---------------

Libro PDF Recién casados Anette Crenwood

http://i.imgbox.com/FVPwflSH.jpg

Descargar  Libro PDF Recién casados Anette Crenwood


Hacia el mediodía, un marinero hizo sonar una campana, señal de que se iba a servir la comida.
Stuar ofreció su brazo a Elisabeth que aceptó encantada.
En el comedor no había demasiada gente, la mayoría de las mujeres estaban en los camarotes, indispuestas por el mareo y sus maridos habían decidido acompañarlas.
-¿Ha viajado en más ocasiones en barco, señorita Taylor? -preguntó uno de los comensales, cuya esposa se encontraba indispuesta por el viaje.
-No, es la primera vez y me está resultando una experiencia maravillosa. Aunque mi acompañante, no creo que sea de la misma opinión, la pobre se siente morir casi
desde el momento que zarpamos.
-Eso demuestra que es usted una joven fuerte, a pesar de su delicado y encantador aspecto -el comentario fue hecho con tono agradable por otro caballero allí
presente.
Elisabeth comenzó a ruborizarse, no le gustaba ser el centro de atención.
Cuando terminó de comer se disculpó con los presentes y decidió ir a ver como seguía Mary, aprovecharía para echarse una siesta, la noche pasada no había
dormido nada a causa de los nervios.
Estaba comenzando a notar el cansancio.
Mary seguía indispuesta, aunque el color verde de su rostro ya había desaparecido y hacía rato que no sentía nauseas.
Elisabeth se tumbó en su catre y se durmió enseguida.
Cuando abrió los ojos, el camarote estaba totalmente a oscuras. Mary parecía dormida y ella había dormido toda la tarde sin enterarse.
Sentía un poco de hambre, pero no le parecía que conseguir algo para comer fuera lo más facil en aquel momento.
-A lo mejor encuentro algo por el comedor -pensó mientras se desperezaba.
Procurando no hacer demasiado ruido, salió del camarote, caminó por el estrecho pasillo hasta el comedor, dentro apenas se veía, pero creía recordar haber visto
fruta en algún sitio. Después de un par de tropiezos contra el mobiliario y cuando comenzaba a pensar que no encontraría nada que llevarse a la boca dio con una
especie de cajón lleno de manzanas.
Satisfecha cogió una, dándole un buen bocado decidió salir a cubierta, le vendría bien un poco de aire fresco.
Paseó lentamente, mirando el cielo estrellado, era un espectáculo fascinante.
Se apoyó contra la baranda del barco mientras daba los últimos bocados a la manzana.
Algunos hombres trabajaban en silencio sobre la cubierta, Elisabeth cerró los ojos y disfrutó de aquel momento.
-La eché de menos en la cena -dio un salto ante la llegada inesperada del señor Timberlake -Lo siento, he vuelto a asustarla.
-No le he sentido acercarse, es usted muy sigiloso.
-No era mi intención serlo. ¿Se ha encontrado indispuesta? -parecía realmente preocupado.
-No, en absoluto, simplemente me quedé dormida; estaba realmente agotada y no me había dado cuenta de ello. Pero gracias por el interés -dijo amablemente.
-¿Sabe ya hacía que parte de Francia se va a dirigir? -la miraba con interés.
-No, la verdad no sé muy bien que voy a hacer.
-Me lo imaginaba -lo miró frunciendo el ceño -porque es su primer viaje -aclaró rápidamente -y uno siempre quiere verlo todo y no sabe por dónde comenzar.
-Sí, probablemente tiene razón -dijo relajándose de nuevo.
-Había pensado que quizás… -hizo una pausa y la miró a los ojos -…quizás, me permitiría acompañarla a París. Tengo negocios que atender allí, podríamos viajar
juntos y una vez en la ciudad podría servirle de guía -la miró sonriendo de aquella forma tan encantadora.
Elisabeth pensó que no había un hombre más apuesto en el mundo.
-Sería maravilloso -dijo sonriendo a su vez -si no es mucha molestia para usted, me encantaría hacer ese viaje juntos.
-En absoluto -la miró a los ojos de una manera tan intensa, que un escalofrío le recorrió la espalda -será un placer, créame.
