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Libro PDF Politika Juegos de poder Tom Clancy

Politika Juegos de poder Tom Clancy

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jaquecas.
La combinación bastaba para hacer
tambalearse a cualquiera, pensaba el presidente
Boris Yeltsin, que se daba masaje en la sien
izquierda con la mano mientras se introducía tres
tabletas en la boca con la otra.
Cogió el vaso que tenía encima de la mesa y
bebió un largo trago. Luego empezó a contar en
silencio hasta treinta, agitando el vodka en la boca
para disolver las aspirinas.
Veintiocho, veintinueve y… adentro. Volvió a
dejar el vaso en la mesa, bajó la cabeza y se
oprimió los párpados con las palmas de las manos.
Luego aguardó.
Al cabo de un rato su dolor de cabeza remitió,
aunque no tanto como en días anteriores. Ni mucho
menos. Además, estaba un poco mareado. Pronto
tendría que añadir una tableta más a su remedio
casero. Cuatro de una vez. O quizá hiciese un
experimento. Aumentaría la cantidad de vodka y se
tomaría las aspirinas acompañadas de un solo
trago, sin disolverlas. Sin duda, así le resultaría
menos desagradable. ¿Qué efectos podía tener una
sobredosis? En realidad, ya lo sabía. Puede que,
antes de que todo terminase, volviese a encender
el televisor para ver las noticias y se viese bailar
como un loco al compás de un rock-and-roll
durante un alto de la campaña, comportándose
como un adolescente ebrio.
Yeltsin siguió sentado frente a su mesa con los
ojos cerrados; las cortinas de las ventanas estaban
corridas para impedir el paso de la luz del sol que
daba en el lado este de la plaza Roja. Se
preguntaba por qué tenía tantas jaquecas y mareos,
y por qué tenía que beber nada más levantarse por
las mañanas.
Sin duda, la respuesta no podía ser muy
tranquilizadora. Pero ¿por qué no pensar menos en
sí mismo y preguntarse por su estado político? Si,
tal como creía, el poder de un presidente electo
era, en el mundo moderno, básicamente simbólico,
¿cómo debía de ser interpretado el decadente
estado físico del hombre que ocupaba tal cargo?
El hombre que en toda su vida no había tenido más
que resfriados (y que jamás había bebido una copa
durante el día) antes de acceder al cargo, se había
convertido en un hombre que había perdido todo
apetito sexual pero que, nada más poner los pies
en el suelo por las mañanas, sentía la irresistible
necesidad de beberse un vodka; en un hombre que
ya había pasado demasiado tiempo en el
quirófano, pensó palpándose la cicatriz dejada por
su última operación de bypass.
Yeltsin se irguió en el sillón y abrió los ojos.
Veía pandearse y temblar los estantes de la librería
que tenía frente a la mesa. Respiró hondo y
parpadeó dos veces, pero lo seguía viendo todo
borroso. ¡Por Dios, qué mal se sentía! Estaba
seguro de que en gran parte se debía a la tensión
que le producía el trato con Korsikov y
Pedachenko, sobre todo con este último. Hacía
tiempo que intoxicaba al país con su retórica…
una intoxicación que venía propagándose con
mayor rapidez desde que había conseguido una
plataforma en televisión, desde la que fomentaba
sus ideas extremistas. ¿Qué ocurriría si se
agravaba la situación en las zonas rurales del sur?
Propiciaría que Pedachenko clamase contra la
corrupción que fomentaban los dólares
occidentales y contra la amenaza que, según él,
representaba la OTAN (y, sobre todo, el Acta
Fundacional) para los intereses rusos. Esto no eran
más que abstracciones para sus seguidores. Pero el
hambre era otro asunto. Todo el mundo entendía lo
que era el hambre, que no se mitigaría con las
palabras tranquilizadoras de sus adversarios
políticos. Pedachenko era un hombre inteligente y
oportunista. Sabía qué teclas había que tocar. Y
era difícil sustraerse a su carisma. Si las
espantosas predicciones que se hacían acerca de
las próximas cosechas eran mínimamente
acertadas…
Yeltsin optó por desechar la idea, y guardó la
botella de vodka en el cajón inferior de la mesa.
