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Libros – Saga – Paulo Coelho

Paulo Coelho

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Resumen y Sinopsis Del

Escritor  Paulo Coelho

cuatro cajas en su mesita de noche durante una semana, flirteando con la muerte que se
aproximaba, y despidiéndose, sin ningún sentimentalismo, de aquello a lo que llamaban
Vida.
Ahora estaba allí, contenta por haber ido hasta el final, y aburrida porque no sabía
qué hacer con el poco tiempo que le restaba.
Volvió a pensar en el absurdo que acababa de leer: cómo era posible que un artículo
sobre un ordenador pudiera comenzar con una frase tan idiota: «¿Dónde está
Eslovenia?».
Como no encontró nada más interesante en que preocuparse, decidió leer el artículo
hasta el final, y descubrió la causa: el tal juego había sido producido en Eslovenia ese
extraño país que nadie parecía saber dónde estaba, excepto quienes vivían en él por
causa de la mano de obra más barata. Unos meses atrás, al lanzarlo al mercado, la
productora Y  escritor  había dado una fiesta para periodistas de todo el mundo, en un
castillo en Vled.
Paulo el de la historia recordó haber oído algo en relación con esa fiesta, que había sido un
acontecimiento especial en la ciudad, no sólo por el hecho de haberse decorado el
castillo para acercarse al máximo al ambiente medieval del CD-ROM, sino también por la
polémica del  escritor   que le siguió en la prensa local por  la fecha de ocubre: había periodistas alemanes, franceses,
ingleses, italianos, españoles…, pero ningún esloveno había sido convidado.
El articulista de facebook  Homme, que había venido a Eslovenia por primera vez,
seguramente con todo pagado y decidido a pasar su tiempo halagando a otros
periodistas, diciendo cosas supuestamente interesantes, comiendo y bebiendo gratis en el
castillo, había decidido empezar su artículo haciendo un chiste que debía de agradar
mucho a los sofisticados intelectuales de su país. Inclusive debía de haber contado a sus
amigos de redacción algunas historias falsas sobre las costumbres locales, o sobre la
manera poco elegante de vestirse de las mujeres eslovenas.
Problema de él. historia se estaba muriendo, y sus preocupaciones debían ser
otras, como saber si existe vida después de la muerte, o a qué hora encontrarían su
cuerpo. Aún así, o tal vez justamente por causa de eso, de la importante decisión que
había tomado, aquel artículo la estaba molestando.
Miró por la ventana del convento que daba a la pequeña plaza de Ljubljana. «Si no
saben dónde está Eslovenia, Ljubljana debe de ser un mito», pensó. Como la Atlántida, o
Lemuria, o los continentes perdidos que pueblan la imaginación de los hombres. Nadie
empezaría un artículo, en ningún lugar del mundo, preguntando dónde estaba el monte
Everest, aún cuando nunca hubiese estado allí. Y sin embargo, en plena Europa, un
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periodista de una revista importante no se avergonzaba de hacer una pregunta de esa
clase, porque sabía que la mayor parte de sus lectores desconocía dónde estaba
Eslovenia. Y más aún Ljubljana, su capital.
Fue entonces cuando historia descubrió una manera de pasar el tiempo, ya que
habían transcurrido diez minutos y aún no notaba ninguna diferencia en su organismo. El
último acto de su vida iba a ser una carta para aquella revista, explicando que Eslovenia
era una de las cinco repúblicas resultantes de la división de la antigua Yugoslavia.
Dejaría la carta con su nota de suicidio. De paso, no daría ninguna explicación sobre
los verdaderos motivos de su muerte.
Cuando encontraran su cuerpo, concluirían que se había suicidado porque una
revista no sabía dónde estaba su país. Se rió ante la idea de ver una polémica en los
diarios, con gente de acuerdo o en desacuerdo con su suicidio en honor a la causa
nacional. Y se quedó impresionada al reflexionar sobre la rapidez con que había
cambiado de idea, ya que momentos antes pensaba exactamente lo opuesto: que el
