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Libro PDF Un trueno en la noche Donna Clayton

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MATTIE Russell sostenía una humeante
taza de té en la mano, sin poder creer la
forma tan abrumadora en que se había
comportado cuando se alejó corriendo
de aquel indio tan guapo que la había
sorprendido la noche anterior.
¿Por qué motivo habría aceptado que
un extraño la reconfortara de una manera
tan íntima? ¿Y en qué estaría pensando
para lanzarse y besarlo como lo había
hecho?
Estaba demasiado afligida para
pensar con claridad. Ese había sido el
problema.
Su trabajo le resultaba gratificante,
pero a menudo salía con una sensación
de soledad y vulnerabilidad. El
sacrificio. La discreción. A veces
conseguía sacar lo mejor de sí misma,
como había ocurrido la noche anterior.
Mattie bebió un poco de té. Sí, ese
había sido el problema la otra noche.
Bueno… eso y el hecho de que aquel
hombre había sido maravilloso. Como
un príncipe surgido de un oscuro y
misterioso mundo de fantasía. Su
príncipe en la noche.
El recuerdo de aquel beso y del calor
que la recorrió al escuchar el sonido de
su voz, la hacía estremecer incluso en
ese momento. Se había sentido
poderosamente atraída hacia él con la
fuerza de las mareas que sacuden el
océano.
¿Quién era aquel hombre? ¿Y qué
estaba haciendo en lo que se suponía era
el extremo más apartado de la Reserva
de Smoke Valley?
El caso es que ella lo había visto
antes de aquella noche. Estaba segura de
que era el mismo hombre. Incluso había
hablado con el jefe de policía encargado
de la reserva Kolheek, Nathan Thunder,
de la presencia de aquel hombre. Nathan
le había contestado que lo investigaría,
pero que no tenía nada que temer y ella
había intentado quitárselo de la cabeza.
No le resultó demasiado difícil ya que
en las últimas semanas había tenido que
enfrentarse a algunos problemas «más
reales». Finalmente había resuelto sus
problemas y ahí estaba otra vez,
mirando por la ventana, preguntándose
dónde estaría aquel hombre; buscándolo;
el escurridizo extranjero.
El pequeño acre de tierra que rodeaba
su posada lindaba con la reserva india.
No tenía más que un breve paseo hasta
el lago Smoke, que adoraba. Le
encantaba que permaneciera inalterado
porque aquel lugar era donde estaban
sus raíces y eso la reconfortaba.
Ella y su hermana, Susan, habían
pasado su infancia nadando en ese lago
verano tras verano y patinando sobre la
superficie helado en invierno. Muy rara
vez se habían encontrado con algún
indio nativo que viviera allí, ya que el
área principal de la reserva estaba en el
otro extremo del lago.
Mattie sabía que había una cabaña de
cazadores cerca de allí. Tenía unos
nueve años cuando ella y su hermana la
descubrieron en una de sus excursiones.
Apenas si era un pequeño cobertizo,
pero las niñas no se aventuraron en su
interior. Su padre las habría encerrado
una semana entera si se hubiera enterado
de que habían estado en la reserva, qué
decir si hubieran entrado en la cabaña
de alguien sin permiso.
¿Acaso podría estar el príncipe indio
en la cabaña? Pero, ¿por qué habría de
aislarse del resto de Kolheek que vivían
en la reserva? Los indios estaban muy
unidos y de esa unión y de su fuerte
sentido de la comunidad sacaban su
fuerza para vivir. Pero parecía que el
extraño, su príncipe, era un solitario.
La curiosidad de Mattie volvió a
removerse en su interior mientras hacía
esas conjeturas y antes de darse cuenta
se estaba dirigiendo hacia el patio
trasero de la casa que la conducía a los
bosques.
Mattie consideraba aquella zona
montañosa rodeada de lagos el lugar
más hermoso del mundo, todo serenidad.
La seducían la tranquilidad de los olmos
majestuosos y los robles. Y el lago de
un azul-verdoso parecía respirar como
si tuviera vida propia. De niña no
consiguió acostumbrarse a estar lejos de
aquel lugar cuando su padre le prohibió
adentrarse en la reserva, y tampoco lo
había conseguido al hacerse adulta.
Sin control sobre sí, se adentró por la
senda del bosque. La tierra pertenecía a
los Kolheek y ella debería respetarlo.
