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Libro PDF Si alguna vez muero Martín Alonso

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Miraba con fijación, como fascinado, la espiral que formaban no sé qué partes del enorme motor del avión estacionado próximo al que había de llevarme, girando
como aspas de molino al viento. Daba la sensación de una vorágine que, fatalmente, llevaría al fondo del mar, obsesión que siempre acompaña en mí el miedo al vuelo.
Al instante nos llamaron para embarcar y no sé cómo al final, fuera por valor recuperado o resignación, seguí adelante y me encontré en la espaciosa cabina, a salvo de
cualquier sensación de claustrofobia y ocupando uno de los primeros asientos que daban al pasillo. Ni el jerez ofrecido como cortesía previa, ni las instrucciones de
seguridad dadas como mera rutina por el personal de cabina, o siquiera la forzada expresión de amabilidad de las diligentes azafatas calmaban mi nerviosismo, sino todo
lo contrario. La actividad en torno a mí me mantuvo distraído hasta el momento en que, precedido de zumbido apenas perceptible y un leve temblor, se oyó el rugir de
los motores —no había escapatoria hasta el aterrizaje—. Empecé a moverme inquieto en el asiento, simulando elegir algo para leer y luego orientando la toma de aire,
mientras una sensación de calor sucedía a otra de frío.
Desde el momento en que el avión comenzó a rodar hasta que despegó de Londres no recuerdo nada, tampoco apenas de las dos horas siguientes, tiempo
durante el cual volamos sin abandonar el mar en ningún momento. Después ya había recuperado mi sangre fría habitual.
Dejé una lectura en la cual apenas me había podido concentrar, y advertí que el pasajero que ocupaba el asiento contiguo al mío parecía dormitar, habiendo
estado también leyendo hasta entonces sin hablar con nadie. Aparentaba cincuenta años o poco más, era corpulento y parecía de mi estatura o ligeramente más alto; ni
su aspecto ni su vestimenta denotaban nacionalidad alguna, pero cuando antes de servir la cena se nos ofreció un aperitivo, al intercambiar un brindis me habló en
perfecto español aunque su lectura estuviera en inglés. Supongo que el libro que yo leía había delatado mi idioma.
Retiradas las bandejas y acabada la cena sin intercambiar una palabra más, hizo mi compañero de viaje no sé si una pregunta o un comentario a la azafata en esa
forma particular, falsamente paternal, que algunos hombres maduros tienen para atraer la atención de las jóvenes. Ello no tenía nada de particular, pero sí que lo hiciera
con el mismo acento que la azafata —algo muy extraño en un español— y me pregunté si no se trataría de un norteamericano bilingüe. Disimuladamente, al cerrar mi
compañero de viaje los ojos de nuevo le miré con cierto detenimiento, de soslayo e intrigado, reanudando luego mi lectura —una guía de San Francisco— hasta quedar
también dormido.
Pasarían otras dos horas, o poco más, cuando me despertaron bruscamente una sacudida y la advertencia por megafonía de que era necesario usar los
cinturones de seguridad, porque atravesábamos una zona de turbulencia. Al poco, la aprensión se fue convirtiendo en pánico según aumentaban las sacudidas,
nuevamente alternándose en mí sensaciones de frío y calor, y cerré los ojos hasta que cesaron los meneos tras unos segundos interminables. Era de día sobre el
Atlántico, aunque los pasajeros hubiesen estado durmiendo en su mayoría hasta entonces. Sorprendentemente, mi compañero de asiento seguía durmiendo.
Apenas sosegado, no pude conciliar el sueño a partir de entonces. Pero mi aburrimiento duró poco: del asiento que daba al pasillo, tres filas por delante y a la
derecha, emergió un pie, luego otro, calzados con chinelas de seda china. Y mi atención se concentró en las piernas femeninas que seguían, largas y bien torneadas,
visibles hasta poco más arriba de la rodilla. Finalmente, apareció el resto del cuerpo al incorporarse ella para dirigirse a la zona trasera del avión —era alta, de pelo
trigueño y joven, aunque no demasiado—. Se movía con gracia entre los asientos, y al pasar puede que se fijara distraídamente en mí; ya era tarde para ocultar mi
atención cerrando los ojos, y posiblemente la percibiera. Luego, al regresar a su asiento, ya de espaldas a mí, adiviné que lo que tapaban su amplia falda y su ajustado
jersey no desmerecía de lo que antes había visto. Admiré su andar y figura ya sin disimulo, pensando: «¡hay una bomba a bordo!». No imaginaba entonces que en efecto
acababa de explotar; menos todavía, que la metralla me había alcanzado irremediablemente.