Sus últimas palabras fueron dichas mientras sus ojos recorrían el cuerpo de Elisabeth.
Que estaba empezando a arrepentirse de haber aceptado la invitación del señor Timberlake, a fin de cuentas no lo conocía de nada ¿y si no era tan caballero como
parecía? Iba a decir algo cuando él se quitó el gabán y poniéndoselo por encima de los hombros dijo con su habitual y dulce sonrisa – Creo que tiene frío señorita Taylor,
debería haber traído su capa.
Cuando terminó de colocarle la prenda sobre los hombros preguntó -¿se encuentra mejor?
-Sí, gracias -Elisabeth había olvidado de nuevo todas sus dudas.
Además había decidido ser una mujer de mundo, entonces debería asumir algunos riesgos.
Mientras él continuaba comentando los planes para el viaje, un rizo se escapó del recogido de Elisabeth quedando sobre su frente.
Está preciosa, pensó Stuar, no pudo evitar la tentación de tocar aquel mechón casi rojo; lo sostuvo entre sus dedos unos instantes, luego con delicadeza lo echó hacia
atrás, aprovechando para acariciar el resto de la abundante melena.
El contacto de aquella mano sobre su cabello, la hizo contener la respiración, cuando la retiró lentamente casi hubiera deseado que siguiera acariciándola.
Ese pensamiento la turbó ligeramente, carraspeó y dijo -Será mejor que vuelva a mi camarote, nos espera un largo viaje, será mejor que esté descansada.
Comenzó a quitarse el gabán de Stuar, en ese momento fue consciente de lo apuesto que estaba allí parado, en la oscuridad de aquella preciosa noche, con su camisa
blanca ligeramente abierta, el cabello revuelto por la brisa del mar y aquellos calzones que se ajustaban a la perfección a sus bien formadas piernas.
Aquella imagen y el recuerdo de la caricia sobre su cabello hizo que otro escalofrío le recorriera el cuerpo.
Stuar la miraba sonriendo, se estaba dando cuenta del escrutinio al que estaba siendo sometido y también el efecto que eso causaba en ella; cada vez se convencía
más de que se iba a divertir mucho con aquello.
Para evitar que se sintiera azorada, le dijo, aunque con una voz más dulce y sensual -Parece que todavía siente frío, puede llevarse mi gabán.
-No es necesario, en cuanto deje la cubierta estaré a salvo de la brisa -un tanto nerviosa le devolvió la prenda, él rozó su mano delicadamente y la retuvo entre las
suyas.
Elisabeth dio gracias a la oscuridad, porque aquel roce había provocando que sus mejillas se encendieran- ¡Dios mío!- pensó entre horrorizada y divertida, estaba
empezando a sentirse seriamente atraída por el señor Timberlake.
Ella no hizo ademán de retirar la mano, entonces Timberlake la sostuvo más firmemente y con un delicado movimiento se la llevó a los labios, depositando sobre la
fría y pequeña mano un beso, que hizo que hasta la última célula del cuerpo de Elisabeth reaccionara al momento.
El calor de aquellos labios sobre su mano era como fuego que en un instante calentó todo su cuerpo.
Ya no sentía frío y aquellos ojos, que en aquel momento estaban tan oscuros como el océano, la miraban de una forma que la hacía que el simple hecho de meter aire
en sus pulmones fuera una tarea en la que tenía que concentrarse.
Un tanto agitada liberó su mano y un poco torpemente sonrió.
-Buenas noches señor Timberlake.
Con una leve reverencia -Buenas noches señorita Taylor, que descanse.
Cuando entró en el camarote todavía se sentía acalorada.
Se acostó en su catre, pero tardó mucho en poder dormirse, no podía quitarse de la cabeza aquel ligero roce y el beso en su mano. Ya estaba amaneciendo cuando por
fin sus ojos se cerraron.
Capítulo 3
Cuando estaban llegando al puerto, todo el mundo subió a cubierta.
Elisabeth estaba excitadísima, ¡estaba en Francia! Lo había logrado, se había escapado y nadie se lo había impedido y ahora sería difícil que dieran con ella. Por
supuesto, tenía pensado escribir periódicamente a su tío, tampoco quería que el pobre sufriera por su causa.
