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Un pacto de sangre Mamma Nazarena 1 Luciano Romero

Un pacto de sangre Mamma Nazarena 1 Luciano Romero

Un pacto de sangre Mamma Nazarena 1 Luciano Romero

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Diseño de portada: © Óscar Gil Raya
Producido por: Editorial Círculo Rojo.
ISBN: 978-84-9126-447-7
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04 47)».
Al amor de mi vida, Ana,
gracias por apoyarme, ya que
sin vos esto no hubiera sido
posible. Gracias por hacerme
sentir tan querido. Es un
privilegio compartir la vida a tu
lado.
A mi Madre, con todo mi
cariño, gracias por darme la
vida ya que vos más que nadie
sabes por qué aquel día vine al
mundo. Gracias por tu esfuerzo
y, sobre todo, por tu amor. Ese
amor que me hizo elegir el
camino correcto.
A la memoria de mis abuelos
Antonio Ferraina y Pasquale
Romeo, a quienes no tuve el
honor de conocer.

Haciendo referencia a una
frase del escritor y político
argentino Joaquín V. González:
“A mí no me ha derrotado
nadie”, el Dr. René Favaloro,
antes de suicidarse, escribió:
“Yo no puedo decir lo mismo, a
mí me ha derrotado esta
sociedad corrupta que todo lo
controla”

LIBRO I
Argentina, 2008
I
Nada más poner un pie en la sala
percibió aquel ambiente sombrío y
triste. El negro era el protagonista
indiscutible, salvo por las flores y
coronas multicolores amontonadas
a su alrededor. Sobre sus cabezas
se extendía una tenue bruma
moldeada por el humo de los puros
que convertía la atmósfera en algo
irrespirable. Enseguida empezó a
incomodarle todo, incluso el
murmullo de la gente le resultaba
ensordecedor. Era como una
constante melodía de fondo que no
podía pausar ni un solo segundo,
cuando ella, lo único que deseaba,
era estar con su silencio.
Jamás había pensado en su propia
muerte, pero al verla a ella no pudo
evitar imaginar su funeral. Advirtió
entonces que su rostro se
asemejaba más que nunca al de su
madre. Eran tan parecidas que, por
un momento, creyó ser ella la que
yacía en el féretro y, de la
impresión, un pequeño temblor
comenzó a ascender por todo su
cuerpo. La observó detenidamente,
recorriendo la extensión de su
inerte figura y se dio cuenta de que
en su lecho de muerte, su belleza
era todavía más esplendorosa. No
lograba dejar de acecharla con su
mirada y cuanto más la
contemplaba, más difícil le
resultaba asumir la realidad. Sin
previo aviso, sus ojos se inundaron
de lágrimas, consiguiendo a duras
penas vencer esa profunda congoja.
Se situó en un rincón, donde el
mármol no daba tregua al frío del
momento y desde allí, ojeó a las
personas congregadas. Sintió cómo
el profundo respeto de todos ellos
abrigaba a su madre. La mayoría
eran hombres, algunos iban ocultos
bajo sus gafas oscuras, otros,
hablaban de ella realmente
conmovidos y entre aquella dilatada
multitud, apenas encontró rostros
familiares.

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Le fue imposible no acordarse ese
día de su padre, su ausencia era
tangible, y pensaba en él justo
cuando aquel semblante centró
toda su atención. Bronceado como
si acabase de navegar y luciendo
una cicatriz un tanto desagradable
sobre su barbilla, se iba abriendo
paso con un caminar estudiado y de
pasarela. Conforme se acercaba al
ataúd con la mirada impávida y fija
en su madre, sus oscuros ojos fríos
se fueron transformando en
altanería y prepotencia, y en cuanto
sus miradas se tropezaron, esbozó
un torpe gesto de condolencia. Sólo
vio hielo y desprecio en él, aún así
y como correspondía, inclinó su
cabeza en señal de agradecimiento.
Inmediatamente, él cambió el
rumbo de sus pasos, dirigiéndose
hacia la salida. Lo persiguió con sus
ojos. Parecía que todos lo conocían
pero no se detenía a conversar con
nadie. Él sonreía desdeñosamente a
diestro y siniestro, escurriéndose
entre el tumulto de gente como una
culebra de río, hasta desparecer de
su vista. De forma automática,
tomó del brazo a su hermana
mayor, Bárbara, y la empujó
suavemente hacia sí:
—¿Has visto a ese capullo que se
pasea como si estuviera en el salón
de su casa?— le preguntó al oído en
tono vehemente—. ¿Tienes idea de
quién es?
—¡Tranquilízate, Alexandra! Si
mamá te escuchara hablar así…—
suspiró, reprendiéndole con la
mirada—. Sólo sé que ese hombre
ha venido desde Alemania para
despedirla, ten un poco de
respeto…
Ese individuo era Francesco De
Napoli, un popular calabrés que
aquel día asistía al funeral, sin ella
intuirlo aún, como un anuncio
anticipado de una larga trayectoria
entre sombras.
Velaron a la difunta en una capilla
de estilo gótico, ubicada dentro de
su residencia del partido de Tigre,
en la provincia de Buenos Aires. El
funeral hizo honor a su persona,
aunque seguramente sus hijas
hubieran preferido algo mucho más

