---------------

Robar es fácil (Los misterios de Marion 2) – Amy Andersen

Robar es fácil (Los misterios de Marion 2) – Amy Andersen

Descripción

Descarga Gratis    El Libro De 

Robar es fácil Los misterios de Marion 2 – Amy Andersen

  Los ladridos de Whisky ahuyentaron a una pareja de gaviotas que con absoluta calma descansaban sobre la orilla de la playa. A regañadientes extendieron sus
alas y alzaron el vuelo soltando largos graznidos. Whisky meneó el rabo y miró a Marion, quien, correa en mano, sonría como si estuviera delante de un niño travieso.
—¡Deja tranquilas a las gaviotas! —dijo corriendo, divertida, detrás del perro, sintiendo la fina arena en la planta de sus pies. Whisky salió corriendo, entre
ladridos, hasta que ambos se cansaron. Bueno, más bien ella.
A Marion le encantaba caminar descalza sobre la orilla, pues le relajaba y le ayudaba a pensar. En verano se levantaba a eso de las siete y se marchaba con el
perro a disfrutar de una larga caminata. El sol acababa de despuntar por el horizonte iniciando su largo sendero hasta ocultarse entre las montañas, al finalizar el día.
«Es curioso, pero en realidad somos nosotros quienes nos estamos moviendo alrededor del sol», pensó Marion al tiempo que el agua lamía sus pies.
El aire era fresco, sin brisa, y deseó que el tiempo fuera así siempre. Ni un frío tremendo ni un calor sofocante, sino una temperatura agradable de la que disfrutar
siempre en Chippingville. En el punto medio está la virtud.
Así pues, todavía quedaban unas cuantas horas para que los turistas se apoderaran de cada centímetro cuadrado de arena como si fuera oro puro, armados con
sombrillas y protectores solares.
Con la mirada puesta en un velero que navegaba a unos doscientos metros de la orilla, el recuerdo de Glenn protagonizó sus pensamientos. La atracción que
envolvía a los dos, las mariposas en el estómago, las miradas ansiosas… Todo eso le hizo sentir viva hasta que el médico le reveló el motivo de su presencia en
Chippingville. Fue como un jarro de agua fría.
Marion evocó la escena en la que Glenn en la peluquería se lo contó todo. Sus palabras resonaban en un eco extraño en su cabeza. El médico le contó que si
estaba residiendo en el pueblo era porque huía de la ciudad. Su familia disfrutaba de una posición privilegiada gracias al trabajo de su padre, inversor. La vida social de
los Steel era muy agitada, siempre invitados a cualquier tipo de evento, agasajados en cualquier sitio gracias a que su padre había generado dinero para todos sus clientes
y estos le estaban muy agradecidos. No solo eso, además la consulta de Glenn, situada en una de las calles más relevantes, estaba siempre abarrotada. Los Steel estaban
en la cresta de la ola.
La caída fue dura. Y Marion recordó cómo Glenn agachó la cabeza al llegar a ese punto del relato. Un día la policía interrumpió su fiesta de cumpleaños en el
hotel más lujoso, con cientos de invitados, y preguntaron por su padre antes los incrédulos ojos de todos. Marion se imaginó lo descorazonador que sería para Glenn
observar a su padre arrestado y custodiado por la policía hasta el coche patrulla.
A raíz de la denuncia de uno de sus antiguos clientes, su padre había sido denunciado por estafa. Fue como si descorriesen una cortina delante de los ojos de
Glenn. Su padre, su héroe, se había revelado como un criminal que había actuado sin escrúpulos al jugar con los ahorros de cientos de inversores, mucho de ellos gente
modesta que había confiado en él. En realidad, nunca existió una fórmula secreta, sino que todo era una estafa piramidal. El dinero de los nuevos clientes servía para
abonar las ganancias de los antiguos.
Glenn le contó cómo se sintió los días siguientes. Avergonzado hasta la médula, a pesar de que nunca tuvo conocimiento del delito, no salió de la casa durante
una semana. Ni quisiera acompañó a su madre a visitar a su padre a la cárcel. Fue como si su padre hubiera muerto para él. Y durante muchos meses la sombra de su
padre le acompañaba a todas partes. Allí donde antes era acogido con sonrisas y abrazos, era recibido con insultos y amenazas.
Un día decidió que no podía aguantar más y que necesitaba empezar de cero, así que eligió Chippingville para construir una nueva vida con sus propias manos,
no con las de su familia.
Al terminar el relato, Marion quedó impresionada y consternada al mismo tiempo. Ante él estaba un hombre con una herida abierta, compartiendo con ella algo
muy íntimo, y eso lo valoraba, pero, por otro lado, se trataba del hijo de un estafador. «¿Cómo se supone que debo reaccionar?», pensaba Marion aquella mañana de
verano. Si había algo que le disgustaba en la vida era la injusticia, y solo de pensar en que los ahorros de personas honradas y trabajadoras se habían evaporada por obra
de un hombre sin escrúpulos, le enfurecía.
Se sentía atraída por Glenn desde el primer momento que sus ojos repararon en él, pero no podía quitarse de la cabeza lo que había hecho su padre. Agradecía la
honestidad de Glenn por confesarle su pasado, pero ella pensaba que había sido una señal de alarma. «Como un no te enamores porque puede ser peligroso. Sois dos
personas de contextos diferentes. Nunca funcionará». Marion estaba sumida en un mar de dudas.
Después de desayunar en casa y vestirse para el trabajo, como un martes cualquiera, se dirigió a abrir la peluquería. Nada más llegar junto a su perro, frunció el
ceño al reparar en la ausencia de Ruth. Ella siempre era puntual como un reloj suizo. Abrió la persiana metálica, inspeccionó que todo estuviese en orden y llamó a Ruth
desde el teléfono fijo del mostrador.
—¡Marion! —dijo nada más descolgar, alterada—. Estaba a punto de llamarte, de hecho tenía el teléfono en la mano para…
—¿Qué ocurre, Ruth? —preguntó Marion con un nudo en el estómago. Intuía que algo andaba mal.
—¡Han detenido a Andy! —exclamó con desesperación.
Marion se quedó atónita. El novio de Ruth era un amor de hombre, incapaz de matar una mosca.
—¿Qué ha pasado?
Ruth tragó saliva.
—Lo acusan de robar en su propia tienda. No me ha contado nada más, pero ahora mismo me estoy preparando para ir a verle. Me ha llamado hace diez
minutos. Estoy tan nerviosa… —dijo con voz frágil.
—Ven a recogerme. Vamos a ir juntas a verle y así nos enteramos bien de lo qué ha sucedido.
—Qué mal lo tiene que estar pasando —se lamentó Ruth.
Al colgar, Marion llamó a las clientas que tenían cita y las reubicó por la tarde. Respiró hondo y miró a Whisky, quien la miraba con expresión sorprendida.
—Yo tampoco sé lo que ha pasado, pero lo averiguaremos.

