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Libro PDF Zenia y las siete puertas del bosque Mar Deneb

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labrada, estaba flanqueada a cada lado por sendos ventanales igualmente de madera acastañada, cuajados de flores multicolores y de olores dulces. Los muros de piedra
de toda la casa eran níveos para poder reflejar al máximo los tórridos rayos del verano, y el tejado rojizo se desparramaba en dos simétricos aleros para escurrir bien las
aguas otoñales.
No le había dado tiempo a llamar, cuando la puerta se abrió y, tras ella, apareció una acogedora sonrisa.
– Mi querida Zenia, te esperaba -dijo, invitándola gentilmente a pasar con un sutil gesto con la mano.
«Ya ha vuelto a hacerlo», pensó contrariada.
Le desconcertaba, pero a la vez agradaba, las veces que hacía eso: se adelantaba a sus pasos y respondía como si ella ya hubiese actuado, cuando casi ni había
movido tan siquiera un músculo.
Por la aldea parloteaban toda suerte de chismorreos sobre aquel enigmático anciano: sobre su origen, sobre los motivos de su llegada y establecimiento entre ellos,
sobre su edad o hasta sobre sus posibles artes mágicas, si acaso pudiesen ellos definirlas así.
El caso es que, en cuanto apareció por aquellas tierras -hacía ya muchos meses-, se encariñó irremediablemente con aquella muchacha de mirada asombrosamente
violeta y sonrisa dulce pero profunda… Ella fue la primera lugareña con la que tropezó en el camino y asistió desinteresadamente a sus primeras pesquisas.
Ella tampoco olvidaría nunca la imagen de aquel viajante de aspecto intrigante, al que acertó a ver a lo lejos de la senda que conducía a la entrada del poblado.
Su medianamente extensa barba blanca resplandecía con los primeros rayos de la fresca mañana. Sus largos cabellos de plata -que le caían más allá de los hombros-,
estaban cubiertos por un curioso sombrero que a ella le recordó algún cuento de su infancia, con ala ancha y corto capuchón ocre. Portaba un bastón de madera rojiza,
pero no aparentaba necesitarlo en absoluto; tal era su porte lozano y jovial. No obstante, parecía tener cierta edad, aunque ella siempre lo vio tan vigoroso y vivaz que
nunca puso atención cuando los vecinos parlamentaban sobre éste o cualquier otro asunto relacionado con él, puesto que ella siempre tuvo desde el primer instante una
idea bastante precisa de todo cuanto necesitaba saber sobre aquel caballero.
Aquellos ojos de miel y penetrante mirada la dejaron absorta en cuanto se clavaron por primera vez en los suyos. Todo su ser se estremeció y, en un segundo, la
afilada idea de que toda su vida estaba a punto de cambiar desde ese mismo instante, ya no le abandonó, por más que ella a lo largo de aquellos meses la desechara una y
otra vez.
En aquella ocasión, y tras aquel primer encuentro de miradas -probablemente, apenas duró unos escasos segundos, pero a ella se le hicieron largos minutos; es más,
el tiempo, al menos el de ella, se paró y se esfumó-, él rápidamente y con voz exquisitamente amable le preguntó, tras un cortés saludo, si aquella aldea que se veía a lo
lejos era Larimor, a lo que ella contestó afirmativamente.
Y antes de que se diese cuenta, se estaba ofreciendo de buenas a primeras a acompañarlo hasta el pueblo, a pesar de que ella venía de allí mismo y en absoluto le
llevaba al destino al que se dirigía aquella fría e invernal mañana. Pero nada le atrajo más en aquellos momentos que acompañar a aquel señor de capa larga y ocre como
su peculiar sombrero.
Y sólo en ese primer paseo, plantaron una simiente que llegó a germinar, con el tiempo, en una singular amistad. Y eso que más de un aldeano le prevenía de tan
raro personaje, decían. Pero con él siempre había una fuerza mayor que cualquier otra, que salía Dios sabe desde dónde en su interior, y que la hacía actuar casi sin
pensar, pero con la mayor certeza del mundo de hacer siempre lo correcto.
