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Yo soy la perra, de la saga
Yo Soy
AmericaVi
Copyright©2016
AmericaVi
Editor: AmericaVi
Correcciones: Camila
García C.
Portada: Belén Arce S.
Queda totalmente
prohibido, sin la autorización
previa de la autora, la
reproducción parcial o total de
esta obra por cualquier medio
o procedimiento.
Primera Edición: Marzo,
2014.
Segunda Edición: Enero,
2016.

Para todas aquellas
personas que pese a los años
nunca han dejado de creer en
mí. A mis amigas, que siempre
leen mis borradores y soportan
mi cara de culo mirando la
nada, imaginando nuevos
pasajes.
A mis lectoras fieles, las del
comienzo, las actuales y las
que vendrán.
A mis padres, que en
silencio han apoyado este
sueño detrás de la puerta.
A mi novio, que sin dudar
me alentó a dar el siguiente
paso y perseverar.
Finalmente, gracias a Diego
y Savannah, personajes que
han sido distintos y especiales
a todo aquello que he creado
antes.

Sinopsis
En todas las historias hay dos
clases de chicas:
La que siempre es muy tímida,
callada, usa lentes grandes, un bombón
de chocolate con las personas, toooodos
la lastiman, tiene un cuerpo fabuloso,
pero es la anti-social y, siempre,
siempre es virgen. La otra chica se va al
otro extremo, es alguien extrovertida, de
un genio insoportable, lengua afilada,
sarcástica y con leves tendencias a lo
marimacho.
Ambas visten sencillo.
Ambas se enamoran del capitán del
equipo de fútbol.
Ambas tienen una enemiga: yo, la
capitana del equipo de porristas, la
superficial, frívola, bien vestida pero
zorra.
Ambas se quedan en el chico que
debería ser mío.
Y todas maldicen, odian y le desean
a la barbie de la historia, que muera,
que se caiga cuando esté haciendo una
voltereta y mínimo, se quiebre la
columna o muestre su humanidad al
mundo.
Claro, la perra debe quedar en
ridículo.
El cosmos, los escritores y el mundo
en sí, confabulan en nuestra contra para
tener un papel secundario en todas las
historias, para que cada una de las
fracasadas que pisan la Tierra,
descarguen toda su inconformidad y
dolor en este personaje.
Pues bien, esta es mi historia, yo soy
la perra, la capitana del equipo de
porristas, la superficial, la que usa
faldas cortas, la que “se ha acostado con
media secundaria”, la que le hace la
vida miserable a la protagonista que
ustedes tanto aman y lloran con ella.
Pero ésta es la verdadera historia de
la perra.
Y no, al final no me remiendo, yo
soy así.
¿Quién dijo que ser la mala no era
doloroso?
¿Quién dijo que no sufríamos tanto o
más que la estúpida que siempre recibe
la atención?
Yo soy Savannah, la representante
de todas las malas de las novelas.

