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Punto de quiebre (Match Point 3) – Kristel Ralston

Punto de quiebre (Match Point 3) – Kristel Ralston

Sinopsis De 

Libro Punto de quiebre (Match Point 3) – Kristel Ralston

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—Charlie, cariño —llamó el productor con su tono amable, aunque bien sabía ella que tenía ganas de mandarla al diablo—, por favor, repite la parte en que
sonríes y alientas a tus fans a utilizar este protector solar. Venga. Es la última toma y estamos listos.
Con la melena rubia oscura y ojos azules almendrados, Charlotte Jenkins era la sensación en los torneos de tenis internacionales. Exitosa, guapa y físicamente
bien torneada, a sus veintitrés años contaba con una línea de ropa juvenil, tres Grand Slam ganados, diez tornetos WTA conquistados y numerosos contratos
publicitarios. Como el que estaba haciendo en ese momento para una crema solar.
—Grange, me siento cansada. ¿Crees que podamos continuar mañana? —preguntó bebiendo una botella de agua. Cuando terminó el tercer sorbo, una
maquilladora se apresuró para retocarle el labial.
El productor, que no se caracterizaba por ser tolerante salvo cuando tenía celebrities en su set, le sonrió con indulgencia.
—Pero, tesoro… —empezó Grange Roberts.
—No, Charlotte —interrumpió una voz de pronto. Una voz que ella conocía muy bien. Que jamás la llamaba por su apelativo, Charlie, y que nunca la veía
como una mujer, sino más bien como un incordio. Una obligación—. Si vuelves a equivocarte nos quedamos hasta que den las dos de la madrugada.
Ella lanzó una mirada de rabia desde donde salía el sonido de la voz de Rexford, su entrenador y tutor. Siempre tratándola como si no tuviese más de doce
años y le pesara su existencia.
—No te ganas un sueldo a mi costa para darme órdenes, Rexford. El sistema es al revés —replicó con altanería.
La figura que hasta ese momento había estado tras cámaras se acercó. Las luces lo iluminaron poco a poco destacando su metro ochenta de estatura. Facciones
varoniles de ángulos marcados, un cuerpo hecho a base de ejercicios, los ojos más intensos en un tono verde que alguien pudiese recordar, y el cabello rubio, eran las
distinciones físicas de Rexford Sissley, una estrella retirada del tenis que manejaba una academia privada, Deuce, con sus dos mejores amigos, Jake Weston y Cesare
Ferlazzo. Rex era el entrenador y tutor de Charlotte.
—Tu actitud no te va a llevar a ninguna parte. ¿No quieres tener libre el fin de semana para irte a la exhibición exclusiva de Kate Spade en Nueva York?
Ella apretó la mandíbula con fuerza. Él sabía su lado flaco. La moda. Charlotte lucía para este comercial un atuendo de su marca patrocinadora, Aditta.
Consistía en un vestido blanco cortito de deporte, el cabello recogido en una coleta y zapatos deportivos. Debido al sol de las canchas de tenis, la piel de Charlotte
estaba dorada y los ojos azules refulgían, brillantes.
—Si es un chantaje…
—¿Chantaje? Claro que no. Es un trato que tú y yo hicimos. Tenías libre de entrenamiento el fin de semana para volar a Nueva York, si este comercial lo
terminabas en tres días. Llevas cuatro.
—Estoy cansada… —Y era verdad. Toda la mañana le había estado doliendo la cabeza y creía que iba a desarrollar algún virus estacional—. Apenas hace
cinco días regresamos de Kuala Lumpur.
Él no le dio tregua.
—Es tu decisión —dijo con severidad, antes de darse la vuelta y mirar al productor que, junto al resto del equipo, esperaba en silencio—. Grange, ella
cooperará y terminaremos el comercial ahora mismo. ¿Verdad, Charlotte? —preguntó mirándola de nuevo.
—Sí…—replicó entredientes mirándolo con fastidio.