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sencillo e íntimo. El día terminó
siendo tempestuoso… Quizás solo
así podía ser su despedida, pensó
Alexandra. Y aun con ese tiempo
desapacible, acudió gente por allí
en un peregrinar incesante durante
veinticuatro horas. Transcurrido un
tiempo en el salón, las nubes de
humo que ascendían desde las
incontables manos fueron
consumiendo el ya de por sí escaso
oxígeno. Alexandra no pudo
contenerse más y huyó de aquel
presidio mientras sus hermanas
proseguían recibiendo las
condolencias. Necesitaba respirar
un poco. En cuanto se asomó al
exterior, el frío y la humedad se
inyectaron de golpe hasta en el
último de sus huesos. Paseó por los
verdes jardines del palacio familiar
sintiendo la soledad en que le
dejaba la muerte de su madre. Sin
ella, el mundo se le antojaba hostil
y sin sentido. Y es que, pese a
todos sus esfuerzos por oponer
resistencia al sufrimiento, el miedo
y el pesar empezaban a aflorar.
Ojeó su teléfono móvil en un
absurdo intento por distraerse pero
todos los mensajes contenían
muestras de afecto y pésames
interminables.
El viento arreciaba. Estaba a
punto de caer una enorme
tormenta eléctrica y la gente
rezagada corría apresurada a
cobijarse en el interior para dar el
último adiós a su madre. Las
limusinas y coches importados se
encontraban ya listos para partir y
trasladarla. Según su hermana
mayor, hubo más de mil arreglos
florales y la mayoría de ellos se
quedaron reposando a lo largo y
ancho del jardín, como símbolos
palpables de obediencia y respeto.
Fascinada por los magníficos
mensajes que demostraban la
emoción de los dolientes, se acercó
hasta aquella fila interminable de
flores para observar varias coronas
que llamaron su atención. Una era
de Nápoles, de una tal familia
Terracina, cuya banda decía:
“Mamma Nazarena, estarás siempre
en nuestros corazones”. En otra,
sobre la bandera italiana, se leía:
“Reina jamás batida, despiadada en
la lucha, noble en el alma. Davoli y
la ciudad de Catanzaro te aman y
te honran. Hoy y siempre”.
Y la tercera, realmente la
desconcertó. Estaba elaborada de
claveles verdes, blancos y rojos,
formando una escalera real de
cartas. Pendía de ella una pequeña
postal escrita a mano: “Continúo
barajándolas por ti”.
No lograba desentrañar su
significado ni de quién podía
provenir aunque pensó que,
probablemente, sería del gran
ausente del día, su querido tío
Rocco. Intuyó que debía de estar
junto a su madre, algo le decía que
aquella escalera tenía mucho que
ver con su filosofía de vida. Así que
la remolcó hasta dentro de la sala
dejando un reguero de agua detrás
de cada paso.
—¿Qué estás haciendo?— exclamó
disgustada Bárbara.
—Decorar la capilla… ¿qué voy a
hacer? ¡Échame una mano, por
favor!— pero Bárbara ni se inmutó,
parecía como si le asustara
aproximarse demasiado al féretro.
Retiró el ramo de rosas blancas
que presidía el ataúd plateresco,
confeccionado para acoger sus
restos mortales, y, en su lugar,
colocó la corona. Se mantuvo en la
cabecera del cajón durante un
tiempo que le pareció eterno,
vestida de un negro riguroso. Tuvo
el impulso de besar a su madre por
última vez pero una gota de agua
se desprendió de su abrigo,
humedeciéndole un párpado.
Rápidamente, la gota se deslizó por
su mejilla rodando, cual lágrima
ardiente, dando la trágica sensación
de que lloraba mientras dormía.
Alexandra la hubiera zarandeado en
ese mismo instante para que
despertara pero no se atrevió a
tocarla por temor a estropearle el
maquillaje y, nuevamente, se
escabulló.
Desde la distancia, se giró para
mirarla una vez más. Inmóvil,
