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Libro PDF Sombra de vampiro – Bella Forrest

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La noche de su decimoséptimo
cumpleaños, Sofía Claremont se hunde
en una pesadilla de la que no puede
despertar. Un tranquilo paseo por la
playa al atardecer la sitúa cara a cara
frente a una peligrosa y pálida criatura
que ansía mucho más que su sangre.
Es raptada y llevada a La Sombra,
una isla donde el sol tiene eternamente
prohibido brillar. Una isla que no
aparece en ningún mapa, gobernada por
el aquelarre de vampiros más poderoso
del planeta. Se despierta allí convertida
en esclava, una cautiva encadenada.
La vida de Sofía da un giro
terrorífico y emocionante cuando es
seleccionada entre cientos de chicas
para residir en el harén del árbol de
Derek Novak, el príncipe oscuro.
A pesar de su adicción al poder y
su sed obsesiva por su sangre, Sofía
pronto se da cuenta de que el lugar más
seguro de la isla son sus dominios, y
debe hacer todo lo que esté a su alcance
para ganárselo si quiere sobrevivir una
noche más.
¿Lo conseguirá? ¿O está destinada
a correr la misma suerte que las demás
chicas en manos de los Novak?
Copyright
© Copyright 2016, Bella Forrest
© Diseño de cubierta, Sarah
Hansen
Todos los derechos reservados.
Se prohíbe la reproducción de
cualquier parte de este libro de ninguna
forma y en ningún formato, ya sea por
medios electrónicos o mecánicos,
incluyendo sistemas de almacenamiento
y recuperación de información, sin el
consentimiento expreso por escrito del
autor, excepto citas breves para su uso
en reseñas de libros.
Prólogo: Sofía
Siempre temí las noches en las que
llamaban a mi padre fuera de la ciudad.
Eso significaba quedarme a solas con
Camilla.
Mis amigos nunca entendieron por
qué le tenía miedo. No podía esperar
que lo comprendieran. Solo veían el
lado de Camilla que veía mi padre. Una
esposa obediente, dedicada a su única
hija.
No sabían que cuando la casa
quedaba en silencio, a excepción de su
respiración y la mía, emergía una mujer
diferente.
El recuerdo más temprano que
guardaba de ella era un ojo verde
espiándome a través de una cerradura.
Las puntas de su flequillo castaño le
rozaban las pestañas mientras me miraba
fijamente, sin parpadear. Se quedaba
callada cuando lo único que yo deseaba
era oírla hablar. Que me tranquilizara
diciendo que abriría la cerradura del
armario antes de medianoche, cuando,
según ella, los monstruos vendrían a por
mí.
Aunque los monstruos nunca
venían, y ella tampoco.
Todavía recordaba la oscuridad de
aquella noche, que pareció interminable.
Recordaba el frío y la cuchillada de
dolor en los dedos cuando los introduje
en la cerradura, haciendo todo lo
posible por abrirla con mis pequeños
dedos. Pero la cerradura era antigua y el
metal del interior estaba afilado. Acabé
haciéndome un corte. Profundo. Cuando
Camilla me encontró por la mañana,
había manchas de sangre en las paredes
de color crema. Me sacó del armario,
me castigó y las repintó antes de que
volviera mi padre.
Después de eso, se aseguró de
cambiar la cerradura por otra hecha de
un metal más blando.
Cuando comencé el colegio la veía
menos. Noté cómo mi padre me animaba
a pasar cada vez más tiempo con los
Hudson, viejos amigos de la familia.
Entonces, cuando cumplí nueve
años, finalmente envió a Camilla lejos
de nosotros. Ni siquiera recuerdo
haberle dicho adiós, y nunca la visité.
Mi padre pensó que era mejor que no lo
hiciera. Se había derrumbado y había
perdido la cabeza, dijo. Pero me
tranquilizó argumentando que los
médicos de su hospital psiquiátrico eran
de los mejores del mundo. La verdad,
nunca sentí la necesidad de seguirle la
pista.
Después de que ella se marchara,
pensé que tendría la oportunidad de
vivir una vida normal. Esperaba que,
con ella fuera de escena, mi padre
pasaría más tiempo en casa y nuestra
relación mejoraría.
Pero cuando Camilla se fue, él
también se fue.
Sus viajes de negocios empezaron
a alargarse más y más hasta que, al final,
la casa de los Hudson se convirtió en mi
hogar permanente. Después de eso, la
única vez que supe de mi padre fue
cuando llegó un cheque por correo.
Incluso entonces, estaba dirigido a Lyle
Hudson.
A veces suponía que me había
abandonado porque le recordaba
demasiado a Camilla. Nunca tuve
ocasión de preguntárselo.
A medida que pasaban los años y
empecé el instituto, a menudo pensaba
en las últimas palabras que me dirigió
Camilla. Me dijo que esperaba que la
vida me sirviera la porción de sorpresas
que me correspondía.
Cuando cumplí diecisiete, creía
que la vida ya me había servido una
porción muy grande, mucho más de lo
que cualquier persona tiene que soportar
en toda una vida.
Pero entonces conocí a Derek
Novak. Y, de repente, me sentí como si
hubiera vivido la vida más predecible
del mundo.
Ciertamente, él era una sorpresa
mucho más grande…

