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Relatos de una azafata – Luis Diaz

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Resumen y Sinopsis De 

Tuve una adolescencia tan normal, como la de las demás muchachas que nos levantamos en el mismo vecindario que bordeaba el aeropuerto de Crespo, como se le
llamó por un tiempo.
En mi niñez me gustaba ir a jugar donde mi padre pasó la mayoría de su vida: Era como un apartamento de un solo cuarto con tres pisos al que le decían “Torre de
Control”.
Yo subía por los peldaños de tubos de acero para observar cómo caían los aviones sobre la negra pista de asfalto; al no tener muñecas, esa fue mi única entretención
durante la infancia. Antes que compartir con mis amigas prefería subir y bajar las escaleras de tubo varias veces al día, hasta quedar exhausta.
Cuando en las charlas salía a colación el tema de los hijos que tenía mi padre, él le recordaba a mi madre tanto que se quejaba durante el embarazo por los saltos que
yo daba, tuvieron la corazonada de que cuando grande iba a ser una trapecista. Hasta le llegó el presentimiento de que nacería prematura y en las noches se encomendaba
a Dios para que no viniera al mundo antes de tiempo. Siempre tuvo temor a los partos prematuros porque decía que además de ser partos duros, al padre de la criatura
le daban las dudas de la infidelidad, haciendo realidad el dicho popular: “Después de un parto prematuro ni el hijo ni el matrimonio perdura”
Durante mi adolescencia, sin entender mucho, refutaba esa sentencia de mis progenitores, argumentando que para mí el parto es consecuencia del matrimonio y no
resultado de una creencia o una maldición.
Siempre que nacía un nuevo hijo en la familia, mi padre se encargaba de inspeccionarlo para encontrarle defectos: A uno de mis hermanos, por sus brazos largos, lo
comparó con el boxeador Pambelé; a mí, por zancona, me denominó “Piernas de rana.”
Desde que me llamó por ese apodo no volví a jugar en las escaleras de tubo, creyendo que ese ejercicio era culpable que se me hubiesen alargado los huesos de las
piernas.
Enterada que mi papá era original para fijar nombres. Le pregunté por qué me bautizó Estela. Su respuesta fue pausada:
“Fue una premonición que me nació al divisar con mi larga vista, desde la torre de control, la estela de humo que dejaban los motores de los primeros jet que
observé sobre el firmamento” – Desde ese momento entendí, que si las estelas son largas algo tendría que ver con mis piernas.
Continuando con el tema de los retoños, cierta vez mi padre me dijo: “Los hijos son un préstamo desde que nacen hasta que se valen por sí mismos, ahí es cuando
levantan vuelo y se van a vivir con los que no son de la familia”
Mi padre no escatimó en costearnos a los cuatro hijos los estudios en colegios de élite, las mujeres en el Colegio Femenino de la Presentación y los hombres en los
institutos de los Hermanos Maristas.
Para ese entonces, comenzaron a destruir conventos en los alrededores del sector amurallado para construir hoteles y yo pasé mi adolescencia en el colegio de
monjas.
Nuestra casa quedaba cerca al aeropuerto y el colegio estaba dentro del sector amurallado, cerca de la Torre del Reloj. La buseta que me transportaba me recogía de
primera y me dejaba de última. En ese paseo estuve desde la primaria hasta terminar el bachillerato. Siempre me avergonzó ser tan alta, me hacían muchas bromas, así
me di cuenta que mis hombros estaban por arriba de las cabezas de mis compañeras de clase. Participaba en los coros, en voleibol y basquetbol, y fui además la
abanderada del colegio en todos los desfiles y presentaciones, aunque mi único mérito para ello era mi estatura.
En mi familia el canto fue el entretenimiento favorito, pero como mi voz de niña era estridente y desafinada al máximo, cuando se trataba de cantar en casa, a mí me
mandaban a comprar las cervezas.
Claudia, la profesora de música, me aconsejó dejar el canto y dedicarme al violín. Me lo dijo en broma, pero resultó ser cierto. Por ese entonces, las monjas estaban
muy comprometidas con los coros para halagar al obispo y mantener en alto la calidad de la coral del colegio en las misas de pompa en la capilla de la congregación y en
la catedral; por ello, le dieron al canto la categoría de materia obligatoria y contrataron profesores de música y canto de primer nivel.
Así vine a entablar amistad con el profesor Renato Cassini, descendiente de las familias italianas que llegaron a Cartagena vía marítima con otros emigrantes
europeos, venían huyéndole a las crisis económicas que azotaban a Europa por la posguerra.
Yo le conté a mi mamá lo de las críticas que me..

Orden de autor: Luis, Díaz,
Orden de título: Relatos De Una Azafata (Spanish Edition)
Fecha: 14 ago 2016
uuid: 57b487c2-6f5d-47d1-8179-bb267fd2456d
id: 131
Modificado: 14 ago 2016
Tamaño: 1.43MB

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