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Libro PDF Testamento de sangre Alfredo J. Venteo

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DEDICATORIA Y
AGRADECIMIENTOS
Dedico esta novela a mi familia y,
de una forma muy especial, a mi hija
Esther y a mi esposa Isabel María, que
me han ayudado y aconsejado,
soportando mis frecuentes “viajes a la
Edad Media” durante el tiempo que he
empleado en la investigación y
narración de la misma.
Así mismo quiero dejar constancia
de mi gratitud a Bibiano Ruiz Crespo,
por su ayuda, sugerencias y
observaciones; y en particular agradezco
a mi amigo Diego García Campos que,
haciendo un derroche de generosidad,
haya dedicado parte de su escaso tiempo
libre a darme valiosos consejos que me
han sido de gran utilidad para culminar
este trabajo.
Comencé a escribir esta novela (tras
años de investigar, meditar y madurar la
idea) el día 14 de septiembre de 2.014,
día del Divino Rostro, patrón de Senés.
Ese mismo día del año 1.460 (a 29
días de Dhu al-Qa´da del año 865 de la
Hégira) nacía en la zona oriental del
reino nazarí de Granada, en la entonces
denominada villa de Hisn Xénex (actual
Senés) Hisham ibn Saleh, a la sazón
protagonista de esta novela.
Es mi deseo que el que lea esta
novela disfrute con la historia que he
relatado en ella, si es posible tanto
como yo he gozado con su escritura.
He pretendido únicamente contar una
parte de la vida de unas personas que
vivieron en aquélla época difícil y
convulsa, aprovechando para narrar
algunos hechos históricos y describir
actividades cotidianas.
No ha sido mi intención verter,
proclamar o sugerir opiniones, en favor
o en contra, de alguno de los bandos
enfrentados; siendo por ello las
manifestaciones en ese sentido
contenidas en la redacción de esta
novela, meras circunstancias
incardinables en el desarrollo de los
personajes y los hechos narrados.
Testamento de Sangre
Sucumbirán las fortalezas más
sólidas erigidas sobre pétreos
cimientos, se hastiarán los más
caudalosos manantiales, serán
reducidos a escombros los palacios
más ostentosos, llorarán como infantes
los guerreros más curtidos y se
diezmarán las cosechas de las vegas
más fértiles, antes de ver doblegada la
voluntad de un hombre cabal, pues esta
es cual vigorosa palmera expuesta a
las envestidas que se pliega hasta lo
imposible sin llegarse a quebrar.
INTRODUCCIÓN
HISTÓRICA
En el año 1.469, el matrimonio
entre la princesa Isabel de Castilla,
hermana de Enrique IV y el príncipe
Fernando, hijo y heredero del rey Juan II
de Aragón, posteriormente conocidos
como los Reyes Católicos, va a suponer
un importante y decisivo paso para la
unificación de España bajo una única
corona. A la muerte de su hermanastro,
Isabel será proclamada reina de Castilla
y Fernando sucederá a su padre como
rey de Aragón. La unión de estos dos
reinos va a ser un ariete imparable, que
dinamizará el avance de la reconquista
cristiana sobre los territorios del sur
bajo hegemonía musulmana, hasta
concluirla definitivamente el 2 de enero
de 1.492 con la toma de Granada.
Pero a la reconquista también
contribuyeron cuestiones, que si bien
eran ajenas a los cristianos, los Reyes
Católicos y sus predecesores castellanos
supieron aprovechar y, en algunos casos,
instigar y avivar en beneficio propio.
El reino nazarí de Granada vio
minada su fortaleza desde dentro.
Durante el último cuarto del siglo XV
tres miembros de una misma familia se
disputaban el trono de la Alhambra:
Muley Hacén, Boabdil, y Al Zagall.
El primero, Muley Hacén, que tuvo
dos períodos de reinado, careció de
acierto, sus errores, tanto en el plano
político, militar y sentimental, avocaron
al reino nazarí a una guerra civil que se
mantuvo latente hasta su final. Su hijo,
Boabdil, se convirtió en su peor
enemigo, hasta el punto de usurparle del
trono con la connivencia de su madre,
despechada por los escarceos amorosos
d e Muley Hacén, y el apoyo de los
Banu Sarraÿ, un influyente clan familiar
árabe conocido como los Abencerrajes.
Pero el joven e inconsciente Boabdil
tampoco supo consolidar su poder y su
primer reinado fue efímero, acabando
preso a manos de los cristianos. Muley
Hacén, con la ayuda de su hermano Al
Zagall, gobernador de Málaga, recuperó
el trono granadino. Finalmente el viejo
Muley Hacén, enfermo e incapaz,
abdicó en favor de Al Zagall, militar de
probada valentía y arrojo en el campo
de batalla.
