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Libro PDF Te juro lealtad Francisco Romero de Ávila

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47
©Francisco Hergueta, 2014
©Espasa Calpe, S.A., 2013
Autopublicaciones Tagus es una
plataforma de Espasa Calpe, S.A.
Vía de las Dos castillas, 33.
Complejo Ática. Ed. 4, 28224 Pozuelo
de Alarcón, Madrid (España)
Primera edición en libro electrónico
(epub): 2014
ISBN (epub): 978-84-8326-162-0
Composición de la portada: C. Martí.
Todos los derechos reservados
Imagen interior: Nyusmei. Todos los
derechos reservados.
A todos los que no se arriesgan, a los
que no sueñan. A todas las personas
grises, abanderadas del no se puede, de
los pies en el suelo.
A todas ellas, gracias. Vuestro
pesimismo fue el viento que infló las
velas de la “Doña Elena”.

PRÓLOGO
No puedo olvidar sus ojos. Cada noche
me persigue esta pesadilla amarga que
me despierta sobresaltado y empapado
en sudor frío, como aquella agua
gélida, como la noche helada en que
todo ocurrió.
En mis sueños sigo reviviendo una y
otra vez cada segundo de aquel fatídico
veintitrés de enero que cambió mi vida
para siempre; me encuentro a mí
mismo en el timón, junto a Juan y
Diego, divisando ya las luces cada vez
más cercanas, aunque tenues, de la
ciudad a donde nos dirigimos, cuando
todo se desencadena.
Fui contratado para capitanear un
navío portugués que debía trasportar
esclavos desde el norte de África hasta
Porto. Un trabajo sencillo y bien
remunerado, teniendo en cuenta el
corto trayecto y la seguridad que me
ofrecieron… Pero esa noche algo salió
mal y los cautivos lograron liberarse,
desencadenando la lucha a bordo.
Los portugueses reprimían
cruelmente la revuelta con sus espadas
y sus mosquetones. Uno de los
prisioneros logró prender la vela
mayor con un candil de aceite y, a
pesar del frío y la humedad, no tardó
en arder, envolviendo al barco en
llamas en pocos minutos. Mis ojos
contemplaban atónitos la carnicería
que la tripulación y los esclavos
llevaban a cabo, los primeros con sus
armas y los segundos con todo lo que
se encontraban a su paso.
Otro grupo de prisioneros trataba de
forzar la reja de la bodega, sin éxito,
para tratar de hacerse con el barco
mientras Juan me gritaba que teníamos
que salir de allí, que debíamos huir y
alcanzar la costa. Sabía perfectamente
que, si no le hacía caso, ese sería
nuestro final, así que sin dudarlo
empujé a Diego al mar y Juan le siguió
al momento. Justo cuando iba a
lanzarme, el barco comenzó a virar sin
control y el mástil central cayó, comido
por el fuego, destrozando el costado de
babor y provocando su lento
hundimiento. Los africanos saltaron al
mar despavoridos mientras los
portugueses que aún quedaban con
vida soltaron los botes y huyeron
remando… Pero faltaban los hombres
encerrados en la bodega y algo se
removió en mi interior, gritándome que
los liberara. Tal vez esos gritos
provenían de mi propia conciencia.
Dos días antes yo mismo fui testigo de
cómo cargaban a aquellas personas en
el barco, no atreviéndome ni a mirarlas
por la culpa que sentía, prometiéndome
que jamás volvería a aceptar ningún
trabajo que implicara comerciar con
esclavos.
Atravesé corriendo la cubierta y
traté de forzar el grueso candado sin
éxito cuando le vi. Un africano, un niño
que clavaba sus ojos en mí. Su mirada
aterrada y suplicante, llena de
lágrimas, de ira y miedo me pedía, me
rogaba que le sacara de allí. Era
imposible; aquel cerrojo era
demasiado grueso como para saltarlo
con la espada que encontré a mi paso y
el barco cada vez se hundía más y más
en el mar, en las negras aguas que
amenazaban con ser mi sepultura.
Casi estaba todo perdido cuando
escudriñé desesperado el suelo en
busca de un milagro y lo hallé: a
varios metros, el cadáver de un
portugués sujetaba en sus manos un
arcabuz con la mecha aún prendida.
Con toda la rapidez que pude me hice
con él, ya que estaba a punto de
apagarse. El navío me dejaba poco
tiempo pues se volcaba hacia babor,
así que disparé contra el candado
saltando su mecanismo. Corrí a abrir
la reja y cuando lo conseguí todo pasó
en un segundo… El muchacho sonrió
asintiendo agradecido y en sus ojos vi
la alegría del joven que ha recobrado
la libertad aunque fuese solo por unos
momentos efímeros, por unos instantes
antes de morir, instantes justos que
tuvo para empujarme hacia abajo, ya
que el mástil de proa se partió e
impactó violentamente contra ellos,
sepultándolos a todos en una trampa de
madera, agua, fuego y muerte.
Yo gritaba mientras caía al mar y
notaba cómo la corriente provocada
por el barco al hundirse me arrastraba
con ella hacia abajo. Luchaba con
todas mis fuerzas por nadar, por salir a
la superficie, por librarme de aquellas
aguas negras que me atenazaban y por
respirar. Sobrepasé el límite de mi
resistencia y me di por vencido cuando
la mano de Diego me devolvió de nuevo
a la vida, sacándome del mar.
Y así es cómo despierto madrugada
tras madrugada, envuelto en sudor y
ahogado por mis propios recuerdos,
con la mirada de ese joven grabada a
fuego en mi alma, pero con la gratitud
enorme hacia quien me salvó la vida.
Ese momento me convertí en un
hombre nuevo, aunque aún guardo la
esencia de quién soy:
Ernesto Sacromo

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