De hecho, Banlot tuvo mucho que ver con la decisión final que acababa de tomar la pasada noche de partir, puesto que todos aquellos meses de encuentros, de
largas conversaciones, de paseos por el Bosque de Plata y de visitas a su acogedora casa, habían hecho mella en ella hasta el punto de irla transformando en lo que se
había convertido: una joven y bella mujer segura de sí misma y capaz de todo lo que ahora se propusiese.
Ella comprendía, en el fondo de su alma, que Banlot era el espejo que ella había necesitado desde siempre para verse a sí misma en lo que verdaderamente era, no en
lo que tantos le habían hecho creer que era. Y también sabía que era tan sólo el principio de su metamorfosis, puesto que apenas comenzaba a asomar desde su crisálida.
Le debía mucho a aquel buen hombre. Y a pesar de que partía, una extraña sensación de que no pasaría mucho tiempo antes de volver a estar con él, se instaló en
ella.
Y allí estaba, una vez más, cruzando el umbral del hogar de Banlot, sin tener mucho que decir respecto a su plan de ruta, pero con la esperanza de que él le
transmitiese lo que ninguno de sus paisanos: ese apoyo y ese afecto que nunca él le escatimó.
Al entrar en la estancia, un dulce olor a espliego la reconfortó: en una esquina del espacioso salón, una serpiente de humo zigzagueaba hacia el techo, difuminándose
antes de llegar a él e impregnando toda la habitación de un aroma a flor de espliego seco y chispeante.
El salón podría decirse que era el corazón de aquel hogar, ya que de él partían las puertas que daban a todas las demás estancias. El constructor de la casa, sin duda
gran amante de la naturaleza, cuidó que todas sus piezas tuviesen amplios ventanales con vistas al bosque, de manera que en cada uno de estos espacios uno se sintiese
siempre acompañado por la vida que fluía a borbotones allá afuera.
Cuando Banlot le había preguntado, al llegar a aquellas tierras, por una vivienda donde poder alojarse por una buena temporada, Zenia cumplió con los cánones
establecidos en la aldea sobre estos menesteres y le informó correctamente de la disponibilidad de aposentos que había por entonces allí y en los alrededores. Pero una
vez cumplida su tarea informativa, no pudo resistirse a hablarle de la casa abandonada en el bosque.
A pesar de estar más que desahuciada por los habitantes del lugar -ofrecía un aspecto bastante deplorable y ruinoso, especialmente en su interior-, no cesaba de
venirle a la mente una insólita imagen de este anciano, al que acababa de conocer, habitando la casa.
Así y todo, no pudo menos que sorprenderse cuando él exclamó ¡perfecto! la primera vez que visitó el edificio.
Y perfecta, con toda certeza, acabó siendo aquella casa, tras pocas semanas de arreglos, reformas y adecentamientos arquitectónicos y ornamentales, que los
mismos paisanos no daban crédito de semejante transmutación. Fue entonces cuando comenzaron las habladurías sobre aquel misterioso forastero, que sin duda obró
algún tipo de sortilegio con aquellas cuatro paredes.
El sol se colaba ya por los dos ventanales de la entrada, lo que le daba a la sala un ambiente entrañable y acogedor. En la esquina opuesta al quemador de espliego
había un hogar encendido que crepitaba suavemente, haciendo aún más relajante el lugar.
Zenia se sentó en un rinconcito, cerca de la chimenea, y se quedó absorta contemplando las pequeñas chispas que saltaban de los maderos que ardían.
Banlot le ofreció una taza de una mezcla de hierbas y flores que él mismo acababa de preparar, y no pudo negarse, porque aquel hombre siempre tenía a mano el
elixir mágico que conseguía aportarle lo que más necesitaba en cada momento.
Y, ciertamente, ahora mismo necesitaba algo que la reanimase, porque si no, no iba a ser capaz de dar el siguiente paso.
Una vez se la sirvió, se sentó junto a ella.
– Cómo me fascina ese vestido… Hace juego con el cielo y con tus ojos.
Ella se sonrojó con la ocurrencia; Banlot sabía cómo suavizar un momento de nerviosismo o tensión.
A ella también le gustaba ese vestido, que además fue tejido por su madre para el día que cumplió veinte años. Turquesa y violeta combinaban maravillosamente
bien en su estilizada figura, haciendo que las sedas cayesen majestuosamente hasta el suelo. Algunos de sus ondulados cabellos dorado oscuro le caían hasta el borde del
escote, ofreciendo una imagen encantadoramente femenina.