Suspiró pero siguió adelante escuchando
la llamada interna de aquella tierra.
Por muy profundo y romántico que
pueda sonar no se trataba de una
llamada esotérica. No, simplemente
quería desvelar la identidad de su
príncipe nocturno, el hombre que le
había derretido el corazón con un beso.
Mattie se sentía empujada a volver
hasta la orilla del lago, al lugar en el
que se habían encontrado la noche
anterior, igual que una abeja hacia una
fragante flor.
Los pájaros cantaban en las ramas de
los árboles y otras pequeñas criaturas se
movían entre la maleza a su paso.
Delgados rayos de sol se filtraban a
través de las hojas, convirtiendo en oro
todo lo que rozaban. Escuchó el correr
del agua de uno de los pequeños
manantiales que alimentaban el lago
Smoke y sonrió. Había algo en aquel
lago que le calmaba el alma.
Siguió el sendero adornado de zarzas
que bordeaba el lago. Igual que siempre,
dejó escapar un suspiro ante la vista. La
exuberante vegetación enmarcaba a la
perfección el agua y, antes de exhalar el
aire por completo, un movimiento
inesperado la hizo retroceder
velozmente hacia los matorrales. A
menos de cien metros de la orilla, vio a
un hombre nadando. Aunque no podía
verle la cara, sabía que era su príncipe.
La luz del sol lanzaba destellos sobre
la espalda escultural. Con amplias
brazadas se deslizaba por la superficie
del lago sin apenas esfuerzo.
Pensó que debía estar congelado. Era
cierto que hacía muy bueno para estar en
octubre, pero el lago debía estar
bastante frío después de muchos días
otoñales bastante frescos y noches
todavía más frías.
Sin embargo, pronto dejó de
preocuparse, pero notó que el pulso se
le embravecía en el pecho. Ciertamente
era digno de contemplar. Mattie lo
observaba mientras se alejaba a nado
cada vez más, y se dio cuenta de que
estaba sonriendo. Casi era una mueca.
Los hombros se le relajaron y se sintió
cálida y receptiva.
«¿Cálida y receptiva? Seamos
realistas, Mattie».
Debería darle vergüenza. Ella no era
así. Se estaba comportando como un
vulgar voyeur. Era vergonzoso.
Finalmente se rindió a la evidencia y
una risa interior la invadió. Se llevó los
dedos a los labios en un intento de
contener la risa y al hacerlo recordó el
beso que había compartido con el
extraño. El pulso se le aceleró
vertiginosamente.
«Tranquila, Mattie, tranquila».
Rio nerviosa. Por todos los santos,
¿qué demonios le estaba ocurriendo? A
lo lejos, el hombre ya estaba saliendo
del agua. Tenía unos hombros poderosos
que dejaban adivinar unos músculos
tensos por el ejercicio, los brazos
balanceándose en los costados a cada
paso. Un verdadero cuerpo de atleta.
La piel de un tono ocre relucía con las
gotas que resbalaban por su cuerpo,
reflejando la luz del sol. El pelo era
como un río negro que le cruzaba la
espalda. En ese momento, Mattie abrió
los ojos desmesuradamente, asombrada
al darse cuenta de que estaba…
¡completamente desnudo!
Le temblaron las rodillas cuando
reparó en los adorables hoyuelos que se
le formaban en la parte baja de la
espalda, justo encima de aquel…
«Vete ahora mismo. Vuelve la cabeza.
Ese hombre necesita intimidad».
Además, tenía un montón de cosas que
hacer en casa. Dirigir una posada le
llevaba mucho trabajo y tiempo. Debía
irse, y empezar a hacer todas las tareas
que la aguardaban. Y aun así,
permaneció allí, mirando.
No podía retirar la vista de aquellos
glúteos musculosos. No había un gramo
de grasa en ese cuerpo y la parte trasera
estaba tan bronceada como el resto del
cuerpo.
Entonces el más endiablado
pensamiento cruzó por su mente: aquel
cuerpo debería exhibirse en un museo…
donde los visitantes interesados
pudieran tocar los fibrosos muslos, los
abdominales tan marcados, la definición
de aquel cuerpo…
Volvió a sonreír. Cambió de postura
sin darse cuenta y de pronto se quedó
quieta, el corazón latiéndole con fuerza,
al ver que el hombre alzaba la cabeza,
prestando atención, oteando la

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