De un momento a otro empezarían a parpadear las
luces de sus teléfonos y sus secretarios llegarían
con carpetas y resúmenes de informes. Le
plantearían multitud de problemas, muchos de los
cuales requerirían su inmediata atención. Y le
entregarían documentos que tendría que leer y
firmar.
De modo que tenía que sobreponerse.
Estiró las piernas, echó el sillón hacia atrás y
se levantó. Volvió a ver temblar los estantes de la
librería. Apoyó la mano izquierda en la mesa y
aguardó unos momentos. Esta vez no conseguía que
se le aclarase la vista. Aguardó un poco más,
sudoroso y mareado. Incluso sentía náuseas. Oía
latir su corazón. De pronto el roce del cuello de la
camisa se le hizo opresivo. Le faltaba el aire.
¿Qué le ocurría?
Cogió un teléfono de la consola, convencido
de que no tendría más remedio que cancelar todas
las citas de las próximas horas. Necesitaba
descansar.
Pero antes de que Yeltsin pudiera pulsar el
botón del intercomunicador, sintió un intenso dolor
en la cabeza que lo cegó y lo hizo echarse hacia
atrás pese a estar apoyado en la mesa. Se llevó las
manos a las sienes con los ojos desorbitados,
como si quisiera evitar que le estallase la cabeza.
Gimió aterrado y se abalanzó literalmente sobre el
teléfono. Apenas lo había rozado con los dedos
cuando le sobrevino el ataque. Todo su cuerpo
tembló en un puro espasmo y, aunque se sujetó al
borde de la mesa, cayó al suelo agitando los
brazos de un modo incontrolable, con los dedos
crispados como garras.
Yeltsin había entrado ya en coma cuando su
secretario lo encontró diez minutos después.
Dos horas más tarde, los médicos del hospital
Michurinsky certificaban la muerte del presidente
de la Federación Rusa.
DOS
San José, California, 6 de
octubre de 1999
HACÍA muchísimo tiempo que Roger Gordian se
sentía incómodo cada vez que oía la palabra
soñador antepuesta a su nombre, cuando se
referían a él en los medios de comunicación o lo
presentaban en conferencias o reuniones de
negocios. Pero había terminado por comprender
que a todo el mundo le colgaban una etiqueta, y
que unas etiquetas eran más útiles que otras. Los
pesos pesados del Congreso no obligaban a hacer
antesala a los que tildaban de soñadores. Los altos
cargos militares prestaban más atención a sus
ideas que a las de los que tenían fama de ser
personas corrientes, medianamente inteligentes,
con gran sentido de la laboriosidad y un anticuado
celo empresarial estilo Wisconsin. Gordian era
consciente de que debía contar con la imagen que
tenía de sí mismo y con la que los demás tenían de
él, porque ambas eran, en cierto modo, bastante
válidas. Y a ello se atenía según lo que en cada
momento más conviniera a sus objetivos.
Esto no significa que Gordian fuese proclive a
la falsa modestia, pues estaba orgulloso de su
éxito. Le bastaron cinco años para convertir la
Tech-Electric, una empresa en bancarrota que
compró a precio de ganga en 1979, en uno de los
fabricantes de productos informáticos más
importantes. A principios de los años ochenta, su
empresa, que rebautizó UpLink International, se
había convertido en uno de los principales
proveedores del Estado, especializado en
tecnología de satélites de reconocimiento. Y, a
finales de la década, sus grandes inversiones en
investigación y desarrollo y su compromiso en el
diseño de un completo sistema de inteligencia al
servicio de la expansión militar de la época dieron
como resultado la GAPSFREE la tecnología de
reconocimiento más rápida y precisa que existía en
el mercado mundial, y el sistema de teledirección
de misiles y proyectiles de alta precisión más
avanzado que se había concebido. Y, todo ello,
antes de que Gordian diversificase sus intereses…
Con todo, no debía uno perder la noción de la
perspectiva, se aconsejaba Gordian. A pesar de
sus veinte años de logros profesionales, seguía,
por lo visto, sin saber cómo hacer funcionar un
matrimonio. O quizá lo había olvidado, como creía
su esposa, Ashley.