– Sabes por qué he venido, ¿verdad?
Zenia, en situaciones incómodas, prefería ir al grano y saltarse prolegómenos o cumplidos.
– Porque crees no tener ni idea de lo que vas a hacer… ¿me equivoco? -respondió él.
Bueno, en eso había acertado. Que le cayese un rayo ahora mismo si supiese en este momento qué rumbo tomar en su vida.
– Ni hacia delante ni hacia atrás, Banlot. No sé adónde llevar mis pasos, pero es que no puedo ya mirar atrás, no puedo levantarme ni un día más para hacer lo
mismo que he hecho hasta ahora.
– Pues ya sabes algo… -el hombre la miró enigmáticamente.
– Pero si no sé qué hacer y no quiero hacer lo que hacía… ¿qué me queda? -la joven empezaba a estar confusa.
– No, no… -él se quedó pensativo-. Estás equivocada en un detalle, que puede ser la llave que te dé la luz para comenzar esta nueva etapa. Aunque, en realidad,
hace meses que la comenzaste.
– Un momento, un momento… ¿Cuándo comenzó esta etapa? -ella frunció el ceño.
– Ya sabes que, si estás en este punto, es porque algo anteriormente te fue llevando a él. ¿O crees que estas cosas ocurren porque sí y de buenas a primeras uno lo
deja todo para aventurarse en no se sabe dónde?
Se sentía cada vez más abrumada y confundida; todo esto era muy engorroso. Ella sólo quería simplificar las cosas, ¿para qué tanto embrollo y complicaciones?
– Dime cuál es ese detalle en el que estoy equivocada -dijo la muchacha, poniéndose realmente seria.
– Dices que no sabes qué hacer, pero yo lo que te he dicho es que crees no saberlo -aclaró él.
Estaba tan cansada… ¿Creer?
– Sé más claro, por favor, Banlot, que no estoy ni para acertijos ni para estrujarme mucho la mollera.
– No pretendo ofuscarte más de lo que ya estás -le dijo el anciano dulcemente-. Tan sólo digo que tú ya sabes qué hacer, pero aún no te has dado cuenta porque no
dejas de darle trabajo a tu mente, agotándola.
Era cierto que ya no quería pensar más. Lo miró, invitándolo a que continuase.
– No tengas tanto miedo al futuro, que éste ya llegará y se hará presente. Cada día tiene su afán, y el afán de hoy es serenarte y reencontrarte, que no es poco,
porque sólo así, calmando y aquietando tu mente y tus caóticos y temerosos pensamientos, podrás conectar con otra parte de ti que espera calladamente a que le des su
turno de palabra.
– ¿Qué parte? -al menos, empezaba a ser capaz de escuchar.
– Ésa que empieza a escucharme… -contestó él.
Se quedaron mirándose. Y comprendió que no hacía falta hablar mucho más.
Entonces, él acercó su mano al corazón de ella, y le susurró:
– Éste de aquí…
Zenia bajó los ojos y suspiró.
Aunque a veces se reprochaba a sí misma haberse siquiera planteado abandonar aquella vida -fácil, cómoda y apacible, pero también tediosa y aburrida-, sabía que
era ya irremediable continuar así, y que era cuestión de tiempo que dejase atrás todo aquello. Nada había cambiado, pero ya no encajaba en aquel perfecto entramado
para el que cada vez sospechaba más que no estaba hecha.
Hasta ahí, no cabía ya duda. Pero ahora se le presentaba ante sí un firmamento tan vasto de posibilidades, que se perdía en él, y acababa viendo sólo un gran vacío.
Y así pasaron los minutos, en un pausado silencio de miradas ocasionales, llenas de apoyo y afecto reclamados y generosamente recibidos.
Iba comprendiendo poco a poco lo que era eso de reencontrarse. Era verdad que el miedo la atenazaba y nublaba sus pensamientos, incluso ahora que iba
impregnándose más y más de la paz del lugar, del sosiego y entereza de aquel ser y, como no, de la templanza que le aportó el brebaje. Aprovechó, pues, esa incipiente
calma y lucidez para tomar una pequeña decisión.
– Me voy al bosque -dijo-. Al fin y al cabo, era lo que había decidido hacer esta mañana: hablar con las hayas.