El reinado de Al Zagall fue breve y
se caracterizó por la guerra civil contra
su sobrino Boabdil, quien sería liberado
por los cristianos tras comprar su
libertad firmando unas vergonzantes
condiciones de vasallaje y dejando
como rehén a su propio hijo.
Los Reyes Católicos, mientras
azuzaron las intrigas entre Boabdil y su
tío, siguieron sumando conquistas y
oprimiendo las fronteras del reino nazarí
con constancia.
Desde finales del año 1.485 suceden
los hechos que se narran a continuación,
siendo sultán de Granada Al Zagall y
estando su sobrino y aspirante a
recuperar el trono, Boabdil, preso en
manos cristianas. En estas fechas el
reino nazarí quedaba constreñido a parte
de las provincias de Málaga y Granada,
así como la de Almería íntegra. Además,
la hegemonía del sultán granadino
tampoco era absoluta, pues había
pequeños subreinos bajo el poder de
gobernadores o alcaides con casi plena
independencia: en Málaga gobernaba el
temido general Al Zegrí, y en Almería y
Vera su todopoderoso alcaide Cidí
Yahya Al Nayar.
Este era el escenario sobre el que
los Reyes Católicos jugaban su partida
y, con la fragmentación de sus
oponentes, sólo tuvieron que ocuparse
de perfilar el definitivo jaque mate
sobre el tablero de España.
Primera Parte
HUMILDE
FELICIDAD
– 0 –
TESTIGO
En el ocaso de la tarde estival, la
inesperada tormenta hace aparición
sobre las cimas negras de la sierra,
sorprendiendo a algunos moradores del
valle todavía en las faenas del campo.
Los relámpagos rasgan el velo gris del
cielo y unas ráfagas de viento tibio y
húmedo anuncian la inminencia de la
lluvia. Las cortinas de agua se empiezan
a hacer visibles en las laderas de
poniente impregnando el ambiente de
olor a tierra mojada. Los campesinos se
mueven con premura por las huertas
recogiendo lo imprescindible sin dejar
de mirar al cielo.
Un niño de apenas seis años corre
despavorido por el camino que
serpentea entre los huertos. Lleva un
cesto al hombro y busca el cobijo de una
tapia para protegerlo de la lluvia que ya
empieza a mojarle la espalda.
Mezclados con el ensordecedor ruido de
los truenos, escucha unas voces junto al
barranco. Tentado por la curiosidad,
tras dejar el bulto en un hueco de la
oscura pedriza, desciende en la
dirección de la que provienen los gritos.
Se acerca con sigilo al borde de un
balate y, ocultándose tras la frondosidad
de unas vides, puede ver a dos hombres
enfrascados en una acalorada discusión,
ajenos a la lluvia que arrecia por
momentos.
En el cauce del barranco, justo al
filo de la corriente de agua, un anciano
de figura oronda, largas barbas blancas
y exquisitas vestimentas de color rojizo,
discute con un hombre joven, alto y
corpulento vestido con ropas oscuras. El
viejo abre las manos poniendo las
palmas hacía arriba y encogiendo los
hombros, mientras recula ante el otro
que levanta los brazos amenazadores y
gesticula con violencia.
El pequeño, empapado ya hasta los
huesos, aunque no escucha la
conversación por el fragor de la
tormenta, no puede evitar quedarse
oculto tras los vástagos hasta ver el
desenlace de la discusión, que por
momentos sube de intensidad.
Tras largo rato de manoteos y
disputas, el hombre joven de negro da
una manotada sobre el pecho del
anciano, haciéndole caer de espaldas
junto a las lastras resbaladizas. El
pequeño asustado, se lleva la mano a la
boca para tapar su propio grito, pero
lejos de huir, se asoma un punto más
sobre los frondosos pámpanos para no
perder un ápice de la escena.
El anciano, varado sobre el suelo
mueve manos y pies defendiéndose de la
habilidad de su atacante que, con la
rapidez de un felino, saca un puñal del
cinturón y lo hunde en las carnes blandas
del pecho de su oponente. Repite la
acción con crueldad, clavando la hoja
afilada una y otra vez hasta que el viejo
deja de manotear y un gesto tétrico se
adueña de su rostro. La sangre, que
mana a borbotones por las numerosas
envestidas asestadas por el agresor,
empapa la hierba y la tierra sobre la que
yace el cuerpo exánime, hasta que la
lluvia la arrastra para teñir de granate la
corriente del barranco.
El niño queda paralizado, no es
dueño de sus pies y, aunque querría salir
corriendo, le resulta imposible
levantarse y abandonar su escondrijo
justo encima de la macabra escen

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