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Sobre Grace – Anthony Doerr

Sobre Grace – Anthony Doerr

Libro Sobre Grace – Anthony Doerr

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llamaba sueños. Ni augurios ni visiones exactamente, tampoco presentimientos o premoniciones. Llamarlos sueños le
permitía acercarse todo lo que podía a lo que eran: sensaciones —experiencias incluso— que lo visitaban mientras dormía y
se desvanecían cuando se despertaba para reaparecer en los minutos o las horas o los días siguientes.
Le había llevado años reconocer el momento en que se acercaban. Algo en el olor de una habitación (un aroma como a
techo de madera de cedro, o a humo, o a arroz con leche caliente), o el sonido de un autobús diésel que pasa traqueteando
delante de un apartamento, y se daba cuenta de que ya lo había experimentado antes, de que lo que estaba a punto de
ocurrir —que su padre se cortaría un dedo al abrir una lata de sardinas, que una gaviota se posaría en el alféizar— era algo
que ya había ocurrido, en el pasado, en un sueño.
También tenía sueños normales, la clase de sueños que tiene todo el mundo, rollos de película de historias paradójicas, las
narraciones inverosímiles que inventa el córtex cerebral cuando tiene que organizar sus recuerdos. Pero, en algunas
ocasiones, pocas, lo que veía cuando dormía (la lluvia que anegaba los canalones; el fontanero que le ofrecía la mitad de su
bocadillo de pavo; una moneda que desaparecía, inexplicablemente, de su bolsillo) era distinto: más nítido, más verdadero y
premonitorio.
Había sido así toda su vida. Sus sueños predecían cosas descabelladas, imposibles: estalactitas crecían del techo; abría
una puerta y se encontraba el cuarto de baño lleno a rebosar de hielo derritiéndose. Y estas a su vez predecían cosas del día
a día: a una mujer se le caía una revista; un gato dejaba un gorrión muerto en la puerta trasera; una bolsa se desplomaba
desde el compartimento superior de un avión y su contenido se rompía en el pasillo. Estas apariciones le tendían emboscadas
en los márgenes agitados del sueño y, una vez que habían terminado, casi siempre desaparecían, se disolvían en fragmentos
que no podía recomponer después.
Pero unas pocas veces había tenido visiones más completas. La experiencia era nítida e hiperrealista —como despertarse
y encontrarse en la superficie de un lago recién helado oyendo el chasquido intenso del hielo bajo sus pies— y esos sueños
persistían mucho tiempo después de que se despertara y le venían a la cabeza durante los días siguientes, como si lo
inminente no pudiera esperar a convertirse en lo pasado, o el presente se abalanzara hacia el futuro, ávido de lo que llegaría
a ser. En esas ocasiones, sobre todo, la palabra fracasaba. Eran sueños más profundos que el acto mismo de soñar, estaban
más allá del recuerdo. Eran sueños clarividentes.
Cambió de postura y vio pasar falanges de nubes bajo el ala. Los recuerdos acudieron a él volando, tan nítidos como las
fibras del respaldo del asiento que tenía delante. Vio el resplandor azul del parpadeo de un soplete eléctrico en una ventana;
vio lluvia caer como una cortina en el parabrisas de su viejo Chrysler. Tenía siete años y su madre le compraba sus primeras
gafas; recorría ansioso el apartamento examinándolo todo: la estructura de la escarcha en el congelador, una salpicadura de
lluvia en la ventana del salón. Qué maravilloso había sido ver los detalles del mundo: arcoíris de aceite flotando en charcos,
columnas de mosquitos formando espirales sobre el agua del río Ship, los bordes almidonados y ondulantes de las nubes.

staba en un avión, tenía cincuenta y nueve años, pero podía haber sido simultáneamente —en los pliegues de la memoria
— un cuarto de siglo más joven y estar en su cama, en Ohio, quedándose dormido. A su lado, su mujer dormía encima del
edredón con las piernas separadas y el cuerpo irradiando calor, como hacía siempre. Su hija de meses no hacía ruido al otro
lado del pasillo. Era medianoche, marzo, lluvia en las ventanas y, a la mañana siguiente, tenía que levantarse a las cinco. Oyó
el chasquido y el golpeteo de las gotas contra los cristales. Se le cerraron los párpados.
En su sueño había casi un metro de agua en la calle. Desde la ventana del piso de arriba —estaba de pie ante ella con las

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palmas en el cristal—, las casas vecinas parecían una flota de arcas que han naufragado: agua que superaba los alféizares de
la primera planta, vallas engullidas, árboles jóvenes sumergidos hasta el cuello.
En algún lugar lloraba su hija. A su espalda, la cama estaba vacía y hecha con pulcritud. ¿Dónde había ido su mujer? En la
cómoda, cajas de cereales y unos cuantos platos; unas botas de goma aguardaban junto a la escalera. Corrió de habitación
en habitación llamando a su hija. No se encontraba en su cuna ni en el cuarto de baño ni en ninguna parte del piso de arriba.
Se puso las botas y bajó al recibidor. Toda la primera planta estaba cubierta de medio metro de agua, silenciosa y fría, de color
café manchado. De pie en la alfombra del recibidor, el agua le llegaba hasta más arriba de las rodillas. El llanto de su hija
resonaba en un extraño eco por las habitaciones, como si estuviera presente en cada esquina.
—¿Grace?
Fuera, el agua murmuraba y chocaba contra las paredes. Avanzó vadeando. Pálidas lentejuelas de luz reflejada se mecían
acompasadamente en el techo. Tres revistas se movieron perezosas a su paso; un rollo hinchado de toallas de papel chocó
contra su rodilla y se alejó flotando.
Abrió la despensa y creó una ola que se expandió por la cocina, empujando los taburetes. Un grupo de bombillas medio
sumergidas como bóvedas de cráneos diminutos a la deriva navegaban hacia el frigorífico. Se detuvo. Ya no la oía.
—¿Grace?
De fuera llegó el ruido de una lancha a motor. Cada respiración se quedaba suspendida delante de él un momento antes
de dispersarse. La luz declinaba. Se le erizó el vello de los brazos. Descolgó el teléfono —con el cable flotando—, pero no
había línea. Algo amargo y fluido empezaba a subirle por el estómago.
Abrió a la fuerza la puerta del sótano y se encontró con que la escalera estaba sumergida por completo, perdida bajo un

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rectángulo de agua espumoso y marrón. Había una página de calendario flotando, algo de su mujer, la fotografía de un faro
pintado a rayas rojas y blancas oscureciéndose y girando en la espuma

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