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Somos tú y yo – Claudia Velasco

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Resumen y Sinopsis De 

Somos tú y yo – Claudia Velasco

amigas desde hacía seis y vivían juntas en la habitación de una miserable pero limpia pensión cerca de Charing Cross, donde podían dormir tranquilas y donde soñaban a
todas horas con que la vida, algún día no muy lejano, les regalara un poco de fortuna.
Mirando a su querida amiga, Mary la agarró del brazo para andar más de prisa. Había sido una malísima idea pelarse con Rogelia Hewitt, una de las queridas
de Bob el Roble, el desgraciado padre de Fred el Pelirrojo. Ese tipo manejaba las calles de Londres a su antojo y enfrentarse a una de sus amantes más asiduas les iba a
costar caro; ella lo sabía, pero el precio valía la pena si recordaba la cara de espanto de aquella estúpida mujer después de haberle vaciado un cubo de agua helada en la
cabeza. Rogelia se creía una señora y no era más que una ramera con mal gusto, como decía Molly, y no iba a permitir que abusara de nadie, y menos de ella, que no le
había hecho nada, salvo nacer más guapa y con más clase. Rogelia Hewitt no podía perdonarle eso y cada vez que tenía la ocasión le hacía alguna faena. Mary ya estaba
cansada y al final habían acabado a gritos y la Hewitt empapada en plena calle. Mary no se arrepentía de nada, pero lo sentía por Molly, que era una víctima inocente
de su imprudencia, porque el robo de esa noche era sólo el principio. Seguramente Bob el Roble había mandado en persona a su hijo para hacerles daño, y no pararían
hasta echarlas de la ciudad.
Suspiró y pensó en su madre.
Mary Taylor en realidad se llamaba Emily Gardiner. Su madre, Katie Gardiner, era irlandesa y costurera en uno de los palacios más elegantes de la ciudad.
Había llegado a Londres de la mano de una noble señora inglesa cuando tenía doce años, lady Anne Shafterbury; la había hecho venir desde Cork como sirvienta y desde
el principio la acción le había salido muy rentable. Katie era un hada con la aguja y trabajaba de sol a sol sin rechistar. En el palacio había al menos seis costureras
trabajando a jornada completa, que se ocupaban tanto de la ropa como de los habitantes de la casa –seis hijos, marido y mujer, y dos tías abuelas–, una tarea incesante.
Siempre había trabajo, y las empleadas de la costura sólo descansaban el domingo, si no era temporada de bailes, claro, porque en ese caso ni siquiera podían salir para ir
a la iglesia.
Pero Katie Gardiner no se quejaba. Emily sólo recordaba a su bellísima madre trabajando, con la cabeza agachada sobre la tela, a veces con una vela
insignificante como única iluminación, a veces pegada a la ventana para ver mejor un bordado pero sin perder nunca la sonrisa. Era una costurera maravillosa y, sin
embargo, ganaba una miseria, y nadie, jamás, reconocía su labor, por eso Emily empezó a odiar a los Shafterbury desde muy pequeña.
Ella había nacido dentro de las cuatro paredes del palacio. Su madre había dado a luz en el miserable cuartucho donde vivía, y esa misma noche había vuelto al
trabajo porque la señora tenía un banquete real y necesitaba su vestido nuevo puntualmente terminado. Las compañeras de su madre, las sirvientas e incluso la
gobernanta se lo habían contado muchísimas veces, pero Katie Gardiner jamás había querido hablar del tema. Siempre era así; ella no hablaba ni se quejaba, y cuando
Emily, a los diez años, osó preguntar quién era su padre, la respuesta fue una sonora bofetada que la calló para siempre. Fue la primera y la penúltima vez que su madre
la golpeó, pero resultó un acto lo suficientemente contundente como para que Emily jamás volviera a interesarse de forma abierta por semejante secreto.
Indagando y haciendo preguntas discretas, supo que Katie sólo tenía dieciséis años cuando ella había nacido y que la señora la había mantenido en palacio por
pura caridad, porque podría haberla echado a la calle por promiscua. Pero no, la dama había optado por perdonar el desliz de su costurera y le había permitido quedarse
en la casa con la niña y criarla como una más de su servicio. De ese modo, Emily Gardiner, que no se parecía en nada a su madre, creció entre agujas, telas y botones,
acostumbrándose a jugar en completo silencio, sin levantar la voz ni la vista a los señores, y permaneciendo casi invisible para no molestar. Emily aprendió a leer gracias
a los libros que la institutriz de la familia, la señorita Wilkes, le prestaba a escondidas, y a los ocho años, cuando la pusieron a trabajar como a las demás, ya sabía leer,
