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Libro PDF Una chica adorable L. Jellyka

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Nota del autor:
Antes de empezar quiero aclarar que todos los personajes que están en actos sexuales tienen más de 18 años y que no tienen ninguna relación familiar, también que
los personajes son muy variables, que incluso puedes ponerte a ti mismo o a ti misma como un personaje como ¨amigo¨ o ¨tutor¨, siendo así los personajes o su origen
no son lo importante. La importancia de estas historias es disfrutar la esencia erótica sin más que agregar espero lo disfrutes.
¿Qué es un tutor?
Persona que se encarga de la tutela de una persona, en especial la nombrada para encargarse de los bienes o de una persona con incapacidad mental y para
representarlos en los actos jurídicos, a esta persona se le denomina tutorado o tutorada, un tutor o tutora puede ser cualquier persona.
Ejemplo: “los padres podrán en testamento o documento público notarial nombran un tutor; los sujetos a tutela deben respeto y obediencia al tutor”
Doménica vivía en un precioso pueblo de Ecuador, de manera muy humilde. A pesar de que la situación económica era delicada, sus tutores insistían en que
estudiara. Muchos habitantes del pueblo habían tenido que emigrar, y al final, tras ahorrar todo lo que pudieron, sus tutores la mandaron a España.
Habían oído maravillas de aquel lejano país. Trabajo para todos, buenos sueldos, gente amable. Doménica no quería ir, quería seguir con sus tutores, pero entendía
que tenía que ser así. El dinero que les mandara era necesario. Con lágrimas en los ojos se despidió de sus tutores, y con una maleta como todo equipaje, subió al
autobús que la llevaría a la capital, para coger el avión que la llevaría a la tierra prometida.
Dome era una chica retraída, callada. Estudiar y ayudar a su tutora en casa consumía casi todo su tiempo. Cuando empezó a desarrollarse, los chicos la rondaban,
pero ella no lo ponía fácil. El chico que le gustaba nunca le hizo caso, y los que sí se lo hacían caso, no la atraían.
Sentada en el avión, no pudo reprimir las lágrimas. Iba a lo desconocido, lejos de los suyos, del pueblo al que amaba.
En España sólo conocía a María, una chica de su mismo pueblo.
Pero la realidad no es siempre tan bonita como la pintan. María no les había contado nada de cómo la situación en España había empeorado. No les contó que el
trabajo empezó a escasear. No les contó a qué se dedicaba. Sólo les mandaba mes a mes el dinero y les decía que todo iba bien.
Dome aterrizó en el aeropuerto de Madrid, y de allí, cogió un nuevo avión que la llevó a su destino final, las Islas Canarias. Concreta mente, a Las Palmas de Gran
Canaria, en donde vivía María.
Recogió su maleta y salió de la terminal. María había quedado en venir a buscarla. Si no estaba, estaría perdida, sin saber a dónde ir, que hacer. Cuando la vio
saludarla entre la multitud, respiró aliviada.
-Dome! Dome! – saludó efusivamente María.
Hacía tiempo que no se veían, y María era mayor que Dome, pero ésta era inconfundible. Aunque no era la única chica sudamericana del vuelo, sí era la única que
viajaba sola. La reconoció en cuanto la vio.
Se acercó a María y ésta la abrazó con fuerza.
-Dome, como has crecido. Te has convertido en toda una mujercita.
-Hola María. Me alegro de verte.
María cogió su maleta y las dos se dirigieron hacia el aparcamiento. Dome se fijó que María vestía de una manera, digamos, que demasiado alegre. Una minifalda y
una camisa ajustada, mostrando generosamente sus pechos.
Se sentaron en el coche, arrancaron rumbo a la capital y María comenzó a hablar. Las esperanzas de Dome se derrumbaron.
-La cosa está bastante jodida por aquí, Dome. Hay una crisis muy grande y el trabajo escasea.
-Pero…Tus tutores nos dijeron que esto era…que había trabajo
-Sí, lo había. Pero ahora mismo hay mucho paro.
