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Sueños de cristal – Carlos Monreal

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Resumen y Sinopsis De 

CAPITULO II
La comisaría número 12 del barrio de Lavapiés era un lugar donde se reunían personas de lo más variopinto. Borrachos, putas, abogados con trajes impecables,
policías con barba de tres días, inmigrantes, camellos y algún que otro dromedario. La entrada invitaba a darse media vuelta, y para acceder a la recepción había que
traspasar un pasillo estrecho y sobreiluminado de focos, que apuntaban hacia el mostrador. Allí se encontraba una mujer policía de apenas veinticinco años, seria, pelo
largo castaño y de mirada penetrante.
Vengo a ver al inspector Jiménez. Soy la mujer de Antonio Vega y me ha llamado a casa hace una media hora para que me personara aquí lo antes posible dijo
Pilar con la voz entrecortada.
No se preocupe, ahora mismo le aviso Descolgó el teléfono y cuchicheó en voz baja algo que Pilar trató de oír pero no pudo descifrar.
Al momento, como por arte de magia apareció un hombre de paisano con pantalón de pana y camisa a cuadros, pelirrojo, desgarbado y con ojos azules saltones y
analíticos que se identificó como el inspector Jiménez.
Buenas tardes. Siento haberla llamado por teléfono. Me hubiera gustado visitarla personalmente pero estamos hasta arriba. Ya sabe, robos, hurtos y algún que
otro asesinato. No sé por qué pero los días festivos el ser humano tiene más ganas de cometer delitos que entre semana. Venga conmigo y le miró fijamente con un
tono lúgubre.
¿Qué ocurre? ¿Ha hecho algo mi marido que deba saber? ¿dónde está? preguntó Pilar preocupada.
Pero Jiménez no le contestó y siguió andando hasta un pequeño despacho interior con un escritorio, un armario y por supuesto un flexo, ya que no tenía ninguna
ventana al exterior.
Tome asiento, le señaló el inspector. Tengo que darle una trágica noticia Pilar se sentó como hipnotizada.
Su marido ha tenido un accidente esta tarde en la M40 en un BMW descapotable rojo. Creemos que él iba en el asiento del copiloto. Los dos pasajeros que
viajaban han muerto en el acto por traumatismo craneal. Lo siento en el alma. Le hemos tenido que llamar para proceder a la identificación del cadáver.
Pilar se desvaneció y calló al suelo. Jiménez la recogió y pidió a gritos un vaso de agua. Era la primera vez en su vida que prefería estar muerta que entre los vivos.
No llegó a casa hasta la tarde-noche. Entre la noticia y la identificación no se acordó ni de que debía avisar a algún familiar para que recogiera a Paula. La verdad es
que prácticamente sólo contaba con su madre y no estaba para muchos trotes. La matriarca tomaba quince pastillas diarias y hacía tiempo que había decidido solamente
salir en casos de primera necesidad, que eran más bien pocos. Cuando llegó no había nadie, y el silencio la sobresaltó. Pensó en llamar por teléfono a su madre pero
prefirió subir para contarle en persona lo que había sucedido, estaba delicada y no sabía cómo iba a reaccionar. ¿Y Paula, dónde estaría? Sofía, su otra hija, había ido a
pasar el puente con una amiga a la sierra y todavía no habría vuelto. Pero ¿Y Paula? Le invadió una sensación extraña de vulnerabilidad. Estaba acostumbrada a la
compañía de Antonio y sobre todo a saber que estaba siempre allí. Pero la nueva situación comenzaba a inquietarla. Más que tristeza sentía miedo, casi pánico. Cogió
un vaso de agua, tenía la boca como una suela de zapato y se tumbó en el sofá para tratar de retomar aliento. Un ligero sueño le embargó de repente y aun sin querer, se
quedó dormida.
El ruido del teléfono la sobresaltó. Eran más de las diez de la noche. Los padres de una compañera de natación de Paula al no aparecer nadie a recogerla se la habían
llevado a pasar la tarde con ellos. Habían tratado de localizarla en el móvil sin conseguirlo, y finalmente habían pensado llamar al fijo que su hija se sabía de carrerilla.
Pilar descolgó el teléfono y al oír a Paula lloró desconsolada.
A la mañana siguiente maldormida subió a ver a su madre. Se notaba sin fuerzas, sin ilusiones, mutilada. Como si le hubiera pasado un vagón de tren por encima. Le
contó confusa la llamada del inspector, la visita relámpago a la comisaría, la trágica noticia, las caras masacradas de Antonio y su amigo Luis en el reconocimiento… La
madre no podía creerlo.
¿Y qué vamos a hacer ahora?, le decía Asunción. Tu padre nos dejó cuando más lo necesitábamos y ahora la historia se repite. ¡Qué mala suerte! ¡Qué mala
