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Libro PDF Una desconocida en mi cama Natalie Anderson

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iluminaba también a aquella hermosa
desconocida. El largo cabello rubio
estaba desparramado por la almohada, y
un brazo de blanca piel descansaba
sobre la sábana.
Tenía que estar soñando. Miró a su
alrededor. No había ninguna maleta, ni
ropa por ninguna parte. El resto de la
habitación estaba en perfecto orden. No
había duda: tenía que estar soñando. Si
fuera real sería demasiado cruel.
Encontrarse a una mujer preciosa en su
cama cuando estaba tan cansado que
sería incapaz de hacer con ella ninguna
de las cosas que estaban pasándole por
la cabeza en ese momento.
Eso debía ser, que estaba tan cansado
y llevaba tanto tiempo sin practicar el
sexo que su mente había conjurado una
fantasía surrealista de una hermosa
mujer esperándolo en la cama.
Parpadeó de nuevo, pero la visión no
se desvaneció. Carraspeó, pero ella no
se movió.
–Eh… oye… despierta –la llamó.
No surtió efecto, pero la bella
durmiente frunció ligeramente el ceño.
–Perdona, pero tienes que irte –le
dijo.
Bueno, tal vez podría dejar que
siguiera durmiendo y echarse a su lado.
Lo que él necesitaba en ese momento era
eso, dormir. Por la mañana, cuando
estuviese descansado, podría hablar con
ella… y hacer cualquier otra cosa que le
pidiese el cuerpo.
Pero justo en ese momento ella abrió
los ojos, y cuando lo vio gimió
sobresaltada y se incorporó como un
resorte, sujetando la sábana contra el
pecho.
–¿Quién eres? –le preguntó James.
La joven parpadeó aturdida. El
cabello le caía desordenado en torno al
rostro, y sus mejillas estaban
ligeramente sonrosadas por el sueño.
–¿Qué quieres de mí? –le preguntó
ella.
¿Por qué estaba torturándolo aquella
visión de esa manera? ¿Estaba dispuesta
a hacer lo que él quisiera?
–Esto… perdona, pero ahora mismo
dudo que pudiera…
Ella se quedó mirándolo un buen rato
y sus hombros se relajaron.
–Ah, eres James.
¿Cómo podía saber su nombre? Cada
vez estaba más convencido de que tenía
que ser una fantasía.
–Pues sí, y lo siento mucho, porque
aunque eres preciosa y estoy seguro de
que sería increíble… en fin, no va a
pasar nada entre nosotros esta noche.
Así que, en fin, esfúmate y vuelve otro
día. Ella parpadeó de nuevo, pero no se
movió, sino que se quedó mirándolo otra
vez y, al ver cómo se teñían sus mejillas
de rubor, James sintió que un cosquilleo
le recorría la espalda.
–George me dijo que viniera aquí –
murmuró ella, frunciendo el ceño.
¿Eh? ¿Por qué tenía su hermano que
entrometerse en una fantasía suya?
–¿George te mandó aquí… para mí? –
inquirió confundido. Y el cosquilleo se
tornó frío y desagradable.
¿Aquella chica estaba allí porque
George le había dicho que fuera? ¿O
porque le había pagado para que fuera
allí? No, imposible. George nunca le
haría algo así. Le había estado dando la
lata durante meses con que debería salir
por ahí, ligar y divertirse, pero enviar a
una prostituta a su casa no era su estilo.
Fuera como fuera, estaba demasiado
cansado como para dilucidar aquel
misterio. Lo que quería hacer era
dormir.
Cerró los ojos, con la esperanza de
que la tentadora visión hubiese
desaparecido al volver a abrirlos, pero
cuando lo hizo seguía allí.
Estaba mirándolo con los ojos
entornados, y alzó la barbilla, como
molesta, para espetarle:
–¿Te has creído que estaba
esperándote?
¿No era así? James abrió la boca,
volvió a cerrarla y tragó saliva.
Mierda…
Caitlin Moore echó la cabeza hacia
atrás para mirar bien a James Wolfe.
Nunca había visto unos ojos tan oscuros.
Eran más oscuros que los de su hermano
gemelo, eso sin duda; y su cabello, del
mismo color, también era más oscuro.
Pero no era esa la diferencia más
evidente entre ambos, sino la cicatriz
que le cruzaba parte del rostro desde la
sien hasta el pómulo. Sabía cómo se la
había hecho. Todo el mundo había visto,
en la prensa o la televisión, esa imagen
de él con el rostro ensangrentado y una
niña malherida en brazos, avanzando
indolente por un pueblo asolado por un
corrimiento de tierra. Era el paradigma
del héroe moderno. Pero un héroe que
pensaba que era una furcia.
No se quedó mirando su cicatriz, ni se
recreó admirando su físico atlético, a
pesar de que solo lleva unos boxer y una
camiseta. Una camiseta gris como la que
ella había tomado prestada de su
armario, aunque a él le quedaba
muchísimo mejor.
