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Prostituta Sagrada – Marcela Thesz

Prostituta Sagrada – Marcela Thesz

Sinopsis De 

Libro Prostituta Sagrada – Marcela Thesz

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―El precio es por cada reunión y requerimos un pago anticipado por los siete años de celibato posteriores ―explicó la Sacerdotisa Suprema al hombre que
consultaba.
―Sí, comprendo. ¿Y cómo es la selección? ¿Con quién llevaré a cabo las reuniones?
―Conversaremos sobre sus preferencias y le propondremos a tres sacerdotisas. Luego usted elegirá a una de ellas y compartirá tres encuentros en nueve días, sin
contacto físico. Si queda demostrado que son compatibles, podrá solicitar la primera reunión para tres días después.
―Perfecto ―dijo el hombre ansiosamente mientras dejaba caer una bolsita llena de monedas sobre la mesa.
Pero la Sacerdotisa Suprema no estaba ansiosa ni preocupada. Se mantenía en su inamovible eje mental y emocional, esa era la manera de llevar a cabo su tarea y
mantener el correcto orden para con las mujeres que estaban al servicio en el Templo.
―Tres reglas deberá acatar para que el trato se sostenga: no mantener relaciones sexuales con ninguna otra mujer aparte de la sacerdotisa, no podrá pasar la noche o
dormir con ella y los encuentros no podrán ser con menos de tres días de descanso entre sí. Además, deberá respetar reglas básicas de cortesía: su higiene personal, el
buen trato y respeto hacia ella y absolutamente ninguna acción violenta. Cualquiera de estas reglas que rompa será castigado como nos avala la ley.
El hombre se puso serio y consideró lo que la Sacerdotisa Suprema le planteaba. A la vez, sopesó sus opciones y sus necesidades personales. No le faltaban mujeres
para el sexo. Siendo un alto comandante del ejército en un reino en exitosa expansión, las mujeres se rendían a sus pies. Pero él no estaba en el Templo en busca del sexo
común. Él buscaba fuerza, vitalidad y poder. Necesitaba continuar acrecentando el imperio del rey, de eso dependía su vida, sus riquezas y su estatus social, y para
lograrlo es que estaba en el Templo.
No lo dudó más. Aceptó el acuerdo con las reglas que la Sacerdotisa Suprema imponía y deseó en su interior que lo que el Templo prometía fuera verdad y sobre
todo, que se cumpliera a corto plazo.
La primera vez que experimenté el sexo tenía 14 años. Fue con un hombre instruido en iniciar a una mujer, uno de los pocos hombres que sirven en el Templo. Con él
perdí la virginidad y puse en práctica lo aprendido en los años de instrucción. Luego comenzaron mis primeros siete años de celibato.
Nací en el Templo Supremo de Makeda. Soy fruto de una unión sagrada entre una sacerdotisa y un hombre común, pero no conocí a mis padres. Las nacidas en el
Templo somos hijas de Makeda, Ancestral Reina de Saba, máxima sacerdotisa e iniciadora de la casta de prostitutas sagradas. Estamos aquí para servir a los hombres
comunes a través del arte sexual en el que fuimos entrenadas.
Ellos buscan poder, salud, conocimiento, asegurar su destino… Nosotras sabemos conducirlos en esa búsqueda, cultivando energía sexual, utilizándola para nutrirlos y
así alcanzar tales fines mundanos. No hay compromisos ni apegos.
Siente años de purificación son necesarios entre un hombre y otro. Es lo que le lleva al cuerpo femenino borrar todos los rastros de presencia física y energética del
hombre. Tres días entre un encuentro sexual y otro. Es lo que le lleva a la mujer regenerar su energía luego de la entrega sexual. Exclusividad para con su servidora es lo
que se le solicita al hombre. Es la forma de protegernos ante las energías impuras.
Luego de mi primer celibato, serví a un joven enfermo de debilidad. Durante catorce lunas requirió mi servicio y luego cesó. Llevo ahora un año adicional a lo
requerido de purificación.
