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Libro PDF Vedina Fernanda Gamero

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Siempre la veían así, sentada en la mecedora con el silencio que atrapa al pesimista en lúgubres ideas de muerte.
Contemplaba su naturaleza deprimente, estaba consciente que vivía una situación lamentable, llena de angustias. Lo único real que delataba su rostro era su pésimo
estado de salud, pero aun así irradiaba una belleza pura, tenía los ojos melados en forma de almendra, su cabello largo y castaño hacia juego con sus níveos hombros.
Al llegar la mañana se levantaba con su bata y lo primero que hacía era mirarse al espejo para observar el lunar que tenía en su oreja izquierda, mantenía la certeza que
podría crecer y convertirse en una verruga grande.
Días enteros se guardaba en su alcoba, sentada en la mecedora no perdía la costumbre de menear el paipái cuando hacía mucho calor, los mosquitos eran cada vez más
intensos y el invierno alborotaba el cólera de no poder disfrutar de un día soleado, odiaba la soledad y aún más en épocas de lluvias.
El mal tiempo removía los recuerdos de su esposo. Aquel matrimonio terminó con la muerte de Santiago, incógnita que jamás entendió, parecía que su credo era cargar
con una viudez desapacible. Fotografías tomadas días antes de su muerte provocaban una reacción de nostalgia, haberlo perdido sin dar aviso de una sospecha le
producía espanto y sobre todo que a sus treinta y cuatro años había quedado embarazada.
A los pocos meses contrató a un médico personal, más que una necesidad era un capricho de sentirse protegida por alguien que le hiciera recordar a su esposo.
Al llegar a casa se daba cuenta cuan apartada estaba de todos, un hogar vacío como ella misma reconoce. Un espacio donde no existía nada más que la esperanza de estar
vivo.
Como de costumbre, en las tardes llegaba el joven médico tan puntual como siempre a examinar a su paciente, Sofía interrumpía el saludo con falsos dolores que
simulaba tener en sus caderas, estaba en bata y con la melena alborotada, Rodolfo apretaba los labios al verle las piernas llenas de varices, la acompañó hasta su alcoba y
la recostó en su cama, sus manos temblaban al palpar las caderas en el punto que ella le enseñaba y que él imaginaba que hubiese dolencia. Esta labor lo irritaba de cierta
manera.
– ¿Se siente mejor señora?-preguntó-
– ¿Qué hay de mis caderas?-insistió ella.
– Pasará el dolor, es solo una mala posición- repuso con presteza- no debe tomar ningún medicamento sin mi autorización.
A Sofía se le ocurrió pensar una frase amable, pero no resultó ninguna y soltó una pregunta desatinada.
-¿Le gusta la música?
-Ah, ¡por supuesto!
Entonces se levantó de la cama como si ya no tuviese ningún dolor y buscó varios discos de vallenato, eligió uno en especial para ponerlo a merced de su médico.
Rodolfo a menudo miraba el reloj, haciéndose el preocupado le decía y repetía que tenía que marcharse, pero su intención se debilitaba al verla, le guardaba afecto, pero
aquel cariño le incomodaba y para despedirse se acercó delicadamente y casi anonadado le tendió la mano. Sofía dio un paso atrás y él retrocedió apenado.
La mujer se conmovió tanto que la esperanza de ser madre le atrajo de nuevo, tanto así que fue a su armario para buscar algunas prendas de maternidad, olvidó por
completo la presencia de Rodolfo quien la observaba en silencio, sintiéndose casi invisible. Se posó frente al espejo y quitó su bata a medio cubrir, acarició su barriga
que cada vez estaba más grande.
Rodolfo fue saliendo de la habitación lentamente para no arruinar el momento, pero ésta se volvió audazmente y él quedo quieto, sorprendido por su reacción, ambos
callaban.
<>- pensaba ella mientras se acercaba a él y con voz tenue le empezó a hablar de su esposo; pero Rodolfo interrumpió su charla hasta que
logró marcharse.