Dome miró al piso del coche. ¿Qué iba a hacer?
-No le he dicho nada a mis tutores. No quiero que se preocupen. Les sigo mandando dinero todos los meses y les sigo diciendo que esto es maravilloso.
-¿Tú tienes trabajo?
María la miró.
-Digamos que sí. Ahora mismo una inmigrante sin papeles sólo tiene dos opciones. Limpiar casas. Yo lo hice durante un tiempo, pero no me gustaba y el sueldo era
muy bajo. Ahora hago otra cosa y gano mucho más. Puedo mandar dinero a mis tutores y vivir bien.
-¿Qué haces?
-Doménica. ¿No te lo imaginas?
-No.
-Se nota que no has salido del pueblo. Soy prostituta. Soy una puta.
Dome la miró asombrada. Una puta. Ahora comprendía su vestimenta. No se lo podía creer.
-No me mires así. La necesidad aprieta. Y tampoco es tan malo. La mayoría de los clientes son buena gente. Y algunos follan divinamente! atarraja. No te preocupes,
que para ti ya tengo varias casas buscadas. Vivirás en la mía un tiempo, hasta que estés situada y consigas un piso de alquiler baratito. Seguro que encontrarás a más
chicas en tu situación para compartir piso y gastos.
María siguió hablando, preguntando por el pueblo, por la gente. Domo respondía mecánicamente. Estaba al borde del llanto. Estaba asustada. Quería estar en casa.
En su casa, con sus tutores. Pero estaba a miles de kilómetros, sin perspectivas claras.
Llegaron a la ciudad y luego a la casa de María. Un piso en una zona tranquila de la parte alta. La llevó a una habitación pequeña pero acogedoras, con una cama, un
ropero y una pequeña tele.
-Instálate, Dome. Yo tengo que revisar mis mensajes.
La dejó sola, y fue entonces cuando Doménica se derrumbó. Se le juntó todo. La añoranza, el miedo. Lágrimas silenciosas cayeron por su rostro. Pero se repuso.
Estaba allí para ayudar a sus tutores. Y si tenía que limpiar casas, limpiaría casas. Tenía claro que no acabaría como María.
Se secó la cara, sacó su ropa y la guardó en el ropero. Después salió y se fue al salón. María hablaba por su móvil.
-Vale cariño. Esta noche a las diez. Besos – colgó – Era uno de mis clientes. Uso mi casa a veces. ¿Ya te instalaste?
-Sí.
-Bien. ¿Estás cansada?
-Un poco. ¿Por ?
-Vamos a dar una vuelta. Te enseñaré la ciudad.
-Vale. Sí. Quiero ver en donde voy a vivir.
Las Palmas es una ciudad de mediano tamaño, moderna y cosmopolita, y para una chica de tan lejos, que siempre había vivido en su pequeño pueblo, era un mundo
totalmente nuevo. Lleno de gente, de coches, grandes avenidas, centros comerciales. Dome lo miraba todo, asombrada. Por supuesto que en Ecuador tenían grandes
ciudades, pero nunca las había visitado.
Tomaron un café en una céntrica plaza. Se fijó que los hombres miraban a María, que los ignoraba. Cayendo la noche, resisaron a casa.
-Ahora es buen momento para llamar a tus tutores, Dome. Usa mi teléfono.
-Gracias, María
Llamó y contestó su tutora. Y como había hecho María, mintió. Le contó que todo era maravilloso, que María le había encontrado un buen trabajo y que España era
un país precioso, lleno de buena gente. La tutora no pudo reprimir el llanto, que contagió a Dome.
Colgó y le devolvió el teléfono a María.
-Has hecho bien. Ellos no tienen por qué saber la verdad, no tienes por qué preocuparlos. ya verás como todo saldrá bien
-Esas casas que me comentaste….
