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Libro PDF Rezar por Miguel Ángel Crónicas del renacimiento 2 Christian Gálvez

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Las palabras de Innocenzo flotaron en el aire. Giorgio Vasari no entendía el silencio. El cardenal le sacó de dudas.
—Contadme algo sobre él.
Giorgio notaba que la curiosidad del cardenal era insaciable. Apuntaba a una larga jornada. Adoptó una posición cómoda y comenzó.
—El Magnífico.
—Eso está por ver, querido amigo.
Prometiéndose a sí mismo que no le molestarían los inoportunos comentarios del cardenal, Vasari siguió hablando:
—Lorenzo de’ Medici. ¿Qué le puedo contar del líder florentino? Su educación fue exquisita, basando su formación en el humanismo, en el latín y en el griego. Era
aficionado a la filosofía, prueba de ello es que dirigía los debates de la Academia platónica florentina de Cosimo de’ Medici, abuelo de Lorenzo. Buena influencia en ello
tuvo el filósofo de Constantinopla Georgios Gemistos Plethon, portador de la filosofía platónica.
—Malditos herejes politeístas…
Más que un comentario, aquellas palabras fueron como un balbuceo. Vasari estimó que lo mejor era hacer caso omiso, y continuó su discurso:
—También era amante de la caza y de las obras de arte, como todos los Medici. Accedió al mando del Estado florentino a los veinte años, una edad demasiado
temprana quizá, pero su maestro Gentile de Becchi hizo muy bien su trabajo. Lorenzo de’ Medici estaba preparado. Durante su mandato, dos facciones se enfrentaron:
los que acusaban al Medici de déspota y de descuidar los asuntos relacionados con la banca, lo que le llevó a enfrentarse públicamente con la familia Pazzi, y los
partidarios de Lorenzo, aquellos que le consideraban un pacificador en una época demasiado convulsa y que admiraban el buen gusto que, digamos, despilfarró en la
ciudad.
—¿Qué hay del mecenazgo? ¿Cómo se relacionó con los artistas?
—Lorenzo tiene el honor de ser el fundador de la primera academia de arte en Europa, signore. A diferencia de su abuelo, Cosimo, que se dedicaba a financiar a los
artistas, Lorenzo se preocupó de la escuela base, de formar artistas desde el inicio, con grandes maestros como instructores. Una vez formados, y dentro del programa
político de prestigio artístico de Lorenzo, los elegidos se convertían en embajadores de Florencia.
—¿Embajadores de la ciudad? —El tono del sacerdote dejaba ver el odio que sentía por la ciudad de Florencia, a pesar de formar parte en aquella época de la
población de la ciudad pecadora.
—Así es. Lorenzo gustaba de rodearse de gente culta, artistas, escritores, filósofos. Había adquirido un gran gusto por las artes, y sus protegidos eran demandados en
toda Europa.
—¿A qué se debía ese prestigio de los artistas?
—Lorenzo de’ Medici, a diferencia de otros regentes, acumuló innumerables obras de arte, no para deleite personal, sino para ser expuestas en lugares donde los
artistas pudieran aprender desde la observación. En los jardines que el Magnífico habilitó en San Marco, los aspirantes a artista podían admirar esculturas de tiempos
antiguos, muchas de las cuales habían sido adquiridas en la mismísima Roma.
—Florencia saqueando la Ciudad Eterna, no podía ser de otra manera.
—Más bien, padre, la Ciudad Eterna ninguneando un pedazo importante de su historia. Roma nunca ha sido pionera en el arte de proteger su legado. Solo hay que
observar el monte Palatino y el Foro romano.
Innocenzo calló. No tenía argumentos para rebatir al cronista. Guardaría sus palabras para más adelante.
—Fueron no pocos los artistas que allí aprendieron técnicas de dibujo y de escultura.
—Iluminadme. ¿Quiénes fueron los privilegiados?