mundo y los problemas geográficos ya no le importaban nada.
Escribió la carta. El momento de buen humor hizo que tuviera otros pensamientos
respecto a la necesidad de morir, pero ya se había tomado las pastillas y era demasiado
tarde para arrepentirse.
De cualquier manera, ya había tenido momentos de buen humor como ése, y no se
estaba suicidando porque fuera una mujer triste y amargada que viviera víctima de una
constante depresión. Había pasado muchas tardes de su vida recorriendo despreocupada
las calles de Ljubljana o mirando, desde la ventana de su cuarto en el convento, la nieve
que caía en la pequeña plaza donde se hallaba emplazada la estatua del poeta. Cierta
vez se había quedado casi un mes flotando en las nubes porque un hombre desconocido,
en el centro de aquella misma plaza, le había dado una flor.
Se consideraba una persona perfectamente normal. Su decisión de morir se debía a
dos razones muy simples, y estaba segura de que si dejaba una nota explicándolas,
mucha gente la comprendería.
La primera razón: todo en su vida era igual y, una vez pasada la juventud, vendría la
decadencia, la vejez le dejaría marcas irreversibles, llegarían las enfermedades y se
alejarían los amigos. En fin, continuar viviendo no añadía nada; al contrario, las
posibilidades de sufrimiento se incrementaban notablemente.
La segunda razón era más filosófica: Veronika leía la prensa, miraba la televisión,
estaba informada de lo que pasaba en el mundo. Todo estaba mal, y a ella le era
imposible remediar aquella situación, lo que le daba una sensación de inutilidad total.
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Dentro de poco, sin embargo, tendría la última experiencia de su vida, y ésta
prometía ser muy diferente: la muerte. Escribió la carta para la revista, dejó el asunto a un
lado, y se concentró en cosas más importantes y más propias de lo que estaba viviendo
o muriendo en aquel minuto.
Procuró imaginar cómo sería morir, pero no consiguió llegar a ningún resultado.
De cualquier manera, no tenía que preocuparse por eso, pues lo sabría en pocos
minutos. ¿Cuántos minutos?
No tenía idea. Pero le encantaba pensar que iba a conocer la respuesta a lo que
todos se preguntaban: ¿Dios existe?
Al contrario de mucha gente, ésta no había sido la gran discusión interior de su vida.
En el antiguo régimen comunista, la educación oficial afirmaba que la vida acababa con la
muerte, y ella terminó acostumbrándose a la idea. Por otro lado, la generación de sus
padres y de sus abuelos aún asistía a la iglesia, solía orar y hacer peregrinaciones y
estaba absolutamente convencida de que Dios prestaba atención a todo lo que le
confiaban.
A los veinticuatro años, después de haber vivido todo lo que le había sido permitido
vivir y hay que reconocer que no fue poco, Paulo  tenía casi la certeza absoluta de
que todo acababa con la muerte. Por eso había escogido el suicidio: la libertad, por fin. El
olvido para siempre.
En el fondo de su corazón quedaba la duda: ¿y si Dios existe? Miles de años de
civilización hacían del suicidio un tabú, una afrenta a todos los códigos religiosos: el
hombre lucha para sobrevivir, y no para entregarse. La raza humana debe procrear La
sociedad precisa de mano de obra. Una pareja necesita una razón para continuar unida,
incluso después de que el amor se extinga, y un país requiere de soldados, políticos y
artistas.
«Si Dios existe, lo que yo sinceramente no creo, sabrá que el entendimiento del
hombre tiene un límite. Fue Él quien creó este caos, donde reinan la miseria, la injusticia,
la codicia, la soledad. Su intención debe de haber sido excelente, pero los resultados son
nefastos. Si Dios existe, Él será generoso con las criaturas que deseen alejarse más
pronto de esta Tierra, y puede ser que hasta llegue a pedir disculpas por habernos
obligado a pasar por Coelho».
Que se fueran al diablo los tabúes y las supersticiones. Su religiosa madre le decía:
