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Reapers and Bastards. Una antología- Joanna Wylde

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Resumen y Sinopsis De 

¡Aquí no cabes! masculló Erin, mirándome mal desde un hueco entre dos rocas.
Apreté los puños, deseando darle un puñetazo en la cara.
Este era mi escondite. Si no, se lo hubiera enseñado; porque jamás lo habría descubierto. En la lejanía, oí a los chicos gritar, y después a una chica. Llevábamos toda la
semana jugando al escondite, desde la parada del autobús hasta nuestras casas, aunque me parecía injusto que siempre nos tocara escondernos a nosotras. Por desgracia,
había cinco chicos y solo cuatro chicas, así que mandaban ellos.
Eres lo peor le espeté a Erin, y eché a andar hacia lo alto del cerro.
Que no me pidiera ayuda la próxima vez que tuviera problemas con Matemáticas.
Avanzar entre los árboles no era nada fácil. Después de un par de minutos ya estaba jadeando. No solo eso, sino que entre la pendiente pronunciada y los arbustos
que lo cubrían todo, seguro que hacía demasiado ruido al respirar. Maldita sea. Me había apostado cinco dólares con Boonie a que no me encontrarían antes de las cinco.
Si perdía, no tenía dinero para pagarle. Había sido una tonta, pero llevaba una temporada molestándome. Un par de semanas, de hecho.
Sabe dios lo que me obligaría a hacer si no le daba el dinero. Conociéndole, me haría comerme otro gusano. Seguro.
Conocí a Riley Boone cuando tenía cuatro años. Nos mudamos a Callup, Idaho, cuando mi padre se lastimó la espalda y tuvo que dejar el trabajo. La familia de
Boonie vivía al lado de nosotros. Cada tarde, al volver de la escuela, se bajaba del autobús amarillo como si fuera un rey. Durante la primera semana no me hizo ni caso,
hasta que lo impresioné trepando casi diez metros en el árbol que había detrás de su caravana. Hizo falta que vinieran los bomberos a bajarme, pero valió la pena solo
por ver el respeto en los ojos de aquel niño de cinco años. Aunque me entregó un gusano como premio a mi hazaña. Eso sí, me enamoré inmediatamente. A la mañana
siguiente me obligó a comerme el gusano, y nuestra relación ha sido complicada desde entonces.
Ocho años más tarde ya me metía en líos solo para impresionarlo.
Ya casi había recorrido la mitad de la pendiente, y la mochila me pesaba mucho. No era la primera vez que subía tan alto (joder, con los años ya había explorado cada
rincón del cañón), pero normalmente no me alejaba tanto a estas horas de la tarde. Era un riesgo. Si iba demasiado lejos, no volvería a tiempo de prepararle la cena a mi
padre.
No era una perspectiva agradable, no. Además, seguramente a Boonie no se le ocurriría buscarme arriba. Él se creía muy astuto, muy duro, pero yo también sabía lo
mío. Los gritos se iban desvaneciendo conforme seguía avanzando. La pendiente se volvía cada vez más pronunciada. En la distancia, el sonido de un riachuelo me
dedicaba una canción, y el sol ya apenas se filtraba entre las espesas ramas que me cubrían. Por todas partes crecían helechos, musgo y preciosas florecillas.
Pero esas plantas no son un buen escondite.
Entonces vi lo que necesitaba y sonreí. ¡Ahá! El tronco en sí no era demasiado grande, pero el árbol había caído de lado y había quedado atascado entre otros árboles,
creando una repisa natural en la pendiente.
Perfecto.
Trepé por el tronco, crucé al otro lado y lo recorrí hasta que encontré un pequeño matorral. Si me metía ahí abajo, sería completamente invisible.
Segundos después estaba tumbada bocabajo, en silencio, vigilando la pendiente desde mi escondite. De lo más satisfecha. Ya eran las cuatro y media. Treinta minutos
más y habría ganado. Ya era hora, porque últimamente parecía que Boonie siempre iba por delante de mí.
Esta vez no. ¡Ja!
Pero de repente vi que algo se agitaba y me quedé inmóvil. Miré a todas partes. Más ruido. Unas ramas se movieron a unos treinta metros a mi derecha. Había
alguien ahí abajo, seguro. Pero si no me movía, nadie me vería.
«No te muevas. No respires. No dejes que te gane.»
En ese momento una bota cayó sobre mi espalda y se me escapó un grito.
Hola, Darce dijo Boonie. Creo que he vuelto a ganar.
Mierda gruñí, apoyando mi frente sobre el tronco. ¿Cómo lo has hecho?
Te he estado siguiendo todo el rato. ¿Cuándo te darás cuenta? No me ganarás.
Aquello no merecía una respuesta, así que no me molesté en decir nada. En vez de eso, me apoyé en las manos, intentando levantarme, pero su pie me mantuvo
firmemente contra el suelo.
Joder, Boonie, ¿qué problema tienes?
Me debes cinco dólares. Ya puedes pagar.
Suspiré, preguntándome por qué diablos me había dejado provocar. Había llegado la hora de confesar.
No tengo dinero admití.
Boonie no dijo nada. Levantó la bota y me dejó libre. Mierda. ¿Pensaba seguir metiéndose conmigo?
Date la vuelta dijo.
Me tumbé de espaldas y lo miré, deseando con todas las fuerzas no haber abierto la boca. Nunca era buena idea cabrear a Boonie. Era el que se metía en más líos de
su curso. Y lo peor de todo: desde que el verano pasado pegó el estirón, empezaba a pasar el rato con los chicos mayores del complejo de caravanas. Ya medía un metro
ochenta. Se me ocurrió que ya no lo conocía tan bien como antes.
Solo nos llevábamos seis meses, pero yo no era más que una niña de Octavo.
Mierda.
¿Puedo levantarme?
Mis cinco dólares.
No los tengo admití, sintiéndome algo mareada.
Boonie se arrodilló junto a mí, con una sonrisa resabida.
Ya sabía que no los tenías.
¿Qué?
Le has pedido un dólar a Erin para comprarte una bebida, y ni loca dejarías dinero en casa. Tu padre te lo quitaría.
Vaya. Al parecer, Boonie sí que me conocía. Demasiado.
Me incorporé y nos miramos muy cerca, más de lo que me habría gustado. Una tensión extraña flotaba en el aire. Le conocía de toda la vida, pero en los últimos
meses había estado más distante. Ya no sabía cómo actuar con él, o qué decirle.
A Erin le gustaba Boonie; decía que era guapo. La verdad es que a mí también me lo parecía: tenía los rasgos muy marcados, el pelo negro, corto y con un punto
despeinado que me daba ganas de tocárselo, peinárselo con los dedos, apartárselo de la cara para verlo mejor.
Esto era una locura; no debería estar pensando esas cosas. Siempre habíamos alternado entre ser amigos y enemigos. Pero esto era distinto. Daba un poco de miedo.
Boonie levantó una mano y me acarició el pelo. Me encogí, sintiendo

Título: Reapers and Bastards. Una antología
Autores: Joanna Wylde
Formatos: PDF
Orden de autor: Wylde, Joanna
Orden de título: Reapers and Bastards. Una antología
Fecha: 07 ago 2016
uuid: 48c5698b-2e68-448e-87c8-1bb55ca85dec
id: 52
Modificado: 07 ago 2016
Tamaño: 1.38MB

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