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Libro PDF Y así empezó todo Volumen 2 Lucia Herrero

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bocatas junto a la estación del tren y,
después de dos días de cursillo de
formación, volvemos a casa. Aunque
siempre hacemos el viaje en autobús,
esta vez la empresa nos ha cogido
para volver billetes de tren, en cochecama.
Sinceramente, dudo que pegue
ojo en toda la noche.
Tomamos un café haciendo
empo, puesto que todavía falta un
rato para que salga el tren. La charla
está entretenida. Nuestro pequeño
grupo está formado por Maika,
Alberto, otras dos chicas de otra
delegación que cogerán el mismo tren
pero bajarán a mitad de camino, y yo.
Maika y yo tenemos un
comparmento doble, las otras dos
chicas también, y Alberto, como es el
único chico, uno individual. No es que
me importe comparr comparmento
con Maika, hace empo que
trabajamos juntas y nos llevamos
bien. Aunque es curioso que ella con
Alberto apenas habla, le ene
bastante manía, y sin embargo, a mí
me cae bien. Es verdad que pocas
veces sale de él echar una mano
aunque vea que estás desbordada de
trabajo, pero yo no tengo problemas
en pedir ayuda si la necesito, y él
nunca se niega. Maika espera
demasiado, espera que salga de él. En
fin, es problema suyo. Yo no tengo
queja. Además, es un o majo, y
diverdo. Y guapo, además. No es que
sea impresionante, es más bien
delgado y no mucho más alto que yo,
pero ene un pelo negro rebelde y
unos ojos castaños pícaros y alegres, y
una sonrisa a la que es dicil
resistirse.
Ayer me contó un poco de
pasada que lo ha dejado con su novia,
Almudena. O eso parece, al menos.
No sabe si hay alguna posibilidad de
arreglarlo, pero de momento se están
dando un tiempo, como suele decirse.
Tampoco es que ella me dé
pena, es maja, pero un poco sosa, y
bastante celosa. Se aseguró de venir a
buscarlo al trabajo hasta que todas
supimos que estaba ocupado. Pero
bueno, ahora no lo está.
Dejo a un lado mis errácos
pensamientos cuando oigo a Maika
decir:
—Deberíamos salir al andén, el
tren debe de estar a punto de llegar.
Siguiendo la sugerencia de mi
compañera, salimos al andén y
esperamos un rato más con nuestras
bolsas de viaje. Nosotros tres estamos
en el mismo coche, y las otras dos
chicas en otro diferente, así que nos
despedimos. Cuando llega el tren
subimos y buscamos nuestros
respecvos comparmentos. Entre el
de Alberto y el nuestro hay dos o tres
puertas de distancia. Salimos al
pasillo después de dejar nuestras
cosas encima de las camas, si es que a
eso se le puede llamar camas. Alberto
ya viene a nuestro encuentro.
—¿Cómo es vuestro
compartimento, chicas?
—Ven, asómate —le digo.
Echa un vistazo dentro. El
comparmento es bastante estrecho,
y las camas son una especie de alllos
a ambos lados del pequeño hueco
central. En el centro hay una ventana
con una cornilla escuálida que me
hace temer que va a entrar un
montón de luz.
—Bueno, el mío casi está mejor,
venid a verlo.
Le seguimos pasillo adelante
hasta su comparmento. Tiene más o
menos la misma anchura que el
nuestro, pero la cama es más bien
una especie de sofá, y no está en alto,
sino a una altura normal, para poder
sentarse cómodamente, cosa que en
el nuestro es imposible.
Maika se adelanta a mis
pensamientos:
—Desde luego éste está mejor,
aquí por lo menos te puedes sentar,
en el nuestro si nos sentamos encima
de las camas lo mismo nos damos con
el techo.
—Pues si queréis os venís un
rato y echamos una partida de cartas.
Las dos nos miramos y
enseguida nos apuntamos a la oferta.
Son poco más de las doce, y no
tenemos mucho sueño.
Echamos unas manos hablando
de cine, de música, de trabajo…, un
poco de todo. Poco antes de la una y
media, Maika decide que se va a
dormir. Lo cierto es que a mí no me
apetece nada, no tengo ni pizca de
sueño.
Alberto parece que me lee el
pensamiento.
—¿Tú también te vas a dormir,
Mónica?
—No sé, lo cierto es que no creo
que pueda dormirme con tanto
meneo del tren y la luz de las
estaciones cada dos por tres.
—Quédate un rato, yo tampoco
tengo nada de sueño.
Maika se levanta y espera de pie
a que decida si me voy con ella o me
quedo. Alberto me mira con una
sonrisa pícara.
—¿Un mus? Porque sabes jugar
al mus, ¿no?
Mmm…. Tentador, desde luego.
Hace años que no juego, pero me
encanta el mus.
—Me ofendes. A ver qué te
crees que hice en la universidad,
aparte de la carrera.
Maika frunce el ceño,
esperando, y me pregunta:
—Entonces, ¿te quedas?
Alberto me mira mientras
connúa barajando las cartas,
esperando paciente mi decisión.
—Me quedo un rato, ¿vale?
Maika se va y nos quedamos
solos Alberto y yo, sentados cada uno
a un lado del sofá-cama. Empezamos
a jugar y enseguida le voy cogiendo el
punto. Hacía empo que no jugaba,
pero el mus es como montar en bici,
que nunca se olvida. Mantenemos
una charla escasa e insustancial
mientras empezamos a jugar. Al cabo
de un rato largo, he ganado dos de
tres partidas.
—Teníamos que haber apostado
algo —me dice Alberto simulando
estar un poco picado—. Hace el juego
más interesante.
—Yo solo apuesto sobre seguro,
guapo. No me gusta perder.
—De momento soy yo quien
pierde. Reconozco que no se te da
mal el mus.
Se me pasa por la cabeza que en
vez de un mus, si esto fuera un strippóker,
ya estaría en pelotas, y
probablemente él no habría perdido
ni una sola prenda. Jamás conseguí
aprender a jugar al póker.
Debo de sonreír sin darme
cuenta. —¿Por qué te ríes?
—El mus se me da bien, pero
otros juegos se me dan fatal. Jamás
conseguí aprender a jugar al póker,
por ejemplo.
—Si quieres te enseño —sonríe.
—No, gracias.
—¿Acaso me enes miedo? —su
mirada y su sonrisa son
tremendamente provocativas.
—¿A ti? En absoluto.
Esta conversación está
empezando a sonar a dobles sentidos.
—A lo mejor te estás perdiendo
algo que merece la pena.
Empiezo a senr mi pulso

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