-Ah, sí. Son de señoras para la que trabajé. Un par de ellas me han dicho que necesitan chicas de servicio. Son buena gente, aunque ya te digo que el sueldo no es
muy alto. Necesitarás trabajar todos los días para poder reunir para vivir y mandarle algo a tus tutores.
María miró a Doménica. Era una chica linda, aunque iba sin arreglar y su vestido no ayudaba. Si quisiera, tan jovencita, tan inocente, podría hacer dinero con más
facilidad que limpiando.
-A no ser que…ya sabes. Yo podría introducirte y buscarte clientes.
-No, no. Limpiaré
-Bueno como quieras. Es algo que está ahí si te decides.
-No.
-Vaaale. Pues a limpiar. ¿Tienes estudios?
-Sí.
-Te lo digo porque, aunque es difícil, podrían surgir otras cosas. Cajera en un supermercado, de administrativa en una oficina. Pero necesitarás papeles, y para los
papeles necesitarás un contrato de trabajo. Hoy en día ya te digo que es muy difícil, pero no desesperes.
-María…¿Cuánto te tengo que pagar de alquiler?
-Quita, quita. Te puedes quedar aquí todo el tiempo que quieras. Y no me tienes que pagar nada, mujer. Si no nos ayudamos entre nosotras nadie lo hará.
-Gracias – le dijo, emocionada.
-Mañana por la mañana iremos a ver a dos de las señoras interesadas. Ya verás como consigues el trabajo. Y ahora, estarás cansada, aunque aún no estés
acostumbrada al cambio horario.
-Sí, lo estoy.
-Pues vete a tu cuarto a descansar. Dentro de un rato vendrá un…amigo. Con el que hablé antes. Lo llevaré a mi cuarto. Espero que..no te molestemos.
-No te preocupes, María. Estás siendo muy buena conmigo. Gracias.
-Basta de gracias, Dome. Y ahora, a descansar.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana.
Se fue a su cuarto. Aunque estaba cansada, no tenía sueño. En Ecuador sería por la mañana, así que puso la tele. Buscó algo que ver, pero no encontró nada de su
agrado. Se acostó y al poco, se durmió.
Se despertó al oír risas y voces. Eran María y un hombre. Agudizó el oído. Más risas. También besos. Y gemidos. Se imaginó lo que pasaba. María estaría con ese
amigo. Pensó que más que amigo sería uno de sus clientes. María, su paisana, era una prostituta.
¿Pero quién era ella para juzgarla? La había acogido en su casa y le iba a conseguir trabajo. No conocía las circunstancias que la habían llevado a eso, los motivos. Y
no eran de su incumbencia.
Dejó de oír a María. Sólo oía gemidos suaves del hombre. Sintió curiosidad, y sin hacer ruido, salió de su habitación. Ya era de noche, y el pasillo estaba oscuro, así
que se pudo acercar al salón sin ser vista.
Lo que vio la dejó asombrada. María estaba arrodillada entre las piernas del hombre, un señor de unos 50 años, que sentado en el sofá, tenía la cabeza echada hacia
atrás, con los ojos cerrados. Las manos las tenía sobre la cabeza de María, que subía y bajaba. Se dio la vuelta y volvió a su cuarto, con el corazón latiéndole en el pecho.
A sus 19 años, era virgen, pero sabía lo que era el sexo. Sabía que María le estaba chupando el pene a aquel hombre. Lo había oído decir, aunque la palabra que
usaban no la quería pronunciar.
Ella sola descubrió el placer. En su cama aprendió a acariciarse hasta obtener aquel rico placer, aquel gustito. Pero era algo que no hacía muy a menudo. El trabajo en
la casa y estudiar la dejaban agotada, y cuando se acostaba, se dormía, rendida.
Y ahora, por primera vez en su vida, había visto sexo entre un hombre y una mujer. En realidad no vio nada, solo la espalda de María, su cabeza subir y bajar entre
las piernas del hombre, y la expresión de placer de éste.