– Todo irá bien, ya verás -la consoló él-. Porque ten presente que, al cambiar tu mirada sobre las cosas, podrás llegar a cambiar el mundo. Y esa mirada es tan
simple e inocente como la lluvia: mira las cosas ante ti como cuando ves llover.
Se paró un instante, como para dejar que sus palabras calasen en ella tal cual esa lluvia de la que hablaba, y añadió:
– Bien, nos vemos luego.
No estaba precisamente en sus planes volver a aquella casa, pero como ya conocía sobradamente el misterioso proceder de su amigo, se despidió con un hasta
pronto, tras darse un breve abrazo.
Y se adentró en el Bosque de Plata, ahora que cada vez iba haciendo más honor a su nombre a medida que avanzaba la mañana: rayos de plata colonizaban de forma
creciente el espacio, hasta perderse entre la hojarasca.
Y el temor también iba apoderándose nuevamente de aquella cabecita vivaracha y sagaz, cuanto más se alejaba de la casa de la entrada del bosque y de sus
irradiaciones, y se introducía cada vez más en el espeso hayedo.
Aquel temor ante la incertidumbre comenzó a transformarse en incipiente terror a lo desconocido y a la soledad que sabía que le esperaba, cuando se dio cuenta de
que el gran vacío que veía no estaba afuera como creía, sino dentro, en su interior, y le atenazaba hasta el punto de quedársele cogido en la boca del estómago.
Así que desesperada -y aún más por no saber con exactitud por qué lo estaba y cómo podía estar siendo tan vulnerable-, se detuvo en medio del bosque, alzó los
ojos al cielo y los cerró…
Desde el interior de aquel bienaventurado y hechizante prisma de luz multicolor, tras aquella esperanzadora lluvia de luz, Zenia volvió a mirar entorno suyo: había
llegado la comprensión. Aunque más que la comprensión, había llegado el momento y nada más. Así de simple: como las gotas de lluvia.
No quería engañarse, bien sabía que la incertidumbre y el temor aún la rondaban -y bien sabía también que iba a ser así por un tiempo-, pero cuando el alma
redescubre qué hacer, ya no hay peligros ni inquietudes que la detengan.
Y regresó a por sus enseres, para comenzar definitivamente su viaje.
Al pasar de nuevo por delante de la casa de Banlot, le extrañó verla tan cerrada: no era habitual en él -ni por aquellas comarcas- cuidar mucho de proteger su
vivienda cuando se acercaba al poblado, pero no le dio mayor importancia.
Continuó su camino hasta la entrada de la aldea, y pensó -y ello le apenó- que quizá pasaría mucho tiempo hasta que volviese a ver aquellas hermosas casas
floridas de madera que flanqueaban la entrada principal de Larimor, orgullo de sus habitantes, que estaban convencidos de que la primera impresión para los nuevos
foráneos que arribasen al lugar, es la que cuenta.
Llegó a su pequeña casa.
Aunque su adorada madre le insistiese, una y otra vez, que no era necesario que se instalase en aquel cuchitril -como ella lo llamaba-, y que podía seguir viviendo
con ella hasta el final de sus días, Zenia ya había tomado su decisión: tener la independencia que tanto precisaba y anhelaba. Esto había ocurrido hacía ya más de un año.
Su madre, Sternia, y ella habían estado viviendo juntas en la gran casa, propiedad de la familia de su padre, Lesner, una de las de mayor antigüedad y renombre de
aquella y otras aldeas cercanas. No se podría decir, ni mucho menos, que fuesen acaudalados, pero gozaban de una buena posición social y económica. Al morir su padre
-Zenia aún era pequeña-, continuaron ocupando la casona familiar, además de seguir disponiendo de dinero suficiente como para seguir llevando una vida holgada.
Abrió, también por última vez, la sencilla puerta de madera que daba acceso a la vivienda, más en concreto a un saloncito que hacía las veces de entrada, sala de
estar y comedor. Se sorprendió al ver que había cierta luz en la estancia, pero no le dio tiempo casi ni de cavilar que pudo haber encendido ella misma aquella vela antes
de salir temprano, cuando escuchó una voz familiar:
– Me alegro de que te haya ido tan bien en tu paseo matutino.
