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Libro PDF Traición inesperada Anette Crenwood

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escuchando a su padre alabar las prolíficas cualidades de su hermano mayor y poniéndoselo de ejemplo continuamente. Pero lo peor no había sido esta horrible
comparación, no, lo peor era la actitud condescendiente de Julián hacia él. Siempre intercedía ante su padre para rebajar sus castigos, le ofrecía continuos consejos que
nadie le pedía, le hacía sentir indigno de ser su hermano por provocar en él esos sentimientos encontrados de admiración y celos.
Pero había algo que Ginés había poseído y que sabía que Julián anhelaba y era el afecto profundo de Inés. Ahora parecía que Julián le estaba ganando la mano en ese
aspecto también y al pensarlo Ginés apretó los labios con fuerza, afeando su atractivo rostro con una mueca de rencor. Bien, no todo estaba perdido, decidió, se
aplicaría a recuperar el terreno que había cedido al marcharse y entonces demostraría a Julián que no era el alfeñique que todos habían supuesto siempre.
Por su parte, Inés iba pensando en las palabras de su madre. Aún se hallaba sorprendida por el hecho innegable de que, aunque de manera velada, su madre le había
lanzado una advertencia sobre Ginés. No podía decirse que doña Margarita fuese una mujer malintencionada ni criticona, así que si le había dicho eso es porque tendría
algún motivo, pero Inés no alcanzaba a imaginar cuál sería. Por otro lado, la visión de Julián y Hortensia riéndose y bromeando juntos no se apartaba de su mente,
llenándola de amargura y celos. Jamás habría creído que Julián podía llegar a importarle tanto, pero era absurdo negárselo a sí misma y lo cierto es que nunca se había
sentido tan feliz como las semanas pasadas en que vivieron con tanta dicha.
Una vez en la enorme propiedad de los Manrique, Inés se excusó con Ginés alegando un fuerte dolor de cabeza y se retiró a su dormitorio. Su ánimo continuaba
decaído y no le apetecía aguantar la charla ociosa de su cuñado. Cuando por fin se encontró a solas se aseó, se puso el camisón y comenzó a cepillar su pelo distraída,
hasta que el sonido de la puerta al abrirse hizo que diera un ligero respingo.
– ¡Julián! – su pulso se alborotó al ver frente a ella la gallarda figura de su esposo.
– Por supuesto querida ¿quién si no entraría en este dormitorio sin llamar? – aunque su voz sonó burlona sus ojos la taladraron esperando una respuesta.
– Nadie, por supuesto, es solo que me has asustado….
Julián sonrió quedamente mientras contemplaba a su esposa cepillarse el brillante cabello castaño y pensaba que era la mujer más hermosa que había visto en su
vida. Llevaba mucho tiempo sin tenerla entre sus brazos, desde que su hermano había vuelto a aparecer, y ya no aguantaba ni un minuto más. Inés era su esposa y él
tenía todo el derecho del mundo a reclamarla. Pero cuando se acercó a ella y la tomó de los hombros para obligarla a que se levantara, toda su arrogancia se trocó en
intensa adoración.
– Inés, eres tan hermosa….
– ¿Sí? ¿Tanto como tu amiga Tessi? – y el nombre sonó ominoso en sus labios.
Julián frunció el ceño y la sacudió ligeramente.
– ¿A qué viene eso? – su voz se había endurecido.
Y entonces ella experimentó un fuerte deseo de llorar porque volvió a sentirse como la chiquilla que Hortensia parecía creer que era. En lugar de eso levantó la
barbilla y espetó:
– No sé, parece que disfrutas mucho de su compañía.
– Ya te lo he dicho. Hortensia es una buena amiga, tenemos negocios en común pero nada más.
E Inés deseó creerlo con todas sus fuerzas pero no podía evitar sentirse insignificante y poca cosa en comparación con la otra mujer, mucho más mundana y
ocurrente. Intentando ocultar la desazón que sentía trató de desasirse de las manos de Julián pero éste se lo impidió.
– Inés, eres mi esposa y estoy cansado de andar detrás de ti como un chucho hambriento esperando a que te dignes a concederme tus favores. – Y bajando la cabeza
la besó con toda la pasión que su corazón albergaba hacia ella.