—Bien, y no olvides —dijo bajando el tono de voz para que solo ella lo escuchara— que tú no me pagas para trabajar, señorita Jenkins. Tu padre me dejó una
sustancial cantidad de dinero para manejar tu carrera hasta que cumplas los veinticuatro años. Es decir, hasta dentro de dos meses meses. Hasta entonces, yo estoy al
mando. Así que intenta no arruinar con tu actitud de diva lo que has construido todos estos años —repuso antes de girarse y abandonar el estudio.
Charlotte contuvo las ganas de abofetearlo. Era un presumido. ¿Cómo se atrevía a hablarle de esa manera?
—¡Magnífico! —exclamó Grange ajeno a los pensamientos que volaban por la cabeza de la tenista—. Vamos, Charlie, tesoro, tú eres la estrella. —Se giró
hacia su equipo—: A grabar, 3…2…1… ¡Acción!
***
Charlotte llegó a su penthouse, ubicado en una de las áreas más chic de Santa Mónica, California, con escalofríos. El chofer, Herman, le preguntó si necesitaba
algo de la farmacia, ella respondió que solo iba a acostarse un rato en la cama y que pronto estaría bien. Herman asintió y dejó parqueado el Rolls Royce Ghost de
cuatro puertas y transmisión automática, en el amplio garaje del edificio.
Con desgano, se quitó la liga del cabello y apoyó la frente en una de las paredes del elevador. El sonido de la puerta abriéndose fue como un martillazo en la
sien. Avanzó y sacó las llaves del bolso Hermès. Entró en su penthouse y lanzó al suelo la chaqueta, la liga, los zapatos, la bolsa y las llaves, sin miramientos.
Caminó hasta su habitación, que tenía una magnífica vista a la ciudad y el mar, cerró las cortinas. A duras penas se desnudó y consiguió darse una ducha
caliente. Salió envuelta en una toalla, agarró un vestido corto de dormir de la cajonera, y luego se metió bajo las sábanas.
Solo deseaba que se le pasara el malestar.
Cerró los ojos.
Dos horas más tarde estaba apoyaba en el inodoro vomitando. Se sentía débil y ardía en fiebre. Quería llamar a alguien, pero en ese momento no se le ocurría
nadie. Herman ya estaría durmiendo, y contactar a emergencias por algo que seguro era una pequeña indigestión no le apetecía. Odiaba crear escándalos y peor llamar la
atención más de lo que solía habitualmente al ser famosa.
Quince minutos después de haber dejado el alma en el inodoro, se cepilló los dientes y regresó a la cama dando tumbos. En el vuelo de regreso de Kuala
Lumpur apenas probó bocado. ¡Era primera clase por todos los cielos! No podían dar comida en mal estado con los precios ridículos que cobraban.
La próxima semana iba a comprarse un avión privado. Antes, tenía que ver si era capaz de sobrevivir sin dejarse la vida en el inodoro. Necesitaba a Tobby.
Su mejor amigo era un encanto, pero tendía a ser un poco melodramático. Quizá el ser padre soltero desde los veinte años le había cambiado la vida y la forma
de ver los riesgos… Al igual que le ocurrió a ella al cumplir esa edad, cuando su padre sucumbió al cáncer, y su madre se accidentó con un amante, dejándola huérfana.
Así que tenía que valerse por sí misma…
Dejó el teléfono a un lado. La hija de Tobby, Rosie, debía estar dormida. Ese fin de semana le tocaba a él cuidarla, porque la mamá de la pequeña, Clarissa,
estaba modelando en Los Ángeles. Charlotte no lograba entender por qué, si Tobby y su exnovia estaban enamorados, no podían intentar estar juntos. De acuerdo, el
hecho de que su amigo fuese mujeriego quizá tenía algo que ver en la ecuación.
Un bostezo escapó de sus labios.
Estaba segura de que en pocos minutos todo el dolor de cabeza y el escalofrío estarían en el recuerdo. Quería avanzar a la cocina para beber algo dulce, pero la