Elisabeth vio a Stuar dirigirse hacia ellas con su radiante sonrisa en la cara; notó como su cuerpo reaccionaba ante la sola presencia de aquel hombre.
-Buenos días señoritas -A Mary se le escapó una risilla nerviosa e hizo una ligera reverencia al caballero.
-Buenos días señor Timberlake.
-¿Nerviosa por el inicio de su aventura?
-Sí, un poco -pero no sólo por la aventura, pensó.
Cuando desembarcaron hubo despedidas entre los pasajeros y deseos de volver a encontrarse. Elisabeth se estaba despidiendo de un matrimonio mayor, muy
agradable, con los que había congeniado durante la corta travesía, cuando Mary la interrumpió discretamente.
-Disculpe señorita… el señor Timberlake nos espera, ya ha conseguido un coche.
-¡Oh! ya veo -dirigió una rápida mirada y vio a Stuar en un fantástico coche de alquiler, se despidió de la pareja y se encaminó hacia él.
Stuar ya se había ocupado de los equipajes, todo estaba listo para comenzar el viaje.
Tomaron asiento dentro del vehículo, Elisabeth y Mary de frente y Stuar ocupó el asiento frente a ellas.
-Me he decidido alquilar esta coche, porque el viaje a París nos llevará varios días y es preferible hacerlo lo más cómodos posible, ¿no le parece? -sin esperar una
respuesta dio unos golpecitos en el techo y el cochero se puso en marcha. -Me he tomado la libertad de coger algunas provisiones y por el camino podremos parar para
tomar un refrigerio.
-Muy amable de su parte, está usted en todo, seguramente a mi no se me hubiera ocurrido -sonrió agradecida.
-Mientras esté conmigo no tiene nada de qué preocuparse, yo me ocuparé de todo. Sólo tiene que disfrutar ¿para eso ha venido, no? -Era fantástico, aquel hombre
siempre sonreía, parecía estar siempre de muy buen humor.
-No sé cómo pagarle todo lo que está haciendo por nosotras, la verdad, yo no habría sabido por dónde empezar -Se encogió de hombros -Pero no importa mientras
esté usted con nosotras. Para cuando nos separemos algo habré aprendido de su experiencia y seguiremos nuestro viaje sin problema.
-Veo que es una mujer muy decidida, no muchas se atreverían a viajar solas por Europa, como pretende hacer usted -su expresión se volvió seria al pronunciar estas
palabras.
Era raro verlo tan serio, aunque su rostro no dejaba entre ver sus verdaderos pensamientos.
A Elisabeth le entraron dudas, por primera vez, sobre lo que estaba haciendo.
-¿Cree usted qué es peligroso? -también se puso seria.
-Quizás, si uno no sabe hacia dónde ir y se equivoca de destino, puede verse en serios problemas -seguía serio- pero como le he dicho hace un momento, no se
preocupe por nada y disfrute, que yo me ocupo de todo…por lo menos hasta París -volvió a recuperar su habitual sonrisa y Elisabeth también se relajó.
La conversación era agradable y a lo largo del trayecto Stuar le contó más acerca de sus viajes, Elisabeth lo escuchaba entusiasmada. Stuar estaba maravillado con esa
criatura, era divertida e inteligente, a diferencia de muchas mujeres de su edad que sólo pensaban en la moda y en pescar marido si no lo habían hecho ya. Ella era
diferente, especial, se había dado cuenta nada más verla; cuanto más tiempo pasaba con ella, oyéndola hablar y reír, más grande era la sensación de deseo que sentía por
la muchacha.
A medio día hicieron un alto en el camino, para tomar algún alimento, Mary se quedó con el cochero y Elisabeth se fue con el señor Timberlake un poco más lejos,
buscando la sombra de unos sauces que mecían sus ramas sobre un pequeño río.
Fue una comida sencilla, pero a Elisabeth le pareció la más deliciosa del mundo.
Stuar la miraba divertido, mientras daba buena cuenta de su ración.
-¿Le apetece dar un paseo antes de volver al coche? -él ya estaba de pie y tendía su mano para que Elisabeth se apoyara en ella al levantarse.