Los días siguientes no fueron los mismos, cartas, cuadros y libros que pertenecían a su difunto fueron archivados por orden de su dueña.
Muchas veces la veían inquieta, se aferraba a su estado y parecía una mujer feliz, otras veces llegaba de la iglesia con el rostro lánguido cansada de tanto hablar con el
Padre Gabriel.
Rodolfo la visitaba dos veces por semana hasta llegar a extrañar los días en que no podía verla, y cuando la encontraba alegre le predecía la fecha en la que nacería su
primer hijo. Sofía le agradaba la noticia pero nunca mostró interés en descubrir su sexo.
A menudo la animaba reafirmándole que le gustaban los niños y le prometía desmesuradamente que la ayudaría en su parto. Ambos descubrieron un atractivo apego que
muchas veces se sentían comprometidos.
En el mes noveno de su embarazo padecía de las complicaciones, los dolores eran más frecuentes y los nervios la afectaban demasiado, Margarita una de sus empleadas
al verla en tal estado, para mimarla siempre la complacía llevándole ciruelas verdes.
La mujer en su gestación contemplaba la fruta y la comía con tanto placer al comienzo, que al final terminaba hastiándose.
Con el tiempo Rodolfo se imponía con más acucia en la vida de Sofía tanto así que todo lo que proponía después del parto era siempre aceptado por ella.
Una tarde recostada en la cama después de almorzar, colocó sus manos sobre el vientre para descansar, él la vigilaba, se fijaba en sus mejillas rosadas y en aquellos
labios rojos, llegó a la Conclusión que era demasiado bella; pensó que podría resultar una mujer inalcanzable y al sentirla tan loable imaginaba lo bueno que sería tenerla
por siempre. << ¡Una virtuosa vaga!>> pensaba.
Se reclinó junto a ella y durmieron casi toda la tarde hasta que Sofía despertó, su frente estaba empapada de sudor y un fuerte malestar la acogía quejumbrándola.
Rodolfo la veía tiritarse del dolor, le pasó la mano por el ombligo y esta soltó varios gritos. Él no esperó ni un minuto cuando la tomó en sus brazos y luego con ayuda
de las empleadas se fueron rumbo a la clínica.
Empezaba a gemir, apretaba los labios y se encogía con fuertes estremecimientos que le sacudía el cuerpo. Oprimía sus hombros, lloraba gesticulando ostensiblemente
su dolor, cada vez se notaba más pálida. Cuando llegaron la tendieron en una camilla y la llevaron a la sala de parto.
Su cabeza se hundía en la almohada, empuñaba las manos y de súbito se le crispaba los músculos del cuerpo, fueron horas de trabajo, dentro de sí oía la voz de Rodolfo
que la alentaba; la frecuencia y la intensidad de las contracciones aumentaba, y mientras pujaba, el bebé se adaptaba a la pelvis de la madre, la coronilla de la cabeza se
comenzaba a notar y emergía con el siguiente retortijón, el pequeño cuerpo se deslizaba hacia el exterior y Rodolfo la recibía con orgullo porque era una niña. Pasado
quince minutos Sofía seguía contrayéndose hasta expulsar los restos del cordón umbilical y la placenta, quedando exhausta, cerró sus ojos y descansó.
Al día siguiente regresó a casa con su hija, había caído en depresión, la invadió una nostalgia implacable hubiese querido ser fuerte en esos momentos para luchar por
ella, pero se sentía débil, sus ánimos la derrotaban por su ineptitud de seguir adelante, anhelaba estar muerta, nada la conmovía a sentirse viva, ni siquiera Rodolfo que
estaba dispuesto a ser parte de su vida.
En la noche llegó el padre Gabriel quien siempre estuvo al tanto de todo y la encontró en su habitación estremecida dándole el pecho a su hija, al verlo entrar dio señas
de agradecimiento por su visita. Se acercó a la cama y al ver a la niña quedó embelesado.
