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Libro PDF Quimera Las edades bárbaras Malenka Ramos

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sobre una inmensa polvorienta
llanura sin caminos, sin hierba,
sin siquiera un cardo o una
ortiga, me encontré con unos
hombres que caminaban
encorvados. Cada uno de ellos
cargaba sobre la espalda una
enorme quimera, tan pesada
como un saco de harina o de
carbón o como la impedimenta
de un soldado romano.
Pero el monstruoso animal no
era un peso inerte; envolvía y
oprimía, por el contrario, al
hombre, con sus músculos
elásticos y poderosos;
prendíase con sus dos vastas
garras al pecho de su montura,
y su cabeza fabulosa dominaba
la frente del hombre, como
uno de aquellos cascos
horribles con que los guerreros
antiguos pretendían aumentar
el terror de sus enemigos.
Interrogué a uno de aquellos
hombres preguntándole
adónde iban de aquel modo.
Me contestó que ni él ni los
demás lo sabían; pero que, sin
duda, iban a alguna parte, ya
que les impulsaba una
necesidad invencible de andar.
Observación curiosa: ninguno
de aquellos viajeros parecía
irritado contra el furioso
animal, colgado de su cuello y
pegado a su espalda;
hubiérase dicho que lo
consideraban como parte de sí
mismos. Tantos rostros
fatigados y serios, ninguna
desesperación mostraban;
bajo la capa esplenética del
cielo, hundidos los pies en el
polvo de un suelo tan desolado
como el cielo mismo,
caminaban con la faz
resignada de los condenados a
esperar siempre.
Y el cortejo pasó junto a mí, y
se hundió en la atmósfera del
horizonte, por el lugar donde
la superficie redondeada del
planeta se esquiva a la
curiosidad del mirar humano.
Me obstiné unos instantes en
querer penetrar el misterio;
mas pronto la irresistible
indiferencia se dejó caer sobre
mí, y me quedó más
profundamente agobiado que
los otros con sus abrumadoras
quimeras.
BAUDELAIRE
Antón permaneció inmóvil frente a
la ventana, contemplando la
profunda oscuridad de la noche. El
cielo estaba tachonado de estrellas
y el aire zarandeaba las grandes
ramas de los árboles. Le encantaba
sentir el calor del hogar. La
seguridad y la calidez de aquella
casa le reconfortaban de una forma
especial. Detrás de aquella enorme
cristalera, observando el exterior,
se sentía protegido del duro
invierno. Aun así, amaba el frío.
Prefería tener que abrigarse que
sentir el sudor a primera hora de la
mañana y aquel calor estival que a
veces resultaba demasiado
agotador para sus sesenta años.
Todo estaba bien, había pensado
mientras paseaba por las estancias
que conformaban la mansión que él
mismo había construido. Podía
sentirse orgulloso. A lo largo de los
años había conseguido cada uno de
los retos que se había propuesto,
empezando, sin duda, por haber
comprado aquella inmensa finca en
lo más profundo de una Galicia
atávica que tanto significaba para
él. Aquel paraje le permitía
desconectar de las llanuras casi
lineales de la capital, con sus tonos
grises y tristes, para adentrarse en
la frondosidad de los bosques, las
colinas y las montañas de tonos
verdes.
Por otro lado, le devolvía aquella
infancia que jamás olvidaría, la
misma que le había hecho regresar
a aquel lugar décadas atrás para
cumplir la promesa que se había
hecho a sí mismo cuando apenas
era un muchacho. No obstante, sus
triunfos no se quedaban allí.
Durante toda su vida había
trabajado duro para conseguir que
sus negocios se transformaran en
un pequeño imperio. Dos inmensas
empresas construían edificios y
rascacielos por todo el mundo;
había invertido en varios despachos
de abogados y la Bolsa era para él
un juego con el que se entretenía
de vez en cuando. Todo había
salido del modo que él habría
deseado si se lo hubiesen
preguntado tiempo atrás.