Sofía
«Ahora no. Por favor, ahora no.»
Miré el reloj. Faltaban unos
minutos para que empezara el partido de
fútbol. Los gritos de ánimo estallaron en
las gradas. Era el partido que Ben y su
equipo llevaban meses esperando. No
podía convertirme en una distracción.
Traté de controlar mi respiración,
aunque el corazón se me aceleraba. La
sangre se me agolpó en las mejillas.
Creía que iba a ser capaz de
aguantar ante la multitud. Ya había
estado en varios partidos ese año y lo
había superado. Pero ahora que estaba
sentada allí, lo único que quería era
correr.
El ruido a mi alrededor era
ensordecedor: los gritos de ánimo, la
música, el estrépito de pisadas. Todo
ello resonaba instantáneamente dentro
de mi cabeza. El olor dulce y enfermizo
del maíz de caramelo de Abigail Hudson
me llenaba la nariz, mezclado con el
olor ácido de sus patatas con sabor a
vinagre. La sensación de sus hombros
frotándose contra los míos me hacía
sentir claustrofobia. Y, como estábamos
sentados en la primera fila, las luces
brillaban el doble.
Las palmas de las manos me
sudaban cuando las juntaba.
—¿Estás bien, Sofía?
Amelia, la madre de Ben, me miró
con preocupación. Sabía que las
multitudes me producían ansiedad.
Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza.
—Estoy bien.
Miré hacia el campo y, cuando mis
ojos encontraron a Ben, me obligué a
mirarlo fijamente. Intenté bloquear los
estímulos que me sobrepasaban y
centrarme en él. Mi guapo mejor amigo.
Con su físico alto y musculoso, su
poderosa mandíbula, sus ojos azul
claro… Normalmente, eso era todo lo
que se me ocurría como excusa para
mirarlo a hurtadillas en casa y en el
instituto, pero en aquel momento
descubrí que apenas lo veía, y una duda
molesta se abría paso en mi mente. Una
duda que creía haber superado ya.
«Nadie más en el estadio tiene
problemas. No es normal sentirse así.
Quizá me estoy volviendo loca,
como mi madre.»
—¿Seguro que estás bien, Sofía?
―Esta vez era Lyle, el padre de Ben,
mirándome desde su asiento situado a
unos pocos pasos.
Me mordí el labio y asentí
bruscamente con un movimiento de
cabeza, deseando que lo dejara pasar.
Todavía no entendían que preguntarme
si estaba bien nunca ayudaba a
solucionar la situación. En absoluto.
Cuando el pitido del silbato rompió
la vorágine de sensaciones en las que ya
me estaba ahogando, mi resolución de
no derrumbarme se desintegró.
Todo lo que podía hacer para dejar
de temblar era esconder la cabeza entre
las rodillas.
Pensaba en mi madre, que me había
causado los ataques de pánico y los
demás aspectos de mi estado mental con
los que había aprendido a convivir.
Pensaba en esos ojos verdes y en la
última vez que recordaba haberla visto.
Creía que estaba predestinada a acabar
como ella. Lo inevitable de la idea hizo
que me precipitara en una espiral
descendente. Todo pensamiento racional
desapareció y la duda espeluznante se
reproducía una y otra vez en mi cabeza.
Sentí que unas manos me tocaban
los hombros.
—Sofía. ―Era la voz de Amelia.
Aún más estímulos que soportar: su
voz y el tacto de sus manos.
Intentó sentarme derecha en el
asiento pero me negué. Me deslicé y me
arrodillé en el suelo. Sentía la
humillación de toda la situación y
deseaba desaparecer.
—Sofía. —Esta vez me llamaba
una voz diferente.
Una voz profunda y masculina.
La voz de Benjamin Hudson.
Solo su voz destacando entre la
ofensiva de ruidos podría haber captado
mi atención en el estado en que me
encontraba. Levanté los ojos y lo vi
corriendo hacia mí, con el balón bajo un
brazo y la preocupación pintada en la
cara. La culpa me atravesó.
—No, Ben —dije en voz baja—.
Vuelve al partido.
Recorrió la distancia que quedaba
entre nosotros y, sujetándome por los
hombros, me obligó a mirarle de cerca a
la cara. A pesar de mi ansiedad, cuando
me tocó no pude evitar sentir un
cosquilleo bajándome por la columna.
Por encima de su hombro vi que
todos los jugadores se habían detenido y
miraban fijamente a Ben con frustración
y sorpresa en el rostro, al descubrir que
su capitán simplemente abandonaba el
campo con el balón. Los abucheos y las
voces de protesta arreciaron en las
gradas.
A pesar de la culpa, mi cuerpo
todavía se estremecía y sentía que un
velo de pánico se cernía sobre mí. Me
tomó la barbilla y me obligó a mirarlo
de nuevo.
—Siéntate. ―Su voz sonó firme
mientras se arrodillaba y colocaba el
balón entre sus rodillas.
Sentí como si no pudiera ni
controlar mis extremidades.
—No puedo —susurré.
Frunció el ceño, y una mirada de
profunda desaprobación ensombreció
sus bellas facciones. Su cara estaba
ahora a unos centímetros de la mía, y sus
ojos azules me miraban con dureza.
—Reconozco una excusa cuando la
oigo. No te atrevas a engañarte
convenciéndote a ti misma de que eres
la víctima, Sofía Claremont.
Casi en cuanto Ben pronunció estas
palabras (palabras que me había dicho
muchas veces antes), una oleada de
alivio me invadió. Sus fuertes manos me
agarraron por los codos mientras me
levantaba y me devolvía a mi asiento.
—Vas a estar bien —declaró con
voz todavía firme.
Asentí con la cabeza y dejé escapar
un profundo suspiro, notando cómo mis
hombros empezaban a relajarse y sentía
los músculos menos tensos y el pecho
más ligero.
Los abucheos rebotaban por todo el
estadio y a cada segundo eran más
fuertes. Los compañeros de equipo de
Ben estaban llamándolo a gritos y
habían empezado a correr hacia él.
—Ahora vete —dije, empujándolo
lejos de mí.
Una sonrisa le iluminó la cara
mientras me apretaba la mano y
depositaba un beso en mi frente. Un beso
que liberó una docena de mariposas en
mi estómago.
Me lanzó una última mirada

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