---------------

Libro PDF Una habitación con vistas E.M. Forster

Una habitación con vistas  E.M. Forster

Descargar Libro PDF Una habitación con vistas  E.M. Forster


dijo la señorita Bartlett—, ningún derecho. Nos
prometió habitaciones al sur con una panorámica
conjunta; en su lugar, aquí tenemos habitaciones al
lado norte y dan a un patio y bien alejadas. ¡Oh,
Lucy!
—¡Y además es una cockney[1]! —dijo Lucy,
que se había entristecido por el inesperado acento
de la Signora—. Se diría que estamos en Londres.
Miró las dos hileras de ingleses sentados junto
a la mesa; la hilera de botellas blancas de agua y
rojas de vino que corrían entre sus manos; los
retratos de la última reina y del último poeta
laureado que colgaban detrás de los británicos,
pesadamente vestidos; el cartel de la Iglesia
anglicana (reverendo Cuthbert Eager, M. A. Oxon),
que constituían la única decoración de la pared.
—Charlotte, ¿no sientes también tú que bien
podríamos encontrarnos en Londres? A duras
penas puedo creer que todo este tipo de cosas
distintas estén precisamente fuera. Supongo que se
debe a que una se siente tan cansada.
—Esta carne seguramente se ha utilizado para
la sopa —dijo la señorita Bartlett dejando caer el
tenedor.
—También a mí me hubiera gustado ver el
Arno. Las habitaciones que la Signora nos
prometió en su carta debían dar sobre el Arno. La
Signora no tiene derecho en absoluto a hacer esto.
¡Oh, es una vergüenza!
—Cualquier rincón va bien para mí —continuó
la señorita Bartlett—, pero me parece duro que tú
no tengas una habitación con panorámica.
Lucy sintió que se había comportado
egoístamente.
—Charlotte, no debes mimarme; sin duda tú
también debes tener una panorámica sobre el
Arno. La primera habitación que quede libre en la
parte delantera…
—Tú debes tenerla —dijo la señorita Bartlett,
parte de cuyos gastos de viaje los había pagado la
madre de Lucy y que era un rasgo de generosidad
al que ella hizo discreta alusión.
—No, no. Tú debes tenerla. Insisto. Tu madre
nunca me lo perdonaría, Lucy.
—Nunca me perdonaría a mí.
Las voces de las damas subían de tono
animadamente y, si nos debemos a la triste verdad,
ligeramente irritadas. Algunos de los vecinos de
mesa intercambiaron miradas, y uno de ellos,
persona ruda a las que no conviene encontrar en el
extranjero, apoyándose en la mesa se inmiscuyó en
su conversación. Dijo:
—Tengo una ventana, tengo una ventana.
La señorita Bartlett estaba consternada.
Generalmente en una pensión la gente se examina a
distancia un día o dos antes de empezar a hablarse
y, generalmente, no se dan a conocer hasta que ya
se han observado atentamente. Se dio cuenta de
que el intruso era tosco, incluso antes de darle una
ojeada. Era un hombre de edad avanzada, de figura
pesada y con un rostro terso, recién afeitado y
grandes ojos. Había algo infantil en esos ojos,
aunque no era el infantilismo de la senilidad. De
qué se trataba exactamente es algo que la señorita
Bartlett no se paró a considerar cuando pasó
revista a su vestimenta. No le pareció nada bien.
Probablemente intentaba entrar en relación antes
de que pudieran considerarse conocidos. Por lo
tanto, asumió una expresión de fastidio cuando se
le dirigió y le contestó:
—¿Una ventana? ¡Oh, una ventana! ¡Cuán
deliciosa es una ventana!
—Éste es mi hijo —dijo el hombre—; se llama
George. También él tiene una ventana.
—¡Ah! —dijo la señorita Bartlett, cortando a
Lucy, ya a punto de hablar.
—Lo que quiero decir —continuó el hombre—
es que ustedes pueden ocupar nuestras
