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Libro PDF Una Temporada Para Silbar – Ivan Doig

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Cuando vuelvo a visitar los rincones de mi
vida, las cosas más nimias me asaltan. El mantel
de hule con cuadros blancos y molinos de viento
azules, las manchas descoloridas en nuestros
cuatro gastados lugares en la mesa. Ese café acre
de papá, tan cargado que casi andaba, y que él
bebía a sorbos después de la cena para dormir
después, sereno como una esfinge. El fastidio
inexcusable del viento que soplaba en Marias
Coulee, silbando por una rendija, como si lo
hubieran invitado a entrar.
Esa noche estábamos sentados a la mesa en
nuestros sitios de siempre. Toby se afanaba en
colorear una batalla de barcos piratas, yo hacía los
deberes y Damon, en vez de hacer los suyos,
estaba absorto en un misterioso juego inventado
por él mismo: un solitario de dominó. El roce
ocasional de una hoja del periódico presidía la
cabecera de la mesa. Papá recorría con el dedo la
columna de anuncios clasificados, casi siempre
inútiles, de la Westwater Gazette, que nos llegaba
cada semana en un saco de arpillera con el correo
y las provisiones. Buscaba un par de formidables
caballos de faena a bajo precio y se detenía aquí y
allá en algún encabezado peculiar. Aun hoy
recuerdo el regocijo que le causaron las líneas
tipografiadas. Papá se reía a trompicones, como si
fuera a estornudar, como si las cosas graciosas
primero tuvieran que hacerle gracia a su nariz.
Levanté la vista de la lección de geografía y
vi aproximarse el periódico hacia mí. Papá
mantenía el pulgar contra el encabezado como un
zahorí se aferra a su varita cuando encuentra agua.
—Échale un vistazo a esto, Paul. Léenoslo.
Lo leí, y Damon y Toby hicieron un alto en lo
que andaban haciendo para asimilar aquellas cinco
palabras. Eran tan simples como confusas:
NO COCINA, PERO NO MUERDE
En casa nunca estábamos de humor para
bromear sobre la cocina. Sin embargo, papá nos
miró de lo más complacido y me indicó que
continuara leyendo.
Viuda se ofrece como ama de llaves. Buenas
costumbres, disposición excepcional. Ninguna
habilidad culinaria, pero un diez en las demás
tareas del hogar. Sueldo negociable, pero debe
incluir billete de tren hasta Montana;
compromiso de un año de cuidados sin igual para
su hogar. Se ruega responder a: Apartado 19,
Oficina de Correos de Lowry Hill, Minneapolis,
Minnesota.
Minneapolis estaba a mil quinientos
kilómetros hacia el este, incluso fuera del alcance
del entusiasmo que empezaba a desbordar a papá.
Con todo, no perdió tiempo en poner a prueba
nuestra reacción.
—¿Qué os parecería que alguien se ocupara
de nuestra casa, chicos?
—¿Se va a encargar también de ordeñar las
vacas? —preguntó Damon, siempre cauteloso.
Papá se detuvo un momento. Señalar qué
tareas de la granja podían entenderse como una
extensión lógica de las labores domésticas era el
tipo de tema que le gustaba abordar.
—Qué listo eres, Damon. No veo por qué no
podemos estipular que tiene que ocuparse de la
mantequilla desde que sale de la vaca.
—¿Dónde va a dormir? —preguntó Toby,
entrando en materia. Papá estaba preparado para
la pregunta.
—George y Rae tienen una habitación libre
ahora que la maestra ya no vive con ellos.
El entusiasmo empezaba a desbocarse. De
pronto, nuestros parientes que vivían en la granja
de al lado ya estaban buscando un inquilino, cosa
que ellos mismos desconocían, igual que nosotros
habíamos ignorado hasta hacía dos minutos que
necesitábamos un ama de llaves.
—Lowry Hill… —dijo papá volviéndose
hacia el anuncio en negrita, como si hablara con él
—. Si no me equivoco, es la flor y nata de
Minneapolis.
Yo no quería hacerle ver lo obvio, pero era
mi deber como hijo mayor.
—Ya estamos acostumbrados a tener la casa
en desorden, papá. El problema es cocinar, tú
mismo dices que no se lo desearías ni a tu peor
enemigo.
Papá lo sabía. Todos lo sabíamos: lo había
pillado.