—Entre ellos, nada más y nada menos que los grandísimos Leonardo da Vinci, Baccio da Montelupo, Francesco Granacci, Sandro Botticelli, Giuliano da Maiano,
Pietro Torrigiano y Michelangelo Buonarroti.
—Criadero de sodomitas, ¿verdad?
—No tenéis de qué preocuparos. Fuera lo que fuere, cardenal, lo cierto es que, a partir de la muerte de Lorenzo de’ Medici, el jardín de San Marco entró en
decadencia.
Giorgio Vasari no alcanzó a verlo, pero el cardenal Innocenzo Ciocchi del Monte suspiró aliviado.
5
Ciudad de Florencia, 1492
El año 1492 de Nuestro Señor se consideró un intervalo valioso para la humanidad. La humanidad conocida por aquel entonces, que terminaba en tierras
portuguesas. A principios de ese año se dio por finalizado el Estado musulmán en España con la entrega de Granada a los reyes católicos Isabel y Fernando, y meses
más tarde se decretó la expulsión de los judíos, que dio lugar a un éxodo de más de ciento cincuenta mil personas.
El navegante genovés Cristoforo Colombo, bajo supuesta financiación española, partiría entonces al encuentro del Nuevo Mundo. Pocos fueron los que tuvieron
acceso a la información privilegiada sobre la verdadera subvención del viaje del genovés. En realidad, el grueso del empréstito de aquel viaje lo aportaron los hombres de
confianza del papa Innocenzo VIII, el mismo hombre que había impulsado la Inquisición en España y nombrado a Tomás de Torquemada paladín de la purificación. Los
reyes católicos solo ofrecieron apoyo político a Colombo.
En ese mismo año, 1492, un Borgia, de nombre Rodrigo, accedió a la Santa Sede como el papa Alessandro VI, un mandato salpicado de perversiones, incestos y
sodomía. El Borgia, en un titánico esfuerzo por acumular poder, entablaría relaciones con las casas más importantes de Europa como los Este, los Sforza, los
Trastámara o los Albret. Francia e Inglaterra firmaron el tratado de paz de Étaples; y el astrónomo de nombre Martin Behaim construyó el primer globo terráqueo sin la
información del Nuevo Mundo en su poder.
Pero el año 1492 de Nuestro Señor también sería recordado como el año en que Lorenzo de’ Medici dejó este mundo, desapareciendo con él todas las libertades en la
ciudad de Florencia. Todo comenzó algo antes de la muerte del Magnífico, con un sermón de Girolamo Savonarola. Aquel sermón que le convertiría en mártir o en
leyenda.
—¡Es mi deber abrir vuestros ojos y haceros saber que toda la bondad y toda la maldad recaen sobre la cabeza de Lorenzo de’ Medici! ¡Su responsabilidad también
está en sus pecados! ¡Si siguiera la senda del Señor, toda la ciudad se santificaría! ¡Es el orgullo el que no permite corregir al tirano! Escuchad lo que os digo: no siento
temor al destierro, aunque yo venga de lejos y Lorenzo de’ Medici sea el principal ciudadano de Florencia, ¡tened por seguro que cuando Lorenzo parta de este mundo,
yo seguiré entre vosotros!
Los florentinos creyentes vieron en Savonarola a un nuevo enviado de Dios, cargado no solo de cólera, sino también de coraje. Supieron apreciar el valor destilado en
cada una de sus palabras, en cada gesto, en cada mirada.
El duomo de Santa Maria del Fiore fue testigo de excepción. Un soplo de aire fresco había llegado a la ciudad.