Lección uno: Las perras no
sudan
Pu, pu, pu, pu, pu.
¡A la mierda sus calzones! ¿Qué
demonios era eso?, ¿Una carpa?, ¿Un
toldo para cubrirse del sol? Fue lo
primero que me pregunté cuando Paz
golpeó la parte de atrás de mi cabeza
para que levantara la vista -el peor error
de toda mi puta vida-. Me encontré con
un culo dimensiones “paso comiendo en
el McDonald’s” o más bien, el de un
elefante. El pedazo –y digo pedazo,
refiriéndome a pe-da-zo de tela que
cubría su enorme culo, más que enfrente
de mis ojos estaba en mis narices. Un
escalofrío me recorrió la espalda
cuando noté cómo se le marcaban e
incrustaban de una manera poco
femenina en el trasero -¡Paz, estaba
dormida! –Le grité por lo bajo a mi
pseudo amiga y con el tacón le pisé el
pie. Bien merecido se lo tenía por
maldita. Mi sueño estaba increíble y la
vista había sido horrible- qué flojera
escucharla, siempre es lo mismo –Me
quejé extendiendo mi brazo de nuevo
sobre la mesa cuando ella me observó
con seriedad unos segundos.
-Savannah, tienes que hacer una
buena campaña, recuerda que debes
salir reina de la graduación ¿Entiendes?
Como tu mejor amiga te lo digo, no
quiero lloriqueos después –Dijo la rubia
de ojos verdes y pelo crespo mientras
seguía tomando notas. Yo rodé los ojos.
En realidad no me importaba ser la
reina de la graduación, aunque muchos
de los descerebrados, cerebrados, nerd,
gente normal, hipster y retroevolución
de monos que asistían en la misma
secundaria que yo pensaban lo opuesto.
Sólo por ser quién era, tenía que ser la
reina. No me interesaba el pedazo de
plástico sobre mi cabello, pero era una
obligación social no explicita que no
podía saltar, así de simple y breve. Sí,
era popular, la más popular, era la
capitana del equipo de porristas,
organizaba todos los eventos
estudiantiles, presentaba todos los
premios de la escuela y además lucía
bonita ¿Entienden el punto de que soy lo
máximo verdad? –inserte sarcasmo aquí,
era guapa pero no el centro de mi
universo, ni el del resto- pero eso no era
lo que todos creían. Aunque tenía el
prototipo de rubia, muñeca-barbie-sincabeza,
era mucho más que eso aunque
nadie aceptaba verlo por mi apariencia,
todo gracias a las novelas y las
películas, sumado a las teleseries.
Yo era el resultado de todo eso,
ganándome un odio inmerecido por ser
simplemente una niña que cuando entró a
la secundaria necesitaba exceso de
atención siempre.
Muchas mujeres por el simple hecho
de ser simpática y no usar sudaderas
anchas, me comenzaron a tomar una
rabia –sí, como a esa que les da a los
perritos- inmensa ¿Pueden imaginar a
una chica de catorce años, hija única
hasta ese entonces, con necesidad de ser
el florero de mesa, payaso de circo,
alma de la fiesta, el rojo del poto del
mono colorado -¿Se entiende verdad?-
teniendo que escuchar hasta el insulto
más doloroso solo por vestir de rosa?
Pues eso fue exactamente lo que a mí me
pasó y es por eso, que decidí que si todo
el mundo me iba a llamar perra por ser
amiga de los hombres y vestirme bien,
entonces, sería una perra de verdad.
El timbre sonó sacándome de mi
ensoñación y lentamente me refregué los
ojos corriéndome un poco el rímel.
Busqué en el costado del bolso que papá
-mi papá que hace de hombre papá- me
había regalado en mi último
cumpleaños, un pequeño espejo. Revisé
mi rostro y gemí con dolor. Había
quedado como mapache estrujado en el
agua. Rápidamente y sin que nadie me
viera -¿vale? mi reputación, era algo
que me gustaba y no perdería aunque
fuese lo más estúpido y frívolo del
mundo- limpié el resto y quedé
impecable. Me auto sonreí al espejo
susurrando un “qué guapa eres”. Tomé
mi bolso mientras Paz hacía lo mismo y
salíamos de la clase de historia. Unas
compañeras, las que pueden ser
catalogadas como “normales” las que no
se visten, ni bien ni mal, pero no duele
mirarlas a la cara, pasaron por nuestro
lado corriendo, mientras los chicos
hacían lo mismo rebotando la pelota de
básquetbol. Ahora nos tocaba la clase
de Educación física –entiéndase: sudar,
correr, hacer miles de cosas para hacer
sufrir al alumno que al final no sirven
para nada porque apenas salen de la
clase corren a comprar la cosa con más
grasa, azúcar y carbohidratos que esté a
la mano- así que nos dirigimos
perezosamente hasta el primer piso de la
escuela, directamente al tri-atlético, o
sea, un largo camino.
Estudiábamos en una escuela
privada, la más grande de la Capital, no
era para nada barata, pero no éramos en
su mayoría del tipo discriminadores. La
institución permitía entrar a los chicos
“Fundación” -como se les había
denominado en otros tiempos- a través
de becas y eran recibidos como
cualquier otro grupo de personas.
Aunque no se crea esto, derribaré el
primer tabú, cliché, prejuicio de mierda
social: nosotros “niños ricos” no éramos
del tipo, “eres pobre, no te hablamos”;
tampoco negaré que habían
descerebrados que lo hacían pero por lo
general eran esos chicos, de los cuales
sus padres se convierten en

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