Damon y Toby volvieron la cabeza para ver
cómo pensaba salirse con la suya. En varios
kilómetros a la redonda nuestra casa era objeto de
febril consternación para toda mujer digna de
llevar un delantal. Como familia éramos
relativamente prósperos, pero todo el mundo
comentaba que lo teníamos difícil. La prosperidad
procedía de los pagos por la venta del negocio de
acarreos que papá había tenido en Manitowoc,
Wisconsin. Lo difícil, de una lápida que llevaba un
año en el cementerio de Marias Coulee. «Florence
Milliron, amada esposa y madre (1874-1908)»,
rezaba la inscripción, grabada tan hondo en
nuestros corazones como en la piedra. Pese a que
la extrañábamos en otros momentos, las comidas
marcaban nuestro más bajo nivel de ánimo, por las
cosas que papá ponía en la mesa tras mucho
batallar.
—¡Picadillo refrito, nuestro plato preferido!
—podía anunciar sin ninguna esperanza al
depositar ante nuestros ojos unas sobras de
picadillo que iban camino de ser un estofado de
sobras.
Esa noche se entretuvo con un largo sorbo de
su horrible café antes de contestar. Y no dio
exactamente una respuesta:
—Así son los clasificados, Paul. Nada es
blanco o negro. Siempre hay que regatear. Si fuera
jugador, apostaría a que la señora Minneapolis no
es tan tímida con los fogones.
—Pero… —Clavé el índice en las cinco
palabras en negrita del encabezado.
—Estuvo casada —dijo papá, rebatiendo
pacientemente la evidencia—, tiene que saber
manejarse en la cocina.
—A lo mejor su marido murió de hambre —
señalé con la sagacidad típica de los trece años.
—Caray. No hay mujer que no sepa cocinar.
Paul, saca la pluma buena y una hoja de papel.
* * *
La vieja casa ahora está vacía pero nada se
ha ido. Si algo he aprendido de una vida como
superintendente escolar, es que la infancia perdura
hasta siempre en el alma. Igual que la aguja de la
brújula busca el norte, esa historia me arrastra hoy
hasta estos cuartos poblados de recuerdos, como si
la respuesta que debo encontrar para el final del
día estuviera escrita en el polvo que los cubre.
Me detengo ante el calendario arrugado que
cuelga de la pared de la clase. Por supuesto, está
en la misma hoja que la última vez: 1952. Cinco
años, que han pasado volando, desde que la junta
escolar de Marias Coulee me pidió prestada la
casa durante un mes mientras reparaban el techo de
la casita del maestro y tuve que venir de mi piso
en Helena para arreglar con ellos los detalles. Lo
que me sorprende es que el mes coincida después
de tantos años: era octubre en esa noche de 1909,
la de «Paul, saca la pluma buena y una hoja de
papel», y también cuando aquella maestra solitaria
decidió colgar algo para aliviar las paredes
desnudas. Es octubre ahora que vuelvo de visita,
bajo este cielo que ha cambiado tanto la historia.
Pero no deberían extrañarme los ardides del
calendario. Esta mañana, mientras pasaba en el
coche oficial por delante de la recién pintada
escuela unitaria, nuestra escuela de una sola clase,
me sorprendí otra vez en esa encrucijada del
tiempo en la que Damon, Toby y yo, cada uno a su
turno, empezamos a cobrar conciencia de que otros
nos habían engendrado pero, al mismo tiempo, no
éramos solo un refrito de nuestros mayores. ¿Cómo
podía entender yo, que con trece años ya me
arrastraba fuera de la cama de madrugada para
huir de mis pesadillas, que era hijo de un hombre
que dormía como un tronco? Y el busca-broncas
de Damon, ¿cómo podía haber tenido una madre
tan pacífica? Empezábamos a conocernos a
nosotros mismos, a veces por vías tan escurridizas
como el dedo lector de papá. De camino a la
escuela o de vuelta a casa, en medio del ir y venir
de las estaciones de la infancia, cualquier día
podía convertirse en una nueva pieza del
rompecabezas de la vida. Creo que sigue siendo
así hoy.
Sobre todo fue a Toby al que vi esa mañana al
pasar por la vieja escuela donde todos nos
sentábamos juntos y cuyas ventanas daban al sol.
