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Si te vieras con mis ojos – Carlos Franz

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Resumen y Sinopsis De 

Si te vieras con mis ojos – Carlos Franz

Moro supersticioso, lo único que calmaba la angustia de tus fugas era pintar. Por eso, al llegar a Chile, para no pensar en los signos ominosos de la corriente adversa,
la tormenta atroz y la montaña monstruosa, entrabas dibujando al puerto de Valparaíso.
La dentadura blanca de los Andes, el anfiteatro de cerros que rodeaba la bahía, las casas de colores trepadas por las laderas peladas o verdes, las fortalezas ruinosas en
ambas puntas de la rada, el muelle de troncos renegridos. Avanzabas dentro de ese paisaje al tiempo que lo bosquejabas. Siempre te gustó viajar por el interior de una
perspectiva, sentir en carne propia cómo las cosas pequeñas del fondo, al acercarse, aumentan su tamaño. Tan similares a la muerte que se agranda cuando la tenemos
próxima. Tan idénticas al amor que desde la nada puede crecer hasta convertirse en pasión, hasta bloquearnos la vista de todo lo demás (antes de desvanecerse en un
punto de fuga). Aquí ésas y otras perspectivas tuyas iban a cambiar y trastocarse, como lo hacía ahora el paisaje; pero esto aún no lo sabías.
El barco medio desarbolado echó sus anclas en el centro de la bahía. Se descolgaron coderas de cuero y una barcaza de transbordo, impulsada por dos remeros, se
apoyó contra ellas. La tripulación empezó a bajar con sogas las encomiendas delicadas, el correo y el equipaje de los pasajeros. La marejadilla, residuo del temporal,
dificultaba la maniobra. Tú no quisiste esperar a que desenrollaran las escalas de gato y te descolgaste también por una cuerda. Ansiabas dejar pronto ese barco
andrajoso, astillado por el temporal. Pero también querías asegurarte de ser tú mismo quien recibiera tus cosas en la proa de la barcaza. El baúl y los atriles; las cajas
conteniendo pinceles, óleos y pigmentos para prepararlos; las carpetas de papeles finos; los numerosos y largos tubos de cuero donde traías enrolladas aquellas
pinturas de las que no te separabas jamás.
Por fin el transbordador, bamboleándose, sobrecargado de gente y equipajes, se apartó del barco. Los remeros, un par de chilotes de piernas cortas y torsos enormes,
del color oxidado de los leones marinos, hicieron un esfuerzo titánico para enfilar la barcaza hacia el muelle. Éste era una larga estructura de palos festoneados de algas
negruzcas y marrones que se internaba en la bahía desde la playa. Un único espigón con forma de brazo flectado, desbordante de la febril actividad típica de esos
puertos sudamericanos, recién abiertos al comercio mundial.
Tu barcaza se vio obligada a detenerse a unos veinte metros del malecón. No había lugar. El muelle estaba atiborrado de cajas y sacos. Todos los sitios de atraque se
veían ocupados por botes que descargaban lentamente, usando las pocas grúas pluma disponibles. La tormenta había demorado también a muchos otros barcos y ahora
el muelle no daba abasto para atenderlos a todos.
Te pusiste de pie en la proa de la barcaza, Moro. No querías perderte nada de ese espectáculo. Estibadores indígenas y chinos, comerciantes navales peleándose por
aprovisionar los barcos, gritos proferidos en veinte lenguas. Marineros enflaquecidos trepaban al muelle con sus bolsos al hombro, dirigiéndose hacia el tumulto de
prostitutas chillonas que ondeaban sus pañuelos desde la orilla para atraerlos a sus posadas. El olor a mariscos, a guano, a tierra húmeda, te embriagaba.
Y entre todos esos colores y olores, en medio de ese tumulto y griterío, la viste por primera vez.
Una mujer joven, alta, pálida, con el pelo negro y liso suelto sobre los hombros, menos una parte sujeta tras la cabeza con un peinetón. Vestía un traje de seda verde
que relumbraba bajo el sol aumentando el brillo de sus ojos, del mismo color. Ojos atentos, curiosos, impacientes. La acompañaba un cochero negro, enorme y canoso,
con un látigo de vara en la mano. Su coche debía ser ese pequeño cabriolé tirado por un solo caballo que esperaba al comienzo del muelle. Todo eso lo registraste con una
sola mirada, Moro. Tenías una vista de halcón peregrino o de pintor peregrino, agudísima. Especialmente para las mujeres, ¿verdad?
¿Pero qué diablos hacía allí esa joven hermosa y altiva, mezclada con el maremágnum masculino de este espigón que ni siquiera las putas del puerto se atrevían a
pisar?
Los gritos del capitán de puerto, amplificados por una gran bocina de latón, te distrajeron. Que se apartaran, les gritaba. Les ordenaba alejarse y fondear cerca de la
playa. Allí los alcanzarían hombres y mulas, con el agua hasta el pecho, para descargarlos. Era, obviamente, la forma más peligrosa de desembarcar. Con ese mar picado
los remeros tendrían que acercarse a la rompiente, con riesgo de que ésta arrastrara la barcaza y la encallara en la arena, volcándola luego. O bien, un mal movimiento
sobre ese oleaje, al desestibar, y tanto carga como pasajeros caerían al agua.
De pie en la proa de la barcaza, viste reaccionar a la joven de verde antes de que ninguno de ustedes protestara. Desde unos diez pasos, extendiendo hacia el capitán
de puerto su brazo enguantado hasta el codo, le exigió:
¡Hágale sitio a ese bote!
Fue una orden contundente. Impartida en el tono inapelable de quien está acostumbrado a mandar y ser obedecido. La actividad en ese sector del muelle se detuvo:
todos aquellos hombretones pendientes de esta hembra. ¿Adónde habías llegado, Moro? ¿Al país de las amazonas, donde mandaban y peleaban las mujeres?
La joven volvió a gritarle su orden al capitán, esta vez casi colérica. Éste, barbudo y fornido, se sacó la gorra mugrienta por respeto o perplejidad ante semejante furia.
Meneaba la cabeza al tiempo que abría los brazos, con la bocina en una mano y la gorra en la otra.
En cualquier lado del tiempo que estés, Moro, nunca olvidarás lo que viste enseguida. La joven arrancó el látigo de manos de su cochero y, abriéndose paso a codazos
entre los estibadores chinos e indígenas, se asomó sobre el bote que le quedaba más a mano. Le ordenó al marinero que dirigía la descarga de unos fardos de lana que
soltara amarras y se apartara. El hombre protestó en francés con acento italiano, decidido a no moverse. Parecía ser un corso, con la cara dura y bulbosa como un puño
cerrado.
Sin titubear, ella descargó desde arriba dos latigazos que restallaron en el aire cristalino. El marinero esquivó los azotes, agachándose aparatosamente. Aunque era
obvio que el látigo no pretendía tocarlo; esta mujer lo sabía manejar.

Pages : 115

Autor : Carlos Franz

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Si te vieras con mis ojos – Carlos Franz

soltara amarras y se apartara. El hombre protestó en francés con acento italiano, decidido a no moverse. Parecía ser un corso, con la cara dura y bulbosa como un puño

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