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Querido Caín – Ignacio García-Valiño

Querido Caín – Ignacio García-Valiño

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Resumen y Sinopsis De 

Querido Caín – Ignacio García-Valiño

Carlos Albert conducía satisfecho por las calles impolutas y tranquilas de La Moraleja, que discurrían entre jardines y mansiones como ríos por un vergel: villas,
palacetes defendidos por cercados alanceados y muros de boj podados con un concienzudo sentido de la simetría. Los niños jugaban en los columpios de los jardines
interiores, pero no se les veía; apenas nada trascendía a la calle de aquellas vidas intramuros; al exterior llegaban ecos, murmullos, movimientos con sordina, signos de
que había vida inteligente allá dentro. Los lustrosos tejados emergían de las copas frondosas, recogiendo la liquidez de la luz. Coral veía en todo ello una armonía
quirúrgica, la sugestión de habitar en un extraño archipiélago de islas aparentemente próximas entre sí, pero cuya distancia había que recorrer a nado en aquellas aguas
tranquilas y transparentes y pobladas de tiburones. Un archipiélago urbano presidido por una calma oceánica.
Se preguntaba si esa vida hogareña, familiar y confortable, ese intento de preservar a los hijos de cuanto acechaba en las calles, era realmente una garantía. Tal vez su
hijo echaba en falta un contacto con el mundo en su crudeza vibrante; si no un contacto directo, al menos a través de la tele. Los libros no lo habían hecho más humano.
Alzando la mano de su volante tapizado en piel, Albert saludó a un vecino que acababa de arrancar su coche. También la tarde era amable, algo calurosa para
principios de marzo; Carlos tenía el ánimo locuaz y le contaba a Coral los últimos planes de inversión en software de la empresa, que ella apenas escuchaba. Olía al
perfume Armani que ella le había regalado por su cumpleaños. Nunca parecía aburrirse. Él había nacido para esa clase de vida. Su felicidad se cifraba en regresar de un
día duro de trabajo y encontrarse la casa recogida, el mantel puesto para la cena y los niños esperándole para irse a acostar con un buenas noches, papá.
Pero Nico no esperaba a nadie. No le importaban las vidas de los demás, ni cuándo se iban, ni cuándo venían. Cumplía con las rutinas con abúlica obediencia, se
acostaba a su hora, leía en la cama las novelas que su madre le traía de la biblioteca o le compraba en el centro comercial. Pero nunca hablaba de ellas, más allá de
términos vagos. Ella le preguntaba por los héroes. Ulises le había parecido «un tío listo» y Hamlet, «un tarado que ve fantasmas». Después su hijo resolvió no hablar de
libros. Los leía en silencio y cuando los terminaba, dejaba en el salón los que eran para devolver, siempre dentro del plazo.
Absorta en su propia conjetura, al punto creyó vislumbrar una respuesta tranquilizadora sobre Nicolás. No se resignaba a aceptar que, a sus doce años, tuviera el
corazón de escarcha. Hizo por ver en su hijo un ser que está creciendo, y al que un excesivo pudor le impide manifestar apego o necesidades. No podía admitir que se
les escapaba, que desde antes de los diez años había emprendido una huida en solitario. Y no tenía intención de volver. Ahora la distancia hacía que pareciera un punto
en el horizonte.
«Debo ir tras él se decía. Él aún me necesita.»
¿En qué estás pensando, cariño? inquirió Carlos.
En nada.
¿En qué piensas cuando no piensas en nada?
¿De verdad quieres saberlo? En lo divertidísimos que son los cócteles de ejecutivos.
Carlos cabeceó sin disgusto.
Podías haberte quedado en casa, ya te lo dije.
No, no. Tal vez encuentre un yupi guapo y me lo ligue detrás de una cortina mientras tú discutes si es mejor invertir en bonos del Estado o en activos
inmobiliarios.
Carlos se echó a reír con una risa que desagradó a Coral.
A mí tampoco me divierten tus saraos de médicos. Os juntáis y no paráis de contar batallitas de quirófanos.
Puede que tengas razón, por eso voy sola.
Carlos dio un frenazo y giró en una maniobra brusca.