Zenia soltó una carcajada, que le vino como agua bendita para acabar de dejar atrás por fin tensiones y preocupaciones. Bueno, al menos, por un largo rato.
– Y yo pensando que tus dotes adivinatorias eran las que te habían llevado a saber que nos íbamos a volver a ver, mi querido mago -era la primera vez que ella lo
llamaba así, aunque su tono estaba ligeramente teñido de un cierto sarcasmo.
Ahora fue Banlot el que se carcajeó.
Se abrazaron entre risas, y él finalmente dijo:
– Mi querida aspirante a brujita -también era la primera vez que él la llamaba de esa manera, e igualmente entintado de un leve sarcasmo-, si me despedí con un
hasta luego fue porque ibas a volver a esta casa después de tu paseo, como era lógico, a recoger tus cosas para partir, o a encerrarte para siempre cual cobarde comadreja
en su guarida, ja, ja, ja.
Zenia corrió a coger el primer cojín de pluma que vio más a mano y lo estampó en la cabezota de Banlot, que no paraba de reírse de su tonto comentario.
Cuando acabaron las risas, él le dijo, ya con un semblante más serio:
– Has de saber que la magia tiene una alta proporción de sentido común, que a su vez gusta de usar simplemente la lógica.
Y qué bien se sentía ahora… Le parecía que acababa de librar una batalla, pero había llegado a la victoria.
– Veo que has vencido… -dijo Banlot, reflexivo.
Imposible: no podía saber lo que acababa de pensar.
– Vamos a ver, mago de tres al cuarto -ella puso los brazos en jarra-, ¿me puedes decir ahora dónde está esa lógica o ese sentido común que se supone que acabas de
utilizar para saber eso?
– Muy fácil -rió él-. Aún no has tenido tiempo de verte en un espejo para reparar en esa hermosura de rostro, pleno y feliz. A lo mejor tampoco te viste en estos
días atrás, pero yo sí, siempre te veo cuando te miro, y sólo había lucha, batalla tras batalla, la más encarnizada, puesto que es interna y se batalla a solas.
»Sabía que al final las hayas te protegerían y te ayudarían a volver a ti; sabía que volverías victoriosa. Y al escucharte reír, confirmé que había vuelto de nuevo mi
Zenia. Se contemplaron por un momento, y ella fue capaz de hacerlo abiertamente, sin reparo ni condicionamiento, viendo brillar en aquellos ojos la franqueza y nobleza
que lo caracterizaban.
– No creas que tu Zenia tiene las ideas muy claras sobre lo que va a hacer -dijo la joven lacónicamente.
– Lo suficiente -él intentó transmitirle toda la seguridad posible-. Has decidido tomar el camino hacia delante, ¿te parece poco? Lo que en estos momentos más
necesitas es confiar en ti misma, porque esa falta de confianza te va a volver loca como la dejes que siga desbocándose.
– Abundan los momentos en que dudo de mí, sí, y me veo incapaz de hacer tal hazaña yo sola.
– Poco a poco… irás recobrando la seguridad que necesitas para vivir tu propia vida y no la de otros.
De pronto, Zenia reparó en un detalle: sabía que su amigo tenía en su poder una llave de su casa porque ella misma, con plena confianza, se la dio, pero no había
hecho nunca uso de ella hasta entonces. Supuso que se debía a la trascendencia del momento, y agradeció en lo más profundo que la hubiese esperado dentro de su casa,
porque se estaba dando cuenta de que se sentía tan arropada en estos instantes tan difíciles…
– Coge todo lo que te vayas a llevar y salgamos de la casa -el momento había llegado.
Salieron de la aldea, sin que ella pudiese evitar que se le humedeciesen los ojos. Sabía que volvería, pero no sabía ni cuándo ni cómo, y lo que era peor, no sabía ni
adónde iba. Era aquél un viaje un tanto extraño…
Un nudo se le fue instalando en la garganta, cuanto más se acercaban a los lindes del bosque.
Al llegar a la morada de Banlot, estaba a punto de explotar en sollozos, pero sorprendentemente él siguió adelante por el camino que se adentraba en el Bosque de
Plata.
Y entonces, volvió a reparar en un segundo detalle: al salir de casa vio de refilón que él cogía un bulto, pero como después también llevaba otros de ella que se había
ofrecido a cargar, hasta ahora no se había dado cuenta de que era bastante voluminoso.