Desvié luego la atención hacia el viajero del asiento contiguo —lamentando fuera él y no la bomba volante quien la ocupase—, el cual miraba ahora por la
ventanilla. El libro con el cual distraía sus ratos de vela estaba a un lado y pude ver el título: «Point Counterpoint», extraña lectura para un vuelo nocturno. Despertada
mi curiosidad y para entablar conversación, pregunté:
—¿Por dónde estaremos?
Acercándose más a la ventanilla, concentró la atención.
—Vamos a dejar la Bahía de Hudson y entrar al continente, seguro.
—¿Tan al norte?
—Donde nos lleven los vientos de cola favorables —replicó, apenas sonriendo.
Sin interés ya, pero por continuar la conversación, dije una tontería.
—Después de tanta agua, mucho mejor, un alivio.
—¿Por qué lo dice?
—Se siente uno más seguro.
Entonces, por lo bajo, tal vez para sí mismo aunque lo oyera yo, musitó algo sorprendente:
—Si alguna vez muero, que esparzan mis cenizas al mar —Y aún por lo bajo, repitió en inglés:— If I ever die… —Sin darme tiempo a reaccionar ante tal
disparate, y ya en voz alta y con tono jovial añadió:— ¿Va a San Francisco por negocios tal vez? Diciembre no es época para turismo.
— Soy escritor, vivo en París casi todo el año, y busco ambiente y tema para una nueva novela —repliqué sin ánimo de vanagloria, discreción, ni mucho
convencimiento.
-Ah… sí. Para eso, por supuesto… San Francisco es una ciudad fascinante —y pareció querer interrumpir la conversación, pensativo.
Esperando compensación a mi franqueza, de forma directa pregunté a mi vez:
– ¿Y usted?
—Pasaba por Londres casualmente y voy a San Francisco… por asuntos familiares pendientes —respondió, cambiando la expresión totalmente.
Había ya tenido ocasión de fijarme en él con más detalle: efectivamente poco pasaba de los cincuenta, era alto y fuerte, de rostro enérgico, pelo rojizo —ya con
algunas canas—, ojos de color pizarroso y mirada triste. Aparte de unas manchas parduzcas del revés de las manos, nada revelaba su edad, y por las ráfagas visuales
que prodigaba a las azafatas, demostraba conservar el espíritu joven.
Y no intercambiamos una palabra más hasta el final del viaje. Sin embargo, me extrañó que a lo largo de las horas que siguieron en ocasiones sonriese para sí e
incluso riera más o menos discretamente mientras leía o meditaba. Jamás pude pensar, y menos hubiera imaginado Huxley, que el argumento de aquella novela resultase
jocoso para nadie.
Aproximadamente once horas después de despegar, para mi alivio terminaron el vuelo, la sensación de irrealidad que conlleva, y mi aprensión. Y bajando del
avión, el excéntrico personaje se volvió.
—No me presenté, que ahora recuerde: me llamo Castell, Antonio Castell, ¿y usted?
—Y yo Martín Alonso.
Ya en tierra, saludando con la mano como despedida, finalmente me animó, ahora esbozando una sonrisa.
—Estoy convencido de que encontrará un tema interesante para su próxima novela… será un éxito.
Y desapareció entre los otros viajeros, dejándome con la impresión de que se burlaba de mí.
Antes de abandonar el aeropuerto, pude ver de nuevo a mi tentadora bomba volante, esta vez hablando con un pequeño grupo de compañeros de viaje. Al
pasar, me miró distraída con una leve sonrisa, y lamenté no tener pretexto para unirme a la conversación, recordando aquello según lo cual tomar una sonrisa por una
esperanza puede llevar al ridículo. No obstante, al rato la había olvidado tanto a ella como al señor Castell, mientras el autobús me llevaba al hotel e intentaba adaptarme
al entorno. La ciudad parecía haberse recuperado totalmente del terremoto de tres años antes y todo resultaba tal cual había visto siempre en el cine, aunque ahora real y
con un inconveniente: los diálogos no estaban doblados y apenas entendía a la gente con mi inglés penosamente limitado.