-Sería maravilloso, este sitio es encantador.
En un momento Stuar recogió la cesta del improvisado picnic y la llevó al coche, dando instrucciones al cochero para que los esperaran un poco más adelante en el
camino.
Cuando volvió junto a ella la ofreció su brazo, lo miró un poco nerviosa y finalmente se apoyó en él.
Comenzaron a caminar en silencio contemplando el paisaje.
-¿Que tranquilidad, verdad? -dijo Lis a la vez que respiraba profundamente.
-Sí, aunque a mí personalmente tanta tranquilidad me aburre un poquito.
Ella lo miró de reojo, pero no dijo nada.
Al llegar hasta un gran sauce, que bañaba sus ramas en las cristalinas aguas, se detuvieron.
Elisabeth se apoyó contra el gran tronco y contempló, distraída, al paisaje.
Stuar se apoyó en el árbol con su mano izquierda, eso la hacía estar muy cerca de ella.
Cuando Elisabeth se percató, se movió un poco incómoda por esa proximidad, pero no se quitó; la sensación de cosquilleo que sentía cuando le tenía cerca le era
completamente extraña, pero era muy agradable, diría que excitante.
El aire removió su pelo y un rizo se le fue hacia la cara, como la noche del barco, pensó rápidamente ella.
Como si le pudiera leer el pensamiento, cogió el rizo con su mano derecha y lo retuvo unos momentos, jugueteando con él entre los dedos. Después, muy despacio,
repitió la operación de echárselo hacia atrás, pero en esta ocasión no retiró la mano, sino que la bajó por la cabeza de Elisabeth, hasta llegar a la nuca, allí se detuvo.
Ella levantó la mirada, que alto era, se daba cuenta ahora que lo tenía tan cerca, al hacerlo su cabeza quedó apoyada en la mano de Stuar.
Al mirarle a los ojos, vio que estaban oscuros. Como el mar en plena noche. Lis sintió que le fallaban las piernas, tuvo miedo de caerse allí mismo, por lo que se
apoyó contra el tronco totalmente.
-Elisabeth -Su voz sonaba ronca y sensual, lo que hizo que el cuerpo de Lis se estremeciera; nadie, jamás, había pronunciado su nombre de esa manera. No contestó,
siguió mirándolo, sin notarlo sus labios se entreabrieron.
Stuar, ante aquel inocente gesto, creyó perder el control sobre sí mismo. No aguantó la tentación y bajó la cabeza hasta encontrar los labios de ella.
Al principio se puso rígida por la sorpresa, pero cuando comenzó a mover la lengua dentro de su boca, la respuesta fue inmediata, también ella comenzó a explorar
la de él y sus lenguas se enlazaron en una lucha cuerpo a cuerpo.
Stuar estaba sorprendido, sospechaba que sería una mujer apasionada, pero no contaba con aquella respuesta tan audaz por su parte.
Cuando se separó y la miró, continuaba con los ojos cerrados y su mano descansaba sobre el brazo de Stuar.
Le costó unos segundo volver a la realidad, cuando abrió los ojos, se encontró con la sonrisa burlona en los labios que acababa de besar.
Eso fue suficiente para que recobrara la compostura, soltó aquel músculos brazo y se enderezó sobre sus, todavía, temblorosas piernas.
-Veo que es una mujer del todo mundana. -Su tono era de diversión -Sale sola a recorrer mundo, se besa con desconocidos bajo los árboles…
Iba a continuar, pero la expresión de Lis y sus palabras lo hicieron callar.-Que sea una mujer decidida a conocer el mundo no tiene nada de malo y el hecho de que
usted -recalcó la palabra enfadada- me haya besado, no quiere decir que yo vaya haciéndolo por ahí con cualquiera.
-Pues ese beso no lo da alguien que no está acostumbrada a besar -seguía sonriendo burlonamente.
-¿En serio? -dijo sorprendida y alagada al mismo tiempo; pero volvió a enfadarse cuando vio la expresión de él.
-Pensé que era usted un caballero, veo que a partir de ahora tendré que escoger me

Web del Autor

Pagina Oficial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------