Lorenzo de’ Medici no pudo creer las palabras vertidas sobre él. Si el fraile estaba en la ciudad era precisamente por intervención suya, que se había dejado convencer
por Pico della Mirandola. ¿Cómo era posible que el religioso descargara su ira contra él? Lorenzo había creído poseer un as bajo la manga; había creído que, en su intento
de purificar la Iglesia desde dentro, Savonarola cargaría contra el papa, potenciando así la figura del príncipe en la ciudad. Florencia contaría con un nuevo soldado en sus
filas contra los ejércitos vaticanos. Su protegido debía ser aquel que insuflara una nueva ilusión y una nueva ideología capaces de acabar con la cortina que escondían en
Roma. Pero el devenir de los hechos no era ni mucho menos el que Lorenzo esperaba.
De una u otra manera, Lorenzo de’ Medici había intentado acercar posiciones con Girolamo Savonarola, por ejemplo, convirtiéndolo en el prior de San Marco,
convento del cual era patrón el Magnífico, como había hecho en el mes de julio del año anterior. Lorenzo necesitaba allí a un monje verdadero, y quería mantener la
amistad con Pico della Mirandola, el auténtico valedor de Savonarola. Era costumbre que, tras la investidura, el prior aceptara la invitación de Lorenzo de’ Medici para
mostrarle sus respetos y su gratitud, pero esta vez no ocurrió. Girolamo se excusó otorgando a Dios su Señor la verdadera responsabilidad de su nombramiento como
prior de San Marco. No le habían hecho ningún favor; se había hecho justicia. «Un monje extranjero se ha asentado en mi casa y ni siquiera se preocupa de visitarme»,
se quejaba Lorenzo de’ Medici, que contaba entonces cuarenta y tres años, a sus círculos íntimos.
Así fue como una comitiva formada por cinco de los ciudadanos más eminentes de la ciudad de Florencia realizó una visita bajo pagamento, en nombre de Lorenzo, al
nuevo prior del convento de San Marco. Francesco Valori, Guidantonio Vespucci, Domenico Bonsi, Paolantonio Soderini y Bernardo Rucellai hablaron con Girolamo.
Le pidieron por activa y por pasiva que dejara a un lado sus sermones más provocadores. Le instaron a obviar términos como «purgas», «muertes» y «renovaciones
espirituales», así como a dejar de nombrar al patrón del convento y regente de la ciudad en sus homilías. Girolamo Savonarola no accedió a las peticiones. Se limitó a
apuntar que su derecho a predicar le daba libertad para pronunciar las palabras que estimase oportuno, porque eran las palabras del verdadero Señor, del Señor
Supremo.
Una vez más, los intentos de Lorenzo de’ Medici de ganarse al inquilino que se transformaba lentamente en su propio parásito fracasaron.
Cuando, el 9 de abril del año 1492, consumido y condenado por una larga enfermedad, Lorenzo de’ Medici comprendió que había llegado su hora, pidió confesarse
ante Girolamo Savonarola. Nadie estuvo presente en esa sala. Nadie supo nunca qué se dijo entre esas cuatro paredes. Cuando Lorenzo el Magnífico expiró, Savonarola
exclamó pocas palabras: «Lorenzo de’ Medici se fue a la grupa de la muerte, y yo me quedé».
Lorenzo de’ Medici no vivió lo suficiente para enterarse del descubrimiento del Nuevo Mundo, y Girolamo Savonarola se convirtió oficialmente en «el Caballero de
Cristo».
Malas noticias para los artistas de Florencia. Malas noticias para Michelangelo Buonarroti.
6
Roma, 1573, Capilla Sistina
El sumo pontífice Gregorio XIII y el cardenal Gulli entraron los primeros a través de la puerta más cercana al altar, conocida como la entrada de los monaguillos, a
una velocidad fuera de lo común. Monseñor Carlo Borromeo, arzobispo de Milán, iba tras ellos. El ansia por saber qué se escondía en aquel lugar santo no entendía de
ceremonias ni parafernalias. Si la preocupación de monseñor Borromeo estaba justificada, tenían un problema; un problema del mismo tamaño que el primer templo
construido por el rey Salomón, puesto que el diseñador de la capilla, Baccio Pontelli, se inspiró en las descripciones de dicho lugar que daban los textos del Antiguo
Testamento. La sección posterior del primer templo diseñado por Salomón había servido de modelo en la construcción de la nueva capilla. La doble moral que en
aquellos tiempos se aplicaba en la sede del cristianismo había permitido que la capilla fuera construida con las mismas dimensiones que el templo judío por excelencia, a
pesar de que estos estuvieran señalados por ser los artífices de la muerte de Jesús de Nazaret, el Cristo.