Pese a los golpes de la vida, Damon y yo
habríamos podido alcanzar nuestro destino en un
lugar distinto a Marias Coulee, pero Toby, con sus
grandes ojos de niño de las praderas, era de aquí
desde el pelo hasta la médula. Esta tarde, cuando
vaya a Great Falls y les comunique la orden a los
directores, los maestros y las juntas escolares de
los cincuenta y seis condados de Montana, todos
suplicarán por sus propios Tobys, por esos niños
que nacieron de esta tierra y de los temerarios
valores de colonos como Oliver Milliron.
2
Al día siguiente, la noticia de que íbamos a
tener un ama de llaves llegó a la escuela al galope.
Toby nos rebasó por el camino a Damon y a mí,
taloneando los aporreados flancos de Queenie, su
pequeña yegua.
—Seguro que esa mujer de Minneapolis es
una vieja con dientes postizos —anunció Damon
mientras cabalgábamos—. Te apuesto una punta de
flecha negra.
Se escupió en la mano derecha, me la tendió e
invocó el apretón de manos con escupitajo, que
sellaba la apuesta como ningún otro apretón de
manos. Yo no estaba dispuesto a apostar en el tema
del ama de llaves.
—Ya sabes que a papá no le gusta que
apostemos. Venga, démonos prisa antes de que
Toby se nos pierda.
Subimos por la larga cuesta embarrada y los
otros alumnos fueron apareciendo a caballo por
los lugares de costumbre. Los grupitos de
hermanos nos resultaban tan conocidos como
nuestro reflejo en el espejo. Toby se hallaba ante
un dilema. ¿Partía al galope para ir de grupito en
grupito o se lanzaba en línea recta hacia la escuela
y anunciaba la noticia a todos a la vez?
Se decidió por alcanzar a los Provonost, unos
niños nuevos que se nos unían cada mañana a la
altura de la cerca.
—¡Hola Izzy! ¡Hola Gabe! ¡Hola a todos! —
El saludo general era para Inez, que iba montada
en el caballo detrás de Isidor. Estaba en el curso
de Toby y bebía los vientos por él, y Toby no sabía
del todo cómo manejar esa complicada
combinación—. ¡A que no sabéis qué!
Cualesquiera que fueran las capacidades de
conjetura de aquellas tres caritas mal lavadas que
se volvieron hacia nosotros, sin duda no
alcanzaban para imaginarse que se trataba de una
empleada doméstica. Los Provonost vivían en una
tienda de campaña, aunque las diferencias entre
ellos y nosotros, que vivíamos en una casa de
nuestra propiedad, se reducían cada vez más. Papá
ya pasaba menos tiempo en la granja que
acarreando material desde la estación de tren de
Westwater hasta el Dique Grande, como llamaban
al campamento más próximo. El padre de los
Provonost trabajaba como carretero en las obras
del gigantesco canal de irrigación que estaban
excavando allí. Era un arriero de toda la vida,
acostumbrado a cargar tierra con su carreta de dos
caballos. No era casual que sus hijos fueran flacos
como galgos: en los campamentos, una familia
grande nunca comía demasiado.
—Pues sí que suena bien —concedió Isidor,
que solía hablar por los tres, después de la
entusiasta interpelación de Toby.
Noté que le lanzaba a su hermano una mirada
de tú-ten-la-boca-cerrada, porque yo mismo le
había lanzado muchas iguales a Damon. Sin
embargo, Inez, que iba encaramada en la silla
detrás de Isidor, no se calló:
—¿Va a ser vuestra mamá?
Damon se puso colorado. Toby abrió la boca,
pero por una vez no supo qué decir.
—Las amas de llaves son todas unos
vejestorios —dije—, ¿no es así, Damon?
Todos picamos los caballos. Para decepción
de Toby, cuando los dejamos pastando detrás de la
escuela, la señorita Trent ya tocaba el triángulo
que hacía las veces de campana. Era una maestra
que pasaba a cuchillo a los que hablaban en clase,
así que Toby tuvo que guardarse la noticia. A la
hora del recreo, estalló a pleno pulmón en medio
del patio:
—¡…y viene desde Minnieapples! —concluyó
con un chillido ante el atento público, formado por
los hermanos Stoyanov, las dos parejas de gemelos
Drobny, el anguloso Verl Fletcher y su tímida
hermana, Lily Lee. En la periferia del corro, Inez
Provonost escuchaba una vez más sin aliento.
—¿Os va a hacer las camas?
—¿Y quién os va a castigar,

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