El hombre entró a salón de presentación. Oí sus pasos pero no lo podía ver. Yo estaba detrás de una cortina y con los ojos vendados. Era requisito para nosotras no
ver a los hombres que solicitaban nuestros servicios hasta que el contrato fuera acordado.
Cuando llegó el momento, mi guardián corrió la cortina para que el hombre me viera por unos segundos. Yo llevaba un clásico vestido de lino natural sin mangas,
bordado en el escote. Era la vestimenta tradicional del Templo. Mi cabello rubio oscuro, caía lacio y largo en mi espalda. El hombre no vería mis ojos verdes, ni mis
largas pestañas o mis cejas delineadas. De todos modos, mi altura era lo que más destacaba. Era más alta que la mayoría de las mujeres, delgada pero no huesuda. Estaba
adornada con joyas de oro en los brazos, manos y pies y perfumada con jazmín.
Sentí al hombre frente a mí, tan solo nos separaban un par de metros. Olí su piel a lo lejos, su virilidad. Mi guardián cerró la cortina momentos después y me
acompañó fuera del salón. Más tarde la Sacerdotisa Suprema me avisó que había sido elegida.
El primer encuentro, tres días después, siempre era breve. Para la mujer, consistía solo en percibir al hombre en cercanía y observar si le producía rechazo o
aceptación. Con esa aceptación, se pasaba al siguiente.
El segundo encuentro consistía en escucharlo. El hombre relataba brevemente algo sobre su vida, sin revelar ninguna intimidad, ni su nombre, ni su origen. Si
complacía escucharlo, se concretaba el tercer encuentro.
En la tercera ocasión, el hombre podía tocar a la mujer. Acariciar su brazo, su mano o su cabello. Si le agradaba su contacto, ella quitaría la venda de los ojos y eso
significaría aceptación y concreción del contrato.
Acompañada por mi guardián, quien me guiaba cuando yo no podía ver, ingresé al salón de encuentros. Enseguida supe que el hombre ya estaba allí. Su aroma y su
presencia se hacían sentir. Mi guardián me ayudó a sentarme y aguanté mi sonrisa de expectación. Yo quería que este encuentro fuera beneficioso, llevaba muchos años
de celibato y estaba ansiosa por cambiar esa situación. Y aunque la Sacerdotisa Suprema me aconsejaba sobre ser cautelosa, yo anhelaba el contacto físico.
Sentí su caricia en mi cabello. Tomó un mechón con su mano y lo recorrió hasta el fin. Posó la yema de un dedo en mi hombro y descendió hasta el dorso de mi mano.
Luego se retiró. Si hubiera hecho más que eso, el guardián hubiera actuado.
Sentí mi cuerpo, la electricidad ante el contacto, la calidez de su dedo, el frío como contraste… lentamente quité mi venda y abrí los ojos. Él estaba a mi lado, giré mi
cabeza para mirarlo. Me sorprendió ver que era pelado. Serio, me observó el rostro completo por primera vez. Deduje que era más alto que yo, su cuerpo bien formado
y musculoso. Ya intuía que era guerrero o militar y su compostura me lo confirmó. Miré sus manos grandes, con largos dedos, tratando de adivinar con cual me había
tocado.
Sonreí. Mi elección había sido correcta.
―Estaré a sus servicios a partir de tres días desde ahora ―dije y luego lo saludé con mi cabeza y me marché de la habitación seguida por mi guardián.
El Templo era un edificio grande con muchos salones y habitaciones. La parte pública era la más pequeña: el salón de recepción, el salón de encuentros, la oficina de
la Suprema y las habitaciones para las reuniones con los hombres. Había muchas comodidades pero no lujos extremos. La decoración estaba dada por tonos claros,
pasteles y naturales en las cortinas y alfombras. En general era muy luminoso, aunque había pocas ventanas, ninguna hacia afuera del Templo, sino hacia los patios
internos. Los muebles eran de cedro con ornamentaciones artesanales y bellos labrados.