EL dominiO de las sirenas
La fachada del hotel, toda revestida de ladrillo, correspondía a un edificio de varias décadas, aunque evidentemente remozado. El nombre «Mermaids Lair Lodge»
figuraba en bronce sobre una marquesina adornada con enormes macetas de enebros, sin faltar un diorama de azulejos mostrando en el fondo del mar a Neptuno, armado
de tridente y rodeado de sirenas. Todas ellas de largos cabellos, púdica y convenientemente tapándoles el pecho. El resto de lo que se veía, aún sin entrar al interior, era
impecable como correspondía a un establecimiento de cuatro estrellas que hasta hacía poco no me hubiese permitido pagar. Me dio la bienvenida un portero de librea y
mientras descargaba mis dos maletas eché una mirada al contorno.
Enfrente había un pequeño parque con bancos ya desocupados a aquellas horas del atardecer. A su izquierda, un restaurante italiano; a su derecha, un almacén
de efectos náuticos. Contiguo al mismo hotel, dando a la esquina, vi un bar y restaurante que ofrecía especialidades de marisco; su nombre —«The Galleon»— no
desentonaba con el ambiente marinero de aquel barrio de Bedford Street. A continuación y en el otro sentido, como nota discordante, una tienda de recuerdos y artículos
típicos de sabor tejano, seguida de otros establecimientos posiblemente similares.
El ya escaso tráfico circulaba a velocidades tan lentas que hubiese provocado bocinazos e insultos en Madrid o París.
Dentro del hotel noté con satisfacción que a pesar de exagerar los adornos náuticos —una enorme maqueta de clíper sobre la chimenea en mármol del vestíbulo,
y a cada lado de ella timoneles a tamaño casi real—, predominaban madera y bronce en la decoración antes que el plástico o la escayola, haciendo el conjunto acogedor y
discretamente elegante.
Me dirigí a la recepción, donde me atendió un joven empleado, moreno y con un bigote de charro que dejaba al mío en mera pelusa; en la chaqueta lucía chapa
de identificación con un nombre —William— que no correspondía a su aspecto. La sonrisa de bienvenida que me ofreció era la que correspondía a un huésped de
doscientos dólares diarios, y me preguntó en un inglés con ligero acento del sur de Río Grande si tenía reserva. Incluso sabiendo que me entendía en español, por no
anticiparme indiscretamente contesté en mi deficiente inglés que sí y que me llamaba Martín Alonso, entregando el bono de viaje.
Como pareciera no encontrar mi reserva entre sus papeles, le facilité mi pasaporte y al verlo sonrió nuevamente —esta vez con natural amabilidad— hablando
en español ya.
—¡Bienvenido, señor! Es que figuraba con Martín como apellido y no como nombre, así: Martín A. Martín, repetido.
Dándole mi nombre completo, le devolví la sonrisa recordando para mí que había sido un capricho de mi padre la repetición, por lo cual había tenido que
soportar bromas y el apodo de «capicúa» desde mis años de colegial. Para evitar confusión, posiblemente tendría que acostumbrarme a que se dirigieran a mí en
ocasiones como míster Martin.
La habitación, amplia e igualmente acogedora, hacía juego con lo que había visto hasta entonces y semejaba —cómo no— el camarote del capitán, con apliques
de bronce en cama, armarios y cómoda, en la cual no faltaba una pequeña maqueta de balandro. Predominaban los tonos azules y dorados, sin faltar anclas y timones
bordados en los cojines.
Un escritorio esperaba la redacción de la obra maestra que había sugerido el señor Castell que debía de escribir.
Al entrar en la ducha, me sorprendió no encontrar una sirena en la bañera, cortesía que hubiese sido bien recibida, pues no había tenido mujer alguna desde que
Eva me dejara hacía más de dos meses.
Mientras me afeitaba, veía en el espejo la imagen de un hombre a tres años de la cuarentena: pelo negro, ojos castaños, mentón cuadrado, mejillas sonrosadas y
un bigote pasado de moda. Con optimismo, satisfecho al verme, pensé que el conjunto resultaba agradable. Mi amigo Félix una vez me espetó festivo: ¡Pareces un
personaje de los años cuarenta: bigote fino, cierto aire atormentado que ya no aprecian las mujeres, y hasta tienes un hoyuelo en la barbilla!
Félix es mayor que yo, cínico, solterón, y falso misógino por enamoradizo. Tiene poco éxito con las mujeres y lo sufre en silencio. Para compensarlo, vive
desahogadamente sin trabajar, siendo un misterio para mí la fuente de sus ingresos. Tras la muerte de tío Sebastián, y sabiendo me había abandonado Eva hacía poco, me
sugirió que viajase al sitio más inesperado y lejano para olvidar y escribir. No sabría explicar la razón de elegir San Francisco de todo el mundo, pero finalmente hasta
aquí me había traído una decisión repentina.
