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Talent – Candela Iniba

Talent – Candela Iniba

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Resumen y Sinopsis De 

Talent – Candela Iniba

El don con el cual había llegado a este mundo le permitía que descubren escenas mágicas e inimaginables. Sin embargo, eso jamás le dio miedo.
Sus padres le habían inculcado desde que tenía uso de razón que ella había nacido con un talento especial, el cual debía cuidar como un tesoro,
ya que, en algún momento, le sería desvelado cómo y dónde debía emplearlo. Aquello a Enya le sonaba raro, y no estaba muy segura de lo que
significaba, hasta que siete años atrás comenzó su iniciación y supo la verdad, aventurando parte de las consecuencias que le aguardaban.
Nunca olvidaría ese momento en el cual su familia, unida y como siempre encabezada por la gran matriarca de esta, su abuela Lynette, la llamó
frente a la gigantesca chimenea del salón de su casa y le revelaron parte del secreto que, generación tras generación y desde hacía cientos de
años, ocultaban cuenta   algunos miembros de su pueblo, incluidos sus familiares descubren  a  los convertía en seres con una misión especial en la historia de la
humanidad. Ya entonces le insinuaron que al cabo de unos años, cuando cumpliera su primera mayoría de edad, a los dieciocho, en una fiesta muy
especial, se le desvelaría una incógnita cuya primera consecuencia sería la de exigirle una decisión firme de compromiso o no con los suyos.
Y por fin la fecha señalada había llegado: catorce de mayo, su cumpleaños siete años después de aquella primera revelación. El día indicado
como crucial y determinante para su futuro. Después de lado   lo que sucediese esa noche, muchas cosas en su vida cambiarían radicalmente y ya nada
volvería a ser igual.
Aun así, como casi hacía a diario, Enya realizó su ritual de cada tarde, intentando esquivar la incertidumbre que la acechaba. Resolvió que si
mantenía algunas de las rutinas habituales, cuya enseñanza había recibido de sus padres, todo lo que le aconteciese, por muy extraordinario que
fuera, le ayudaría a sobrellevarlo con la serenidad que exigía el momento.
Y así lo hizo. Aunque solo contaba con lado   dieciocho años y era una niña todavía a ojos de los mayores, tuvo la templanza de afrontar las horas
como tenía acostumbrado, priorizando lo que le hacía sentirse bien y en calma.
Al terminar sus tareas del instituto aún de día, se levantó del escritorio blanco de madera de pino ubicado en su habitación, apagó las
reivindicativas voces de The black eyed peas de su regalo de cumpleaños, un iPod rosa, en el que sonaba la que era su oración protesta «Where is
the love» y, después de recoger sus libros, bajó a merendar. Disfrutando del silencio que reinaba en la cocina, se tomó unas tostadas de
mantequilla y azúcar acompañadas por un cuenco de nueces, como había sido su costumbre desde pequeñita; tras una buena ducha, se vistió con
el vestido blanco de gasa con manga francesa que le había cosido su tía Agatha para el gran evento y, aunque sabía que podía costarle una
bronca, se escapó una hora antes de la ceremonia a su llamado «rincón del silencio».
Este espacio tan especial donde se refugiaba se ubicaba en una pequeña cala a los pies del Castillo de St. Andrews, nombre que también
recibía la ciudad en el condado de Fife, donde su familia, cerca de las ruinas de este singular enclave, poseía una acogedora casita de fin de
semana. Gran parte de sus miembros habían estudiado en la prestigiosa universidad de dicha población y, dada su fidelidad a esa institución,
llegaron a la conclusión de que les convenía adquirir una residencia para hacer uso de ella siempre que la necesitaran. Enya todavía no había
decidido qué carrera estudiar. Le restaban dos meses para tener que hacerlo, aunque cada vez que hablaban del tema ya empezaba a notar la
presión en la mirada de sus padres. Pero, por ahora, era libre y solo pensaba en aquel sitio con romanticismo cuando regresaba a su casa de
Edimburgo.
Era el único lugar en el mundo que la seducía hasta el extremo de sentir que, entre sus venas, corría parte de la esencia vital que se gestaba
en aquel punto de Escocia.
Fue caminando despacio, saboreando las formas y colores que le iban asaltando durante el trayecto, sin permitir que la zozobra por lo que esa
noche iba a ocurrir le obstaculizase exprimir segundo a segundo el reencuentro con su destino final. Tras un trecho recorrido, empezó a vislumbrar
aquella combinación explosiva que tanto la emocionaba: el intenso verde del suelo combinado con las distintas tonalidades del azul del mar y el
