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Libro PDF Runas Ednah Walters

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—Es muy injusto. Mis padres han
vuelto a restringir mis horas de internet
—rezongó Cora. Alzó los ojos al cielo
delante de la webcam—. Pero, como
siempre, mi mejor amiga Raine es mi
salvación y aquí estoy, con el siguiente
Chico Sexy de la Semana. Antes de
daros los detalles, necesito un momento.
Vuelvo en unos minutos.
Presionó Pausa en la webcam,
giró la silla y me miró.
—Gracias. Me muero de
hambre.
Yo le lancé una bolsa de patatas
fritas, que ella atrapó en el aire.
Mantuve la puerta entre nosotras y le
mostré una lata de soda.
—Vamos. No te voy a tender una
emboscada —protestó Cora.
—Embustera. Recuerda que, si
vuelves a hacerlo, te borro de mis
amigos en todas las redes sociales, Cora
Jemison —le advertí.
Cora hizo una mueca.
—Nunca me dejarás olvidar eso,
¿verdad? Un error, Raine. Uno solo y
quedo etiquetada como mentirosa por el
resto de mi vida.
—Solo hasta que terminemos la
escuela. Por suerte para ti, quedan
menos de dos años —Cora era muy
melodramática, lo que la convertía en la
videobloguera perfecta. Yo, en cambio,
odiaba ver mi cara en páginas web, algo
que ella tendía a olvidar cuando se
entusiasmaba.
—¿Y cuándo terminarás? —
pregunté—. Tenemos natación y yo
también quiero entrar a internet.
—Diez minutos, pero hoy no voy
a natación. Keith y yo vamos a ir a ver
cómo nuestro equipo destroza a los
Cougars. ¡Vivan los Trojans! — Ella
levantó el puño en el aire—. Ven con
nosotros, Raine. Por favor. ¿Por favor?
Me puedes ayudar a elegir a mi próxima
víctima del blog.
—No puedo. Tengo que hacer un
trabajo de Literatura.
—¿Otro? ¿Cuántos van ya? ¿Uno
a la semana? Supe que el amargado de
Quibble sería difícil cuando os mandó
un email con una lista de lecturas para el
verano. —Se estremeció—. Debiste
dejar su clase cuando tuviste la
oportunidad.
—¿Por qué? A mí me gusta.
Cora hizo una mueca y supe lo
que estaba pensando. Que me vendría
bien tener una vida fuera de los libros.
Lo decía a menudo, como si nadar y
tocar el oboe en la banda de música no
contaran. Yo prefería leer a animar a
jugadores de fútbol americanos pagados
de sí mismos e idolatrados. Por lo que a
mí respectaba, yo ya contribuía
suficiente al espíritu de la escuela
tocando con la banda en los partidos
locales.
—Muy bien, quédate en casa con
tus aburridos libros, pero no pierdas de
vista tu teléfono —me ordenó—. Te iré
informando durante el partido. —Me
quitó la bebida de la mano, la abrió y
tomó un trago—. Gracias.
Giró la silla, la rodó de regreso
al escritorio y encendió la webcam de
nuevo.
—EL Chico Sexy de la semana
está en mi clase de Biología. Mide un
metro ochenta, es masculino sin ser muy
musculoso. No me preguntéis como lo
sé. Una chica tiene que guardar algunos
secretos, ¿verdad? —Soltó una risita y
giró un mechón de pelo rubio entre los
dedos—. Está en el equipo de lacrosse y
tiene un pelo ondulado castaño con
reflejos dorados, Chex Mix hair. más
largo de lo que me suele gustar en un
chico, pero a él le sienta bien. ¿No os
encanta esa frase? Chex Mix hair.
Mejor que rubio oscuro, ¿verdad? Se la
he robado a Raine.
Cerré la puerta y moví la cabeza.
¡Pobre chico! El miércoles todas las
chicas de la escuela estarían
especulando sobre su identidad y su
relación con Cora, y dejando
comentarios de critica en el blog. A ella
le encantaba ser traviesa, pero un día se
pasaría de la raya y alguien se
molestaría.