– “Se parecerá a Vedina”- replicó en suspiros.
– ¿De qué habla?-preguntó Sofía con voz agitada-
– Una diosa, la más grande para mí –Sofía sonrió pues no tenía idea de quién se trataba y comentó:
– No sabía que los curas creían en otros dioses.- hizo un gesto de burla y continúo-Cuando muera quiero que a mi hija la bautice así, pero la curiosidad no sobra,
quisiera saber quién era…
– ¡Oh, por favor!- interrumpió el padre Gabriel- No empiece con preguntas.
– Me intriga saber lo que dijo hace un momento-¿Acaso fue una amante?-añadió Sofía con una risotada- ¡y eso que no puedo reír!
– ¡Basta de tonterías!- exclamó Gabriel enojado.
– Solo dígame-insistió Sofía- , ¿A quién se lo diré? , además sé que pronto moriré, ¡ya me está doliendo la frente!, la señal de morir pesa demasiado.
– ¡Qué mujer! se vuelve usted irritable.
– ¿Acaso no ve cómo estoy?-replicó Sofía algo extrañada.
– Si es verdad que morirá, será mejor que arregle el convenio de su hija, conozco un lugar donde las hermanas del Carmen la podrían criar.-comentó Gabriel algo
irónico, sabiendo que las palabras de Sofía no eran más que de una mujer con un propósito vago sin razón aparente.
Y tras un momento de sosiego Sofía exclamo: -Realmente así se llamará mi hija ¡Vedina!
Muchas veces en sueños a Gabriel se le aparece una mujer, alguien con apariencia loable, casi perfecta, siempre la ve vestida de blanco, y lo lleva a ver
Visiones que él no comprende, ella nunca habla y él tampoco le pregunta, cada vez que aparece, se va dejando su nombre escrito entre las nubes <>.
Gabriel no era el típico sacerdote conservador, era alguien sabio, carismático, místico e inteligente, nunca faltó a su promesa de ser un hombre dispuesto para Dios,
aunque a veces se sentía atraído por otras corrientes de pensamientos que lo alejaban de la doctrina, cada vez que tenía sueños y visiones, los anotaba en un diario que
siempre llevaba consigo.
Esa misma noche cuando Gabriel se despidió de Sofía, se quedó sola en su habitación, dejó a su hija a un lado de la cama y empezó a meditar. Se sentó en una vieja silla
de madera, tomó un bolígrafo junto con un papel y después de pensar un rato escribió:
<>
Guardó la carta debajo de su almohada, se estremeció tanto que pasó inmóvil varios minutos. La tranquilidad de la noche en ese instante galvanizó un poco su estado
deprimente.
Más tarde se oyó en las escaleras unas pisadas fuertes y de súbito se elevó la voz de Margarita quien discutía con su hermana, a medida que se alteraban, Sofía se
exaltaba, así que empezó a golpear el suelo de madera con una cachava vieja que le pertenecía a su padre. Las mujeres se incorporaron como estatuas y dejaron de
discutir, el enojo se le fue pasando a Sofía y de repente soltó una risotada desmesurada creyendo verlas asustadas.
Tras un instante las mujeres se quedaron calladas a la expectativa de otra reacción. Pero una pesadez en los ojos la fue derribando hacia la cama hasta quedarse dormida.
La mañana siguiente margarita entró muy temprano a la habitación, tomó a la niña en sus brazos para alimentarla, cuando Sofía despertó preparó un sahumerio de flor
de alhucema y romero para expandirlo por toda la casa, esto se había convertido en una costumbre después de haber perdido a su esposo. Mientras el humo se esparcía
formó un plañidero de amargura, y se postró en el asiduo sueño de morir, se arrodilló frente al ánfora donde reposaba la urna de cenizas de Santiago, Permaneciendo así
largo rato. No comió durante el día y a menudo perdía el apetito.