suerte! repetía una y otra vez ¿Por qué nos pasa todo a nosotras? ¿Acaso no hay gente malvada que se lo merece más? Y se abrazaron como si fueran una sola.
De la noche a la mañana Pilar había pasado de ser una ama de casa que se encargaba del hogar y de las niñas a ser la cabeza de familia. Y en esos momentos no sabía
qué hacer. Más bien no le habían enseñado y la inseguridad le embargaba. ¿Buscaría un trabajo? Pero de qué. Limpiando escaleras y baños mugrientos. ¿Otra vez de
peluquera en plena crisis? ¿Y de qué iban a vivir ahora? Todavía les quedaba por pagar parte de la hipoteca del piso que habían comprado siete años antes porque ella se
había empeñado. Nunca le había gustado vivir de alquiler, pensaba que era tirar el dinero. Y ahora se veía ahogada en su propia trampa. Además la pensión de su madre
de cuatrocientos euros no daba para mucho. Bastante hacía la mujer con ir tirando y dar alguna propina de vez en cuando.
No tenía fuerzas de nada, se desnudó y se echó a la cama. No quería pensar, no quería hacer nada, ni siquiera respirar. Así se acabarían todos sus problemas, pero no
los de sus hijas. Además Paula podía llegar en cualquier momento. Se había quedado a pasar la noche con su amiga y luego la traerían a casa. Sus lloros contenidos de la
noche anterior la habrían intranquilizado pero ¿Qué debía decirle? ¿Cómo se puede explicar algo así a una niña de diez años? ¿Podría entenderlo o le causaría un trauma
para toda la vida?
CAPITULO III
Era casi medio día cuando sonó el timbre. Era el padre de su amiga Rebeca que traía a Paula. Pilar le hizo pasar y le ofreció un café.
No, gracias. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien? le preguntó Si podemos hacer algo por vosotras no dudes en llamarnos.
Pilar le acompañó a la puerta y oyó sus pasos lentos y sincrónicos cómo entraban en el ascensor.
¿Cómo lo has pasado, cariño? Siento no haber podido ir a recogerte ayer. Ya sabes cómo tengo la cabeza últimamente. Pero ha sido una suerte ya que has podido
pasar todo el día con Rebeca. ¿Tienes hambre?
Paula la miraba con ternura y comprensión al mismo tiempo.
¿Papá está en el cielo? ¿Y cómo ha subido? Le preguntó de repente.
Pilar se derrumbó y la abrazó tan fuerte como pudo.
Todavía quedaban lentejas del día anterior y después de comer subió a su hija con su abuela. Necesitaba estar sola. Todo le pesaba. Como si llevara un muro de
ladrillos en las cervicales y dos bloques de hormigón en las piernas. No podía pensar pero tenía que hacerlo. Empezar a sacar cuentas. Pensar en el entierro. Avisar a la
familia de Antonio. Buscar trabajo. Buscar ayuda. Sacó su libreta verde de teléfonos apuntados a lápiz y se acordó de Felipe. Un amigo del instituto que siempre había
estado enamorado de ella pero nunca se había atrevido a decírselo. Antes de casarse con Antonio quedaban de vez en cuando como buenos amigos y recordó la última
vez que se encontraron por casualidad un par de semanas antes del accidente. Le comentó que había puesto un par de restaurantes en la ciudad y que no le iba mal.
El entierro se celebró sin grandes sobresaltos. Los habituales lloros y pésames de todo entierro que se precie. La familia de Antonio no tenía muy buena relación con
Pilar, por lo que estuvieron corteses pero algo distantes. Salvo el padre que ya había fallecido, el resto de la familia se caracterizaba por su poca empatía, y no era fácil
relacionarse con ellos. Una vez terminó tocaba hacer frente a los rezos y a los costes, y no era el mejor momento para ello. Pilar decidió que pediría un crédito y lo iría
pagando poco a poco. Hay temas espirituales que no pueden dejarse para más adelante, no como los materiales que siempre pueden ser aplazados. Por parte de la
familia de Pilar sólo quedaba su madre que prefirió no ir y sus dos hijas, que prefirieron no llevarlas para evitarles el mal trago. Del entierro sin contar a la familia de
Antonio sólo reconoció al inspector Jiménez.
¿Quién es?, se oyó una voz de mujer.
Pilar pensó en colgar pero finalmente no lo hizo.
Por favor… ¿está Felipe?, preguntó nerviosa.
Podía ser que ya no viviera allí o incluso que se hubiera casado.
Sí, ahora se pone ¿de parte de quién?
A Pilar siempre le había molestado esta pregunta telefónica que le parecía de mal gusto.

Orden de autor: Carlos, Monreal,
Orden de título: Sueños de cristal: A los que aman… (Spanish Edition)
Fecha: 10 ago 2016
uuid: 31493c84-9baa-43bd-8d14-19baadc2fd7c
id: 75
Modificado: 10 ago 2016
Tamaño: 0.49MB

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