Pero ¿qué haces?
He entendido. Te devuelvo a casa. No quiero que vengas por compromiso.
Carlos, por favor, ya sabes que exagero. Podré soportarlo con unas copas de buen cava.
Carlos no parecía en absoluto ofendido.
¿Y lo del yupi guapo y las cortinas?
No te lo tomes al pie de la letra: no creo que las cortinas me oculten de tu vista.
Carlos sacudió la cabeza con guasa. Su mujer insistió aún en que le acompañaba, pero no lo hizo con suficiente convicción, y sí con argumentos endebles («Ya que me
he arreglado…»). En realidad, a Carlos le hacía mucha ilusión presentarse ante sus nuevos socios y colegas con su mujer, exhibiendo un mal disimulado orgullo por su
belleza y recabando con satisfacción comentarios elogiosos que él lo sabía no eran simples gentilezas. Y esto era precisamente lo que a ella le crispaba: su cometido
de mostrarse radiante y hermosa, discretamente coqueta, segura de sí misma, halagadora con la mirada pero cauta con las manos, hábil para hacer hablar y pronta para
callar, salvo cuando se trataba de dar la razón a su marido, requisito imprescindible para resultar agradable. Y es que aquellos cócteles eran conciliábulos exclusivamente
masculinos.
Habían salido hacía unos quince minutos y ya estaban de vuelta. Carlos frenó en seco: había un charco de sangre en la calzada, que continuaba en un reguero hacia la
casa. Brillaba bajo la luz ámbar de las farolas como si fuera aceite derramado. Coral tuvo un pálpito siniestro, una conmoción eléctrica que la sacudió desde la nuca. Saltó
del coche y se lanzó a la carrera, espoleada por la angustia.
La sangre continuaba a lo largo del porche y los escalones de la entrada, hasta la misma puerta.
¡Niños! clamó con voz ahogada, mientras abría la puerta con mano trémula.
Entró. El corazón se le salía por la boca. La sangre se extendía como un relámpago rojo por el vestíbulo y las escaleras hasta la primera planta. Rezumando pánico,
corrió a auxiliar a sus hijos, gritando sus nombres. Al final de la escalera vio salir a Araceli, asustada y confusa, de la habitación de Diana, a la derecha. La sangre seguía
dirección contraria, hacia el dormitorio principal. Araceli reparaba por primera vez en la sangre. «¿Cómo es posible que no sepa nada?», pensó Coral apartándola con
brusquedad para irrumpir en la habitación: Diana jugaba con sus muñecas y parecía del todo ajena. La abrazó, sollozando, un instante antes de salir y correr a la
habitación de al lado, donde Nico hacía los deberes, ajeno al griterío. También estaba ileso y tranquilo, y lo abrazó en medio del llanto.
Carlos Albert entró corriendo, unos segundos después. Estaba sobrecogido. Subió a zancadas las escaleras ensangrentadas; el rastro se bifurcaba hacia su dormitorio.
Oyó a su mujer y supo que los niños estaban a salvo en el ala izquierda; vio a Araceli, pálida ante el río rojo del suelo. Era ocioso preguntarle a ella. Evaluó con presteza
la situación. Había algo muy anómalo que le erizaba la piel. Ni Araceli ni los niños habían oído nada, ni podían explicar toda aquella sangre. Entonces, ¿quién diablos
había entrado en la casa y se había refugiado en su dormitorio? «Un hombre herido ha logrado entrar», pensó.
Tratando de aparentar calma, pidió a Araceli y a Coral que bajaran con los niños al sótano. Ellos entendieron sin necesidad de explicaciones. Araceli ahogó un grito.
Asustada, Diana preguntaba qué ocurría, pero a su madre no le dio tiempo ni a mirar: bajó corriendo con ella en los brazos. Araceli la siguió, agarrando del brazo a Nico,
que no opuso resistencia, ni tampoco mostró signo alguno de miedo. Carlos encontró el bate de béisbol en un armario del cuarto de Nico. Sopesó su solidez para
infundirse valor y se dirigió con él al dormitorio, despacio, apretando los dientes, siguiendo con mirada

Pages :109 mb

Tamaño de kindle ebook : 1,19 mb

Autor De La  novela : Ignacio García-Valiño

kindle ebooks Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Querido Caín – Ignacio García-Valiño

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