Los pasillos eran silenciosos y las puertas estaban custodiadas por los guardias del Templo. La intención era preservar la intimidad de los hombres y a la vez el
orden. Las mujeres nos movíamos por los pasillos secretos y accedíamos a las habitaciones desde las zonas privadas.
El hombre no dejó pasar más de lo necesario para concretar nuestro primer encuentro. Ingresé a la habitación cuando él ya estaba allí. No esperaba verme llegar por
donde lo hice, estaba de espaldas a la puerta secreta cuando entré y giró al oírme.
―Hola Guerrero ―dije con una reverencia y luego me acerqué a él. Confirmé su altura, mayor a la mía y su olor a virilidad. Su piel tostada parecía suave y quise
comprobarlo. Rocé su brazo desnudo mientras lo miraba a los ojos. Él se mantenía serio.
De repente, abandonó su autocontención, me tomó el rostro y me besó con fuerza. Su brutalidad me asombró pero no me dio miedo. Bastaba con un simple grito para
que el guardián ingresara y me socorriera. No fue necesario. Cuando el hombre sació su necesidad, me soltó con un suspiro.

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―Desde que te vi estaba deseando besarte ―me dijo―. ¿Cómo te llamas?
―Saba, como las hijas de la Ancestral Reina ―respondí tomando su mano y llevándolo hacia la cama. Este hombre estaba necesitado y para ser sincera, yo también.
―Entiendo que no debo decirte mi nombre ni nada específico sobre mí.
―No es necesario para lo que haremos aquí ―respondí mientras comenzaba a quitarle la ropa.
Desanudé sus atuendos, dejando su pecho al descubierto. No tenía vello y eso me agradó. Tampoco tenía barba. Pasé mis dedos por su mandíbula y noté que apenas
raspaba. Quité su calzado y fui en busca de unas velas que había sobre una mesa. Quemé incienso con ellas y flores secas de jazmín.
Una vez que el aroma inundó la habitación, desaté mi cinturón y dejé caer el vestido que se abría por delante. Estaba desnuda debajo, solo adornada por las joyas en
mis brazos, manos y pies. El hombre me miraba mientras tanto, sin decir nada.
Cuando regresé a él, tomó mi cintura entre sus brazos y apoyó su boca en mi pecho. Él aún estaba sentado en la cama. Sentí su desesperación nuevamente… ya
comprendería el por qué de ésta. Con el tiempo, todos los secretos se develaban.
Se puso de pie y me besó en la boca. Llevó mi cabeza hacia atrás para besar mi cuello y tomar mis senos con sus manos. Pellizcó mis pezones y sentí la humedad que
se manifestaba en mí. Se deshizo rápidamente de sus pantalones y pude sentir su erección apoyada contra mi cuerpo cuando volvió a besarme.
Soltó mi boca para alcanzar un pezón, lo chupó con ansiedad mientras acariciaba el otro pero no llegó a entregarse del todo a esa tarea, regresó a mi boca, a mi cuello y
a mis hombros. Lo sentía como un animal desbocado. Estaba tan ansioso que no sabía en que concentrarse.
Con sus dedos recorrió mi espalda y tomó mis glúteos. Sus manos grandes me sostenían por detrás. Me levantó en andas y caminó conmigo hasta apoyarme contra
una pared. Sentí su pene presionar sobre mi clítoris y lo insté a frotar mientras su lengua recorría mi boca y mis manos, su espalda.
El hombre era fuerte y podía sostenerme sin esfuerzo. Con mi mano guíe la cabeza de su pene sobre mi vagina y él se encargó de entrar. Gritó de placer en mi boca.
Yo también lo hice y celebré en mi interior abandonar el celibato.
Estaba tan ansioso que con unas pocas embestidas lo sentí al borde de la culminación. Podría haber utilizado alguna técnica para retrasar su orgasmo pero no lo hice.