Este nuevo templo tenía una anchura de 13,41 metros, una longitud de 40,93 metros y una altura de casi 21 metros. El pavimento era de mármol polícromo, con
discos papales formados por diez esferas concéntricas. En mitad de la sala se encontraba la transenna, la barrera móvil que hacía divisible el espacio sagrado. La
construcción databa de la segunda mitad del siglo XV, época floreciente de la renovación urbanística. Sisto IV ordenó derribar una antigua capilla pontificia del siglo XIII y
construir en su lugar el edificio donde ahora se encontraban los pesquisidores. Era un edificio con doble función: la de capilla palatina y la de defensa avanzada de la
entrada del cuerpo principal del edificio.
Las murallas de las paredes laterales estaban formadas por ladrillos de corte alineados con ladrillos de cabeza. En la parte superior, las mansardas, donde las vertientes
se quebraban, se abrieron ventanas a la manera de buhardillas destinadas al cuerpo de guardia.
Toda una galería de sumos pontífices permanecerían inmortales e impávidos ante la información que monseñor Borromeo estaba a punto de facilitar a Gregorio XIII.
Desde lo alto, la decoración deseada por Sisto IV homenajeaba a sus más antiguos predecesores, lo cual era perfecto para destinar la capilla a los ritos papales oficiales.
Tan pronto como llegaron al punto que les pareció el centro del habitáculo, los tres hombres de fe miraron hacia arriba. Desde abajo, resultaba bastante complicado
distinguir aquellos detalles que Michelangelo había deseado mantener ocultos a ojos curiosos, y la iluminación tampoco ayudaba mucho.
Michelangelo Buonarroti había sido el encargado de pintar aquel espacio. Su magnánima obra debería estar compuesta por cinco sibilas, siete profetas, nueve paneles
dedicados al Génesis, cuatro historias sobre la salvación de Israel sobre las pechinas, y los antepasados de Cristo en lunetos y enjutas. Al parecer, lo que estaba allí
reproducido no era eso exactamente. Al menos, no tal y como lo predicaban los representantes de Dios en la tierra.
Monseñor Borromeo no alargó la situación más de lo debido, pues sabía que, sin el conocimiento oportuno, ni el santo padre ni el cardenal serían capaces de
encontrar nada aparte del ombligo de Adán.
—Santidad, ¿qué le parece si empezamos desde el principio? —preguntó cortésmente el arzobispo.
—Empiece por donde quiera, pero empiece de una vez. Si Satán está dentro de la capilla, ¡exijo saberlo! —Su voz retumbó entre las cuatro paredes.
—No se altere, santidad —rogó el cardenal, tratando de calmar a un Gregorio XIII enervado.
Borromeo miró al papa primero y después al cardenal.
—Os adelantaré que la obra de Michelangelo Buonarroti os provocará más de un disgusto. Lo que os voy a relatar cambiará la historia del arte, si vos mismo no
ordenáis con premura la demolición de la Capilla Sistina.
Las últimas palabras de Borromeo se quedaron suspendidas en el aire.
7
Ciudad de Roma, 1496
Roma, Ciudad Eterna. Roma, uno de los lugares santos de la cristiandad junto con Santiago de Compostela. Desde 1378 y gracias al mandato de Pierre Roger de
Beaufort, conocido como Gregorio XI, gozaba de ser una vez más la sede del pastor universal, lo que había supuesto un aumento considerable de habitantes en la
ciudad, que a finales del siglo XIV solo contaba con 17.000 almas dentro de las murallas aurelianas, de las 35.000 que había llegado a tener.