pálida, fría y sin embargo, a ella le
parecía más cálida que nunca.
Tumbada plácidamente sobre un
manto de rosas blancas, su flor
favorita, se conservaba bella y
sofisticada. Alexandra dejó que su
mirada vagara por sus manos,
emplazadas una encima de la otra,
aquellas a las que ya no iba sentir
acariciar. Sus dedos seguían
sugiriendo delicadeza y una sortija
de diamante rojizo enriquecía uno
de ellos. Observó un Breguet
envolviendo su muñeca y un broche
con el relieve de su venerado
arcángel engalanando la seda de su
traje. La imaginó escogiendo cada
uno de esos detalles con el mismo
celo de quien preparaba el equipaje
para un último viaje. Bajo su
flequillo, peinado y planchado con
esmero, yacían esos maravillosos
ojos que siempre iban subrayados
en negro. Trató de examinar su
rostro en busca de alguna evidencia
que corroborara que para su madre
también había pasado el tiempo,
pero fue inútil. Solo unas pocas y
sutiles arrugas. Sobre su escotado
pecho reposaba un medallón, un
regalo de su esposo, cuyo interior
contenía una imagen diminuta de
ambos. La medalla, engarzada en
un collar de rubíes y diamantes,
alhajaba su cuello encaramando su
inaudita belleza. Lucía un elegante
vestido de tiro largo, confeccionado
en seda plisada de color vino, a
tono con sus perfilados labios.
Siempre decía que lo reservaba
para ese día puesto que deseaba
pasar con sus mejores galas a la
otra vida… ‘La otra vida… ¡Cuántas
veces le oí hablar de la otra
vida…!’, pensó Alexandra. En aquel
momento, ella sólo esperaba que la
creencia de su madre fuera cierta y
tras la muerte, llegara algo más
que la temida oscuridad en medio
de la nada.
II
No fue una fecha cualquiera,
aunque nada hacía presagiar el
fatal acontecimiento. El día de su
muerte, Alexandra cumplió 18 años.
Fue un 3 de mayo de 2008. Buenos
Aires amanecía a cámara lenta al
tiempo que ella, como tantas otras
veces, desayunaba a toda prisa,
procurando no llegar tarde a la
facultad. Estudiaba Economía en la
Universidad Católica de Buenos
Aires. Ya casi había perdido la poca
vocación que le confería a la
licenciatura, sin embargo, no podía
permitirse desilusionar a su madre
ni dejarse vencer tan pronto. Esa
mañana, mientras el chófer la
esperaba impaciente, se despidió
de su madre apresuradamente, aun
así, ésta la estrujó para felicitarla y
besarla, haciendo caso omiso a sus
gritos e improperios…
¡Cómo deseó regresar a ese
momento…! Fue la última vez que
vio a su madre con vida.
De regreso a casa y nada más
acceder al jardín, el tío de
Alexandra, Saverio, interceptó el
coche con un escueto gesto.
Mientras ésta descendía, él la
miraba con una inexplicable
expresión de dolor. Fue en ese
preciso segundo, justo antes de que
emitiera palabra alguna, cuando
ella supo que su alegría bajaba
definitivamente el telón y que nada
evitaría el trágico mensaje que su
tío portaba tras esa aura
emocionalmente devastada. Y así
fue como se lo transmitió, con la
claridad de lo inevitable.
—Lo siento, Alexandra— soltó, e
hizo un amago de abrazarla que
ella esquivó inmediatamente.
—¿Qué dices?, ¿de qué va esta
broma?— gritó, consciente de que
su tío no bromeaba ni lo más
mínimo—. ¡No, por favor, dime que
no es mamá!
—Tuvo un infarto, no ha sufrido,
ha sucedido todo muy rápido—
masculló con un pequeño hilo de
voz que revelaba una profunda
tristeza.
En ese instante, la punzada de
culpa fue eterna. La angustia
irrumpió en un grito denso y
amargo. Y después de eso, todo se
paralizó durante un largo abismo de
negrura y desamparo. De ese lapso
de tiempo, Alexandra no recordó
apenas nada. Según le dijeron, se
mareó y quedó tan aturdida que el