Lo dejé acabar por esta vez sin mi intervención.
―¿Qué es lo que deseas en tu alma, Guerrero? ―le pregunté. Era el momento justo para conocer su verdad.
―Poder… Triunfos… ―dijo con voz ronca y entrecortada. Cuando salió de mí con su pene ya flácido, dejándome en el piso, agregó:
―Quiero fama… la fama eterna de la victoria ―se arrodilló agotado.
―Lo tendrás ―le prometí mirándolo a los ojos, agachándome con él―. Concreta el próximo encuentro, Guerrero. Te dejarás guiar y aprenderás.
Lo dejé allí, entre abatido y saciado, y abandoné la habitación desnuda. Todo el encuentro había durado quizás… una hora. Había sido mundano, común, ínfimo. Era
posible mucho más.
Por los pasillos ocultos de las mujeres me dirigí a los baños. Luego de un encuentro, nuestro ritual siempre era el mismo: un baño caliente y purificador con romero y
rosas para lavar la piel y especialmente el cabello, una caminata, aunque sea breve, descalzas por el jardín privado; y por último, unos minutos de silencio en meditación
en la penumbra del salón de las velas. Recién luego de ese proceder, me retiré a mi habitación para descansar.
En los tres días que separaban cada encuentro, se repetía el ritual y sobe todo, las mujeres descansábamos en contacto con la naturaleza. El clima siempre templado
de nuestra ciudad y los jardines privados bellamente decorados con flores, plantas y árboles así lo permitían.
La Suprema supervisaba todas nuestras actividades, ocupada siempre en nuestra salud y buena disposición. Se dirigió a mí el segundo día de reposo para confirmar
que me encontraba bien y que estaba dispuesta a más encuentros con el Guerrero. Así me enteré de que le hombre ya había solicitado concretar la siguiente reunión y
que ésta sería apenas yo prestara mi conformidad.
Aunque iba formulando en mi mente ideas con las que llevar a cabo los deseos del Guerrero, también consulté con las mujeres más avezadas del Templo. No éramos
muchas residiendo allí, pero si con variadas experiencias. Convivíamos en un estado de comodidad y jerarquías definidas sin mayores conflictos. Todas estábamos
entregadas al llamado de la Ancestral Reina.
El encuentro fue al atardecer. Las sirvientas habían ubicado velas estratégicamente en la habitación para ambientar el lugar con cierto misterio. Yo ya me encontraba
allí cuando permitieron al Guerrero ingresar. Al principio no me vio, justamente por las luces y sombras creadas intencionalmente, pero al recorrer con su mirada la
habitación, me encontró.
―Saba… ―dijo con una sonrisa llena de deseo.
Yo estaba sentada de costado en un sillón y él podía ver mi silueta desnuda recortada entre las sombras. Se acercó y se ubicó detrás de mí. Acarició mis cabellos, mis
hombros y tomó mis senos con la totalidad de sus manos. Estaban cálidas al tacto, agradables. Sentí su aroma y la aspereza de sus ropas en mi espalda.
Me puse de pie para desvestirlo y quedar en igualdad de condiciones. Sin palabras, lo desnudé. Recorrí con mis manos su cuerpo: su pecho, su espalda, sus nalgas y
su entrepierna. Por supuesto, él ya estaba listo, pero esta vez no sería todo tan veloz.
―Guerrero, eres imponente y tu cuerpo maravilloso. Permíteme enseñarte los secretos del arte sexual ―le dije guiándolo para que se sentara en el sillón.
Detrás de él, masajeé sus hombros y su cuello, recorrí su cabeza pelada y su frente, estimulando su entrecejo. Acaricié sus labios y permití que lamiera mis dedos.
―Debe aprender a contenerte, a permanecer… ―le dije al oído.
Mis manos descendieron por su pecho hacia su abdomen. Acaricié su pene con las yemas húmedas de mis dedos, apenas rozándolo. Vibró de placer.