sola idea de llevarse algo a la boca que fuera alimento, o bebida de sabor alguno, le causaba arcadas.
Hizo un ejercicio de respiración hasta que se quedó adormecida.
No sabría cuánto tiempo habría pasado cuando el insistente modo en que tocaban el interfono la hizo gemir. Estaba segura de que ni una hora había pasado
desde que finalmente el sueño la venció.
Escondió la cabeza debajo de la almohada.
El ruido no cesaba. Y no cesaría, pensó de mala gana, porque tenía una conexión con el interfono principal desde su habitación. O se levantaba o iban a
reventársele los tímpanos.
Atontada y con escalofríos se puso de pie. Miró el reloj. ¡Doce de la mañana! Vaya, al parecer había dormido bastante, aunque su cuerpo no lo consideraba
suficiente. Fue al lavabo y se cepilló los dientes. El espejo le devolvio la imagen de una persona que parecía haber pasado la noche bajo un puente. El cabello alborotado
y las mejillas pálidas.
Arrastró los pies hasta la pequeña consola junto a la puerta de su habitación.
—¿Sí…? —preguntó con la voz somnolienta.
—Espero que faltar a tu entrenamiento no sea una forma de responder a mis exigencias para que cumplas tus contratos, Charlotte.
«Rexford… No podía aparecerse en peor momento.»
—¿No tienes otra víctima a la cual molestar? Estoy enferma. Ven otro día.
—Abre la puerta.
—No. —Le cerró el interfono y volvió a la cama.
Un minuto después escuchaba el seguro de la puerta de su penthouse abriéndose. Cerró los ojos y se maldijo por no haberle quitado la copia de la llave. Se la
había dado meses atrás cuando tuvo que viajar con el entranador suplente, August, porque Rex tenía una campaña de pre-temporada antes de iniciar la apertura de su
academia Deuce.
Rexford nunca había pasado más allá de la sala, el estudio central o la cocina de Charlotte. Usualmente se trataba de una visita breve para dejarle algún
contrato, avisarle de algo importante o simplemente porque se reunían a discutir temas vinculados a los próximos torneos.
Ahora estaba todo en silencio, y él tuvo tiempo de admirar a plena luz del día los alrededores. Charlotte tenía buen gusto. Predominaba el color azul en la casa.
El juego de sala era negro y la mesa de centro, blanca con un hermoso adorno de flores. Tenía una tarjeta. Se acercó.
Para una mujer hermosa por dentro y por fuera.
¡Felicidades por otro torneo ganado!
Te quieren,
Tobby y Rosie.
«El mejor amigo.» Volvió a dejar la tarjeta en su sitio. No tenía idea de dónde podría estar. Empezó a llamarla, pero no contestó. Era tan testaruda y rebelde.
Dios, lo sacaba de quicio. Y no precisamente por ser obcecada.
Avanzó por el corredor. Para ser un penthouse era muy grande. Claro, su mansión de BelAir era igual de magnífica, pero las proporciones por el concepto de
cada propiedad eran diferentes. Sin saber regresó sobre sus pasos y tomó una botella de Evian del frigorífico.
Revisó puerta por puerta con prudencia. Llamó varias veces a Charlotte, pero esta no respondió. «Será obcecada.» La última puerta a la izquierda estaba
cerrada. Era la única. Así que debía suponer que estaría ahí. Abrió sin miramientos.
—¿Charlotte? —preguntó abriendo la puerta. Encendió la luz.
—¡Márchate! —gimió ella desde la cama—. ¡Apaga esa maldita luz y sal de aquí de una buena vez, Rexford!
Al verla doblada sobre sí misma a un lado del colchón se acercó con rapidez. Estaba despeinada. Pálida y con ojeras. Se aferraba al edredón como si fuese lo
más valioso que tuviera alrededor.
—¿Qué tienes? —preguntó, inquieto. Le pasó la mano por la frente. Ardía en fiebre—. Dios, Charlotte, ¿por qué no me llamaste?
Ella lo miró con resentimiento. Tomó el edredón y se cubrió hasta la barbilla. No dejaba de temblar.