Aun así, era el centro del mundo. Gracias a la construcción de nuevas vías de desplazamiento en el siglo XV, el norte de Europa estaba perfectamente conectado con la
Ciudad Eterna. París, Brujas, Aviñón o Worms tenían acceso directo a Roma para asistir a las celebraciones de los años santos.
En los últimos cincuenta años, la ciudad de Roma había sufrido y disfrutado a partes iguales de una remodelación sin igual. Celebrados dos años santos y a punto de
entrar en un tercero, la urbe crecía a pasos agigantados. Las calles eran restauradas, los puentes reconstruidos, las casas desinfectadas y los hospitales ampliados. Cada
veinticinco años, la ciudad de Roma se convertía en un gran hostal del peregrinaje, y pueblos cercanos a la gran urbe como Montefiascone, Viterbo o Acquapendente
servían de parada obligatoria para reponer fuerzas y descansar.
Sin embargo, no todos los penitentes podían disfrutar de las mismas comodidades. Los pobres, los nómadas o aquellos peregrinos que no se podían permitir un lecho
en los albergues de Campo dei Fiori o en Monte Giordano pasaban las noches a la intemperie en los viñedos o en las numerosas ruinas que dibujaban la ciudad. En
contraprestación, trabajaban como jornaleros, ya que, en los años en los que se celebraba el jubileo, el consumo de vino se duplicaba, generando fuertes ingresos en el
negocio. Los dueños de los viñedos del área de Colli Albani se frotaban las manos.
Incluso los artistas aprovechaban estos periodos de bonanza para desarrollar sus talentos. En los últimos años, artistas como Francesco Traini, Masaccio, Masolino
da Panicale o Filippo Rusuti habían retratado la vida de los peregrinos en su camino a la urbe. Asimismo, las calles se poblaron de mapas de la ciudad que marcaban los
lugares importantes y sagrados, productos de un nuevo mercado aún por explorar. Los diseños de Alessandro Strozzi, Paul de Limbourg o Taddeo di Bartolo pasarían a
la historia, aunque ellos no fueron conscientes. Solo cinco años atrás, en el año 1491 de Nuestro Señor, se había publicado en Núremberg una guía de Roma para
peregrinos encuadernada a mano.
La Roma que se encontró Michelangelo Buonarroti al llegar era bien distinta a la de no mucho tiempo atrás. Superado el Gran Cisma de Occidente y bajo el papado
de Niccolò V, conocido por su afición a los relatos libertinos, el jubileo anterior llevó consigo la restauración de las murallas y las puertas de la ciudad, junto con la
renovación de los puentes Salario y Nomentano, al norte de la ciudad, y Tiburtino, al noreste. Se rehabilitaron el palacio pontificio junto a la basílica papal de Santa
Maria Maggiore o las iglesias de Santo Stefano Rotondo, próximas a las termas de Caracalla y San Giacomo degli Spagnoli, en la plaza Navona. El castillo de
Sant’Angelo pasó de ser fortaleza a residencia, y también la vía de San Celso alcanzó un esplendor nunca antes imaginado
Años después, Paolo II, cuya aportación arquitectónica fue la construcción del palacio Venezia, instauró el carnaval en el año 1465 de Nuestro Señor. Estas fiestas,
que poco rescataban de la tradición veneciana, incluían carreras de caballos y de monos, tauromaquia, y competiciones y peleas de carros. Asimismo, el papa Paolo II,
amante del lujo, del placer y de jóvenes indefensos hambrientos de una carrera eclesiástica triunfal, subió los impuestos a los judíos con el fin de costear sus fiestas
personales. La humillación para con el pueblo judío no terminaba ahí, les hacía correr tras un palio y bajo los insultos de la multitud, instigados por hombres a caballo.