escribir y hacer cuentas, algo que por descontado se mantuvo en secreto.
Era despierta y ágil, muy vivaracha, y tenía una peligrosa tendencia a reírse a carcajadas, algo que irritaba enormemente a su discreta madre, que le rogaba
prudencia y sobre todo silencio. Katie no quería molestar, prefería pasar inadvertida y a veces rogaba entre lágrimas a su hija que mostrara más sensatez en su
comportamiento. Emily se rebelaba ante tantos miedos, pero al final siempre acababa obedeciendo para no perjudicar a su madre, cuya conducta era intachable. Aunque
a veces oyera a la dueña de la casa o a sus hijas gritarle y regañarla por cualquier cosa, ciertamente Katie era la perfecta servidora; además de guapa y dulce, un dechado
de virtudes. Sin embargo, Emily nunca se sintió muy cerca de ella.
Cuando cumplió los doce años tuvo su primera regla y su cuerpo empezó a adquirir formas redondeadas y desconocidas hasta entonces, así que Emily fue
confinada al lugar más oscuro del taller de costura y de las cocinas. Su madre no quería que la viera nadie, y mucho menos los miembros de la familia; en especial, los
hombres. La regañaba continuamente para que no saliera de la zona del servicio, y cuando vio a uno de los empleados de las caballerizas seguirla con la mirada, le pegó
tal bofetón que el pobre muchacho no volvió a dirigirle la palabra. Emily no entendía nada y trataba de obedecer, aunque sin comprender el porqué de tantísimos
temores.
Por aquel entonces fue cuando conoció en Covent Garden a Molly, una chica pelirroja, hija de irlandeses también, que correteaba y trampeaba cerca del
mercado con sus hermanos y parientes. Molly Graham era despierta y contaba historias divertidas. Se hicieron amigas en seguida, y cuando a Emily la dejaban
acompañar a las sirvientas a la compra, siempre se encontraban para charlar. Molly era dos años mayor que Emily y a los quince entró a trabajar como camarera en un
hotel de la ciudad. La joven estaba feliz porque conseguir empleo en un sitio tan elegante había sido un favor hecho especialmente a su padre, pero entrar en el Queen
Hotel sería el comienzo de su desgracia y el acercamiento involuntario a Emily Gardiner.
No llevaba ni un año trabajando en el hotel cuando le contó que había conocido a un hombre, un caballero que decía estar enamorado de ella. El hombre, lo
bastante mayor como para ser su padre, era amable y muy generoso, un huésped habitual que pronto pasó de darle golosinas a regalarle vestidos, y cuando Molly le
contó a su amiga, a modo de confidencia íntima, que había hecho el amor con él, Emily abrió los ojos como platos.
–¿Y eso qué es?
–¿No lo sabes?
Molly se echó a reír a carcajadas a pesar de estar en la iglesia.
–¡Chist!, que mi madre me mata. –Emily miró hacia su madre, que rezaba el rosario de rodillas unos bancos por delante, y se santiguó–. No, no lo sé.
–Amor físico, mujer. El hombre mete su…, ya sabes, dentro de mí, por aquí. –Hizo un gesto que casi mata a su amiga del susto–. Y es delicioso; al principio
no, pero luego, ¡Dios bendito!, es maravilloso.
–¿Su…? –No se lo podía creer–. ¡Qué asco!
–Y sus besos, con la lengua, ya sabes.
–¿La lengua? Estás loca, Molly, completamente loca.
Pocos meses después, Molly se quedó encinta y dejó de ver a Emily durante bastantes semanas. Cuando se encontraron por casualidad en la iglesia le dijo que
el hombre, Peter, la había instalado en una pensión discreta, hasta que diera a luz, y que luego los llevaría, a ella y al bebé, a vivir con él a Devon, donde tenía una finca y
una casa propias. Emily se alegró por su amiga y lamentó que se fuera lejos de Londres, pero entendió que era lo mejor para ella, porque su familia ya no le hablaba y su
padre la había repudiado públicamente. Molly no tenía más alternativa que casarse con ese hombre tan mayor y criar a su hijo lejos de casa; era lo mejor.
Sin embargo, los planes se torcerían de forma trágica para la pobre Molly, y Emily se vería obligada a tomar, por primera vez en su vida, algunas decisiones en
contra de su madre.
Seis meses después de aquella última charla en Saint Margaret, Molly mandó un recado para Emily a través de una de

Pages : 208

Autor : Claudia Velasco

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Somos tú y yo – Claudia Velasco

las sirvientas de la casa. Necesitaba
urgentemente hablar con ella, y la joven se escapó en medio de la hora de la siesta para encontrarse con su amiga en Covent Garden. La impresión que se llevó al verla
casi la mata. Molly, antaño bastante rolliza y desarrollada para su edad, era una especie de fantasma, con el pelo en

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