Tan solo le llevó unos segundos reaccionar, y ante la sorpresa de Julián, Inés le rodeó el cuello con los brazos y se acercó a él, notando el calor de su cuerpo a través
del fino camisón.
Las manos de Julián descendieron, atrapando las nalgas de su esposa y pegándola con urgencia a sus caderas.
Mientras sus lenguas se buscaban dentro de las bocas, un jadeo escapó de la de Inés. No había sido consciente de lo mucho que había añorado los besos y las caricias
de su esposo y ahora que lo tenía entre sus brazos y en su boca, ansiaba tenerlo mucho más dentro de ella, necesitaba entregarse y que él se entregara a su vez. Quería
olvidar todo y a todos, tan solo ellos dos y el deseo que los envolvía.
Con una caricia audaz, introdujo una de sus manos bajo la camisa, el gruñido de Julián la hizo dudar y se detuvo, la mano reposaba sobre la estrecha cintura a la
espera de una señal.
Julián abandonó sus labios para saborear su cuello, mientras que sus manos recorrían insaciables la espalda, las caderas y las nalgas.
-¿Por qué te has detenido? –preguntó casi sin resuello, mientras su lengua se paseaba sobre el lóbulo de la oreja de Inés.
Un escalofrío de placer la recorrió de pies a cabeza a la vez que una sonrisa traviesa comenzaba a formarse en sus labios.
Animada por la pregunta de Julián, volvió a acariciar la tersa y firme piel del costado, para luego dirigirse hacia el vientre duro y plano.
La caricia fue más de lo que Julián podía soportar sin perder el control, saber que los dedos de Inés estaban tan cerca de su erección le provocó una nueva oleada de
deseo, del todo incontrolable.
Volvió a apoderarse de sus labios a la vez que la alzaba del suelo y la llevaba hasta el lecho.
Inés se dejó hacer y esperó expectante con los ojos clavados en su esposo mientras éste, con movimientos rápidos y precisos, se desprendía de las ropas.
Con la respiración agitada lo vio desnudo ante ella. Era magnífico, pensó maravillada, mientras lo recorría con la mirada hambrienta.
Julián se acercó a ella lentamente, como un cazador a su presa, acorralándola. Aunque en esos momento no hubiera sabido decir quién era la presa y quien el cazador,
porque él se sentía atrapado por su mirada, por sus labios entreabiertos… definitivamente la presa era él. Inés lo había apresado y no había forma de escapar.
Con un último paso se acercó a la cama, le tendió las manos. Una vez estuvo de pie ante él, la ayudó a librarse del camisón, que cayó al suelo con un leve y apenas
audible susurro.
La contempló durante unos segundos, para luego dejar que sus dedos vagaran sin rumbo fijo sobre la pálida piel.
-¡Eres tan hermosa! –susurró a la vez que la invitaba a tumbarse sobre el mullido colchón.
-¿De verdad lo crees? –en ese instante, más que nunca, necesitaba saberse hermosa. Quería ser la más bella… para él.
-Aún lo dudas –la besó con adoración- Eres… siempre te he deseado, Inés –volvió a beber de sus labios, sediento, como si solo ella pudiera calmar sus ansias- Te
necesito –claudicó con la voz ahogada, atrayéndola hacia sí y comenzando de nuevo donde lo habían dejado antes de desnudarse.
Inés se sentía embriagada por sus besos, por sus palabras y sus caricias. Dejó de pensar y se entregó a ese hombre que ahora era su esposo, al que deseaba…
Entregados a la pasión no eran conscientes de nada de lo que ocurría a su alrededor, ni de los sonidos que se producían al otro lado de la puerta.
En el pasillo, Ginés, apretaba la mandíbula tratando de contener el gemido de dolor que había estado a punto de soltar al dejarse llevar por la cólera y estrellar el
puño contra la pared.
Había seguido a Julián hasta su cuarto. Había esperado que la pareja discutiera, como tantas veces les había escuchado en los últimos días. Disfrutaba con sus
disputas, éstas le beneficiaban. Pero para su disgusto no había sido así. Y escuchar los gemidos de placer de Inés mientras su hermano la tomaba, le había hecho hervir la
sangre.
La muy traidora.
Aquello no iba a quedar así, tarde o temprano se cobraría todos los desplantes y las humillaciones. Inspiró profundamente y se apartó de la puerta, caminando con
decisión hacia el estudio de Julián.