Su sadismo le llevó a promover torneos entre cojos y jorobados en plaza Colonna, plaza Venezia o en plaza Sciarra, mientras que en la plaza del Popolo se podía
disfrutar de ejecuciones públicas.
Con la llegada de «el gran constructor», que así se conocía a Sisto IV en los Estados Pontificios, se recuperó el espíritu de crecimiento urbanístico. Mientras se
fraguaba la conjura de los Pazzi y se aprobaba la puesta en marcha del Tribunal de la Inquisición en España, fueron realizadas varias labores arquitectónicas que
ensalzarían aún más la gloria romana: la nueva Capilla Sistina; la tremenda restauración que vivió la biblioteca vaticana dejando atrás los vestigios de la construcción de
Niccolò V; la introducción de nuevas cátedras en la Universidad de Roma; la creación de los Musei Capitolini con las primeras donaciones en bronce del propio papa y
el nuevo palacio del Senatore, ambos en la plaza del Campidoglio; el alzado de la primera Fontana di Trevi, suministrada por el reparado acueducto Aqua Virgo; de
nuevo la fortificación del castillo de Sant’Angelo, y la creación de calles nuevas desde el mismo: en dirección a San Pietro, al Campo di Fiore, al palacio San Marco y
hasta la puerta del Popolo. Para terminar, las reformas higiénicas en el hospital Santo Spirito, y el puente Sisto, cerca de la isla Tiberina, se convertirían en el legado de
Francesco della Rovere.
El sucesor de Sisto IV, Innocenzo VIII, solo inauguró la vía Alessandrina y el palacete de Belvedere, pero dejó como legado a Tomás de Torquemada como gran
inquisidor de España; un negocio ruinoso de compraventa de puestos eclesiásticos, y un ejército de cincuenta mil prostitutas en la ciudad a Rodrigo Borgia. El nuevo
papa, entronizado con honores de césar, tenía un plan urbanístico sin parangón, oscurecido por la fama de sus orgías y favores familiares. En aquel momento, bajo el
mandato de Alessandro VI, Roma viviría una nueva época de esplendor arquitectónico. Familias poderosas como los Cesi, los Grimani, los Caraffa, los D’Este, los
Carpo, los Farnese, los Maffei, los Soderini o los Vittori acumularían propiedades, riquezas y antigüedades. Surgirían las villas y, de nuevo, la diferencia brutal entre las
clases sociales.
Sin embargo, Roma no disfrutaba de una vida municipal. Algunos miraban con recelo las libertades florentinas, cuyas bibliotecas públicas estaban al alcance de casi
todos. Alessandro VI no iba a permitir el libre pensamiento inducido por la circulación sin control de textos no autorizados por la Santa Sede, por lo que el negocio de la
imprenta no solo sufrió una recesión sino que resultó ser un negoció nefasto en la ciudad de Roma. «Al menos —pensaban algunos— la suciedad de las calles ha
desaparecido». No menos importante era la disminución de fallecimientos por paludismo a orillas del Tíber.
Esta era la ciudad que se preparaba para el jubileo del año 1500 de Nuestro Señor, decretado bajo el mandato del Borgia; la misma ciudad que Michelangelo visitaba
por primera vez. Las pocas y pobres copias manuscritas de la obra Las muy ricas horas del duque de Berry proporcionaron mediante un mapa una idea general de lo
que el visitante podría encontrar en Roma y podía servir de guía. Las murallas aurelianas, de unos diecinueve kilómetros de perímetro, hacían las veces de defensa frente
a posibles invasores desde los tiempos del emperador Aureliano. En su interior, la decadente gloria del Imperio romano se dejaba ver con el imponente Colosseo, dañado
por un terremoto ciento cincuenta años atrás; la Colonna Traiana, ahora acompañada por la nueva iglesia de San Niccolò de Columna; el Pantheon, templo pagano
reconvertido al cristianismo; la basílica de San Giovanni in Laterano, primera catedral de Roma asediada por distintos incendios en el siglo anterior; el monte Capitolino,
centro neurálgico de la ciudad con las nuevas construcciones, y la cúspide de los Estados Italianos: el castillo de Sant’Angelo y la basílica de San Pietro.