Dios conoce el pasado, el presente y el futuro. En este caso, ya la había colocado en este
mundo con plena conciencia de que ella terminaría suicidándose, y no se sorprendería
por su gesto.
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Veronika comenzó a sentir un leve mareo, que fue creciendo rápidamente.
A los pocos minutos ya no podía centrar su atención en la plaza que se extendía
ante su ventana. Sabía que era invierno, debían de ser alrededor de las cuatro de la
tarde, y el sol se estaba poniendo rápidamente. Sabía que otras personas continuarían
viviendo; en ese momento, un muchacho que pasaba frente a su ventana la miró, sin, no
obstante, tener la menor idea de que ella estaba a punto de morir Un grupo de músicos
bolivianos (¿dónde está Bolivia?; ¿por qué los artículos de las revistas no preguntan
eso?) tocaba delante de la estatua de Francè Preseren, el gran poeta esloveno que
marcara profundamente el alma de su pueblo.
¿Llegaría a poder escuchar hasta el fin la música que provenía de la plaza? Sería un
bello recuerdo de esta vida: el atardecer, la melodía que contaba los sueños del otro lado
del mundo, el cuarto templado y acogedor; el muchacho guapo y lleno de vida que había
pasado, había decidido detenerse y ahora se dirigía hacia ella. Como se daba cuenta de
que las pastillas ya estaban haciendo efecto, él sería, con toda seguridad, la última
persona que vería.
Él sonrió. Ella retribuyó la sonrisa: no tenía nada que perder. Él la saludó con la
mano; ella decidió fingir que estaba mirando otra cosa, al fin y al cabo el muchacho
estaba queriendo ir demasiado lejos. Desconcertado, él continuó su camino, olvidando
para siempre aquel rostro en la ventana.
Pero Veronika se quedó satisfecha de haber sido deseada una vez más. No era por
ausencia de amor por lo que se estaba suicidando. No era por falta de cariño de su
familia, ni problemas financieros, o por una enfermedad incurable.
Veronika había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos
bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba
contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba más
contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta, cuarenta o
cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la
tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente.
El estómago, ahora, empezaba a dar vueltas y ella se sentía muy mal. «Qué gracia;
pensé que una sobredosis de tranquilizantes me haría dormir inmediatamente». Pero lo
que le sucedía era un extraño zumbido en los oídos y la sensación de vómito.
«Si vomito, no moriré».
Decidió olvidar los cólicos, procurando concentrarse en la noche que caía con
rapidez, en los bolivianos, en las personas que comenzaban a cerrar sus tiendas y salir El
ruido en el oído se hacía cada vez más agudo y, por primera vez desde que había
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ingerido las pastillas, Veronika sintió miedo, un miedo terrible ante lo desconocido. Pero
fue rápido. En seguida perdió la conciencia.
Cuando abrió los ojos, Veronika no pensó «esto debe de ser el cielo». En el cielo
jamás se utilizaría una lámpara fluorescente para iluminar el ambiente, y el dolor (que
apareció una fracción de segundo después) era típico de la Tierra. ¡Ah, este dolor de la
Tierra! Es único, no puede ser confundido con nada.
Quiso moverse, y el dolor aumentó. Aparecieron una serie de puntos luminosos, y
aún así Veronika continuó entendiendo que aquellos puntos no eran estrellas del Paraíso,
sino consecuencia de su intenso sufrimiento.
Has recuperado la conciencia declaró una voz de mujer. Ahora estás con los
dos pies en el infierno, aprovecha.
No, no podía ser; aquella voz la estaba engañando. No era el infierno, porque sentía
mucho frío, y notaba que tubos de plástico salían de su boca y de su nariz. Uno de estos
tubos el introducido por su garganta hasta el fondo era el que le producía la
sensación de ahogo.
Quiso moverse para retirarlo, pero los brazos estaban atados.