Donaba cantidades ingentes de
dinero a los desfavorecidos, pero
siempre de un modo anónimo; no
era un hombre que deseara el
agradecimiento por algo que creía
obligatorio en su situación. Siempre
había pensando que la riqueza, por
mucho trabajo que hubiera costado,
debía servir para cambiar el mundo,
y que, de un modo u otro, si el
resto hiciera lo mismo que él, todo
sería diferente. Pero también sabía
que aquella era su forma de ver las
cosas, su manera de intentar
calmar el profundo dolor que sentía
cada vez que paseaba por los
jardines de la finca o bajaba a
Torbe. Cada vez que recorría sus
calles empedradas, sus
restaurantes, la iglesia con su
campanario o cada uno de los
rincones de aquel bonito pueblo, los
recuerdos le devolvían a un mundo
que hubiera preferido dejar
enterrado para siempre…
Observó su propio reflejo en la
cristalera y se giró para contemplar
el salón majestuoso, los sofás de
terciopelo y las alfombras con
ribetes. Candela, la mujer que
llevaba el peso de aquella casa
desde que su esposa Eleonor
falleció, había encendido la
chimenea y ahora las llamas
crepitaban detrás de él mientras
esperaba con una copa de su mejor
vino entre los dedos y una profunda
melancolía.
«Aprovecha el momento porque
mañana no sabemos si estaremos
aquí.»
Aquellas palabras retumbaron en
su cabeza mientras caminaba
descalzo sobre la alfombra persa.
Se situó frente al hogar y
contempló su rostro en el espejo de
la repisa. Mantenía una cuidada
perilla blanca y casi no tenía
arrugas, algo extraño para una piel
tan aceitunada y con tantos años
encima. Sin duda, se lo debía a su
buena genética, la misma que de
algún modo le confería un cuerpo
atlético para su edad.
«Hay algo ahí fuera
esperándonos, Antón, algo mucho
más grande que este maldito
orfanato de barro y sufrimiento.»
—Alexander…
Cerró los ojos y rememoró su
imagen cuando apenas tenían
quince años. Evocó durante unos
instantes el tiempo que habían
pasado todos en aquella misma
casa, en aquella mansión que en
otra época había sido un orfanato y
un calvario para ellos. Y qué duros
se tornaban los recuerdos. ¿Cómo
hacerles entender lo que había
hecho? Comprar aquella mansión
era una promesa con sangre, una
meta en una vida llena de gloriosos
triunfos, de noches en vela y horas
de trabajo. El mismo caserón que
muchos años atrás les había
cobijado y aterrado. El orfanato de
San Torbe transformado en la
mansión de Quimera.
Antón había tirado abajo aquel
infierno de su infancia y había
construido su casa sobre los
escombros. Para algunos era un
recuerdo enfermizo y terrible de sus
tormentos; para otros, una forma
de superar los miedos y transmutar
lo que habían vivido allí dentro. Lo
único que había mantenido intacto
eran los sótanos del orfanato. Tras
sanear sus galerías, había
transformado una de ellas en un
hermoso salón de estilo marroquí,
repleto de cojines y sofás, con dos
hermosas chimeneas, una barra
forrada en terciopelo rojo, y las
paredes de piedra.
¿Cuánto tiempo había pasado?
Demasiado quizás. Había perdido a
muchos de sus compañeros de San
Torbe. Y es que lo vivido allí había
marcado a casi todos de por vida.
Por aquel entonces nadie
consideraba importante que un niño
sufriera durante años el frío
aterrador de una celda de castigo, o
una ducha con agua helada hasta
atenazar sus músculos. No eran
importantes para nadie; eran solo
números que alimentar en una
época de hambruna, de conjuras y
traiciones. La guerra lo había
devorado todo. Ellos habían tenido
la suerte o la desgracia de acabar
en San Torbe, creyendo que al
terminar la guerra volverían a sus
vidas normales, pero sus tormentos
no habían hecho más que
comenzar. A veces, Antón se
preguntaba qué hubiera sido de
ellos si no hubiesen terminado allí y
la respuesta no le gustaba.
