---------------

Libro PDF Sic Semper Tyrannis – Fernando Díaz Villanueva

http://i.imgbox.com/zKq5bHhz.jpg

Descargar  Libro PDF Sic Semper Tyrannis – Fernando Díaz Villanueva 


Cuenta Tucídides que, en el año 514 antes de
Cristo, dos griegos llamados Harmodio y
Aristogitón apuñalaron hasta la muerte al tirano
Hiparco de Atenas. Este asesinato, el primer
magnicidio del que se tiene constancia histórica,
disfrutó de una puesta en escena muy cuidada. Los
asesinos, que eran además amantes, querían que su
hazaña pasase a la posteridad. Lo planearon todo
con esmero para enviar al tirano al otro lado de la
laguna Estigia delante de toda la ciudad, en el
mismo pie de la Acrópolis durante una procesión
que precedía al comienzo de las Panateneas, la
festividad anual que se celebraba en honor de la
diosa protectora de la ciudad. Lo cierto es que la
Atenas de finales del siglo VI antes de Cristo no
tenía un tirano, sino dos: el desventurado Hiparco
y su hermano Hipías, que era realmente quien
mandaba. El plan era liquidar a ambos, pero falló
la ejecución. Harmodio murió instantes después de
asestar la última puñalada a manos de la guardia
personal de Hiparco, un cuerpo de cincuenta
hombres armados con un garrote. Al poco
Aristogitón fue apresado. Hipías dispuso así de
unos minutos preciosos para retirarse tras la
guardia y salvar de este modo su vida. A
Aristogitón le esperaba un lúgubre destino en
forma de cámara de tortura y subsiguiente muerte a
puñaladas. Ya se sabe que el que a hierro mata, a
hierro muere. La tortura no era gratuita, Hipias
quería nombres porque sospechaba –no sin razón–
que detrás de los dos asesinos se escondía una
conspiración a mucha mayor escala.
Aristogitón resistió la sesión de tortura sin decir
un solo nombre, tal vez porque no lo había o tal
vez porque la voluntad del tiranicida era
indestructible. Lo que sabemos de este primer
tiranicidio es poco y fragmentado. Tucídides tiene
una versión, Herodoto otra, y luego sucede que,
por antigua y por ser la primera, la historia ha ido
de boca en boca durante siglos. Lo cual no es
necesariamente malo ya que la tradición oral ha
ido enriqueciendo y mejorando sustancialmente el
relato. Se dice, por ejemplo, que el asesinato no
vino provocado por motivos políticos, sino por
asuntillos menores de índole personal. Una de las
versiones cuenta que Hiparco pretendía a
Harmodio, lo que enfureció a Aristogitón. En otra
Harmodio es el ofendido, pero por otras razones.
Al parecer la hermana de Harmodio había entrado
al servicio del tirano como canéfora, un oficio muy
prestigioso para las jóvenes atenienses que
consistía en llevar una cesta con ramos de mirto
sobre la cabeza durante las procesiones religiosas.
Las canéforas tenían que ser jóvenes, pero también
vírgenes porque su lugar de residencia era el
templo de Atenea. Hiparco descubrió que la
hermana de Harmodio no era virgen y la expulsó
de la orden. En algunas versiones se juntan los dos
ultrajes: el de la hermana y el de las pretensiones
amorosas sobre Harmodio.
Realmente no sabemos por qué estos dos
atenienses decidieron quitar de en medio a los
tiranos, es decir, a los gobernantes. Hoy tirano –en
español y en casi cualquier lengua europea– tiene
un significado muy preciso. En nuestro idioma la
Real Academia lo define como aquel “que obtiene
contra derecho el Gobierno de un Estado,
especialmente si lo rige sin justicia y a medida de
su voluntad”. Hiparco e Hipías cualifican como
tiranos actuales, pero en la antigua Grecia un
tirano, un τύραννος (tirannos), era un gobernante
que había llegado al poder por la fuerza. En el
siglo VI antes de Cristo y hasta hace no demasiado
tiempo lo habitual era conquistar el poder de esta
manera para luego tratar de perpetuarse en él
instaurando una dinastía. Hiparco e Hipías
pertenecían a la dinastía de los Pisistrátidas,
llamados así porque ambos eran hijos de
Pisístrato, un filósofo y militar ateniense que,
décadas antes, se había hecho con el control de la
polis. Pisístrato para los antiguos griegos era un
tirano. Según cuentan, gobernó de manera pacífica
y benévola, embelleció Atenas y fue el primero en
encargar que se pusiesen por escrito la Odisea y la
Ilíada, los dos grandes poemas de Homero. A
alguien así nadie hoy le tacharía de tirano. Sus
hijos, sin embargo, si parece que lo fueron. Y ahí,
en ese punto, es donde aparecen Harmodio,
Aristogitón y su daga. Poco después del
ajusticiamiento público de Hiparco, el pueblo de
Atenas, conmovido por la gesta de los dos
amantes, no tardó en empezar a llamarles “los
tiranicidas”. Lloraban su muerte, lamentaban que,
quizá por simple entusiasmo justiciero y poca
previsión, Hipías hubiese salido bien parado del