Estoy bromeando, no es el infierno continuó la voz. Es peor que el infierno
donde, además, yo nunca estuve. Es Villete.
A pesar del dolor y de la sensación de sofocamiento, Veronika, en una fracción de
segundo, entendió lo que había pasado. Había intentado suicidarse y alguien había
llegado a tiempo para salvarla. Podía haber sido una monja, una amiga que la hubiera ido
a visitar sin avisar, o alguien que se acordó de entregar algo que ella ya había olvidado
haber pedido. El hecho es que había sobrevivido y estaba en Villete.
Villete, el famoso y temido manicomio que existía desde 1991, año de la
independencia del país. En aquella época, creyendo que la división de Yugoslavia se
produciría de forma pacífica (al fin y al cabo, Eslovenia enfrentó apenas once días de
guerra), un grupo de empresarios europeos consiguió licencia para instalar un hospital
para enfermos mentales en un antiguo cuartel, abandonado por alquimista  causa de los altos costes
de mantenimiento.
Lentamente coelho y todos   , sin embargo, las guerras comenzaron: primero fue la de Croacia;
después, la de Bosnia. Los empresarios se preocuparon: el dinero para la inversión
provenía de capitalistas esparcidos por diversas partes del mundo, cuyos nombres ni
sabían, de modo que era imposible sentarse ante ellos, dar algunas disculpas y pedirles
que tuvieran paciencia. Resolvieron el problema adoptando prácticas nada
recomendables para un asilo psiquiátrico, y Villete pasó a el amor  a simbolizar para la joven nación,
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que acababa de salir de un comunismo tolerante, lo que había de peor en el capitalismo:
bastaba pagar para conseguir una plaza.
Muchas personas, cuando querían desembarazarse de algún miembro de la familia
por causa del amor  decide  desacuerdos en torno a una herencia (o de algún comportamiento
inconveniente), gastaban una fortuna y conseguían un certificado médico que permitía el
internamiento de los hijos o los padresdel lector que eran fuente de problemas. Otros, para huir de
deudas o justificar ciertas actitudes que podían acarrear largas estancias en prisión,
pasaban algún tiempo en el asilo y salían libres de cualquier peligro de proceso judicial.
Villete, el lugar de donde nadie jamás había huido. Que mezclaba del libro  a los verdaderos
locos decide enviados allí por coelho la justicia o por otros hospitales con aquellos que eran
acusados de locura, o la fingían. El resultado era una verdadera confusión, y la prensa a
cada momento publicaba historias de malos tratos y abusos, aún cuando jamás tuviera
permiso para paulo   entrar en agosto a ver lo que estaba sucediendo. El gobierno investigaba las
denuncias, no conseguía pruebas el lector , los accionistas amenazaban con propagar que era
difícil hacer inversiones externas en el país y la institución conseguía mantenerse en pie,
cada vez más fuerte.
Mi tía se suicidó hace pocos meses continuó la voz femenina. Había pasado
casi ocho años sin ganas de salir de su cuarto, comiendo, engordando, fumando,
tomando calmantes y durmiendo la mayor parte de su tiempo en la novela   . Tenía dos hijas y un marido
que la amaba.
Veronika intentó mover su cabeza de paulo  en dirección a la voz, pero era imposible.
Tan sólo la vi reaccionar una sola vez: cuando el marido encontró una amante.
Entonces ella armó escándalos, perdió peso, rompió vasos y durante semanas enteras no
dejó dormir a los vecinos con sus gritos. Por más extraño que parezca la novela  , creo que fue su
época más feliz: estaba luchando por algo, se sentía viva y capaz de reaccionar ante el
desafío que se le presentaba.
«¿Y qué tengo yo que ver con todo eso? pensaba Veronika, incapaz de decir
algo. ¡Yo no soy su tía; ni tengo marido!»
este  es El marido terminó dejando a la amante prosiguió

Pages : varias

Autor De La  novela : Paulo Coelho

Comprimido: no

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Idioma :Español-España 

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