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Romano – Alex García

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Resumen y Sinopsis De 

Romano – Alex García

Hoy me arriesgo a verla de nuevo. Pensé que nunca más volvería a torturarme su mirada desafiante. Me daña, se parece demasiado a la de Servia. Sin embargo, es
tan embriagador este sufrimiento que me siento impotente para luchar contra él. ¿Por qué, si no, habría de ofrecer a Caesar la opción de abrigar nuestras monturas en la
cuadra de mi buen amigo Titus? Convencerlo era tan sencillo que sólo tuve que alegar motivos de seguridad. Paseando por Asta Regia a caballo y sobresaliendo por
encima de las cabezas de la plebe, se convertiría en un objetivo asequible para sus detractores. Confía ciegamente en mi criterio y no me supuso el menor problema
fomentar un nuevo encuentro con ella. Tenía que limitarme a entrar en la domus [2] Valeria para enfrentarme a la ardua labor de convencer a Titus. Quizás por el
prestigio que le supondría servir al cónsul, apenas me supuso esfuerzo alguno.
Todo perfecto, excepto mi razón. Jamás pensé que volvería a extrañar a mujer alguna, pero lo hice. Tanto control como me asiste en el campo de batalla y no fui
capaz de recordar que ella regenta la taberna[3] de mi buen amigo. Habría sido muy arriesgado pasear al cónsul por una calle tan transitada con el único propósito de
saciar mis ganas de volver a verla. Por eso decidí mostrarle el foro y algunas de las calles más amplias, en donde resultaba más sencillo mantener el dispositivo de
seguridad.
Ahora, una vez superada la fase más problemática, por fin puedo relajarme en este remanso de paz. Ardua tarea, siendo incapaz de eliminar a esa mujer de mi
cabeza. Lo cierto es que jamás habría imaginado que una urbe perdida en los confines de la República contara con unas termas tan espaciosas. No han de vivir más de
dos mil personas en Asta Regia, lo cual resulta sorprendente, si atendemos a la majestuosidad de sus edificaciones. Como siempre que se encuentra distendido, Iulius no
deja pasar la oportunidad de esparcimiento que le ofrecen las termas.
Y aquí nos encontramos, en compañía de un Caesar muy relajado, divirtiendo a sus interesados aduladores con sus incuestionables ocurrencias. Mientras tanto,
yo me mantengo ausente porque no me siento capaz de eliminar de mis pensamientos a esa maldita esclava. Oigo hablar al cónsul, pero no le dedico mi atención. La
mayoría de sus bromas suelen guardar una estrecha relación con su virilidad. Asegura que no hay mujer en la República que se le resista y no le falta parte de razón.
A aquella apunta con sus palabras, además de con su libidinosa mirada, tan delgada como se pasea ante nuestros ojos, sería capaz de traspasarla
anticipa convencido antes de hacer una pausa, ¡con mi gladius[4] más preciado y poderoso!
Todos ríen la gracia con grotescas carcajadas a la vez que se giran para mirar a la muchacha, incluyendo a los dos senadores y al tribuno que nos acompañan. Yo,
por no parecer descortés y aunque tengo la cabeza en otro lugar, en otra mujer, me vuelvo también. Y el corazón que durante tanto tiempo creí muerto dispara sus
pulsaciones de forma alocada. ¡Es ella! ¿Qué hace aquí?
Procuro recuperar mi temple habitual y actuar con cordura. No puedo mostrar el menor síntoma de debilidad entre quienes tan buen concepto tienen de mí, de su
primus pilus, el primer centurión de la República.
La conozco aseguro procurando mantener una entonación casi inhumana. Se trata de la esclava de mi amigo Titus, quien tan dispuesto se ofreció a dar
cobijo a nuestros corceles.
De eso hablaba, querido Atellus[5] se dirige a mí el cónsul. Sería una yegua interesante para que la montara un pura sangre como yo.
Las nuevas carcajadas de nuestros acompañantes consiguen encender un inexplicable fuego en mi interior. A pesar de que debo defender con mi vida la del
chistoso que me observa muerto de risa, me asaltan unas ganas irracionales de arrancársela de cuajo con mis propias manos. Pierdo el control y una voz que no domino
habla por mí.
Es peligrosa advierto sin dejar de mirarla, verificando que no se ha percatado de nuestra presencia cuando posa su cabeza en el frío mármol y permite que la
calidez del agua acaricie un cuerpo que me enloquece. Se convirtió en esclava cuando intentaron violarla miento por primera vez en muchos años. Cercenó la
polla de su agresor con sus propios dientes.