Como inmigrante, no bastaba con saber dónde estaban las construcciones. Era básico conocer el día a día de las gentes de la ciudad. Dónde vivir, dónde comer, dónde
comprar. Y de ello se preocupó Buonarroti. Cerca de la isla Tiberina, lugar en el que Ottone III había edificado la iglesia dedicada a san Bartolomé, reposo de los restos
del apóstol y de san Adalberto, se encontraba el pórtico de Ottavia, donde los romanos negociaban a la baja, o al menos lo intentaban, el precio del pescado. Los
fabricantes de cuero se habían instalado en lo que otrora fueran las criptas del estadio de Domiziano, en el Campo di Marte. Cerca se encontraban los quemadores de cal
y fabricantes de cuerdas, que ocupaban las ruinas del circo Flaminio, mientras que el pórtico Balbi veía cómo los fabricantes de velas hacían sus negocios. Un poco más
al norte, a unos pasos del Pantheon, los sopladores de cristal se habían apoderado de lo poco que quedaba de los antiguos baños de Agrippa.
Un simple vistazo alrededor de la aureliana a plena luz del día era suficiente para saber que los peligros, en el exterior de la ciudad, se dividían en dos clases: el peligro
animal, representado por los lobos que merodeaban en busca de presas fáciles; y el peligro humano, personificado en los salteadores de caminos en busca de presas aún
más fáciles. Ruinas como el antiguo Foro romano, que se había convertido en un campo de vacas, o el del césar, ahora invadido por la clase campestre, tardarían mucho
tiempo en ser rescatadas del olvido, a pesar de los intentos fallidos del poeta aretino Francesco Petrarca. Un ambiente semirrural quizá no demasiado apto para un
artista florentino.
Sin embargo, mientras en Florencia los miembros de la familia Buonarroti iniciaban su declive y poco a poco se iban convirtiendo en nobles venidos a menos, la
aclimatación del artista florentino a su nueva ciudad se obró con rapidez. No podía ser de otra manera, el honor del apellido Buonarroti aún no estaba mancillado en la
Ciudad Eterna. El día en el que Michelangelo llegó a la ciudad, el cardenal Rafaelle Riario le estaba esperando. No le hizo falta mostrar ninguna de las cartas de
recomendación que le otorgara Lorenzo di Pierfrancesco de’ Medici, primo de Lorenzo el Magnífico y protector de Sandro Botticelli, cuyos destinatarios principales
eran los banqueros florentinos residentes en Roma y el propio cardenal. Riario sabía lo que quería, y quería lo mejor para Roma. No iba a dejar que alguien con el talento
de Buonarroti se mezclase con los libertinos florentinos.
Rafaelle Riario no dejó pasar ni una sola jornada. Conocía de sobra el trabajo del joven escultor en Florencia, sabía de su dominio tanto en el relieve como en la
escultura. Dejó que se instalara en la zona del barrio de Parione, donde se ubicaba, frente al palacio de San Giorgio, la casa de Jacopo Galli, colaborador de los
cardenales, y se puso manos a la obra. Si en la primera jornada de Michelangelo en Roma se encargó del protocolo necesario para la instalación del artista, en la segunda
se ocupó de mostrarle la impresionante colección de estatuas griegas y romanas que había acumulado, con el fin de divulgar el arte en Roma. Partieron de su casona en
dirección al palacio recién construido cerca del Campo dei Fiori, conocido como la cancillería. La conversación que mantuvieron frente a los pétreos inmortales fue
breve.
—Messer Buonarroti, ¿seríais capaz de hacer algo similar?
—No haré cosas tan grandes, ya veré lo que puedo hacer.
