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Libro PDF Trilogía polaca Henryk Sienkiewicz

Trilogía polaca - Henryk Sienkiewicz

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Un historiador polaco del siglo XIX, Joachim
Lelewel, escribió una obra peculiar de análisis
histórico comparativo titulada El paralelo entre la
historia de España y Polonia en los siglos XVI,
XVII y XVIII. En ella compara la historia de
Polonia y la de España y, como el título indica,
llega a la conclusión de que hay un número
sorprendente de analogías. Una de ellas es el
hecho de que ambos países se erigen en la edad
media y hasta los principios de la era moderna en
lo que se llegó a denominar antemurale
christianitatis, una suerte de baluarte de la
cristiandad o, valga decirlo, de la civilización
occidental, términos que por aquella época tenían
un significado casi sinónimo. En esos tiempos,
mientras España está completando su larga
reconquista arrancando sus últimos territorios a
los musulmanes, en 1444 el rey polaco Ladislao III
lleva a sus tropas a la cruzada contra los turcos en
Varna (Bulgaria), donde morirá como un
verdadero caballero cristiano medieval, herido en
pleno campo de batalla.
Las cosas cambian en el siglo XVI —
denominado siglo de oro por la historiografía
polaca (otra analogía con España)—, época de
mayor esplendor político, cultural y económico del
país: mientras España inflige una dura derrota a la
flota turca en Lepanto, Polonia, aliada en lo
político y lo militar con Lituania (la República de
Ambas Naciones), prefiere evitar enfrentamientos
directos con el poderoso imperio otomano, ya que
ve más urgente saldar las cuentas con el
contrincante moscovita. Mientras tanto, los reyes
polacos de la dinastía Jagellón, la más poderosa
en toda la historia de Polonia, establecen en el
país la tolerancia religiosa, que concede
protección y derechos no solamente a los judíos,
que ya gozaban de protección legal desde los
tiempos de Casimiro el Grande (siglo XIV), sino
también a los disidentes cristianos calvinistas,
luteranos y ortodoxos. Es un siglo de relativa paz,
en el que se denomina a Polonia el país sin
hogueras, donde se refugian muchos fugitivos de
todos los bandos de las numerosas guerras
religiosas que azotan el occidente europeo.
No obstante, este relativo equilibrio se rompe
en el siglo XVII, uno de los más dramáticos en la
historia de Polonia. En ese siglo casi podrían
contarse con sólo los dedos de una mano los años
de paz en el país, que se encuentra continuamente
enzarzado en una batalla u otra en defensa de su
vasto —tal vez demasiado para sus posibilidades
militares— territorio; los escasos pero excelentes
jinetes polacos luchan intermitentemente contra
todos sus vecinos —suecos, moscovitas, tártaros,
turcos, prusianos, brandenburgueses— y, al final,
contra los nuevos enemigos que acaban de surgir:
los cosacos.
Y es en este siglo precisamente en el que
Sienkiewicz ubica la trama de su trilogía, cuya
primera parte es A sangre y fuego. Antes de
empezar la lectura de este texto conviene que el
lector español haga el esfuerzo mental de
trasladarse con su imaginación a aquellos enormes
territorios que comprendía el estado polacolituano
de la época: casi un millón de kilómetros
cuadrados (el doble que la España de hoy) con
apenas diez millones de habitantes, además
concentrados mayoritariamente en las ciudades del
oeste, como Cracovia, Varsovia, Vilna o Lwow;
así, la mayor parte del territorio, y particularmente
la franja oriental, estaba compuesta por enormes
llanuras, solamente cortadas por gigantescos ríos
como el Dnieper o el Dniester y escasamente
habitadas —hecha la salvedad de la ciudad de
Kiev, capital de las provincias del este—,
denominadas entonces con la palabra genérica
ucrania, que sólo mucho después se convertiría en
el nombre de un país y una nación nueva, y que por
aquel entonces no significaba más que «las tierras