Ya verían aquellos dos como no era el inútil que todos pensaban que era. Finalmente lo lamentarían.
El cielo había amanecido algo tormentoso aquella mañana y desdibujadas nubes oscuras se acercaban sigilosamente tras la sierra.
El aire traía consigo la esencia de los pinos y una mezcla a tierra húmeda que flotaba en el fresco ambiente de la galería.
Domingo se hallaba de rodillas sobre el suelo con la mitad superior del cuerpo introducida en la alta chimenea de piedra. Inés se hallaba a su lado ligeramente
inclinada, tratando de ver en la espesa negrura que obstruía la salida del aire.
-Ilumine aquí – dijo la voz apagada del sirviente.
Inés le acercó la mecha y a los pocos segundos Domingo sacó la cabeza de allí.
-Habrá que llamar a alguien, está totalmente atorada.
Domingo se levantó pesadamente con una mueca de enfado en sus ojos.
-¿le podría preguntar algo? – Inés le miró nerviosa y el hombre asintió con la cabeza relajando su pose –Julián y Ginés ¿siempre se han llevado mal?
El hombre pareció dudar durante unos largos segundos:
– No y si – respondió. El reflejo de la llama danzó en sus ojos cuando los fijó allí – Tuvieron una infancia normal hasta que Julián creció y confesó su secreto, su
pasión por la vida. Quería convertirse en oficial enrolándose en el ejército. El difunto marqués estuvo de acuerdo con sus deseos siempre y cuando su hermano Ginés
tomara parte de las responsabilidades que conlleva el marquesado. Julián estaba dispuesto a cedérselo todo – Domingo se encogió de hombros y volvió la vista a ella
como si acabara de regresar del pasado – Al final fue él quien se tuvo que hacer cargo de todo.
-¿no le interesaba la fortuna? – se extrañó.
-Era muy joven – terminó de decir Domingo limpiándose las manos en un paño. -Luego ya pasaron otras cosas pero yo creo que ambos se aman.
-Pues tienen una forma muy peculiar de demostrarlo. ¿Julián no volvió a decir nada del ejército?
-Que yo sepa no. Pero ya la digo que ha llovido mucho desde entonces. ¿Sabe cuál fue el consejo del difunto padre? – Inés negó con la cabeza – cuando ambos
discutan entre ellos, lo mejor es no tomar partido y retirarse.
Domingo se giró para salir de la alcoba pero Inés lo detuvo apoyando la mano sobre su brazo.
-¿Y funciona?
El hombre la guiñó un ojo regalándola una sonrisa:
-A mí sí.
Ella lo vio salir y la mecha tembló en sus manos.
De modo que Julián no había podido cumplir su sueño y culpaba de ello a Ginés. ¿Por qué? ¿Tan importante era ser oficial? Quizá para él si lo había sido.-acabó
pensando con un nudo en la garganta.
Trató de imaginar a un Julián joven y divertido luchando por alcanzar un sueño, por conseguir una quimera por encima de todo. No le importaba las propiedades ni
las riquezas y de pronto; todo había desaparecido por ser el hermano mayor, por creerse o sentirse responsable de sacar el marquesado adelante. Si Ginés se hubiera
esforzado tan solo un poco, entre ambos podía haber funcionado bien y Julián se habría marchado… y jamás se hubieran casado… e incluso pudiera que ni siquiera se
hubieran conocido.
Con un suspiro tembloroso salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Nunca admitiría que agradecía que las cosas hubieran sido así.
Ya habían retirado el servicio del desayuno y el comedor se hallaba vacío.
-Inés ¿Dónde estabas? – Julián se acercó a ella en una par de zancadas. Vestía impecable, como siempre.
– ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? – Se sintió atrapada entre sus brazos y lo escuchó reír – ¡Cuenta! ¿Qué ha pasado?
-¿Qué te ha pasado a ti que tienes un enorme tiznón en la mejilla? – la pasó un dedo sobre la mancha y se lo mostró con una hermosa sonrisa.
Inés lo miró perdida en el negro de sus ojos.