Gordian suspiró al pensarlo y miró el sobre de
grandes dimensiones que le había dejado en su
mesa, junto al habitual montón de periódicos. El
sobre lo había enviado por el servicio nocturno
urgente la agencia de publicidad encargada de sus
nuevos catálogos y folletos y, sin duda, contenía
maquetas para que les echase un vistazo. En
seguida las vería; pero antes tomaría su café de
costumbre con su bollo de arándanos y leería la
prensa. Cogió el ejemplar del New York Times que
estaba encima del montón, separó el cuadernillo
de internacional del resto y le echó un vistazo al
sumario. Había un artículo de Alexander
Nordstrum en la página 36. Tomó un bocado de
bollo y un sorbo de café, dejó la taza en el platito
y se limpió los dedos en una servilleta. Después
empezó a hojear el cuadernillo.
En una entrevista que concedió al presentador
de un magazine de noticias de la televisión, la
semana anterior, le preguntaron a Gordian si se
pasaba el día en algún centro de control
electrónico, rodeado de paredes cubiertas de
arriba abajo de pantallas de televisor, zapeando de
la CNN a los teletextos de todas las cadenas como
un tecnocrático Big Brother, la personificación
orwelliana del estado totalitario.
Gordian se confesaba un adicto compulsivo a
la prensa escrita, a pesar de su contribución a los
medios de telecomunicación más modernos. El
entrevistador le dirigió a la cámara una mirada
escéptica y ligeramente acusadora, insinuándole a
la audiencia que Gordian mentía. Pero Gordian
tenía la suficiente experiencia para no tratar de
convencerlos de lo contrario.
Al pasar la hoja para leer el artículo de Alex,
las dos páginas centrales resbalaron hasta su
regazo y cayeron al suelo. Gordian se inclinó hacia
adelante para recogerlas y estuvo a punto de
volcar la taza de café al hacerlo. Al incorporarse
volvió a colocar las páginas en su sitio. Y
entonces reparó en que, inadvertidamente, las
había puesto boca abajo y las enderezó.
Buenooo, pensó. Hablando de saber verse con
objetividad… Debería añadir una obvia y
tremenda torpeza para dominar los cuadernillos
del periódico a mis carencias personales.
Gordian tardó cosa de un minuto en dominar el
periódico y comenzar a leer el artículo de
Nordstrum.
LA TROIKA RUSA
¿PODRÁ EL CANCERBERO DE TRES
CABEZAS
SOBREVIVIR A SU PROPIA MORDEDURA?
Alex R. Nordstrum
En las semanas siguientes a la repentina
muerte del presidente ruso Boris Yeltsin, los
observadores occidentales creyeron que, con casi
toda seguridad, se produciría un pulso entre las
distintas fuerzas políticas, y muchos temían que
se produjese un golpe similar al que
protagonizaron elementos de la vieja guardia del
Partido Comunista y que terminó con la era
Gorbachov en 1991. Sin embargo, la crisis fue
conjurada (según algunos, pospuesta) gracias a
la formación del gobierno provisional que en la
actualidad detenta el poder. Pero ¿parece la
pugna en el seno del Kremlin menos inevitable
ahora que Vladimir Starinov es presidente en
funciones, y Arkadi Pedachenko y Andrei
Korsikov han accedido a compartir el poder con
él, hasta la indeterminada fecha en que se
levante el estado de emergencia nacional y
puedan celebrarse elecciones democráticas? Y,
de nuevo, no faltan en Occidente quienes creen
que no; y quienes auguran un alzamiento
popular, propiciado por el enfrentamiento entre
los tres líderes.
Ciertamente, es imposible ignorar los
síntomas. Aunque haya demostrado una
indudable habilidad política, el ex vicepresidente
Starinov sigue debilitado por su estrecha
colaboración con Yeltsin, cuya popularidad
estaba bajo mínimos en sus últimos tiempos.
Acosado por problemas que van desde las
críticas por la escasez de cereales hasta el
galopante aumento del Sida y de la drogadicción,
Starinov se ha convertido en el foco del creciente
descontento en todo el país. Mientras tanto, pese
a las afirmaciones que lo niegan, fuentes
moscovitas informan de que su rival Pedachenko,
líder del partido nacionalista Honor y Tierra,
lleva semanas negándose a entrevistarse con

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