– ¿A dónde vas, Banlot? -le preguntó, cada vez más desconcertada.
– Piensas comenzar el camino desde el mismo Bosque de Plata, ¿no es así? -respondió él.
– Pero, ¿y tú? Tu casa queda aquí, tu camino acaba aquí.
– No, mi pequeña, mi camino nunca acaba, y menos tratándose de ti… -dijo de forma intrigante.
– ¿Qué quieres decir? Te comunico que sigo sin estar para acertijos -lo miró fijamente.
– De acuerdo -le contestó el hombre con una amplia sonrisa-. Durante la primera parte de tu trayecto, te acompañaré para guiarte y darte algunas indicaciones.
Los fuegos de artificio que llenaban de luces de colores el cielo nocturno de Larimor cada año en sus fiestas estivales, eran juegos de niños al lado de la luz que
iluminó el rostro de Zenia y del alboroto que sus gritos y risas provocaron en el lugar. Se abrazó como loca a él y no paró de darle las gracias.
– Vale, vale, que he dicho la primera parte solamente, no te vayas a hacer ilusiones, ¿eh? -él disfrutaba tanto como ella de verla así.
Y también encajó la última pieza: Banlot había cerrado de aquella manera su casa porque pensaba ausentarse de ella por unos días.

2. El Comienzo
2
Lo que Zenia vivió aquellas primeras jornadas de viaje apenas podría transcribirse en literatura fiel y ajustada a la realidad y no quedarse en un relato trivial e
insuficiente.
Para ella, fueron instantes mágicos e intensos que jamás en su pueblo natal hubiese siquiera soñado vivir.
Las vivencias que experimentó, los seres que conoció, los parajes que visitó, las enseñanzas que aprendió, la transformaron definitivamente, y ella comenzó a
descubrir a una mujer que habitaba en su ser, a la que hasta entonces desconocía, y que dejaba impresionada por su aplomo y madurez.
Ya sólo las primeras horas del día que ella y Banlot partieron, llenaron de luz su corazón, y le hicieron olvidar la incertidumbre de los últimos días y de la inevitable
llegada de la soledad de su viaje el día que Banlot partiera de vuelta.
Hablaron de tantas cosas, que casi llegó a creer que se trataba de una vivencia más junto a aquel anciano, al que parecía que nunca se le agotasen las historias que
narrar.
Pero él se dio cuenta de su creciente entusiasmo y de cómo aquello podía trastocar la decisión de ella y a lo que realmente había venido a hacer con su viaje.
Así pues, tras detenerse a almorzar en un pequeño descubierto que avistaron por el camino, Banlot comenzó a hablarle de otras cuestiones más pragmáticas.
– Esta noche dormiremos al abrigo del bosque. Conozco una cabaña abandonada que nos servirá a tal efecto. En un solo día sería imposible llegar a ningún sitio
habitado por algún ser hospitalario que nos acoja.
Tras un breve descanso después de comer, continuaron la marcha hasta casi ponerse el sol, a través de un camino que acá ondulaba, allá se mantenía recto, pero iba
alejando más y más a Zenia de todo cuanto había conocido en su joven vida.
Allá quedaba todo, leguas atrás: su aldea, su gente, su vida y casi hasta ella misma; ya no podía mirar atrás.
El paisaje que habían recorrido durante todas esas horas no era muy cambiante: hayas reinantes que cedían aquí y allá espacio a fresnos, castaños y almeces. De
vez en cuando, algún claro iluminado les invitaba a reposar unos instantes, para retomar con energías renovadas el sendero que, hasta el momento, avanzaba decidido
por el bosque.
Cuando ya el rojizo del postrero sol de la tarde se tornaba violáceo con sus últimos rayos, vieron a lo lejos y medio escondida una pequeña construcción, a la
derecha del camino. Se salieron de éste y, campo a través, se acercaron a un pequeño bosquecillo de castaños, cuyas hojas el incipiente otoño apenas había comenzado a
dorar.D elante de la choza, había un espacio claro sin arboleda ni arbustos donde podía distinguirse una zona circular, con restos de fogatas antiguas.
