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Libro PDF Trampas del azar Pilar Lepe

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Después de galopar un rato a campo traviesa, divisó a lo lejos una figura femenina que intentaba cruzar el cerco, ¿quién sería? Su padre permitía que cualquiera
pasara por la propiedad.
Detuvo un poco la velocidad y se acercó al tranco, no quería espantar a quién quiera que fuera la joven. Pero a ella la pilló desprevenida la súbita aparición de
él y asustada tiró un pequeño bulto que llevaba en las manos. Sobre la hierba quedaron regados hilos, encajes y botones. La joven se apresuró a recoger todo sin
prestarle atención a él, pero con el apuro, algunos trozos de cinta salieron volando. Logan, saltó del caballo, y se dio a la tarea de perseguir las cintas hasta juntarlas
todas.
—Aquí las tiene, señorita… —ofreció amablemente.
—No tenía que molestarse —respondió ella con la cabeza baja, consciente de que el hombre no era un peón cualquiera.
—Me siento culpable, puesto que yo la asusté, apareciendo así tan de repente. ¿A dónde se dirige? —interrogó curioso.
—Voy a la finca de Lady Rebecca Abery. Por aquí me queda más corto, el Duque nos ha dado permiso de cruzar por su propiedad.
—¿Conoce usted al Duque?
—Sí, le he hecho varios vestidos a Lady Mary, su hija.
Logan se quedó en silencio, procesando la información.
—No me ha dicho su nombre señorita.
—Patricia Flury. Soy costurera. ¿Y usted?
—Yo no soy costurero —respondió él riendo, y ella le imitó—. Perdón, me llamo Logan.
—¿Solo así?
—Solo así —replicó misterioso—. ¿Sería muy imprudente de mi parte que la acompañe hasta la finca de Lady Rebecca? ¿Habrá algún novio que se pueda
molestar si se entera?
—¡Oh no! —respondió Patricia riendo—. Si quiere saber si tengo novio, no tengo.
—Disculpe la indiscreción, ¿pero cómo es eso posible?
—No tengo tiempo para eso. Entre cuidar a mi madre, coser y llevar la casa, no puedo.
—¿No tiene hermanas que le ayuden?
—Soy la menor de cinco hermanos, y la única mujer.
—Comprendo.
Iniciaron la caminata hasta los límites de la finca Abery, Logan llevaba de la rienda el caballo, y de vez en cuando miraba de soslayo a Patricia; era una joven
muy linda, sus ojos eran verdes, su nariz respingada y una mata de cabello rubio, medio oculto debajo de un sencillo sombrero.
El calor comenzó a molestar a Logan pero el decoro le impedía quitarse la chaqueta o soltar el nudo de la corbata.
—Por mí no se preocupe, estoy acostumbrada a ver hombres en mangas de camisa —dijo ella, adivinando la incomodidad de él.
Estaban cerca de la valla cuando Logan divisó a dos mujeres paseando del otro lado, ambas llevabas sombrillas y charlaban animadamente, eran Lady Rebecca
y su hija Catherine. Él se detuvo en seco, podían reconocerlo y el juego se habría terminado.
—Hasta aquí llego, ya está muy cerca, señorita Flury.
—¡Oh sí, las damas ya deben estar impacientes esperando mi llegada! Gracias por acompañarme, ha hecho más amena mi caminata —agradeció sincera.
—Gracias a usted por permitirlo.
Sin más saludo, Logan montó en su caballo y se alejó al galope.
***
—Su señoría ha pedido que suba a verlo, milord —informó el mayordomo a Logan en cuanto entró al palacio.
—Está bien, Reginald, ¿sabes qué quiere?
—Imagino que lo mismo de siempre, milord.
“Lo mismo de siempre, lo mismo de siempre”, repetía hastiado el joven para sus adentros, mientras subía la escalera de mármol gris.
El Duque estaba como casi todos los días, clasificando su colección de monedas en la biblioteca, era una tarea que jamás terminaba porque todos los días
volvía a sacarlas de la caja en donde las guardaba, para volver a repetir la operación de limpiarlas y contarlas. Cerca de él, sentada en un sillón estaba Lady Mary, la hija
mayor del Duque, con Yorky en sus brazos.