El silencio que sigue a mis palabras evidencia que mi mentira ha surtido efecto. Caesar se muestra pensativo durante unos instantes y todos permanecemos
expectantes mientras tanto. Espero que se olvide de ella para poder recuperar mi temple.
Sí que parece peligrosa entonces. Imagino que tendrá que ser domesticada por alguien acostumbrado a convivir con el peligro, alguien que no tema a la muerte.
Me has convencido, Atellus. Por eso y por tus indudables dotes de mando, he decidido premiarte. Puedes follártela cuando quieras. ¡Te la regalo!
Todos vuelven a soltar sus estridentes carcajadas a la vez que yo sonrío. Más por haber asesinado su interés en la esclava que por su gracia.
La miro muy serio, casi enfadado con ella porque haya hecho uso de las termas, de la misma forma que centenares de miles de personas en la República. Pero ella
es diferente desde el momento en el que altera mis sentidos. Me enerva y me atrae de la misma forma su actitud desafiante. Cualquier otra mujer podría sentirse violenta
con nuestro escrutinio. Sin embargo, ella parece disfrutar desafiándonos con su sonrisa y su cabeza bien alta. Incluso me hace reír la osadía que exhibe.
Una vez nos ha demostrado que no se arruga ante nadie, decide deleitarnos con la maravillosa visión de un cuerpo esculpido por la mismísima Venus [6]. Emerge
del agua como una diosa, vestida de blanco y consiguiendo que el reflejo del sol decadente le regale un brillo embriagador sobre la tersura de su piel.
¡Dioses, ahora mismo me acercaría a ella y me la follaría hasta quedar exhausto!
¿Por qué me pasa esto?
¡Oh, Servia! Perdóname por no saber controlar mis impulsos, pero sabes tan bien como yo que me resulta imposible. Estás dentro de mí. Ahí permaneces desde
el día en el que te perdí, velando por mí como yo no hice contigo. Por eso debes saber que esa maldita esclava consigue de mí lo que no fui capaz de entregarte a ti, un
deseo irracional. Mas debes entender que lo nuestro era diferente. Por esa africana sería incapaz de sentir en una vida lo mismo que por ti en cada suspiro.
¿A dónde va? ¡Se dirige en dirección contraria a la salida! Ha cogido una prenda que dejó en un banco y se marcha hacia aquella puerta cuya estancia parece
albergar un incendio. Quizás se trate de una de las novedosas salas del vapor, de las que todos hablan. En la capital no existía tal invento cuando la visité por última vez.
Sería interesante poder descubrirlo, aunque debo pensar con la cabeza y no con la polla. ¡Es ella la que me atrae y no la maldita sala! Pero no puedo ir hacia allí. Aunque
estaban enfrascados ya en una nueva discusión política cuando ella se marchó, sería muy sospechoso que yo los dejara y me fuera solo hacia aquel foco de niebla
artificial. ¡Pero debo ir allí! Tengo que volver a verla porque no sé cuándo volveremos a Roma. Me ha sonreído, sé que le gusto. Quizás no tenga mejor ocasión para
preparar el terreno. Tengo la sensación de que me arrepentiré durante mucho tiempo si no poseo a esa mujer antes de volver a casa.
¿No estás a gusto, Atellus? me pregunta Caesar al advertir que me pongo en pie con la idea no reflexionada de abandonar la piscina.
Yo… No he pensado en ninguna excusa. He podido observar el vapor que sale por aquella puerta y he pensado que puede tratarse de una de esas salas de
las que tanto se habla. Quizás le interese disfrutar de ella, para lo cual debo verificar antes que es segura. Ni yo mismo me creo la mentira que acaba de inventar mi
cabeza, saturada como se encuentra por la imagen de esa mujer.
Me sirvo de la toalla que me ofrece un esclavo para secarme con la urgencia y la insensatez que mi deseo imprime a mis acciones. Camino hacia el origen de los
vapores sin volver la vista atrás, dando por sentado que Iulius me ha creído. Al cuadrarme frente a las tinieblas de la estancia, resoplo con fuerza y me adentro sin
pensarlo. Esa mujer debe de haberme hechizado con algún tipo de conjuro que no me permite apenas pensar cuando la veo o pienso en ella. Me cruzo con dos

Pages : 156

Autor : Alex García

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Romano – Alex García

ciudadanos y no hago el menor gesto de saludar o siquiera mirarles. En condiciones normales tampoco lo haría. Mucho menos hoy, que sólo hay lugar en mi cabeza para
un pensamiento, para un deseo.
Intento acostumbrar mis oj

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