– Iré a buscar ramas y leña, para hacer un fuego en el que podamos protegernos del frío de la noche y cocinar algo que nos caliente el cuerpo -anunció Banlot-. Tú
puedes mientras ir echando un vistazo al interior de nuestro nuevo aposento. La última vez que anduve por aquí, no parecía faltarle nada a la casa como para pasar en
ella una noche decente.
Efectivamente, la cabaña contaba con, al menos, lo básico para pernoctar: cinco catres con lechos blandos de paja y una tosca mesa de madera con algunas sillas.
Todo un regalo para cualquier caminante al que le atrapara la noche y cuya única alternativa fuese el cielo raso.
Se acomodaron como mejor pudieron entre aquellos muros, y terminaron felizmente la jornada ante un templado y oloroso fuego, conversando agradablemente.
– Banlot -dijo Zenia ya avanzada la conversación-, ¿por qué dijiste esta mañana que sabías que las hayas me protegerían y me ayudarían a volver a mí? ¿De qué
habrían de protegerme? ¿Qué peligro puede haber?
– ¿Protegerte? -contestó él, pensando la respuesta-. De tu peor enemigo… tú misma.
– ¿Yo? ¿Yo, un peligro? –preguntó sorprendida.
– Ningún enemigo más audaz ni suspicaz podrás encontrar ahí afuera que el que habita en uno mismo: nuestras sombras. ¿Y sabes por qué? -ella negó con la
cabeza-. Porque nadie puede llegar a conocerte mejor que tú misma, en lo bueno y en lo malo. Y la mejor arma siempre es conocer a fondo al enemigo: sus virtudes, pero
sobre todo sus flaquezas.
– ¿Y crees que tanto mal, tanto como el de un enemigo, podría yo hacerme a mí misma? -no salía de su asombro.
– Los mayores males de nuestra vida no los causa nadie sino uno mismo.
Zenia seguía sin comprender tamaña locura.
– Pero no te confundas, mi querida -prosiguió-. Cuando digo nuestro peor enemigo, me refiero a esa parte en nosotros ciega e inconsciente, a menudo movida por el
miedo, que nos hace tomar una y otra vez decisiones incorrectas que son lo que queremos, pero no lo que necesitamos. Piensa, por un momento, que el miedo y casi
terror que llegué a ver en tus ojos te hubiesen vencido y hubieses decidido quedarte en Larimor. ¿Qué crees que hubiese ocurrido a partir de ahora?
– Uf, no quiero ni imaginarlo… -contestó, pensativa-. Mi vida se hubiese ido apagando día tras día, y la duda me hubiese carcomido sólo de pensar qué habría
pasado y hasta dónde habría llegado si hubiese partido. Mi vida se hubiese consumido y yo con ella.
– Y, ¿cuánta gente crees que tiene el valor que has tenido tú de escuchar al corazón en un momento así y aventurarse en el cambio? Bien poca, me temo. Sólo unos
pocos miran al frente sin miedo (o con él) y se arriesgan a vivir su propia vida, aunque ésta no encaje en la vida normal que la mayoría vive.
– Pero, ¿y es que a todos se les plantea marchar de casa y dejarlo todo atrás?
– No, no, cada vida es un mundo, una aventura por vivir, un camino por andar, con todas sus desviaciones y atajos que aprender a caminar -le explicó el anciano-. Y
mientras avanzas, adquieres experiencia, sabia experiencia si te lo propones y abres bien los ojos y el corazón; experiencia sobre uno mismo, al fin y al cabo. Pero, por
encima de todo, vives, gozas, amas y vas alcanzando la felicidad, porque… ¿acaso no es eso lo que todos andan realmente buscando?
– Supongo que sí -dijo la muchacha poco convencida.
– Aún eres demasiado joven e inexperimentada. Pero cada tramo del camino que tomes con el corazón, te irá conduciendo a ese bien estar indescriptible que sólo los
buenos aprendices de la vida llegan a alcanzar.
– ¿Cómo tú? -preguntó ella a bocajarro.
Banlot rió abiertamente con una risa sincera.
– Ay, mi querida aprendiz, preguntas mucho… -le dijo, señalándola con el índice-, indicio de tus ansias de aprender y conocer, y de que no empiezas mal tu
aprendizaje.