—¡Hasta que al fin llegas! —exclamó el Duque aliviado por el retorno de su hijo.
—Extrañaba pasear por el campo.
—Tus paseos son muy largos, me dejas preocupado, si algo llegara a pasarte mientras andas saltando por ahí…
—Papá —interrumpió—, no he tenido ningún incidente en años.
—No fue lo que yo supe.
—Tú y tus informantes. Fue un golpe leve, las compresas frías aliviaron la hinchazón y evitaron los hematomas.
—¡Cómo sea, no me gusta que andes sin compañía!
—La próxima vez iré con Yorky, si me sucede algo, él vendrá ladrando a dar aviso. —Logan rompió a reír con su propio chiste, sin hacer caso de la mirada
iracunda de su padre el Duque de Aberdeen y de la mirada de desprecio de su hermana menor.
—Ahora que has vuelto debemos pensar en buscarte esposa, ¿no conociste a nadie en Londres?
—¿Quién se va a querer casar con un condenado a muerte? —puntualizó con asombrosa sangre fría la hermana de Logan.
—¡Mary! —reprendió el Duque.
—Mi hermana tiene razón, papá. No soy un buen prospecto para nadie, al menos no para una joven Lady.
—Tiene que haber alguien por ahí, si enviuda quedará con el título y mucho dinero. Perdón, hijo, por decirlo de una forma tan brutal.
—Quizás alguien como la costurera —propuso Mary con sorna.
—¿La costurera? —preguntó el Duque.
—Es pobre y tiene varios hermanos varones.
“¿Estarían hablando de Patricia?”, pensó Logan recordando a la joven que conoció durante su paseo matutino.
—¿Por qué no casas a Mary, papá?
—Ella es mujer, no me sirve —el Duque devolvió el comentario desagradable que hizo su hija con anterioridad.
—¡Papá! —exclamó molesta.
—Tú me entiendes, cariño, no te irrites. Si algo le sucede a Logan antes de que tenga un heredero, el ducado pasaría a Anthony. Me revolveré en mi tumba
eternamente sabiendo que todo va a quedar en manos de ese inútil. Estoy seguro que se lo gastará todo en juergas y mujeres.
“Ay, papá, si supieras todo lo que yo hacía en Londres”, meditó Logan con una sonrisa maliciosa.
—Bueno, tenemos a la joven Catherine, la hija de Abery.
—Está comprometida papá, o lo estará desde el baile que darán la próxima semana —indicó Mary—. Insisto, la mejor alternativa es la costurera.
—Deja de tomarme el pelo Mary, de todas formas ya va siendo tiempo que tú también encuentres novio, o te quedarás como una solterona amargada viviendo
solo para ese perro.
Como si el yorkshire terrier pudiera comprender la charla comenzó a ladrar.
—¿A qué hora vendrá tu costurera mañana? —preguntó el duque.
—Después del desayuno, pero no pensarás… ¡No lo decía en serio!
—¡Salgan los dos, necesito pensar!
Ambos hermanos se marcharon en silencio de la habitación. No se dirigían la palabra, más del estrictamente necesario; no se odiaban pero tampoco se llevaban
bien.
Desde niños sus charlas habían estado teñidas de sarcasmos y burlas, sobre todo por parte de Mary, que envidiaba a su hermano mayor por tener más mimos
y cuidados de su madre por ser enfermizo.
Después de dirigirle una de sus acostumbradas miradas de desprecio, Mary se fue a sus aposentos con Yorky en los brazos. Sí, quizás era una buena idea ir a
pasar una temporada a Londres, era época de bailes, así que se divertiría y quién sabe si aparecería un pretendiente para ella.
***
Logan estaba aburrido en su habitación, echaba extrañaba la vida social de Londres, y sobre todo a las chicas. Se puso a calcular con cuántas se había acostado
en el tiempo que estuvo allá y no logró llegar a la cifra exacta, ¡habían sido tantas!