-La culpa es de esa chimenea de la sala. Domingo la estaba revisando… tiene que llamar a alguien. Eso me recuerda que debo hablar con la cocinera – agitó la cabeza –
yo no sé dónde compra la carne esta mujer pero esta… rara. – Se apartó de él con una sonrisa – ¿querías algo?
Julián la miró arqueando las cejas.
-No –negó buscando con la vista hasta que divisó los guantes de piel que había dejado junto a una alacena con puertas de cristal – ¡Aquí están! Intentaré regresar
pronto.
Mientras Inés hablaba con la cocinera y Julián cerraba unos acuerdos con unos nuevos arrendatarios, Ginés se citó en una taberna a las afueras del pueblo con un
individuo nada recomendable. Vestido con ropa remendada, algo sucio, con barba de varios días y al que le faltaba más de un diente. Era un timador poco recomendable
pero con muy buenos contactos en el mundo del hampa. Ginés lo necesitaba para arruinar finalmente a su hermano.
– ¿Has entendido todo lo que te he dicho? – susurró Ginés. Era muy improbable que nadie en ese tugurio le conociera, pero mejor prevenir e intentar ocultarse lo
máximo posible, he ahí la razón para ese sombrero de ala más ancha y el pañuelo demasiado grande a lo largo de su garganta.
– Lo he entendido, jefe. No se preocupe, en una semana tendrá todos esos documentos sobre esas minas tan provechosas. – confirmó el esbirro tras dar un largo
trago al vaso de vino que tenía delante.
– También necesitaré algún tipo de documento que respalde a esa empresa. Que se vea tienen un pasado limpio y lleno de éxitos, el marqués es muy listo y
necesitará ver algún hallazgo rentable que respalde este nuevo descubrimiento. – Ginés no le había desvelado su verdadera identidad y su relación con Julián, el alías que
había tomado para esa entrevista sería más que suficiente.
– Eso le costará algo más, mi socio debe retrasar otros trabajos para hacer este encargo en tan poco tiempo – rascándose la barba intentaba descubrir cuánto le podría
sacar más a ese pimpollo que tenía sentado delante y aunque lleno de rabia y por lo tanto peligroso era muy fácil de engañar.
– Si todos los documentos son de mi agrado y si el marqués hace la inversión rápido le daré un tercio más. Cuando lo tenga todo listo déjeme un aviso en esta misma
taberna y me pondré en contacto con usted. Hasta ese momento, usted y yo no nos conocemos. – y sin esperar respuesta, Ginés se levantó, dejó un par de monedas en
la mesa y se fue.
Aurelio observó cómo se marchaba, no le gustaba que le ocultaran cosas y Aurelio quería saber porqué ese hombre, que era noble por su forma de vestir y hablar,
tenía tanta inquina contra el marqués de Manrique. Haría el trabajo, por supuesto, pero también haría unas averiguaciones por su cuenta, nunca estaba de más cubrirse
las espaldas y más habiendo nobles de por medio.
Un rato más tarde y en la joyería de la ciudad Julián hablaba con el dependiente. Después de la pasada noche se había dado cuenta de alguna de las inseguridades de
Inés y qué mejor que ayudarla a superarlas con un regalo. Julián ni siquiera tenía pensado hacerle un regalo, había sido a raíz de una conversación con Hortensia y con
un collar que le había regalado su difunto marido que Julián se había percatado su falta de atención para con Inés. Sin pensárselo dos veces se acercó a la joyería. Y ahí
estaba, dudando entre comprarle un collar de rubíes con pendientes a juego o un conjunto de zafiros.
– Las dos joyas son magníficas, señor marqués – corroboró el joyero, ambas eran de importe similar y con su venta cubriría perfectamente las facturas de más de dos
meses.
– Sí, son impresionantes las dos – Julián intentó imaginarse a Inés con las joyas puestas, con el conjunto de zafiros se la imaginó con el vestido de terciopelo azul
que había recibido hacía unos días de la modista. Pero cuando intentó imaginársela con el conjunto de rubíes, su imaginación le jugó una mala pasada y solo se la pudo
imaginar con el collar de rubíes y los pendientes, sin ropa, con la melena suelta y una pose seductora. A Julián se le secó la boca y su entrepierna respondió a tan erótica
imagen. Su traicionera mente ya había decidido qué joya luciría mejor en su joven esposa. Con la mano un poco temblorosa

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