Muchas veces se quedaba escribiendo en su cuarto, aprovechaba todo su estro lírico que le inspiraba su melancolía, y en las noches la veían sentada bajo los laureles
contemplando el cielo. Las empleadas se ocupaban de la niña al ver el abandono de su madre, si no fuera por la herencia que había recibido de su padre, ya se hubiese
echado a la pena con sus deberes económicos.
Una tarde llegó Rodolfo a verla, la puerta de la sala estaba abierta; no vio a nadie cerca. Entonces subió hasta la habitación de Sofía y allí estaba ella, de pie como si
estuviese esperándolo. Le pareció extraña verla justo en la entrada. Su mirada se posó en torno a ella hasta que Sofía enrojeció y le dio la espalda.
– ¡Qué hermosa!
– No crea en lo que ve- replicó modesta, pero Rodolfo insistía.
– Y Sofía con un tono fuerte y a la vez triste le respondió:
-No crea en lo que ve, puedo estar viva y quizá le parezca bella, pero por dentro realmente siento que todo muere, que todo es sombrío.- bajó la cabeza y se quedó con
la mirada perdida.
Entonces ambos se sentaron en la cama. Sofía suspiró tan fuerte y con voz entrecortada le dijo: – Esta noche tengo ganas de amar a alguien.-
Él la miró fijamente mientras se esforzaba en decir alguna frase; se sentía invadido por su belleza. Un profundo hormigueo en el estómago estremeció su cuerpo y ella
continuaba dominando la situación. Ambos tenían la sensación de descubrir lo que sus cuerpos sentían, algo así como una felicidad de encanto que nunca acabaría. El
aroma de aquella mujer lo envolvía por completo. De pronto Sofía se puso de pie sin perder la mirada y vacilando con las manos meneaba el vestido que usaba, sonreía
nerviosa, atenta de no caer en la tentación de sus deseos.
Rodolfo no resistió más, se levantó y la atrapó en sus brazos dándole un beso.
Al instante sonaron varios pasos hacia la habitación, Era el padre Gabriel y Margarita, Sofía se apartó de él y lo escondió apresuradamente debajo de la cama. Ella se
acostó de inmediato haciéndose la dormida.
-¡Vaya! ¡Vaya! Aquí estás, tan indefensa, pero quien sabe las artimañas que te traes.
Sofía abrió los ojos como quien se acaba de despertar.
-Mira lo que he traído para ti -Continuó Gabriel- me fui hasta el centro a comprarte este vestido, quiero que lo uses para el bautizo de tu hija, lo programé para mañana
en la tarde y de los padrinos ¡Ni te afanes! Yo responderé por ello.
Sofía miró el vestido con disimulo y pegó un salto de la cama.
-¿Este vestido feo me has traído? ¡Bah! ¿Qué me has creído Gabriel?
Sofía daba motivos para no usarlo y empezaba a fastidiar al padre para que se marchara pronto.
-¡Como quieras! Si no deseas usarlo allá tú, pensé que tal vez te gustaría el detalle.- y mirando a Margarita con picardía le dijo:
– ya oíste a la Señora; no lo usará, bien puedes quedártelo.- entonces Gabriel le entregó el vestido a Margarita ya que parecían de la misma talla.
Y de repente Sofía lanzó un grito: ¡Un momento! ¡Qué imprudente eres! Jamás he dicho que no lo usaré. En verdad es un detalle especial de tu parte; así que me lo
pondré-
Entonces se volvió a levantar de la cama y le rapó el vestido a Margarita quien ya estaba ilusionada en probárselo. Sofía se apenó tanto con el padre Gabriel que hizo
alardes de su regalo.
-Vendré mañana por ustedes a las tres de la tarde ¡en punto! , y ojalá todas estén listas para cuando yo llegue. Y le entregó a Margarita el vestido para Vedina.
Se fueron despidiendo hasta dejar sola a Sofía, quien después se cercioró de cerrar bien la puerta.
– ¡Ya puedes salir de ahí!-
– ¡Ya era hora de tanta visita!, hace cuánto que no limpias este rincón, y fue saliendo empapado de sudor en busca del aire del ventilador.