Capítulo 2
La comisaría de Chippingville estaba situada en la periferia, en una nueva y moderna construcción, pues las antiguas instalaciones se habían quedado anticuadas.
El ayuntamiento optó por otorgar más facilidades y comodidad a la policía, a pesar de las protestas de una parte importante de los lugareños, que preferían la comisaría
donde siempre había estado: en el centro.
La fachada era blanca con algún toque de azul turquesa que combinaba bien con el ambiente marítimo que impregnaba el pueblo. En frente de la entrada se
extendía una pequeña plaza que ayudaba a restar seriedad al edificio, que era como un inmenso bloque de cemento.
Cuando Marion y Ruth llegaron a toda prisa, inmediatamente se dirigieron al mostrador de información. Parker, el policía, conocía a ambas mujeres, por lo que
no se extrañó al verlas, ya que sabía que Andy Cole había sido detenido. Antes de que pudieran abrir la boca, el policía llamó a su superior, Carter Fox, con el fin de que
autorizara una visita al detenido.
—De acuerdo, jefe —dijo después de unos segundos, y colgó sin decir nada más.
—Podéis verle durante veinte minutos —dijo el policía en un tono lleno de amabilidad—. Yo mismo os acompañaré.
El policía rodeó el mostrador y enfiló hacia unos de los pasillos.
—Gracias, Parker —dijo Marion.
—De nada. Eso sí, cuando terminéis, avisadme —pidió Parker.
—Descuida —dijo Marion.
Ruth caminaba en silencio con los brazos cruzados y el rostro serio. Ella que siempre emanaba una energía contagiosa, se veía apagada. Marion pensó que por su
cabeza debían pasar miles de cosas.
Parker metió las llaves en una reluciente puerta de hierro llena de gruesos tornillos. Ambas entraron en el pasillo, expectantes. Ante ellas, se desplegaban
numerosas celdas.
—¡Andy! —exclamó Ruth nada más ver a su novio dentro de una de ellas.
El joven se levantó como un resorte de un banco de metal que recorría toda la pared de la celda. Era espigado, con un flequillo oscuro que llegaba hasta las cejas y
un hoyuelo en la barbilla. Una luminosa sonrisa se dibujó en su rostro. Vestía una camiseta verde con el logotipo de una banda de rock, del que Marion no sabía
demasiado.
Antes de que Parker abriera la celda, Ruth se acercó hasta los barrotes para entrelazar sus manos con las de su novio. Ambos se miraban con una mezcla de amor
rebosante y extrema desesperación.
—Recordad, veinte minutos —dijo Parker regresando a su puesto detrás del mostrador.
Sin los barrotes de por medio, Andy y Ruth se fundieron en un cálido abrazo que hubiera derretido a un iceberg. Después Andy saludó a Marion con un beso en
la mejilla. En la expresión se apreciaba una gran amargura. Estar en la cárcel no es un plato de buen gusto para nadie.