—Te dije ayer que me sentía mal, pero me obligaste a trabajar en el comercial. ¿O ya no lo recuerdas? —expresó con los dientes castañeándole.
Rexford se sintió culpable. Sin pensar mucho, le entregó la botella de agua y ella bebió con avidez.
Últimamente se mostraba más severo de lo habitual con ella, porque el momento en que tendría que decirle la verdad sobre la cláusula del testamento de
Guillaume Jenkins se acortaba.
El carácter de Charlotte era apasionado y tempestuoso. Dos cualidades que servían para ganar en la cancha, pero no para cumplir una cláusula arcaica y cuyo
incumplimiento le haría perder ochenta millones de dólares que su padre le dejó en herencia si cubría su última voluntad.
Guillaume había muerto tres años atrás de un cáncer muy agresivo. Meses antes de su deceso, su mujer, Rita, se accidentó mientras conducía con su amante
ocho años menor a ella, en una carrera callejera de automóviles en las afueras de California. Charlotte se quedó huérfana.
Los Jenkins eran muy amigos de su madre, y se conocían desde hacía muchos años. Cuando Teresse enviudó fue Rita un punto de apoyo muy importante.
Incluso se trasladó varios meses a San Francisco, de donde Rexford era oriundo, para confortar a su mejor amiga.
Durante una de esas raras visitas de Rexford a la casa de los Jenkins, Guillaume lo llamó a su despacho. El hombre era un roble y de carácter firme. Su única
debilidad era su hija. La niña de sus ojos.
—Rexford, sé que tienes cosas muy importantes por hacer en tu vida profesional, y tu madre y tú son como un miembro de la familia. Tú y mi hija no se
conocen mucho. Lo cual es comprensible, pues le llevas doce años y pasas viajando por tu trabajo. Charlotte tiene dieciocho años… es mi mundo… y yo estoy
enfermo. No sé cuánto tiempo más pueda durar.
—¿Y por qué estás contándome esto? —le había preguntado intrigado. En esa época tenía treinta años y le quedaban dos o cuatro antes de retirarse en la gloria
de su carrera, antes del temido declive que experimentaban muchos profesionales que empezaban con laureles y terminaban con lodo.
—Mi esposa me ha pedido que hable contigo. Ella no sabe que estoy enfermo. Solo le he dicho que me preocupa mi hija y su futuro profesional.
—Te escucho…
—El entrenador que tiene Charlie, ya sabes que así le decimos de cariño, es un mequetrefe. Mi hija es testaruda y quiere continuar con su método de trabajo
porque dice que la hace ganar. Eso no es cierto. ¡Ella es una ganadora por cuenta propia! Está desperdiciándose con un mal entrenador.
—¿No le pagas tú acaso?
Guillaume había negado con pesar.
—Mi hija gana el suficiente dinero para elegir a quien quiera… si algo me llegase a ocurrir, ¿podrías cuidar de ella?
—No tengo tiempo de hacer de niñero, Guillaume. Y no pretendo ofenderte con ello. Es una gran responsabilidad lo que me pides… Explícate mejor.
El hombre había apretado los labios. Una mezcla de frustración y orgullo.
—He redactado un testamento. Mi heredera es Charlotte. Obviamente. Pero tú eres una persona muy apreciada para esta familia. Sé que en un par de años vas
a retirarte del tenis. Cuando eso ocurra, ¿aceptarías recibir cinco millones de dólares anuales por hacerte cargo del entrenamiento de Charlie, cuando yo muera?

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Punto de quiebre (Match Point 3) – Kristel Ralston

—Es demasiado dinero y no sabes si acaso lo haré bien o como tú esperas que ella se desenvuelva en las canchas. Es una responsabilidad demasiado grande.
—¡Tonterías! No has llegado lejos y ganado tantos torneos sin adquirir experiencia

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