»Pero algún día llegará en que no necesites ni preguntar, porque antes de que formules tan sólo tus preguntas, las respuestas se habrán presentado ante ti a través
de las voces del viento, del murmullo de un río o de un viejo tonto como yo.
Zenia ya sólo miraba las llamas mortecinas del fuego, como buscando en sus moribundas formas las respuestas a tantos interrogantes que se le apelotonaban en su
cabeza.
– Basta de preguntas y de charlas por hoy -repuso el hombre-. El primer día siempre es el más agotador, por la emoción del principio.
Se sonrieron con cariño.
A continuación, Banlot se dispuso a acabar de apagar el fuego para dejar sólo las brasas, y tras darse las buenas noches, entraron en la cabaña a dormir.
A pesar de las emociones del comienzo, como bien dijo Banlot, Zenia había cerrado los ojos, y al poco caería en un sueño profundo que no cesó hasta el amanecer
del día siguiente, cuando un olor dulce se coló por la puerta de la estancia, a la par que un pequeño carbonero posado en una de las ramas del castaño que suavemente se
cernía sobre el habitáculo, cantaba una canción de amanecer.
Se incorporó rápidamente, en cuanto recordó dónde se encontraba, se desperezó y comenzó un nuevo día.
Después de un placentero desayuno con los primeros rayos de la mañana -que sólo Zenia sabía preparar tan exquisito como lo hacía su madre-, se pusieron en
curso.
– ¿Por qué recogiste tanta leña? Ha sobrado mucha -dijo Zenia antes de echar a andar.
– Para el que venga detrás, querida -respondió.
– Cuando llegamos nadie había dejado nada para nosotros -dijo ella un poco arisca.
– No olvides que el techo bajo el que hemos dormido esta noche, tú más que yo por lo que vi -dijo Banlot con una simpática mueca-, fue construido gracias al
tiempo y al esfuerzo de alguien que anoche nos lo brindó. Si no somos agradecidos con lo que se nos da, el único mensaje que estamos entregando a la vida es de escasez
y roñería, y estaremos impidiendo que la generosidad se cuele en nuestras vidas.
»Y aun cuando no hubiese leña al llegar, si dejamos leña al irnos, estamos agradeciendo y ofreciendo, dos magníficas acciones para comenzar la jornada. Si no vas a
hacer un acto noble hasta que a alguien no se le ocurra hacerlo contigo, tu vida va a ser bastante aburrida…
Torció una sonrisa, cogió sus macutos y se dirigió al camino que dejaron la noche anterior.
Durante algunas pocas horas, Zenia apenas habló, reflexionando sobre los últimos diálogos que habían tenido, o más exactamente sobre algunas de las ideas de su
amigo que, para ser sinceros, nunca había escuchado o no había reparado en ellas.
– Hoy llegaremos a Osternor y haremos noche allí -comunicó Banlot, avanzada ya la mañana-. Conozco alguna posada bastante agradable donde podremos
pernoctar sin problema.
Siguieron el camino bastante silenciosos, lo que sin embargo les vino a las mil maravillas para poder escuchar las melodías encantadas del bosque: los pájaros tañían
agudas notas con sus alegres gargantas, los árboles susurraban melodías con la brisa que mecía sus hojas, el río cercano saltaba feliz y musical por su cauce, y las pisadas
de nuestros amigos batían por la crujiente tierra del camino, a veces acompasada por la hojarasca seca que ya el otoño iba dejando caer…
Tal sinfonía otoñal parecía envolverlos en una bruma invisible y sonora que impregnaba sus pensamientos.
Tan ensimismados iban en las luces y sonidos del bosque, que no se percataron de que el, hasta entonces ancho sendero -podían cruzarse ampliamente dos grandes
carromatos a bastante distancia-, ahora comenzaba a menguar por sus laterales, de forma casi imperceptible pero inequívoca.
De pronto pararon, porque ambos repararon en ello a la vez, ya que incluso la luz que llegaba libre y directa al suelo iba aminorando a medida que los árboles de los
lindes del camino se iban acercando y tamizando dicha luz. El más sorprendido fue Banlot, puesto que no recordaba camino alguno tan estrecho ninguna de las decenas
de veces que atravesó aquel bosque.
– No puede ser… -Zenia lo había visto pocas veces tan contrariado-. No podría asegurarlo, pero yo ya he estado aqu

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