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 

—¿Estás bien? —preguntó Ruth mirándole de arriba a abajo.
—Sí, sí, dentro de lo que cabe. Gracias por venir —respondió Andy.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Marion—. La policía dice que has robado en tu tienda… Que han encontrado en tu casa una caja con teléfonos y tablets.
Los tres tomaron asiento en el frío asiento del banco. No había nadie más con ellos, así que podían hablar con total libertad.
—Pero eso no es verdad, ¿a que no? —dijo Ruth sin soltar las manos de Andy.
—¡Por supuesto que no! ¡No soy un ladrón! —exclamó, ofendido—. Además, nunca haría nada malo a Trevor. Él fue quien me dio el trabajo, jamás le
traicionaría de esa forma ni de ninguna.
—Cuéntanos todo desde el principio, Andy —pidió Marion.
Andy dejó escapar un suspiro mientras alzaba los brazos, confundido. La indignación había dado paso a un estado de suma perplejidad. «Verse privado de
libertad debe ser una sensación horrible», pensó Marion.
—Anoche estaba en casa contigo —dijo mirando a Ruth—, terminamos de cenar y te llevé a tu casa.
—Sí, es verdad —corroboró Ruth.
—Cuando regresé, me fui directo a la cama. El día había sido duro en la tienda y estaba agotado. A la mañana siguiente, temprano Georgia vino a casa para
pagarme unas horas extras que me debían, y cuando estábamos en el salón se fijó en una pequeña caja que estaba en un rincón. ¡Yo nunca la había visto! Extrañada, se
levantó y al abrirla estaba llena de tabletas y teléfonos móviles de la tienda. ¡Te juro que no los había visto en mi vida! —exclamó mirando a Ruth y a Marion—.
Georgia enseguida llamó a la policía diciendo que yo les había robado mercancía de la tienda. Después pasó lo que ya sabéis, vino la policía, me arrestó y me trajo hasta
aquí. ¡Soy inocente! ¡Lo juro! Alguien debió poner esa maldita caja en mi casa.
—Tranquilo, cariño, saldremos de esta —dijo Ruth apretando con fuerza la mano que sujetaba la de Andy.
—¿Cómo sabía tu jefa que las tabletas y teléfonos eran de la tienda? —preguntó Marion.
—La caja tenía impreso el logotipo de la tienda, y en algunos teléfonos estaban puestos los precios, que también tienen el logo de la tienda.
—¿Y Trevor qué dice? Siempre te has llevado muy bien con él —dijo Ruth.
—¿Trevor? —preguntó Marion.
—Es el marido de Georgia, los dos llevan la tienda —respondió Andy—. De Trevor aún no sé nada, no sé qué pensará sobre todo esto. Espero que tampoco se
lo crea. Alguien ha tenido que poner esa caja durante la noche, mientras dormía. Como hace calor, suelo dejar un poco abierta la puerta del jardín, ¡por ahí se metió
alguien a anoche!
La veracidad de las palabras de Andy era algo incuestionable para Marion. Le conocía desde hacía tiempo. Se trataba de un buen muchacho, honrado y
trabajador. A todas luces, incapaz de cometer un robo.
—Andy, es importante que respondas a esta pregunta, ¿quién se beneficia de que estés en la cárcel?
El joven se quedó en silencio unos instantes. No se oía ni el vuelo de una mosca. Marion y Ruth lo miraban expectantes, pues su respuesta arrojaría la primera
pista.

Robar es fácil (Los misterios de Marion 2) – Amy Andersen

—Nadie. No tengo problemas con nadie. Siempre me he llevado bien con todo el mundo —respondió Andy.
—Eso es verdad —confirmó Ruth.
Marion expresó un gesto de contrariedad con la boca. La tarea no resultaría sencilla, pero había que sacar a un inocente de la cárcel.

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Leer en Online Robar es fácil (Los misterios de Marion 2) – Amy Andersen

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------