Cora y yo éramos amigas íntimas
desde la escuela secundaria, cuando la
encontré llorando en el baño de las
chicas después de Educación Física. Le
había costado mucho adaptarse al
colegio público después de haber estado
estudiando en casa. Aunque ahora nadie
lo sospecharía. Era increíblemente
popular a pesar de que no se juntaba con
el grupo más selecto.
Abajo me acomodé en el sofá
c o n Las Uvas de la Ira, de John
Steinbeck y con un lápiz para tomar
notas detrás de la oreja, y abrí una bolsa
de mis patatas fritas picantes favoritas.
Estaba bien que el señor Quibble
hubiera incluido el libro en la lista de
lecturas de verano, así yo ya lo había
leído una vez.
El timbre de la puerta resonó por
toda la casa antes de que terminara la
tarea. Sonreí. Seguramente sería Eirik,
mi novio no oficial. Me levanté de un
salto, corrí a la puerta y la abrí de
golpe.
—Ya era hora de que llega…
Retrocedí un paso y el corazón
me dio un brinco. Capté de un vistazo el
pelo negro medio ondulado del
desconocido, sus ojos azules como el
mar Pacífico bajo unas cejas arqueadas,
su chaqueta de cuero negra y los jeans
ceñidos en sus caderas. O el destino
había conjurado un vivo ejemplo del
chico de mis fantasías y lo había
depositado en mi puerta, o estaba
soñando. Cerré los ojos con fuerza y volví
a abrirlos.
Él seguía allí, lo único que le
faltaba era un lazo o una nota con mi
nombre clavado en la frente. Me
pregunté irracionalmente cómo sería
pasar los dedos por su pelo. Era
suntuoso, y tan largo que rozaba el
cuello de la chaqueta. Movió los labios
y me di cuenta de que estaba hablando.
—¿Qué? —pregunté. La palabra
me salió en dos sílabas y me encogí
interiormente. “Patético, Raine”.
—Te he preguntado si has visto
a Eirik Seville —dijo el desconocido,
impaciente, con una voz profunda e
imponente, como si estuviera
acostumbrado a dar órdenes—. Y tú has
negado con la cabeza. ¿Eso significa que
no has entendido lo que he dicho, que no
lo conoces o que no sabes dónde está?
—Ah, lo tercero. —¿Se podía
ser más patética? Peor aún, sentí el
calor de mi vergüenza en las mejillas—.
Es decir, no sé dónde está —dije con
voz chillona.
—Él dijo que estaría en casa
de… —Sacó un papel de su guante de
motorista, de esos sin dedos, y leyó—:
Raine Cooper.
—Esa soy yo. Lorraine Cooper,
pero todos me llaman Raine. Se
pronuncia como “rain” con una E muda
—dije, aunque él no me pidió ninguna
explicación. Cuando estoy nerviosa,
tiendo a hablar mucho—. Sí, bueno,
pues Eirik no está aquí.
—¿Cuándo lo esperas? ¿O
debería preguntar cuándo suele llegar
aquí, Raine con E muda?
Me enfadé. No me gustaba su
tono burlón ni su modo de hablar lento,
como si yo fuera tonta.
—Él no siempre viene aquí
después de clase, ¿sabes? Puedes probar
en su casa o ponerle un mensaje.
El señor Sexy-pero-arrogante se
encogió de hombros.
—Si quisiera usar tecnología
moderna, lo haría, pero prefiero no
hacerlo. ¿Me harías un favor?
¿Usar tecnología moderna? ¿De
qué cueva se había escapado? Hablaba
con un rastro de acento que tenía un deje
familiar. ¿Británico o australiano quizá?
Nunca he podido distinguirlos
Él suspiró.
—Ya vuelves a negar con la
cabeza. ¿Mi pregunta te ha confundido?
¿Hablo demasiado rápido, demasiado
lento o soy yo? Me han dicho que mi
presencia suele, ah, confundir a la gente.
Me crucé de brazos, alcé la
barbilla y lo miré con desdén. Yo solía
ser la tranquila de mis amigos, la
pacificadora, pero este chico ponía a
prueba mi paciencia con su arrogancia.
—No.
Él enarcó las cejas, que se
juntaron con el mechón de

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