San Torbe había sido el lugar
donde se conocieron y donde
habían hecho una promesa que
permanecía latente, aun después
de tantos años.
—Señor Andrade, Petro Argas ha
llegado.
Antón se giró y observó a la
mujer gruesa de pelo cano que lo
miraba con una sonrisa amable.
—Gracias, Candela. Hazle pasar.
Se quedó contemplando el
retrato de su esposa, junto al
espejo, sobre la repisa de la
chimenea, y acarició el cristal. Ella
había sido una belleza desde el
principio. El amor de su vida, su
compañera y su amiga. Su
confidente y mucho más.
Oyó unos pasos sobre la tarima y
un carraspeo lo devolvió a la
realidad. Argas llevaba un traje de
corte italiano, el pelo cano
engominado hacia atrás y las
manos metidas en los bolsillos del
pantalón. Tenía la cara surcada de
arrugas y las cejas muy finas y
perfiladas.
—Poeta —le espetó con tono
irónico para luego darle un cálido
apretón de manos—. Veo que
sigues con esa manía tuya de andar
descalzo.
Antón sonrió y le golpeó
cariñosamente en el hombro.
—Estás más viejo. Claro, es que
han pasado años desde la última
vez que viniste a España.
Argas alzó las manos
dramáticamente y luego las dejó
caer lentamente.
—No todos podemos
conservarnos en formol como tú,
Antón. Pero me alegra ver que
sigues manteniendo esa belleza de
actor de cine. Te aviso que los
hombres que envejecen más
despacio lo hacen luego muy
rápido, amigo. Será difícil para ti
asimilarlo. Ponme una copa de ese
vino tuyo y dime cómo te ha ido
todo.
Como él, Petro Argas era un niño
de San Torbe, un huérfano de la
guerra que se había forjado un
futuro a base de mucho trabajo.
Pero, a diferencia de él, se había
ido trasladado al extranjero,
animado por unos familiares lejanos
con los que había convivido en
Suiza durante años hasta fundar su
propia empresa.
Argas era uno de esos hombres
ambiciosos que nunca tenía
suficiente. Siempre pendiente de
las acciones y las contrataciones
con cualquier país que pudiera darle
un poco más de lo que ya tenía. Se
acomodó en uno de los sillones y se
abrió la chaqueta con elegancia,
mientras hacía girar el líquido
borgoña de su copa frunciendo el
ceño.
—¡Ah, este vino! —exclamó—. No
hay mejor vino que el gallego,
Antón. Puedo recorrer el mundo de
una punta a otra sin encontrar un
vino como este. Ese sabor a
madera… Es delicioso.
Antón esbozó una sonrisa
agradecida y se sentó frente a
Argas mientras se colocaba su
jersey de cisne correctamente y
cruzaba las piernas.
—¿Sabes? La última vez que nos
reunimos todos fue para el entierro
de Jonás Romano, Roberto Acosta y
Richard Armani —murmuró Antón
con voz queda—. Me he propuesto
que no se convierta en un hábito
entre nosotros. Todos estamos en
contacto a través de nuestros
negocios de un modo u otro, pero
apenas nos vemos y vamos
cumpliendo años. Hicimos una
promesa y juramos mantenerla.
—Y lo hacemos, Antón. Cada uno
desde su centro de operaciones,
como diría Jeremías Malbaseda,
pero lo hacemos. ¿Acaso no es así?
Antón asintió con prudencia,
aunque la afirmación de su amigo
no era algo que le resultara
suficiente. Tomó la copa para dar
un largo trago de vino y dejó que su
amigo continuara hablando.
—Tengo en Suiza un muchacho
español que necesita nuestra
ayuda, Antón. Está algo perdido,
pero estoy intentando ayudarle. El
mundo para él en estos momentos
no tiene ningún sentido. Es un chico
joven, guapo, muy inteligente y
trabajador, de buena familia. Tiene
diecisiete años y un futuro
prometedor. Se llama Darío Cross,
su familia tiene muy cerca de aquí
una casa de indianos. Mi intención,
si tú lo ves oportuno, es que viaje a
España y se quede un tiempo

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