encuentro. Y no era ese el único motivo. El
asesinato había servido justo para lo contrario de
lo que pretendían los tiranicidas. A partir de aquel
momento Hipías ejerció su tiranía, recrecida por
el rencor y el miedo, con mucha más dureza.
Habrían de pasar seis largos años hasta que los
atenienses, gracias a Clístenes e Iságoras, lograsen
sacudirse el yugo de la tiranía pisistrátida pero sin
poder pasaportar a Hipías, que consiguió huir a
Persia, donde el rey Darío le acogió como
exiliado.
En muchas más cosas de las que se piensa, el
mundo de la antigua Grecia no era muy diferente al
actual. Los hombres sucumbían a idénticas
pasiones que ahora. La peor de todas ellas, la
auténtica tumba del alma humana, es el poder, esa
extraña y enfermiza pasión de mandar sobre los
demás e imponerles –por las buenas o por las
malas– los propios fines. Conquistar el poder y
detentarlo indefinidamente es la razón última y
única de la política. Cabría concluir, por lo tanto,
que la política es una enfermedad y la tiranía su
expresión más extrema, la conclusión lógica de los
que ejercen la política sin cortapisas hasta sus
últimas consecuencias. Hiparco e Hipías no eran
muy diferentes a los hermanos Castro. Los unos y
los otros usurpaban un poder vitalicio y absoluto
contra la voluntad de sus gobernados. La pregunta
que tendríamos que hacernos es si es legítimo –
digo legítimo y no legal porque matar al tirano en
una tiranía siempre es ilegal– erigirse en justiciero
y liquidar a quien ha tomado el poder por la fuerza
y lo ejerce con la fuerza. Este un debate que desde
los tiempos de la antigua Grecia ha hecho correr
ríos de tinta.
Los griegos del siglo VI parecían tener claro que
matar al tirano era legítimo y hasta honorable.
Celebraron a Harmodio y Aristogitón con estatuas
votivas. La primera fue la de Antenor, encargada
por Clístenes recién se hubo instaurado la
democracia en Atenas. Esta de Antenor fue robada
por los persas y con el tiempo se perdió. No se
sabe a ciencia cierta, pero probablemente
terminaría fundida ya que estaba esculpida en
bronce. La más famosa, la que ha pasado a la
posteridad es la de los escultores Kritios y
Nesiotes. El original se perdió pero ha llegado
hasta nosotros gracias a las copias de la época
romana. En el museo arqueológico de Nápoles se
conserva la mejor de ellas. Es un grupo
escultórico francamente espectacular. Labrada en
un severísimo estilo neoático, los tiranicidas se
muestran orgullosos, altivos, en el mismo momento
de perpetrar el asesinato. Harmodio, afeitado,
completamente desnudo, levanta la espada con
decisión instantes antes de asestar el golpe certero
sobre el tirano. Por más que lo intento no se me
ocurre mejor ni más noble manera de homenajear a
un liberador.
Ninguno de estos dos amantes era un pensador,
posiblemente ni siquiera sabían escribir. Su
historia la conocemos por terceros y sus
motivaciones reales son una incógnita. Los
primeros tiranicidas no filosofaron sobre el
tiranicidio, lo perpetraron y pagaron por ello. Dos
paisanos suyos, Platón y Aristóteles, sí que se
dedicaron a pensar. Vivieron unos dos siglos
después y, aunque no desarrollaron teoría alguna
sobre el tiranicidio, sí reflexionaron sobre la
tiranía en sí. El segundo tuvo hasta la ocasión de
formar a Alejandro Magno, el mayor tirano de su
tiempo. El hecho es que la antigüedad clásica está
cuajada de tiranías. Roma nos regaló algunas de
las más desconcertantes como la de Calígula.
Aunque Nerón, Cómodo o Heliogábalo no le iban
a la zaga, Calígula es la encarnación más pura del
tirano antiguo. Los romanos eran plenamente
conscientes de que la tiranía existía, que era algo
deplorable y que Calígula era un tirano. En las
“Vidas de los doce Césares” Suetonio cuenta casi
todo lo que sabemos de Calígula. Sin él, ese breve
reinado de atropello y desvarío sería hoy un
arcano. Suetonio baja al detalle ofreciéndonos un
retrato íntimo del tirano. “Rara vez permitió que se
ejecutara a alguien de otra forma que a golpes
continuos y pequeños, y siempre daba la misma
orden, que ya era conocida: ‘Que se le hiera de
forma que se sienta morir’. Cuando un día se
ejecutó por error de nombre a otra persona distinta
de la que había designado, declaró que también
ésta había merecido igual castigo. A menudo
repetía aquel verso de tragedia: ‘Que me odien
con tal de que me teman’”, anota el autor
mostrando a las claras que la tiranía incorpora de
serie la psicopatía. Suetonio justifica sin rodeos el
tiranicidio de Calígula y el de Nerón. En el
segundo remarca que “su muerte produjo una
alegría pública tan grande, que la plebe corrió por
toda la ciu

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

1 Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------