablo por viejo
pero también por diablo: como todo paraíso, San Tarsicio podría transformarse de la
noche a la mañana en un infierno.
—Las Susanas lo sabían, ¿y preferían ignorarlo?
¡Atrás, fuerzas del mal! A lo mejor nosotras creíamos en conjuros y tratábamos de
pronunciarlos, pero el mal avanzaba de todas formas, aunque al principio fuera
invisible y sólo audible en el croar enervado de las chicharras, en el latigazo de redes
contra los corales, en el rugido de motosierras por los pueblos vecinos.
San Tarsicio entronizó a las Susanas como en vitrina, o nicho de santo, por ser las
primeras blancas en llegar a esta tierra de negros. Todo queríamos saberlo sobre
ellas, que eran sólo tres, o cuatro con su señora madre, y en cambio nosotras
formábamos una montonera picada por la curiosidad; ellas nos tomaban fotos mientras
nosotras las devorábamos con los ojos. Cada cosa suya se volvía motivo de interés,
como si fueran la cara oculta de la Luna que de pronto se revela.
—Las Susanas fueron una aparición.
Una aparición salida de unos jeeps todoterreno, luciendo pantalón largo, gafas de
sol y zapatos de amarrar. Venían cargadas de cajas con provisiones: cereales, azúcar,
enlatados, botellas de refresco y agua potable, papel higiénico, medicinas, linternas y
pilas para las linternas.
—Saqueábamos su alacena…, ¿o lo hicieron nuestras hijas?
Hay que reconocerlo, saqueábamos su alacena pero sólo a pellizcos para que no se
notara, primero nosotras de niñas y con el tiempo también nuestras hijas, serpenteando
en fila de hormigas desde su rancho grande hasta nuestras cocinas, y escondiendo bajo
las naguas un pote de mermelada o un paquete de lentejas, galletas Saltinas o café
instantáneo.
Las Susanas llegaban a San Tarsicio con su palidez de ciudad y aquí se tostaban al
sol hasta ponerse doradas. Nosotras pasábamos la punta de un dedo por su piel clara,
nunca vista antes por estos lados. Como si fueran muñecas de tamaño natural y
asombrosos pelos amarillos, les hacíamos trenzas y moñas y otros peinados con
cintas. Ellas se dejaban mirar, se dejaban peinar. Y sin embargo eran intocables.
—La propia cercanía era su distancia, su cerco protector.
Seres como ellas aquí sólo se habían visto por televisión, en las telenovelas. Eran
un imán; nos parábamos intrigadas a observarlas. Años más adelante, aunque se
hubieran multiplicado las casas de veraneantes y ellas ya no fueran las únicas blancas,
nuestras hijas seguían palpando las telas suaves en que se envolvían, las cuentas de
colores que se enroscaban en el tobillo, las Coca-Colas que tomaban con hielo en
vasos altos, las cremas olorosas que se untaban, los tatuajes violetas que tenían en el
cuerpo y que el mar no borraba.
—¿Sus tatuajes? Una golondrina en el hombro de Alma, un corazón en llamas en la
pierna izquierda de Diana, tres aros entreverados en el antebrazo de Irina.
Mira, siente, nos decíamos, qué bien les huele el pelo, mira, siente, en las uñas de
los pies se echan esmalte, ¡y del nacarado! Mejor observar en vivo a las Susanas que
apretujarse en la tienda del Kike frente a un televisor en blanco y negro. También la
historia de sus vidas era de telenovela, al menos durante las vacaciones, cuando las
teníamos cerca. De resto no sabíamos nada. Se podría decir que las Susanas
descubrieron este paraíso, de no ser porque nosotras ya nos habíamos descubierto a
nosotras mismas. Como cuando Cristóbal Colón descubrió las Indias.
—Al final de las vacaciones se montaban en sus todoterrenos y se perdían en la
polvareda del camino, dando vueltas y revueltas hasta que los Montes de María se las
tragaban. Si cuando llegaban eran aparición, eran desaparición cuando se iban.
Tres hermanas, las Susanas, tan parecidas entre ellas y tan distintas a nosotras.
Como sus nombres sonaban extraños, las habíamos bautizado así, las Susanas. Irina,
Susana Chica; Diana, Susana del Medio, y Alma, Susana Grande. Las tres con aire de
otra cosa. Aunque Irina no era rubia de verdad, más bien pelicastaña con rayitos de
peluquería. Y con ellas venía Señora Susana, su señora madre, la única que de veras
llevaba desde la pila el nombre de Susana.
—Ella era la cabeza del clan. Sus hijas, las Susanas menores, recibían irradiación
de ese nombre capital.
Aquí vimos crecer a las tres hijas, volverse adolescentes, después adultas y luego
también ellas madres, siguiendo unos cambios marcados y bruscos, sin secuencia
corrida, o de brinco en brinco, de diciembre a diciembre, como en fotografías de
periódico. Para nosotras el tiempo era desgaste del día a día, y en cambio ellas
aparecían por destellos. Sin saber cómo, nos fuimos convirtiendo en guardianas de su
recuerdo y conservadoras de los objetos que dejaban olvidados.
—Esta mecedora, que fue de ellas…
Y este cuaderno escrito en tinta, y esta cacerola de teflón antiadherente aunque ya
raspado.
—Señora Susana se cansaba de advertirle a Gladys: No le metas cuchara de metal
al teflón porque lo dañas.
Y esta grabadora que ya no funciona y sus otras rarezas, que han quedado como
recuerdos de aquel paraíso que existió en otro tiempo.
—Paraíso para ellas, eso va según; para nosotras, vida de la común y corriente.
La Susana Chica anotaba frases con tinta en un cuaderno rayado. Única de las tres
todavía soltera y aún estudiante, preparaba su tesis de grado justo en esas vacaciones
que quizá fueran las últimas. La recordamos de camisa suelta y lentes de aumento,
sentada a la sombra en su terraza, examinando con una lupa las figuritas de las
láminas de un libro que se iba poniendo pegajoso de sal y humedad, y nosotras detrás
de ella en montonera, apretadas contra su espalda, déjame ver, Irina, préstame tu lupa,
mira este bicho que está aquí pintado, ¿qué maldad le está haciendo a este otro?
—Eran perversos los muñequitos de las láminas y caminaban desnudos por el
Jardín del Edén, que quedaba a la izquierda del libro. Y hacia la derecha pasaban a
un lugar oscuro que venía siendo el Infierno.
Mira este otro bicho, y éste, y éste, decíamos, seguro éste es el diablo embutido
entre un huevo, no, el diablo es este que parece grillo, con patas que le salen de la
cabeza. La Susana Chica pasaba las horas estudiando sus monstruos, con nosotras
asomadas sobre su hombro para poder ver. ¿Es para la universidad, Irina? ¿De qué se
trata eso que escribes? Y ella explicaba: Es mi tesis y trata de estas bolitas rojas que
el pintor puso en su cuadro, son las frutas prohibidas. ¿Naranjas? Naranjas o fresas,
ésta es una fresa y este pájaro de pico fino la está pinchando, y esta otra parece una
mora. ¿Prohibidas por qué, Irina, acaso están envenenadas? Es lo que trato de
averiguar, decía ella, y también decía: Apártense un poco que me acaloran, ya las
tengo otra vez encima, ábranse para que todas puedan ver. Son manzanas, Irina, le
hacíamos caer en cuenta, son manzanas y la culpa fue de Eva, mira, ésta debe ser ella,
Eva, con su pelazo rubio que le llega a las rodillas.
—A Adán y a Eva los habían pintado blancos, t

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