Él se consideraba un hombre irresistible, casi no había mujer que sucumbiera a sus encantos, ya fuera soltera o casada, de la nobleza o la servidumbre. Lástima
que todas las mujeres eran tan lentas, y algunas se habían quejado de insatisfacción, pero eso era culpa de ellas; un hombre no tenía la responsabilidad de ser tan diestro
en la cama que era capaz de alcanzar la cima primero.
Volvió a salir de la habitación porque no soportaba el tedio. Iría a dar una caminata a ver qué encontraba, con suerte se toparía con el regreso a casa de la
costurerita. Pero Logan se sintió forzado a interrumpir sus pasos hacia el establo, cuando al pasar por fuera del área de servicio, vio a una jovencita doblando sábanas a
través de la ventana. Ella estaba cantando distraída y no advirtió su presencia.
—¡Hola! —saludó él muy cerca por lo que la chica se sobresaltó.
—Milord —contestó nerviosa con una reverencia
—¿Cómo te llamas, eres nueva?
—Betsy, milord, hace dos meses que vine a trabajar aquí.
—¿Qué hacías antes?
—Vivía en un hospicio. Soy huérfana.
—¿Te han dicho que eres muy linda? ¿Qué edad tienes?
—Diecisiete milord.
—Por eso estás fresca como una rosa que aún no abre sus pétalos, ¿los abrirías para mí? —pidió Logan con malicia.
—No entiendo, milord —respondió Betsy sin levantar la vista.
—No importa.
Logan se apoderó de los labios de ella, le dio un beso urgente pero sin pasión.
Betsy aturdida, reaccionó de pronto y lo empujó, nunca la habían besado y no pensaba que su primera vez debía ser con el amo.
—¡No, por favor! —suplicó.
—No finjas que no te gusta —espetó Logan con burla, mientras le subía las polleras con rapidez.
—¡No quiero! ¡No! —Betsy comenzó a golpearlo con los puños.
—¡Estúpida! —gritó enfurecido al tiempo que le cruzaba la cara con una bofetada—. Ya verás, los golpes te saldrán caros.
Dicho esto la tomó de un brazo y la arrastró al cuarto de la despensa. Después de entrar azotó la puerta, pensando en que así quedaría cerrada. Luego la arrojó
al suelo y comenzó a desabotonarse el pantalón. La joven lo miraba con horror, y no se atrevía a gritar. Logan se echó con furia encima del frágil cuerpo de Betsy,
entretanto ella pensaba que su vida concluiría en ese piso inmundo.
—¡Betsy! —llamó una voz de mujer desde la puerta entreabierta. Sin imaginar la escena que se estaba desarrollando en el cuarto, el ama de llaves, la abrió por
completo y observó con estupor a Lord Dalwood, quien tenía los pantalones abajo, mostrando sus blancas nalgas, sobre el cuerpo de la chica—. ¡Milord!
El hombre más molesto que abochornado se levantó con rapidez, y sin mirar nuevamente a la chica, solo se limitó a impartir una orden al ama de llaves.
—Despídala, no hace bien su trabajo —exigió furioso.
A Cora Jones, no le quedó más remedio que hacer lo que se le ordenaba, aun sabiendo que Betsy era inocente. Le pagó dos meses de sueldo, le dio una carta de
recomendaciones y la dejó marchar. Después se puso a meditar sobre si se lo debería decir o no al Duque, pero lo más probable es que sería inútil; a Lord Aberdeen, le
importaba bien poco todo lo relacionado a la vida personal del joven.
***
—¡Mamá, hoy conocí un joven muy apuesto! —contó Patricia alegre.
—¿Quién sería? —preguntó Maude Flury desde la cama.
—No lo sé, pero estoy segura de que no era hijo de inquilino.
—¿Te dijo su nombre?
—Logan. ¿Le conoces?
—El duque tiene un hijo llamado Logan.
—No creo que sea él, un marqués no se detendría a charlar con una simple como yo, mamá.
—¡Pero tú eres hermosa, Patricia!
—No tengo dinero, ni título. Deberé casarme con el hijo del carnicero o del panadero —bromeó con inocencia.