Se acostó, tratando de dormir, pero no se podía quitar de la cabeza esa imagen. Ahora estaba sola, sintió ese cosquilleo en el estómago, esa humedad que empezaba a
mojar su sexo. Bajó su mano y la metió por debajo del pijama, por debajo de sus bragas, y se empezó a acariciar, a gemir.
Sus dedos recorrieron toda la zona, sobre todo el clítoris, que tanto placer daba al acariciarlo. Con los ojos cerrados se pasaba los dedos arriba y abajo, frotando
especialmente aquel punto especial. En pocos minutos su cuerpo se tensó y fue atravesado por el intenso placer, que llenó su cuerpo de espasmos y que la dejaron
luego relajada, con los ojos cerrados, el corazón latiendo con fuerza.
Al rato, dormía.
Por la mañana, en lo que sería madrugada para ella, María la despertó. Desayunaron y salieron. Tenían dos citas en dos casas. María vestía de una manera más
normal, menos llamativa, más…decente.
Se entrevistaron con las dos señoras, y las dos aceptaron en contratar a Dome dos días a la semana cada una. Se pusieron de acuerdo en el sueldo y, al día siguiente,
Doménica empezó su nueva vida. Estaba contenta, feliz. Ahora podría ayudar a sus tutores.
El trabajo era agotador, pero era un trabajo decente. Era algo que ya hacía mucho en su casa, ayudando a su tutora. Las señoras eran amables, y en poco tiempo se
fue haciendo a aquello. Consiguió incluso algunas casas más, llenando casi todas las horas de la semana, menos el sábado y domingo.
Uno de los días más felices de su vida fue cuando fue a correos a hacerles el primer giro a sus tutores. 400 euros, que aunque no era mucho en España, allá en
Ecuador era bastante. Se quedó con 100 euros para ella y le dio 100 a María, que no quiso cogerlos, pero insistió. Le daba cobijo, le daba comida. Era justo que Dome
participara en los gastos.
María salía mucho a ver a sus ‘amigos’, y algunos venían a verla a ella, a su casa. Aquel hombre que vio Dome el primer día era uno de los habituales. Ya se había
acostumbrado a oír las risas, los gemidos. Incluso, alguna vez, se atrevía a mirar a escondidas, pero nunca vio más que lo de aquella vez. María era discreta y se iba a su
dormitorio, cerrando la puerta.
Un día, después de la cena, estaban las dos en el salón, viendo la tele, y sonó el timbre. María fue a abrir y regresó con un hombre, que se quedó mirando a Dome.
Cuando Dome vio como la miraba, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La mirada de aquel hombre la traspasaba
-¿Quién es tu amiga, María?.
-Es Doménica, una vecina de mi pueblo.
Él se acercó a Dome, que casi ni respiraba. Se quedó sentada, mirando cómo se acercaba. Y cuando estuvo a su lado, él se agachó y le cogió la mano, la llevó a su
boca y la besó.
-Encantado, Doménica.
Aquellos penetrantes ojos clavados en ella la hacían temblar. Aún tenía su mano cogida, y le sonreía.
-Veo que no eres una chica bien educada, Doménica – dijo, sin dejar de sonreír
-Ella…ella no..Déjala en paz, Francisco – saltó rápidamente María, acercándose a ellos.
-Si no le he hecho nada. Sólo la he saludado.
Dome sintió que su cara ardía, ruborizada al máximo, aunque su piel morena lo disimulaba. Y él no soltaba su mano.
-Dome, ve a tu cuarto.
Se levantó, y cuando él por fin soltó su mano, se fue a su cuarto, cerrando la puerta. Aquel hombre…La había paralizado sólo con mirarla. Se sentó en su cama.
Sentía el corazón latirle con fuerza.
Esperó a oír los besos, los gemidos, pero no oyó nada. A los pocos minutos, tocaron a su puerta. Era María.
-Lo siento, Dome. Siempre se presenta sin avisar.
-No pasa nada.