habitaciones y nosotros ocuparemos las suyas.
Cambiaremos.
El turista de primera clase quedó sorprendido
ante esto y simpatizó con los recién llegados. La
señorita Bartlett, como contestación, abrió la boca
tan poco como pudo y dijo:
—Muchas gracias, pero eso queda fuera de
toda discusión.
—¿Por qué? —replicó el hombre de edad con
los puños encima de la mesa.
—Porque queda absolutamente fuera de toda
discusión, gracias.
—Mire, no nos gusta tomar… —empezó Lucy.
Su prima la cortó nuevamente.
—Pero ¿por qué? —persistió el hombre—. A
las mujeres les gusta contemplar una panorámica; a
los hombres no. —Y dio golpes con los puños
como lo hace un niño travieso. Se volvió hacia su
hijo, diciéndole—: George, persuádelas.
—Es completamente obvio que deberían
tenerlas —añadió el hijo—. No hay más que
hablar.
No miró a las damas mientras hablaba, pero su
voz sonó algo perpleja y afligida. Lucy también
estaba perpleja, pero dio cuenta de que
desembocaban en lo que se conoce como «hacer
una escena» y tenía un extraño sentimiento de que,
fuera lo que fuera, aquellos turistas poco refinados
hablaban y la discusión se refería no a las
habitaciones o las panorámicas, sino a… bien, a
algo completamente distinto de cuya existencia no
se había dado cuenta antes. En ese momento el
hombre de edad se dirigió a la señorita Bartlett
casi con violencia:
—¿Por qué no cambiar? ¿Qué objeción ve?
Despejarían la habitación en media hora.
La señorita Bartlett, si bien muy diestra en las
delicadezas de la conversación, era impotente en
presencia de la brutalidad. Le parecía imposible
desairar a alguien tan tosco. Su cara enrojeció de
desagrado. Miró alrededor como diciendo: «Todos
ustedes son así». Y dos damas menudas, sentadas
un poco más allá de la mesa, con chales que
colgaban en el respaldo de las sillas, miraron
hacia atrás, indicando claramente: «No, nosotras
no, nosotras somos distinguidas».
—Termina tu cena, querida —dijo a Lucy,
empezando a jugar otra vez con la carne a que
previamente había puesto reparos.
Lucy musitó que se habían encontrado con
gente muy extraña.
—Termina tu cena, querida. Esta pensión es un
fracaso. Mañana nos mudaremos.
Apenas había anunciado esta tajante decisión,
la cambió totalmente. Abiertas las cortinas al
fondo del comedor, dejaron ver a un cura, de
aspecto fornido pero atractivo, que se daba prisa
por ocupar su sitio en la mesa, justificándose
delicadamente por su retraso. Lucy aún no había
adquirido el don del disimulo, tocó su pierna,
exclamando:
—¡Oh, oh! ¡Cómo, pero si es el señor Beebe!
¡Oh, qué maravilloso! ¡Oh, Charlotte, debemos
quedarnos aunque las habitaciones sean malas!
¡Oh!
La señorita Bartlett dijo con más contención:
—¿Qué tal, señor Beebe? Supongo que nos
recuerda, la señorita Bartlett y la señorita
Honeychurch, que estaban en Tunbridge Wells
cuando usted ayudaba al vicario de St. Peters
aquella Pascua tan fría.
El cura, que tenía el aire de encontrarse de
vacaciones, no recordaba a las damas de una
manera tan precisa como ellas lo recordaban a él.
Sin embargo, se les acercó con gusto y aceptó la
silla que Lucy le señalaba.
—Estoy muy contenta de verle —dijo la
muchacha, que se hallaba en un estado de hambre
espiritual y se habría alegrado de poder dirigirse
al camarero si su prima se lo hubiera permitido—.
Es fantástico lo pequeño que resulta el mundo. Y
Summer Street también, lo que hace esto
especialmente divertido.
—La señorita Honeychurch vive en la
parroquia de Summer Street —dijo la señorita
Bartlett, completando la laguna— y a lo largo de