Sofía empezó a apagar las luces y a cerrar las ventanas. La noche brillaba y en las paredes se distinguían las sombras de las ramas de los árboles que se movían con la
brisa.
Tras el silencio se escuchaba el chirrido de los grillos, en cada espacio de la habitación abrumaba un desagradable olor que salía de las flores marchitas metidas en un
jarrón.
La madera vieja de una mecedora parecía crujirse con lentos movimientos provocados por la suave brisa que se escapaba de la ranuras de las ventanas, los besos se
escuchaban entre frases susurradas al oído.
Al cabo de unas horas ambos dormían y la noche se tornaba lluviosa. Sofía despertó al sentir un fuerte trueno y se levantó cuidando de no despertar a su amante, quien
dormía profundamente. Encendió una lámpara y se posó frente a la ventana viendo la lluvia caer. Se conmovió tanto que una inmensa nostalgia la invadió de nuevo.
Fue a ver a su hija quien dormía con Margarita y sin hacer ruido se inclinó hacia ella para besarla, contemplándola varios minutos.
Los seres humanos que verdaderamente aman la vida la disfrutan a diario, en ellos es fácil reconocer la alegría y todo lo que hacen, se vuelve reflejo de felicidad. Pero
existen otros, como Sofía, que cuando pierden al ser querido aborrecen la vida en vez de amarla, se identifican con lo no real, ¡Lo inanimado! Y su alma busca lo que no
está en la tierra, hasta señalar a la muerte como primera instancia.
Ni siquiera su hija era motivo suficiente para ella, el deseo de no existir más se convertía en sinónimo de muerte. Su ser narcisista la enfrentaba con su propio monstruo,
nada de lo que había a su alrededor era llamativo, solo estaba ella cultivando su pena, el sufrimiento valía más que las ganas de vivir, su ser enfermo ya no percibía nada
de lo que ocurría en el mundo exterior. La sensación de hallarse en otro estado superior al del cuerpo, le hacía olvidar al único quien puede quitar la vida. Sus
pensamientos sobre el temor de Dios se perdían en su mente con aquella voz consciente que antes le advertía lo que no debía hacer.
Todo se volvía ajeno a ella, solo quería quitarse la vida, ¿Qué tan grave pudo haber sido la muerte de su esposo para llevarla a la necrofilia?, realmente él lo había sido
todo para ella, nunca pudo superar su muerte y como si fuera poco, el embarazo le dejó una depresión posparto, sufriendo trastornos en su estado de ánimo.
Sofía poco contaba sobre la señal que solo ella podía ver en su frente, aquella marca estampada que inclina al ser humano hacia la autodestrucción, ella deseaba morir, no
quería un tiempo de arrepentimiento, no quería nada, todo su ser estaba lleno de dolor, amargura y tristeza, no existía la esperanza. Lo único que la alentaba era
frecuentar a un grupo budista que le enseñaban mantras para sanar el dolor del alma, sentía que resucitaba, pero cuando regresaba a casa volvía a decaer.
Esa noche entró a su habitación y sacó la carta que había escrito y se postró en llantos ante aquellas palabras que reflejaba lo que sentía, luego bajó al bar y se bebió
media botella de ron, partió un limón por la mitad, le pegó un mordisco que al instante el sabor ácido apresuraron el reto propuesto para esa noche. Se dirigió al patio
del jardín; y con la luz encendida resguardada bajo la pérgola, se sentó en la vieja butaca, con la carta en mano se apoyó en la mesa, miraba el cielo nublado, ni una
estrella, sólo gotas de lluvias que caía como hilos de cristal.