Sonó el teléfono.
—Excuse me, sir, just testing your phone. Thank you míster Alonso.
Colgué extrañado. Y, sin probar bocado para la cena, cansado por el viaje y desorientado por el brusco cambio de horario me acosté, durmiendo sin parar hasta
la mañana siguiente.
UN PRI MER COMPRADOR
Al tercer día había recorrido todos los lugares de atracción turística de San Francisco en dos visitas guiadas, empezando por el puente Golden Gate, viajado en los
célebres tranvías, y explorado el barrio de los pescadores —Fishermens Wharf—, almorzando siempre allí a fin de evitar el ambiente mustio de un comedor de hotel, en
esos días de principios de diciembre con escasa animación. Además, el San Francisco de invierno pocas oportunidades ofrecía para un extranjero aburrido, que además
hablaba mal el idioma y se hacía entender a veces con dificultad. Para los días sucesivos, quedaban los museos.
Eran las tres, llovía, y refugiado en mi habitación me decidí a escribir —como había hecho desde mi llegada todas las tardes— provisto de un bloque de papel y
mi vieja estilográfica. Nunca escribía a máquina y menos al ordenador, todavía un arcano para mí. La Biblia de los Gedeones —en español por cortesía— permanecía sin
leer sobre el escritorio. Nunca he sido piadoso ni me hubiera ofrecido inspiración alguna.
Con la mente en blanco, acabé tendido en la cama intentando evitar la tentación de una siesta tardía, preguntándome qué hacía en aquella ciudad y para qué
había venido realmente.
Como si me hubiesen oído, sonó el teléfono. Era William.
—Señor, míster Jones le espera en el vestíbulo y desea hablar con usted.
—Mire, William, es un error sin duda. No conozco ni a míster Jones ni a nadie en esta ciudad, es la primera vez que vengo.
—Perdone, señor… pregunta por míster Alonso, y no hay ningún huésped que se llame así excepto usted.
Respondí que de acuerdo y decidí bajar por curiosidad.
El señor Jones era alto, delgado y adusto de aspecto. Rondaría los sesenta, con pelo negro ya entrecano y luciendo perilla. Vestía de gris y en un brazo llevaba
la gabardina y en el otro un maletín de cuero de aquel mismo color. Pensé, en vena de humor negro, que parecía un agente de pompas fúnebres. Al decir yo quién era, sin
presentarse ni tenderme la mano, me espetó:
—Míster Alonso, I have the best offer for the lady: up to thirty thousand depending on its condition. —En mi rostro debió ver reflejado mi confusión, y
repitió, esta vez en español con acento norteamericano— Señor Alonso, tengo la mejor oferta por la dama: hasta treinta mil según su estado.
—Gracias, pero no me interesa su oferta.
No tenía la menor idea de lo que buscaba ni por el porqué de aquella oferta exorbitante.
Tanto le sorprendió mi respuesta que siguió insistiendo, casi ofendido y con vehemencia:
—¡Señor Alonso, le estoy ofreciendo treinta mil por la dama, al contado!.
Y para confirmar lo que pensaba, que yo no había comprendido, se sentó, depositó el maletín sobre la pequeña mesa del vestíbulo y lo abrió mostrando un
montón de billetes de cien dólares cortados por la mitad y cuidadosamente dispuestos con fajas de papel. Jamás me había sucedido algo más absurdo. Se me ocurrió que
tenía frente a mí a un desequilibrado mental.
Para acabar con aquella escena ridícula y quitarme al intruso de encima, busqué en la memoria la frase más conveniente.
—Muy bien, señor Jones, consideraré su oferta. Nos pondremos en contacto más tarde.
—Estoy convencido de que llegaremos a un acuerdo. He aquí mi tarjeta.
Cerró la cartera con los billetes, se levantó y tras entregarme su tarjeta, se despidió con una leve inclinación de cabeza. Leí nombre y dirección:
Frank Leonardi
Antiques & Rare Books
22 Columbus Drive
San Anselmo, 94960 CA
Tel. (415) 455-9999
Me pregunté por qué había dado otro nombre al llegar y qué relación podía tener conmigo un anticuario al que no conocía, ofreciendo una suma importante
por algo que no tenía ni sabía de qué se trataba. Sin embargo, mi curiosidad no llegaba a tanto. Convencido de que se trataba de un error al haberme confundido con otro,
decidí olvidar el asunto y regresé a mi habitación, dispuesto a continuar la redacción de mi nu

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