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Libro PDF Un vestido a mi medida Raquel G. Estruch

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Llegábamos media hora tarde. Toda la
culpa era de Paula. Ella y su manía de
dejarlo todo para el último momento.
Llevábamos tres meses esperando la
fiesta de fin de curso. Habíamos
completado nuestro primer año en la
universidad. Se habían terminado los
exámenes y los fines de semana
encerradas en casa estudiando.
Estábamos un año más cerca de
convertirnos en ejecutivas de marketing
y cambiar el mundo de la publicidad
para siempre. Al menos eso era lo que
ambas pensábamos en aquel momento de
nuestras vidas, en el que creíamos que
teníamos al alcance todas las opciones
laborales.
—Estás estupenda, fantástica,
guapísima —dije tratando de sonar
convincente. Quería salir de casa de una
vez por todas. Nos esperaban chicos
guapos y baile hasta el amanecer.
—¿De verdad que estoy bien con
estos vaqueros? ¿No me hacen el culo
gordo? —Paula no paraba de dar vueltas
sobre sí misma y contemplar su cuerpo
desde todos los ángulos posibles.
—No seas tonta. Sabes que no hay
nada en el mundo que pueda hacerte
gorda. No lo estás. Y ahora vámonos,
por favor.
—Vaya… Veo que hay alguien que se
muere de ganas de ver a mi hermano —
dijo sonriendo con malicia. No supe qué
responder. Había acertado de lleno.
Conocí a Paula el primer día de
clase. Las dos estábamos en el bar
tomando un café con leche. Ella en un
extremo de la barra y yo en el otro. Me
llamó la atención por dos razones:
porque era guapísima y porque mostraba
la misma cara de terror que debía de
tener yo en aquel momento. Cuando
nuestras miradas se encontraron,
sonreímos. Pocos minutos después
estábamos sentadas juntas y
descubriendo que íbamos a ser
compañeras de clase. Congeniamos
desde el principio. Después de una
semana nos convertimos en
inseparables. Fue durante aquellos
primeros días cuando Paula me contó
que tenía un hermano gemelo llamado
Arnau. Automáticamente pensé que
debía de ser bastante guapo. Tuve
ocasión de comprobarlo en la primera
fiesta a la que asistimos y enseguida me
quedé colgada de él. No solo era alto,
fuerte, rubio y tenía unos ojos azules
divinos, sino que era divertido,
inteligente y sabía bailar. Poseía todas
las cualidades que yo admiraba en
alguien del sexo opuesto. Sin embargo,
todo lo que tenía de maravilloso, lo
tenía de deseado. Las chicas
revoloteaban a su alrededor como
moscas y, aunque él estuvo encantador
conmigo durante toda la noche, me
convencí de que no tenía nada que hacer
con él.
Pero durante el último trimestre las
cosas entre nosotros habían cambiado un
poco. Los tres habíamos decidido
ponernos las pilas con nuestros
respectivos estudios porque los
exámenes de febrero habían sido un
auténtico desastre. Paula y yo
quedábamos casi todas las tardes en la
biblioteca de la facultad y Arnau solía
dejarse caer por allí. Al principio solo
venía algún día entre semana. Siempre
que terminábamos de estudiar nos
premiábamos con algún refresco. Y así
fue cómo poco a poco fui conociéndole
más. Él estudiaba Periodismo. Le
encantaba escribir y también era un gran
contador de historias. Raro era el día en
el que no terminábamos muertos de risa
con alguna de las anécdotas que nos
explicaba. A lo largo del mes de junio
nos habíamos convertido casi en
inseparables. Siempre los tres juntos a
todas horas tratando de obtener las
mejores notas posibles en los exámenes.
Una de las últimas noches que habíamos
quedado para estudiar él nos comentó
que se estaba organizando una fiesta de
las buenas en la que podríamos celebrar
nuestra libertad para el resto del verano.
Paula y yo no dudamos en apuntarnos.
Además, durante las últimas semanas
tenía la sensación de que él estaba más
pendiente de mí que de costumbre.
Incluso percibía cierta tensión sexual.
La fiesta podría ser la oportunidad
perfecta para estar con él y comprobar
si había algo más entre nosotros.