Se daba lástima por su condición y en voz baja empezó a planear su muerte, su mano obediente escribía todo lo que decía:
<Respiraré hondo, tendré entre mis manos el objeto que me liberará de esta vida. Mis ojos se cerrarán y el olor a muerte se pronunciará, y me dejaré morir hasta que mi corazón deje de latir, mi voz se perderá en los recuerdos, el martirio fallecerá y mi cuerpo se convertirá en el templo de mis pecados. Los primeros años contemplarán la urna de mis cenizas y los años restantes me perderé entre las memorias de los que una vez me conocieron. Ahora el tiempo dependerá de mí, mi espíritu se irá a una cima a descansar y en él se integrará el sonido profundo del Om, y mi hija algún día me perdonará…>>
-¡Ay que dolor! – dijo suspirando con la voz entrecortada y continuó escribiendo:
<< Y de ti Rodolfo, me llevo de ti, nuestra noche y cuando me veas con el rostro pálido sin vida ¡No lo comprenderás! Y en tus labios quedará el eco de los besos que te di. De Gabriel me llevó la gratitud porque sé que cuidará siempre de mi hija>>.
Pero antes de todo, aún me queda un último deseo.
Entonces entró de nuevo a la casa y fue subiendo las escaleras con parsimonia, como no solía beber el alcohol estaba produciendo su efecto.
Llegó a la habitación para entrar al baño, quería duchar su cuerpo, llenó la tina de agua tibia y la perfumó con esencias de rosas. Cuando ya estaba lista, se quitó el
camisón y se detuvo un instante, mirándose fijamente al espejo, veía su rostro atónita con la luz lánguida del bombillo. Sabía que era la última vez que lo haría.
Obstinada a su deseo, sumergió un pie y no había intentado meter el otro, cuando resbaló bruscamente, golpeando su cabeza con el borde de la tina, cayó dentro del
agua, quedando casi inconsciente por el dolor, gotas de sangre rebosaban y como pudo sacó su mano fuera para intentar salir, y empezó a decir apresuradamente <<¡No moriré!, ¡no moriré de esta manera!>> aturdida sacó fuerzas de donde no tenia y salió de la tina arrastrándose en el suelo con el corazón en la mano, llenándose de
miedo y cobardía.
Al tocarse la cabeza notó que estaba sangrando demasiado, el piso parecía un lago de sangre, se angustió tanto que su corazón palpitaba muy fuerte y lentamente perdía
la razón.
Al parecer el destino le había jugado una mala pasada .Dios terminó llevándola hasta su propio exilio. Llegó arrastrándose a la cama donde estaba Rodolfo y fue
desplomándose encima de él, en un par de minutos despertó y se espantó al verla mojada, luego vio las sabanas llenas de sangre y empezó desesperadamente a tocar su
pulso, intentó una resucitación cardiopulmonar pero ella no respondía, su intento fue inútil Sofía había fallecido entre sus brazos. Fue una muerte fugaz que no dio
tiempo de nada.
La causa de su fallecimiento no fue ni siquiera el golpe si no la confusión de verse tan cerca de la muerte, había planeado tanto el momento que no cobijaba algo
inesperado, al ver la sangre alarmante, hizo que entrara en una crisis nerviosa que no logró controlar, la reacción de angustia sedaba el dolor y era tanto su
descompensación emocional, que su corazón dejó de palpitar provocando una muerte súbita.
Cuando las empleadas se enteraron, no hallaron que hacer, lo único que se le ocurrió a margarita fue limpiar la habitación quitando las manchas de sangre salpicadas en el
suelo, mientras Rodolfo en llantos empezaba a limpiar su rostro y le cubría la cabeza con una venda, Calixta perfumaba el cuerpo con esencias y la vistió con el vestido
que el Padre Gabriel le había obsequiado para el bautismo de su hija.
Arreglaron su habitación y en la cama ya limpia la tendieron con congoja. Todos la vieron tan hermosa, parecía un ángel. Rodolfo aún no lo podía creer y revisaba cada
parte de su herida y tocaba su pulso para asegurarse que en realidad estuviera muerta.
Nadie pudo dormir, pasaron la noche contemplando el cuerpo, realizando oraciones fúneb

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