—Jajaja, no me hagas reír hijita que me duele el pecho.
—¿Te sientes mal? —preguntó alarmada Patricia y corrió al lado de su madre para ver cómo estaba.
—Estoy como siempre mi amor, no te preocupes.
Maude se había resfriado fuertemente en el invierno pasado, por haber tenido que salir a reparar un vestido, una tarde de ventisca. Desde ese día no había
vuelto a coser, el catarro nunca sanó, comprometiendo los pulmones. Habían pasado más de seis meses, y en vez de mejorar, la mujer empeoraba día a día.
—Patricia…
—¿Necesitas algo?
—No hija, es solo que me preocupa qué pasará contigo cuando yo no esté.
—Me iré con uno de mis hermanos, pero no hables de eso, falta mucho para que me abandones.
Patricia hacía esfuerzos por contener las lágrimas, no quería que su madre la viera así. El doctor Dawson, le había dicho que le quedaba poco tiempo, y ella
cada mañana temía encontrarla muerta, o cuando no podía respirar a veces por las noches y tenía que levantarse a ponerle una jofaina de agua caliente con hierbas para
que a ella se le despejaran las vías respiratorias. Desde que su madre se había enfermado, ella apenas se había apartado de su lado.
—Siempre y cuando logres encontrar a alguno de ellos. Crecieron, se marcharon y nunca más volvimos a saber nada, si aún viven, o…
—¡Ya, te ordeno que no pienses más en eso! Nos tenemos la una a la otra y eso es lo importante, nunca te dejaré.
Patricia se recostó al lado de Maude, todas las noches hacía lo mismo, y no se iba a su cama hasta estar segura de que la madre dormía sin problemas. Al rato
se dio cuenta de que su madre dormía y su respiración era normal. Le dio un beso en la frente y se fue a dormir.
***
—¿Hoy viene tu costurera? —preguntó Logan a su hermana en la mesa del desayuno.
—¡Papá, no estarás tomando en serio esa sugerencia, Logan está chiflado como siempre!
—Bueno, si tú dices que ella viene de una familia prolífica, y que todos son hombres, podríamos pensarlo, ¿o no Logan?
—Debemos verla primero, papá, ¿qué tal si es un adefesio? —preguntó él, simulando que ignoraba quien era la costurera.
—Le tapas la cara, tonto —respondió guasón el viejo Duque.
Ambos hombres se miraron y luego rompieron a reír sonoramente.
—Mejor que seas un perro Yorky, así no entiendes las estupideces de los hombres —dijo Mary, hablándole al perro.
—Milady, la señorita Flury ya llegó —anunció el mayordomo.
—Hazla pasar al saloncito, Reginald, voy enseguida.
—Hermana, deja la puerta entreabierta para que la veamos.
—Eso, haz lo que dice tu hermano, hija, debemos darle el visto bueno.
Mary se levantó de la mesa, moviendo la cabeza con desaprobación.
—¿Papá tú crees que podría funcionar? ¿No te importa que no sea noble? —cuestionó Logan.
—Cualquier cosa con tal de que ese inútil de Anthony se quede con todo. Lo enviaremos a Eaton para que se forme como debe hacerlo un conde, en cuanto a
la chica, me basta con que no sea vulgar.
Al terminar, los hombres se pusieron de pie, y dirigieron sus pasos hasta el salón donde se encontraba Mary con la costurera, y en efecto la puerta estaba
entreabierta, ambos se apostaron de modo de poder atisbar sin ser vistos desde adentro.
Logan la observó en silencio, Patricia no traía sombrero. En ese momento estaba tomando medidas a su hermana mientras hablaban de telas. En algún
momento ella quedó a contraluz delante de la ventana, y pudo admirar la mata de cabello rubio de la joven en toda su magnificencia.
Logan sintió una punzada de deseo al ver esa imagen casi etérea.
Patricia sería suya.
—Veo que te ha gustado —afirmó el duque—. La quieres para ti.
—Sí.
—La tendrás, de eso me encargo yo.

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