Con esas palabras cerraron de forma verbal el primer contrato en la Ciudad Eterna. Lo que nunca sabría el cardenal es que aquella primera visita de Michelangelo a su
colección de estatuas cambiaría la visión global de la escultura. Lo que Buonarroti apenas había podido saborear en el florentino jardín de los Medici estaba ahora al
alcance de su mano cuantas veces quisiera. Tenía enfrente el legado de la Antigüedad, donde los hombres se fundían con la piedra, y viceversa. Fue tal el efecto causado
en él que, tan solo un día después, ya buscaba en las calles de Roma un pedazo de mármol con el que ponerse a trabajar. Una vez asentado en la ciudad, con un trabajo
estable que, sabía, superaría con creces, se tomó la libertad de escribir a su mecenas florentino Lorenzo di Pierfrancesco de’ Medici.
Jesús, a día 2 de julio de 1496
Magnífico Lorenzo de Pierfrancesco de Medici:
Solamente para avisaros de que el sábado pasado llegué sano y salvo, y rápidamente fui a visitar al cardenal de San Giorgio, Rafaelle Riario, y le presenté vuestra carta. Me recibió satisfecho y
quiso que fuese a ver algunas esculturas, en lo que pasé toda la jornada, por lo que ese día no entregué a nadie más cartas vuestras. Después, el domingo, el cardenal me hizo llamar: fui a su casa y
me preguntó qué me parecían las cosas que había visto. Yo le di mi opinión, pues en verdad había figuras muy bellas. Él me preguntó si tendría ánimo suficiente para hacer alguna cosa tan bella. Le
dije que yo no haría cosas tan grandes pero que ya vería lo que sería capaz de hacer. Hemos comprado un pedazo de mármol para una figura del natural y el lunes comenzaré a trabajar. Nada más
por ahora. A vos me encomiendo. Dios os guarde de cualquier mal.
Michelangelo en Roma
A la semana siguiente comenzó a esculpir el Baco, una obra de temática pagana con una sensualidad impropia no solo para la purista ciudad de Roma, sino también
para una Florencia que poco a poco veía su libertad menguada con el efecto Savonarola. Vino y orgías era lo que, en lo más profundo de su marmóreo ser, representaba
la figura. A Riario le sonrojó el subterfugio que implicaba la estatua y al final pasó a manos del amigo en común Jacopo Galli, pero el éxito fue tal que Michelangelo fue
nombrado, con tan solo veintiún años, primer artista de Roma. Sin embargo, esto no nubló el espíritu del florentino. Michelangelo seguía vistiendo de negro, y nunca
nadie en Roma le vería vestir de otro color que no fuera ese, atezado. El éxito le trajo una posición económica bastante cómoda a pesar de que se le tachaba de huraño.
No era un despilfarrador. Ahorraba y ahorraba, y solo se sumergía en el trabajo. Su notoriedad le permitió inmiscuirse en los círculos cardenalicios más exclusivos, pues
todos querían ofrecer a Buonarroti propuestas escultóricas a cual mejor pagada. Tomó la delantera el cardenal francés de San Dionigi, de nombre Jean Bilhères de
Lagraulas. El aún abad de Saint Denis deseaba fervientemente que el artista creara un conjunto escultórico, y así se lo hizo saber:
—Quiero una pietà de mármol para la capilla de Santa Petronilla, en la basílica de San Pietro.
Michelangelo, que, además de ser un gran artista había evolucionado como hombre de negocios, vio en ello una excelente oportunidad para volver a Florencia, aunque
fuera por una muy breve estancia, de paso a Carrara, donde él mismo elegiría los bloques de mármol que configurarían los cuerpos de la Virgen María y el Cristo muerto.
Sin embargo, las noticias que llegaban de su tierra natal no eran ni mucho menos buenas. La situación gubernamental en Florencia era insostenible. Con la ciudad a punto
de ser sometida bajo dominio francés, los Medici habían sido expulsados definitivamente, en favor de la n

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