Después de viajar en metro, en tren y
un rato a pie logramos llegar al lugar en
el que se celebraba el evento. Por suerte
ninguna de las dos llevaba zapatos de
tacón. Tanto Paula como yo habíamos
optado por unas sandalias planas y el
uniforme oficial para salir por la noche:
pantalones vaqueros de cintura baja y
camiseta ajustada. Las dos teníamos un
cuerpo estupendo para lucir y aquello
era precisamente lo que hacíamos. Ella
en su versión rubia imponente de ojos
azules y yo en la mía de morena y ojos
negros. Además, aquella noche había
decidido ser algo más atrevida de lo
normal y me había puesto una camiseta
negra con un escote bastante
pronunciado. Iba a por todas.
Localizar a Arnau en la explanada de
un polígono a las afueras de Sabadell
fue bastante complicado. Había gente
por todas partes. Era como si todos los
estudiantes de la Universitat Autònoma
de Barcelona (UAB) hubieran decidido
asistir a la misma fiesta.
Durante unos minutos intentamos
ubicarnos en el recinto. A nuestra
derecha estaba el escenario en el que
una banda formada por cinco chicos que
parecían recién salidos del instituto
interpretaban una versión bastante buena
d e Everyday de Bon Jovi. Paula y yo
empezamos a cantar. Era una de nuestras
canciones favoritas y solíamos
escucharla a todo volumen cuando
necesitábamos algo de motivación.
Caminamos en dirección al escenario y
nos unimos al resto del público que
también coreaba el tema. Cuatro
canciones después, el grupo abandonó el
escenario. Estábamos muertas de sed y
empezamos a abrirnos paso entre la
multitud. En ese momento empezó a
sonar Die another de day de Madonna.
Otro de nuestros referentes. Y volvimos
a entregarnos a la música. Escuchar a la
reina del pop a aquel volumen, aunque
no fuera en directo, era estupendo.
—¡Vaya marcha lleváis! —dijo una
voz justo al lado de mi oreja y noté un
ligero cosquilleo detrás de la nuca.
—Arnau, ¡qué suerte que nos hayas
encontrado nos morimos de sed! —
Paula se enganchó al cuello de su
hermano sin dejar de bailar. Él la siguió
sin dificultad. De no ser porque sabía
que eran gemelos hubiera asegurado que
eran la pareja perfecta.
—Os acompaño a la barra —dijo él
en cuanto su hermana dejó de bailar—.
Solo tengo dos manos y son tres
bebidas. Seguidme. —Arnau alargó la
mano y cogió la mía. Al notar el
contacto de su piel me ericé entera. Era
la primera vez que entrelazábamos
nuestros dedos y para mí fue una
sensación maravillosa. Sonreí con
disimulo y pensé que la noche no podía
ir mejor.
Pedimos unas cervezas y empezamos
a contarnos los planes que teníamos para
los meses de verano. Paula y Arnau
hablaban de hacer una escapada a Ibiza
con los escasos ahorros que tenían.
«Algo en plan hippie» había dicho mi
amiga bastante emocionada. En mi caso
era consciente de que me iba a tocar
estudiar un poco pero también pensaba
dejar bastante tiempo para el ocio. Tal
vez pudiera apuntarme con ellos a aquel
viaje. Sería estupendo poder pasar unos
días con aquel chico de ojos azules que
tanto me interesaba. Un nuevo grupo
apareció sobre el escenario y se oyeron
los primeros acordes de un gran clásico:
Losing my religion, de REM. Sonaba
realmente bien y Paula empezó a bailar.
Nos separamos un poco de ella porque
temíamos que, con tanto movimiento de
brazos y caderas terminara por bañarnos
con su cerveza.
Aquella canción me encantaba y
comencé a tararearla con la vista puesta
en dos chicos que aspiraban a que mi
amiga les prestara algo de atención. No
fallaba. Cada vez que salíamos, a los
pocos minutos estábamos rodeadas de
chicos tratando de ligar con nosotras.
Supongo que el tándem rubia sexy y
morena con curvas era una combinación
perfecta para atraerlos. Cuando aparté la
vista de Paula me di cuenta de que
Arnau me estaba mirando, y me

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