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Libro PDF Reality death show R. J. Harrison

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Ariana sintió el calor del mediodía
en el jardín de la casa mientras
contemplaba aburrida las aguas calmas
de la piscina que apenas se movían
empujadas por la suave brisa de la
tarde.
A su lado, Julia intentaba dormir,
cerrando los ojos atrás de los anteojos
de sol.
– Que aburrido todo esto… desde
que estoy acá no pude depilarme con
cera. – dijo Ariana y Julia abrió un ojo.
– Sí. Está complicado – y volvió a
cerrar el ojo.
El día estaba pesado. Los
participantes del Reality Show “La
Casa” se habían abandonado en
cualquier lado, dejándose llevar por el
tedio que los derrumba en una falta total
de impulsos.
Julia pensó que la idea de hacer
cualquier cosa, mover su cuerpo por
cualquier motivo, en ese momento, era
ridícula.
– Que pocas ganas de hacer
cualquier cosa que tengo.
– Ni hablar boluda… la verdad es
que se siente todo así, como que no da
para hacer nada ¿no? – respondió
Ariana.
– Sí.
La puerta del jardín se abrió y
Enrique salió de la casa, caminó hasta
donde estaban las muchachas acostadas
en las reposeras.
– Me voy a meter un rato en el agua
¿vienen?
– No.
– No. Me la estoy pasando
fenomenal acá – completó Ariana – no
olvides de sacarte el micrófono antes de
entrar.
– Oquei.
Enrique, al borde de la piscina, se
sacó la remera, la apoyó en el pasto y
puso un pie adentro del agua.
– Che, ¡Pero que fría que está! –
gritó.
– ¿Y qué querías? – respondió
Julia.
– Y nada, mínimamente que esté un
poquito tibia. Con este sol de mierda me
vas a decir que no se calienta el agua.
– Sos medio bruto vos eh – dijo
Ariana – ¿Acaso nunca fuiste una playa?
– Sí, ¿por?
– Es obvio boludoooo, cuando vas
a la playa, a la mañana y durante el día
el agua está fría y durante la noche está
caliente porque estuvo todo el día bajo
el calor del sol. Se calienta durante el
día y a la noche está caliente entonces.
– Ah, tenés razón – dijo Enrique y
chapoteó con el pie en el agua un rato
hasta que se decidió a dar el salto. Se
sacó el micrófono, lo puso junto con la
remera, dio unos pasos para atrás, tomó
carrera y se zambulló de cabeza en la
piscina.
Las muchachas habían vuelto a
cerrar los ojos y trataban dormir.
– Acá adentro está linda el agua.
No le respondieron.
Adentro de la casa no había
movimiento más allá de alguna mosca
que revoloteaba sobre los restos del
almuerzo desperdigados por la mesa.
En el sofá principal del living,
Nicolás extendía su cuerpo apoyando las
piernas contra el brazal. Inés dormía
junto a él, ocupando el último resquicio
de espacio disponible. La sombra de sus
cuerpos entrelazados se extendía a
contraluz sobre el piso en una figura
amorfa.
Gastón pasó por al lado de la
pareja abrazada y comentó en voz alta:
– Pero que desvergüenza que tiene
alguna gente… – y dio unos pasos
dubitativos, sin saber bien a dónde ir.
En el medio del living, sujeto de
todas las cámaras enfocadas sobre él, se
paró y agarrándose la cadera con las
manos, los brazos en escuadra, buscó a
ver si encontraba a alguien con quien
compartir su bronca.
En una esquina Paola sentada como
indio leía aburrida un libro.
– ¿Me escuchaste Pao?
– ¿Mhhh?
– Que si escuchaste lo que dije –
insistió Gastón.
– Ah no, estaba leyendo esto – dijo
ella señalando la cubierta del libro que
sostenía en las manos.
– ¿Y qué es ese libraco?
– No sé, es el más grande que
encontré y como estaba aburrida me lo
puse a leer un rato.
– ¿Y qué tal?
– No sé. Raro.
– Te decía si escuchaste lo que
dije.
– No, ¿Qué dijiste?
– Dije que alguna gente en esta casa
NO TIENE VERGÜENZA – gritó
Gastón y el micrófono chilló acoplado.
– Che Gato, dejate de joder… ya
sabés cómo es la cosa… ya fue. Olvidate
de Inés.
– ¿Sabés qué me jode negra? Me
jode la gente HIPÓCRITA. Eso me jode.
Paola apoyó el libro en el piso y
suspiró.
– Ya fue, dejala ir. No te metas más
en la mierda, porque al final vos sos el
que se va a terminar jodiendo.
– No, negri, no entendés… ¿Sabés
qué me dijo Inés cuando me dijo que no
quería estar conmigo?
– No le des más vueltas al tema.
Gastón siguió:
– Me dijo, la muy turra, que no
pensaba estar con nadie acá adentro, que
allá afuera tenía a Piti, su novio desde
los dieciocho y que no podía
traicionarlo así como así de un día a
otro por cualquier tipo que se cruzara
acá en la Casa. Y yo la entendí, le dije
que estaba todo bien, que me re gustaba
y la re quería igual, pero bueno… ¿Y
ahora? Mirala ahí tirada con ese
pelotudo de Nicolás…
– Mirá Gastón… no sé. No le des
vueltas al tema. Obvio.. que se yo… Inés
podría haber sido un poco más sincera
con vos…
– Ya fue negrita, todo bien. Me
joden los hipócritas nada más. Me
hubiera dicho: No Gastoncho, me
gustan los pibes pijos con cara de
pelotudos, no los chabones de barrio
como vos.
– Pero yo no creo que… además vos
tenés a Marita y…- empezó a responder
Paola cuando Inés que había estado
haciendo equilibrio en el sillón se
deslizó y cayó al piso.
El golpe desvió las miradas de
Paola y Gastón que no pudo disimular
una mueca de satisfacción. Inés,
aturdida, abrió los ojos y miró para
todos lados y cuando su mirada cayó en
el sillón y comprobó que Nicolás había
ocupado con su cuerpo todo el espacio,
incluso el que había dejado libre en su
caída, dijo:
– La puta madre.
Gastón, riendo entre dientes, salió
de plano camino al jardín.
– ¿Estás bien Ine? – le dijo Paola.
– Sí. Mas o menos. Me duele el
culo boluda. – y se llevó la mano
derecha a la cola.
Miró de nuevo al sillón y a Nicolás
que roncaba ajeno a todo.
– Che, nene, ¿No viste que me caí?
Nicolás siguió durmiendo. Inés
alzó su puño y lo dejó caer con fuerza
sobre su panza y le gritó:
– ¡Hey! ¡Me tiraste! ¡No me dejaste
espacio y me caí por tu culpa!.
Nicolás abrió los ojos
desorbitados.
– ¿Qué pasa?
– ¡Pasa que sos un pelotudo nene! –
le gritó Inés y se levantó para irse al
jardín.
– ¿Pero qué le pasa a esa loca? – le
preguntó a Paola y ella se rió.
– Nico, tenés que tener más cuidado
al tratar con una dama.
– ¡Pero si esa de dama no tiene ni el
nombre!
– Vamos, no seas así que tan mal no
se te ve con ella.
– No dije que estuviera mal, pero
tiene esas reacciones de histérica de
mierda que me saturan Pao… en serio…
Paola alzó los hombros y volvió a
llevar a su falda el libro que estaba
leyendo.
En el cuarto compartido de las
participantes, Ruth dormía.
David, descansaba encima de la
cama de

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