-Francisco es un hombre..especial. De gustos, especiales, pero es mi mejor cliente y…me ha pedido algo – le dijo, mirándola.
Dome sintió un nuevo escalofrío.
-¿Qué te ha pedido?
-Quiere que..quiere que mires como me lo hace.
-¿Quéeeeeeeeeee?
-Ya le dije que tú no te dedicas a esto. Pero sólo quiere que mires. No te tocará.
-No. ¿Estás loca? No lo haré.
-Doménica, por favor. No puedo decirle que no. Solo tienes que estar presente. Me va a pagar mucho dinero por esto. La mitad es para ti.
-No quiero ese dinero María. No lo haré – dijo, temblándole la voz.
Los ojos de María se llenaron de lágrimas.
-Dome , nunca te he pedido nada, pero…por favor, hazlo. No puedo decirle que no. No puedo. Por favor.
La vio desesperada. Se había portado tan bien con ella, y ahora que le pedía una cosa, le decía que no.
-Sólo mirar. No quiero que me toque, ni tocarlo.
-No no no. Sólo mirar, te lo prometo. ¿Lo harás?
-Sí.
-Gracias, gracias.
La cogió de la mano y casi la arrastró hasta el salón. Él esperaba, sentado, con las piernas cruzadas, seguro de sí mismo.
-¿Y bien? – dijo, levantando las cejas.
-Está de acuerdo. Pero sólo mirar.
-Ese es el trato. Ya sabes que soy un caballero.
Dome miraba al suelo. No se atrevía a mirar a aquel hombre.
-Dile que se siente en el sofá. Y tú, ven aquí.
Dome obedeció. Se sentó en el sofá, pero seguía sin mirar.
-Si tu amiga no mira, me largo.
María la miró, con cara angustiada. Dome levantó la vista. La cara de María era de suplica. Entonces, miró al hombre.
-Así me gusta, Doménica.
Francisco se levantó, quedando de pie frente a María. Cogió con suavidad a María por el pelo, acariciando, y de repente, apretó su pelo, cerrando el puño sobre él.
-Y ahora, putita, enséñale a tu amiga lo bien que sabes mamar una polla.
Dome estaba asombrada. ¿Por qué la trataba así? ¿Por qué María lo permitía? En vez revelarse, se empezó a arrodillar delante de él, que en ningún momento le soltó
el pelo. Cuando estuvo colocada, llevó sus manos a los pantalones, a la bragueta, y la bajó. Dome tenía la vista fija en las manos de María, y cuando la levantaba, se
encontraba con los ojos de él fijos en ella, con esa inquietante sonrisa.
María metió una mano dentro de la bragueta y sacó el pene del hombre. La primera vez que Dome veía uno. Le pareció algo enorme, lleno de marcadas venas. La
mano de María lo abarcó, pero no pudo juntar los dedos.
-¿Te gusta mi polla, María?
-Sí, sabes que me encanta tu polla, Francisco.
-Esa es mi zorrita. Ahora hazme una de esas mamadas que te enseñé.
Dome no quitaba ojo de la …polla. Así la llamaban. Polla. Era una palabra que apenas había oído. En Ecuador a eso lo llamaban de otras maneras. Polla. La palabra
se le quedó grabada a fuego.
Miró como María acercaba su boca a la punta de la polla y empezaba a darle besitos, a pasarle la lengua alrededor de aquella cabezota de color púrpura, mientras
una mano subía y bajaba a lo largo del tronco. Vio como abría la boca y se la metía dentro, cerrando los ojos, hasta la mitad.
-Ummmmm Eso es, zorrita. ¿Sabes? – dijo, mirando a Dome – cuando conocí a esta pumita no sabía chupar una polla como es debido, pero ahora es la mejor, sin
duda. Yo le enseñé a tragarse una polla hasta los huevos. Mira que buena alumna fue.
Soltó el pelo, puso la mano en la parte de atrás de la cabeza y apretó contra él. La polla poco a poco entró en la boca de María, hasta que sus labios chocaron con el
pantalón. La dejó allí unos segundos.