Sin embargo, a pesar del esfuerzo que
hizo por no mirarlo demasiado, no pudo
evitar fijarse en su piel bronceada y sus
músculos. Y tampoco le pasó
desapercibido el brillo irritado en sus
ojos, como si se le estuviera agotando la
paciencia.
Pues a ella también se la estaba
colmando. ¿Cómo era eso que le había
dicho? «Aunque estoy seguro de que
sería increíble, no va a pasar nada entre
nosotros». ¿Se podía ser más
presuntuoso?
–A ver, ¿qué tal si me dices quién
eres y qué fue lo que te dijo George? –le
preguntó él.
Ella sabía perfectamente quién era él
–un médico de una ONG que participaba
en las operaciones de rescate en países
devastados por desastres naturales, un
héroe–, pero él, según parecía, no tenía
ni idea de quién era ella.
No sabía nada de la pesadilla que
había dejado atrás al abandonar
Londres. Sin duda no había leído los
titulares de los periódicos ni había visto
la bilis que estaba soltando la gente
sobre ella en Internet.
–¿De verdad has pensado que tu
hermano me había mandado aquí para
que hicieras conmigo lo que se te
antojara? –le espetó, ignorando su
pregunta.
Alargó el brazo para encender la
lámpara de la mesilla de noche, pero él
no contestó, sino que permaneció allí
plantado, a los pies de la cama,
mirándola fijamente con esos ojos
oscuros como el chocolate negro.
–Esa camiseta que llevas es mía –
dijo.
¿Qué clase de respuesta era esa?
¿Acaso eso la convertía en su
propiedad? Al ver el modo tan intenso
en que estaba mirándola, sintió que una
ola de calor le afloraba en el vientre.
–Agradece que no te tomara prestados
también unos boxer –le respondió–,
porque estuve a punto.
–¿Mis…? –James se quedó callado y
tragó saliva–. Entonces, ¿qué más llevas
puesto?
Parecía casi atormentado, y Caitlin no
pudo resistir la tentación de apretarle
las tuercas un poco más.
–Solo tu camiseta –contestó
encogiendo un hombro–. Mi ropa está
colgada en el baño, secándose.
Él no apartó los ojos de ella.
–¿Solo?
–Bueno, me pareció que tenías
camisetas de sobra –le respondió. Había
como veinte en el vestidor, todas
planchadas, dobladas y del mismo
color–. ¿Quién habría pensado que al
honorable James Wolfe, el héroe
nacional, le gustaría tener a una mujer de
mala reputación esperándolo en la cama
a su regreso de una misión? –le espetó
con sarcasmo.
Él se quedó mirándola como atontado,
como si le costase comprender sus
palabras. ¿Estaría borracho?
–Entonces… ¿no estás aquí por…? –se
quedó callado un momento; casi parecía
incómodo–. ¿… por mí?
–No, tu hermano no me ha pagado
para que viniera y me convirtiera por
unas horas en tu juguete sexual –contestó
ella, sonriéndole con irónica dulzura–.
Además, si fuera una profesional del
sexo –añadió ladeando la cabeza–, ¿no
crees que me habría puesto algo más
sexy que una de tus camisetas?
Él apretó los labios y la miró
furibundo.
–Mira, estoy cansado. Y sí, he
cometido un error, y lo siento, pero no
puedes quedarte aquí.
Bueno, al menos se había disculpado.
El problema era que ella no tenía dinero
para irse a otro sitio.
–Pero es que tu hermano me dijo que
podría quedarme aquí un mes.
–¿Un mes? –James la miró
boquiabierto–. No, no, no… Ni hablar.
–Bueno, pues ya veré qué haré, pero
lo que es esta noche, no pienso irme de
aquí.
–Tienes que hacerlo.
–Escucha –le dijo Caitlin, dejando a
un lado su orgullo y su dignidad–, estoy
segura de que podemos llegar a un
acuerdo. No me importa dormir en el
suelo.
Él frunció el ceño.
–No voy a dejar que duermas en el
suelo.
Caitlin suspiró.
–Oye, no te pongas ahora caballeroso.
¿O es que has olvidado que hace un
momento he visto tu verdadera cara? Ya
sabes, ese tipo que cuando encuentra a
una desconocida en su cama piensa que
es una fulana.
–No vas a dormir en el suelo.
Ella optó por cambiar de táctica.
–Muy bien; entonces compartiremos
la cama –le echó un vistazo al enorme
colchón–. Es muy amplia.
–No lo suficiente.
Caitlin tragó saliva.
–Nos apañaremos –replicó
estoicamente–. Mira, yo me acurrucaré
en este lado –dijo moviéndose hacia el
borde de la cama–, y en medio ponemos
un par de almohadones. ¿Te basta con
eso?
–No.
–¿Cómo? No irás a ponerte puritano
ahora, ¿no?
–Jamás he pagado a ca

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