doctor acudió a tomarle la tensión
mientras su mente parecía
quedarse en blanco. Recobró la
conciencia sentada sobre las
escaleras del portal principal, a los
pies de las inmensas columnas que
custodiaban la entrada de su hogar.
Echó un vistazo al escaso sol que
aparecía entre las nubes y se dejó
caer en los brazos de Saverio.
Entreabrió los ojos, observando sin
ver, ya que para ella no había ya
nada alrededor. Dejó de existir
porque no deseaba despertar a su
nueva realidad. Y así permaneció
hasta que su tío pudo rescatarla de
aquel letargo.
Al adentrarse, la casa la recibió
con lejanos sollozos provenientes
del piso superior. Tomándose su
tiempo, ascendió con pesadez la
extensa escalinata guiada por las
voces de los lamentos. Una vez
arriba, se esforzó para no orientar
su mirada hacia la habitación de su
madre pero, sin poderlo evitar, un
impulso de cruel curiosidad la forzó
a girarse. Seguidamente, sus pies
se anclaron al toparse con la
imagen de su silueta cubierta por
una sábana de seda blanca sobre
su lecho. Aun no estaba preparada
para enfrentarse a aquel impacto y
corrió buscando a sus hermanas
entre las personas que ya rondaban
por allí. Abrazó a su hermana
menor, Melanie, y enseguida se
presentó Bárbara, la cual las
condujo con sumo afecto hasta uno
de los baños para poder dolerse en
la intimidad. Alexandra fue
consciente entonces de que no
había tiempo para el dolor o, al
menos, no para ella. Con ayuda de
Bárbara, debía de contener a
Melanie puesto que esta llevaba
consigo una intensa aflicción, tan
inusual en ella que lograba
descorazonar a Alexandra hasta el
punto de no poder ocuparse de su
propia pena. Así pues, se secó las
lágrimas, sintiendo cómo
continuaban recorriendo su interior,
abrasándole las entrañas. Abrió una
ventana para renovar el aire de
aquel ambiente cargado, tragó
saliva con dificultad y dejó que el
viento esparciera sus lamentos. No
era momento para el duelo, pensó.
De esta forma, fue recobrando el
aliento, ofreciéndose para colaborar
en los preparativos del funeral.
Saverio, aceptando su demanda, le
sugirió que no se alejara de él
puesto que quería empezar a
prepararla para lo que acontecería
tras la apertura del testamento.
Y ahí se vio a sí misma,
conteniendo la respiración para no
sentir esa opresiva emoción que le
impedía continuar en el día más
difícil de su vida. Todos repetían lo
fuerte que demostraba ser, esa
fortaleza de alma que le mantenía
erguida en mitad de aquella terrible
tempestad, pero ella sabía bien que
la verdadera fortaleza aparecía
cuando hacías frente al dolor y no
escapabas de él. Por ello, empezó a
ver el coraje que nadie veía en
Melanie. Desde el primer momento,
esta fue consciente de que iba a
vivir el resto de su vida sin su
madre y aceptó con valentía la
pérdida, dejando que el dolor le
recorriera por dentro, sin resistirse
ni oponerse a él. Alexandra no
pudo.
Cuando retornaba la imagen de su
madre oculta tras la sábana,
rápidamente se esforzaba por
visualizar su rostro sonriente y su
belleza rebosante de vida. Y es que
ella era preciosa. Poseía algo
inexplicablemente especial que
hacía que su sola presencia llenara
cualquier lugar vacío. Medía poco
más de metro setenta y, sin duda,
lo que más impactaba eran sus
brillantes ojos verdes, que
dependiendo del clima tornaban a
grises y cuyas arqueadas pestañas
le conferían una mirada
infinitamente sagaz. A Alexandra le
fascinaba su cabello azabache, por
el que siempre arriesgaba suelto,
volando libre al viento y dejándole
intacto el vértigo salvaje en cada
revoloteo. Era indomablemente

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