-Aggggg mira Dome. Toda mi polla en la boca de tu amiga, hasta su garganta.
Quitó la mano de la cabeza, y la llevó, junto a la otra, a su espalda. María no se movía, ensartada por la boca por aquella enorme polla. A los pocos segundos
empezó a moverse. Su cabeza iba y venía, tragando y escupiendo la polla, brillante por la saliva. Francisco no miraba como su polla entraba y salía de la boca de María.
Miraba como Dome tenía su vista fija en la polla, como su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración, cada vez más fuerte.
Miraba como hipnotizada. No se dio cuenta de que los pezones se le endurecían y que su sexo se mojaba. Lo que se estaba desarrollado antes sus ojos era algo que
jamás había imaginado. No podía apartar la vista.
Francisco se dejó chupar la polla un rato más, hasta que María lo llevó al borde del orgasmo, y entonces la hizo parar.
-Bien, pumita, para, que casi me haces correr….Desnúdate.
Lo dijo mirando a Dome, y ésta estuvo a punto de obedecerla. Se quedó mirando la polla, llena de saliva, dando saltitos en el aire. María se levantó y se empezó a
quitar la ropa. Durante esa pausa Dome fue consciente de su estado. Le ardía la cara. Los pezones le dolían de lo duro que los tenía, y entre sus piernas la humedad
empapaba sus bragas
Miró el cuerpo de María. Era bonito. Se dio cuenta de que tenía su sexo completamente depilado, sin un solo pelo. El suyo sí tenía pelo. Nunca se imaginó que las
mujeres se afeitaran ahí.
-Zorrita, dile a tu amiga lo que te voy a hacer ahora. Díselo.
-Me va a follar, Dome. Me va a meter su dura polla en el coño y me va a follar bien fuerte.
Domo abrió la boca, y respiró por ella. Sus labios se le resecaron, se pasó la lengua por ellos
-Enséñale el coño a tu amiga. Que vea lo mojado que lo tienes, lo cachonda que estás. Que vea que eres una buena zorra.
María se sentó en el sofá y abrió sus piernas. Los ojos de Dome se clavaron allí. El…coño… Coño… Como a la polla, lo llamaban de otra forma, pero la palabra la
excitaba. El coño de María estaba rojo, mojado, abierto. Y el suyo propio también lo sentía así. ¿Significaba eso que ella también era una zorra?
Francisco, sin desnudarse, se arrodilló entre las piernas de María y le clavó la polla en el coño, haciendo que la chica cerrara los ojos y arqueara la espalda sobre el
sofá.
-Aggggggggggg, Francisco…que…rico.
Él le puso la piernas sobre sus hombros y empezó a follarla, con fuerza, arrancándole gemidos de placer. En esa posición, Dome no podía ver como la polla entraba
y salía del coño de María, pero lo deseaba. Deseaba seguir mirando. Y deseaba tocarse, acariciar con sus dedos la rajita de su coño y estallar en ese placer tan rico que la
dejaba relajada y a gusto.
Pero no lo hizo. Le daba demasiada vergüenza. Sólo miró. Vio como Francisco pellizcaba los pezones de María, con fuerza. Y María, en vez de quejarse, gimió más
fuerte y empezó a temblar. Vio como su cuerpo se ponía rígido, como dejó de respirar, al tiempo que Francisco seguía follándola salvajemente. María apretaba los
dientes y los ojos, con fuerza, estallando de placer.
A los pocos segundos, el cuerpo de María quedó quieto. Sólo su pecho subía y bajaba, rápido, cogiendo aire a bocanadas. Francisco le sacó la polla y se puso de
pie, girándose hacia Dome.
-A María le encanta que me la folle así, como a una buena zorra. ¿Cómo te gusta que te follen a ti, Doménica?
Dome no contestó. Tenía los ojos fijos en la polla, poderosa, brillante de los jugos del coño de María.
 

 

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