de la frontera». Si todo el país resultaba
sumamente exótico —por no decir salvaje—, para
colmo la mayor parte de la trama de A sangre y
fuego se desarrolla en el rincón más lejano e
inhóspito de todo el estado: en los míticos Campos
Salvajes, es decir en la enorme estepa casi
totalmente deshabitada —azotada por un sol
infernal en verano y helada bajo varios metros de
nieve en invierno— que se extendía entre la
península de Crimea, dominio de los tártaros, y la
mencionada provincia de Kiev, al oeste; dicho
brevemente, un verdadero fin del mundo
civilizado, una suerte de lejano este, refugio de
forajidos y bandoleros de todos los países
colindantes, donde la mano de la ley jamás podría
alcanzarlos, por la simple razón de que era
físicamente imposible. En el límite de los Campos
Salvajes, en el curso bajo del río Dnieper, es
donde van creciendo durante la segunda mitad del
siglo XVI y a principios del XVII los
asentamientos de los cosacos, precursores de los
ucranianos contemporáneos, reclutados
básicamente de entre los campesinos autóctonos
(rutenos) rebeldes en contra de los señores
polacos y lituanos que querían reducirlos a la
servidumbre sin tener en cuenta su espíritu de
libertad. Y es que, como dice el narrador de la
novela, ellos «respiraban la libertad con el viento
de la ilimitada estepa» y no estaban dispuestos a
resignarse a la lamentable suerte de los
campesinos-siervos de las otras regiones de
Polonia. De ahí que, liderados por algunos nobles
rutenos, se levanten en armas repetidamente contra
sus amos, si bien todos sus intentos fracasan al
chocar con la invencible caballería polaca, sobre
todo con los intrépidos coraceros. Esta situación
se mantiene hasta que surge un nuevo caudillo de
los cosacos, el comandante Diosdado Zenobio
Mielniski, quien, según el narrador, «sabía reunir
la fuerza de un león con la astucia de una
serpiente». Mielniski, al ver que a solas no podrá
enfrentarse con los polacos, decide establecer una
alianza con los eternos enemigos de Polonia: los
tártaros, pertenecientes a unas salvajes y
primitivas tribus mongólicas que, tras las
conquistas de Gengis-Khan y Batu-Khan
efectuadas en el siglo XIII, se asentaron en la costa
norte del Mar Negro, especialmente en la
península de Crimea, y cuya fuente principal de
ingresos fue el saqueo y la venta de los esclavos
que robaban en las ciudades de Rusia, Polonia y
Lituania para venderlos en Turquía, Persia y otros
países de Oriente.
La alianza de la excelente infantería cosaca con
la veloz caballería tártara sorprende a los polacos
precisamente en un momento en que acaba de
morir el rey y no se ha elegido aún su sucesor,
situación que hunde el país en el caos de las luchas
internas entre diferentes facciones. Una serie de
derrotas espectaculares, desconocidas hasta
entonces en la historia de Polonia, lleva al estado
polaco-lituano al borde de la catástrofe y
Mielniski, a la cabeza de un ejército de 200.000
tártaros, cosacos y campesinos rebeldes, amenaza
con conquistar Varsovia. Además, con una
crueldad insólita, lleva a cabo el exterminio de la
población polaca y judía que encuentra a su paso.
Sin embargo, es entonces, frente al peligro
inminente, cuando empieza a despertar el espíritu
patriótico de los aletargados nobles polacos y un
magro ejército de caballeros liderado por el
flamante príncipe Jeremías Visnovieski, como una
suerte de cruzados contra la «barbarie oriental»,
se hace fuerte en el campamento militar de Zbaraj,
perdido en medio de la estepa: ¡diez mil contra
medio millón! (los números de Sienkiewicz suelen
hiperbolizar el acento épico de los
acontecimientos: según los historiadores, fueron
más bien diez mil contra cien mil, cifras que de
todos modos no dejan de impresionar). Ésta es la
famosa gesta de la defensa de Zbaraj, cuyo relato,
una descripción homérica por excelencia —eso sí,

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