marrón grisáceo de las imponentes y decadentes piedras de las ruinas del viejo castillo. Esos retazos, recuerdo de una imponente obra
arquitéctonica del siglo XII, la cual sirvió de casa-fuerte del obispo de turno, ahora solo era un mudo vigía del devenir del tiempo que escondía
entre sus desgastados muros el alma de presencias fantasmagóricas y terroríficas que, si pudieran hablar, erizarían la piel del más incrédulo, sobre
todo sabiendo que bajo tierra se hallaba una compleja y revolucionaria red de túneles, utilizada en un pasado para defenderse del asedio o asalto
de aquellos que buscaban imponer su fe.
Sintió de repente que aquel mutilado edificio la reconocía y le daba la bienvenida con una ligera brisa fresca que le acarició la cara. Siempre era
agradable la acogida que creía recibir.
Una vez accedió por la larga escalinata a la playa, se sentó en la arena y se entregó maravillada a la contemplación del extraordinario espectáculo
que era el crepúsculo en esa cala, no solo significativa para ella, sino también para su pueblo, pues ese punto era testigo del denominado
«Ennyn»: una especie de bautismo que, como su propio nombre indicaba, le haría despertar a una nueva época en su vida.
La calma reinaba y solo el viento alborotaba a intervalos el corto flequillo que enmarcaba su rostro felino de rasgos aniñados y contradictorios.
Con una madurez impropia de su edad, mantuvo su mente en blanco sin caer en la tentación de pensar en lo que le aguardaba, y abrió sus
inquietantes ojos verdes turquesa de par en par con la intención de capturar los distintos matices que convertían ese fenómeno de la naturaleza
en uno de los más bel os acontecimientos del universo.
Era consciente de que a su edad no era normal que apreciara en su plenitud la magnificencia de un ocaso y, menos todavía, que captara la
energía que cada día moría. No obstante, ella tenía el privilegio de entender ese proceso y asistía con auténtica emoción al milagro de cómo la
corriente de vida, creada durante el día, se fundía en el cosmos y desaparecía hasta que, de nuevo, con el alba, los astros anunciaban la posibilidad
de un nuevo nacimiento.
—Renacuaja, ¿otra vez te han abandonado tus dos neuronas dejándote solita?
Una desagradable voz familiar de chico, todavía arrastrando el cambio adolescente, rompió de golpe el fluir armonioso de su meditación.
Evaporizó de un plumazo el estado que había logrado inundarla de una sensación poderosa a la que todavía no sabía ponerle nombre y eso, como
era habitual en sus múltiples choques con ese personaje, la encolerizó.
¿Cómo podía alguien sacarla de quicio solo con oír su voz? Solo existía una persona capaz de llevarla al límite y sacar lo peor de su interior. Y ese
no era otro que Adrian Daion.
Miró de reojo con desgana y observó que la gente del pueblo ya estaba llegando a la playa ataviados con túnicas y velas en sus manos para la
hora del ritual.
¡Qué rápido ha pasado el tiempo! —se lamentó ella al tiempo que se ponía en pie.
Al mirar por encima, distinguió entre el os a toda su familia que hablaba animada con los parientes de ese indeseable que acababa de cerrarle
todos sus chakras hay  golpe.
Déjame en paz, Adrián, y vete a refugiarte bajo los  talentos  de tu madre —le escupió con una buena dosis de acidez, mientras se giraba dándole
la espalda y emprendía el camino hacia su grupo de parientes y amigos que le iban a acompañar como testigos—. Y no me vuelvas a llamar
renacuaja, estúpido —de pronto bruscamente se volvió de nuevo hacia él y con el dedo levantado lo amenazó—: o le diré a toda tu pandilla de
colgados que el otro día me lloriqueabas como una nenaza cuando en mi casa te arrebaté la púa de tu guitarra.
—Déjame en paz, déjame en paz —canturreó burlón el pequeño de los Daion, imitándola con un registro desagradable semejante al de un pavo
—. Mira que eres tontita, niñata engreída, con razón solo las personas   ser tus amigas las raritas del pueblo —la provocó esperando enojarla.
Enya McOwell, una vez lo había ridiculizado, y viendo que iba a hacerle lo mismo, ignorándolo, Adrian decidió dar un giro más de tuerca y herir la
vanidad de la chica.
—Sí, huye pequeña adefesio, que perder los talentos   vista esa cara de orco será un alivio. Porque, ¡mira que eres fea! — gritó a pleno pulmón para que
todos lo oyesen.
Si Enya tenía una sensibilidad especial para descubrir la belleza, Adrian había recibido el don de la perseverancia y, cuando algo se le metía entre
ceja y ceja, no paraba hasta personas , como en este caso. Desde que bajó a la cala y divisó a

Pages :93

Autor De La  novela : Candela Iniba

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

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