la conversación me ha contado que usted ha
aceptado el puesto de…
—Sí, me lo dijo mi madre la semana pasada.
Ella no sabía que lo había conocido en Tunbridge
Wells, pero le contesté inmediatamente diciéndole:
«El señor Beebe es…».
—Totalmente cierto —dijo el cura—. Voy a
trasladarme a la rectoría de Summer Street el
próximo mes de junio. Me alegra mucho haber
sido contratado para un vecindario tan encantador.
—¡Oh, qué contenta estoy! El nombre de
nuestra casa es Windy Corner.
El señor Beebe asintió con la cabeza.
—Somos mi madre y yo generalmente, y mi
hermano, aunque no es frecuente que consigamos
meterlo en la I… La iglesia está muy lejos, quiero
decir.
—Querida Lucy, deja que el señor Beebe tome
su cena.
—Estoy comiendo, gracias, y me gusta.
Prefería hablar con Lucy, cuyas
interpretaciones recordaba, un poco más que a la
señorita Bartlett, quien probablemente recordaba
sus sermones. Preguntó a la muchacha si conocía
bien Florencia y le informó ampliamente de que
antes no había estado allí. Era estupendo poder
aconsejar a un recién llegado, y él era el número
uno en la materia.
—No olvide de visitar la campiña en los
alrededores —concluyó con su consejo—. En la
primera tarde agradable, diríjase hacia el Fiesole
y alrededores por Settignano, o algo parecido.
—¡No! —gritó una voz desde la cabecera de la
mesa—. Señor Beebe, se equivoca. Sus damas, en
la primera tarde placentera, deben dirigirse a
Prato.—Esta dama se ve muy inteligente —murmuró
la señorita Bartlett a su prima—; estamos de
suerte.
Y se presentó una perfecta fuente de
información ante ellas. La gente las aconsejaba,
les decía lo que tenían que ver, cuándo tenían que
verlo, cómo parar los tranvías, cómo escapar de
los pordioseros, cuánto debían ofrecer por un
pergamino, cuánto aprenderían allí. La pensión
Bertolini había decidido, casi entusiásticamente,
lo que harían. Por dondequiera que miraran,
amables damas sonreían y les hablaban. Y por
encima de todos ellos surgía la voz de la avispada
dama, diciendo a gritos: «¡Prato! Deben visitar
Prato. No hay palabras que puedan describir ese
lugar. Lo adoro, me siento feliz librándolas de las
trabas de respetabilidad que ustedes conocen».
El joven llamado George miró de reojo a la
avispada dama y siguió caprichosamente con su
comida. Obviamente, ni él ni su padre intervenían.
Lucy, en medio de su éxito, encontró ocasión para
desear que intervinieran. No le producía ningún
placer suplementario que se diera a alguien de
lado. Y cuando se retiraban se volvió y lanzó a los
dos intrusos un pequeño y nervioso saludo.
El padre no se dio cuenta. El hijo lo agradeció,
no con otro saludo, sino moviendo las cejas y
sonriendo. Parecía sonreír por encima de algo.
Caminó de prisa siguiendo a su prima, que ya
había desaparecido por entre las cortinas, una de
las cuales fue a dar en su cara y le pareció mucho
más pesada que una simple tela. Un poco más
adelante se encontraba la informal Signora dando
las buenas noches a sus huéspedes, acompañada
por Enery, su hijo pequeño, y Victorier, su hija.
Representaba una curiosa escena esa tentativa de
una cockney impartiendo la gracia y la genialidad
del Sur. E incluso más curioso era el recibidor,
que intentaba rivalizar con el sólido confort de
una casa de huéspedes de Bloomsbury. ¿Era
realmente Italia?
La señorita Bartlett se había sentado ya en un
sillón estrechamente tupido que tenía el color y el
contorno de un tomate. Estaba hablando con el

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------