―Debes aprender a darme placer pues será mi orgasmo el que te nutra de las energías y del poder que buscas. Me he preparado para satisfacerte en tus deseos y en
tu necesidad ―le susurré nuevamente y luego me alejé para encender los inciensos y los pétalos de jazmín.
Intencionalmente caminé desnuda por la habitación en penumbras. Prácticamente el sol había desaparecido y solo las velas iluminaban el lugar. Lo miraba durante mi
andar, quieto en el sillón con su miembro plenamente erguido y en espera. Luego de recorrer los sahumadores, regresé a él. Tomé sus manos y las llevé a mi cuerpo. Él
reaccionó y me acercó hacia sí, besó mi ombligo y lamió el espacio entre mis senos. Giré y me senté sobre su cuerpo, apoyé mi espalda en su pecho y dejé que sus
manos se dedicaran a acariciar mis senos. Con mi cadera presioné sobre su pene y me moví suavemente para estimularlo.
Guié su mano hacia mi clítoris y le mostré qué hacer. Comprendió rápido, o ya sabía, porque adquirió un ritmo circular que me hizo gemir. Me entregué a sus caricias
sin perder el control de la situación. Cuando finalmente m di vuelta hacia él y me monté sobre sus caderas, ambos estábamos más que listos para la unión.
Estaba atrapado bajo mi cuerpo así que fui yo quien comandó el movimiento sobre su pene, lento, muy lento. El Guerrero estaba acostumbrado a estar en control y a
cargo de la situación, se sentía desubicado en este escenario inverso, pero parecía disfrutarlo. A medida que aumentaba su excitación, también se iba relajando.
Mientras me movía acrecentando el ritmo, empecé a respirar profundo, reuniendo energía sexual en mi cuerpo, imaginando que todas mis terminaciones nerviosas,
activadas por el placer, eran una fuente de poder que podía concentrar en un punto de mi cuerpo ubicado dentro de mi útero. Y en cada estocada en mi espacio interno,
reunía más y más poder que entregaría al Guerrero durante nuestra culminación conjunta.
Alcanzar el orgasmo juntos era importante. Sintiendo mi cuerpo y el de él, podía ir acompasando nuestros ritmos. El hombre se había entregado a mí y se dejaba
llevar. Nos sostuve en una meseta pre-orgásmica durante minutos, enlenteciendo el movimiento, acariciando su cuerpo y sus zonas sensibles e indicándole que hiciera lo
mismo en mí. Esas sensaciones previas al climax me permitirían concentrar más energía.
Cuando noté que ya era imposible retener por más tiempo a este hombre en semejante estado de inconclusión, aceleré el movimiento y mi respiración. La ficción y las
contracciones respiratorias sobre mi útero nos darían el placer y el poder que buscábamos.
Cuando momentos después alcanzamos el orgasmo, toda mi concentración estaba focalizada en movilizar esa energía y entregársela al Guerrero. Ese era el arte sexual
enseñado por la Ancestral Reina y lo que las prostitutas sagradas aprendíamos en el Templo: dotábamos a los hombres de poder a través de la energía sexual.
Con mis manos recorrí su pecho y desde allí, sus brazos y sus manos. Fui a su espalda y su nuca, acaricié su cabeza, su rostro y su cuello, y cuando finalmente salí
de encima de él, fui a sus piernas, recogiéndose con mis manos hacia los pies y regresando a su ingle. Todo su cuerpo rezumaba energía y su pene estaba finalmente
relajado.
Habiendo concluido me noté cansada. Era momento de retirarme. El hombre estaba entredormido en el sillón.
―Guerrero… ―le dije suavemente―, descansa esta noche. Mañana te sentirás enérgico y con el pasar de los días aún más.

Prostituta Sagrada – Marcela Thesz
Salí de la habitación luego de esas palabras. El guardia se encargaría de ayudarlo a salir del Templo.
Era tarde y bien de noche. Me dirigí a los baños. Allí estaban las dulces sirvientas esperándome

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