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Te amaré locamente – Jorge Fernández Díaz

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Libro Te amaré locamente – Jorge Fernández Díaz

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Después de ganar en tribunales un
divorcio contradictorio, ya con ahorros
en el banco y ganas de dejar atrás el
dolor y darse algunos gustos, Irene
convence a sus amigas de hacer un
“viaje de solteras” y hospedarse en un
lujurioso hotel de Angra dos Reis.
Quieren el destino o el azar que también
vacacionen en esas playas tres
argentinos con similares ensueños. Uno
ha sido traicionado por su mujer, otro
actúa como ladero solidario y un tercero
es el mecenas del olvido: se llama
Gabriel y resulta ser el dueño de una
agencia de turismo de Buenos Aires que
contrata con asiduidad los servicios de
ese paraíso, de manera que les ha
conseguido prácticamente todo gratis a
sus dos camaradas. Entre damas y
caballeros hay bromas, sobremesas,
paseos, deportes, coqueteos, caipiriñas,
samba y bossa nova, pero a pesar de
tantos amagos y oportunidades, solo
queda en pie un fugaz beso en los labios
que Gabriel le da a Irene con un pie en
el estribo. Ella ha quedado
impresionada por la personalidad
arrolladora del arcángel, y las promesas
de verse en la patria se cumplen rápida
y apasionadamente.
Mucho más tarde, en terapia de grupo,
Irene intentará definir en voz alta qué
cosas le fascinaron de aquel hombre. Al
principio, su carisma natural, su
simpática insolencia, su extraordinaria
habilidad para hacer prestidigitación
con las palabras. También su seguridad
en sí mismo, que irradia hasta la altivez,
y la capacidad innata para liderar,
establecer temas y crear a su alrededor
una invisible obra de teatro en la que
cada uno cumple un rol feliz. “Es
increíble, pero durante aquellos días en
Angra dos Reis logró catalogarnos a
cada una e incluirnos en un libreto que
él improvisaba y escribía por nuestro
bien, y que nosotras actuábamos con
deleite”, declara mientras el terapeuta
anota una oración en su cuaderno.
En el transcurso de los primeros treinta
días, Gabriel se dedica con paciente
tenacidad a convertirse en un amante
incansable y absolutamente servicial en
la cama, y a conocer cada detalle de la
vida de su novia, que está fascinada por
tan inusual interés. Cuesta mucho en el
mundo actual que el macho permanezca
despierto después de los fuegos
artificiales y que se muestre realmente
atraído por la cronología existencial de
su hembra. El sexo y la oreja son
irresistibles: Irene se enamora como
nunca. Y desarrolla durante los primeros
seis meses una adicción física por ese
compañero generoso. De hecho siente
que sus experiencias eróticas anteriores
no fueron más que bocetos en blanco y
negro al lado de este gran óleo pletórico
en colores y trazos magníficos.
El arcángel es el centro de todas las
reuniones, pero jamás olvida ese
cañoneo íntimo sobre las posiciones de
la doncella, a la que abruma con piropos
y regalos. La mayor de todas las
ofrendas se encuentra, sin embargo, en
su fabulosa memoria: lleva un registro
minucioso de los hechos, gustos y
matices del pasado y el presente de su
nueva mujer. Se convirtió en un erudito
de sus recuerdos, a tal punto que a veces
ella recurre a él para precisar un dato.
¿Me había gustado esa película? Sí, mi
amor, pero el final te decepcionó un
poco.
Para no ser egoísta, Irene le exige
información sobre su historia personal, y
cuando Gabriel lo hace es para
mostrarle los múltiples paralelismos y
misteriosas coincidencias que los unen.
Son almas gemelas, han vadeado los
mismos padecimientos. Pero él le
asegura que ella no sufrirá más, ahora
que tiene a su lado un guardián atento a
las peripecias de su dicha. Todo lo que
ella debe hacer es dejarse amar; el
arcángel ha llegado para protegerla.
La primera parte de este romance es
una superproducción llena de magia.
“Todo resultaba tan perfecto y luminoso
que empecé a desconfiar —les cuenta
Irene a sus colegas de infortunios—.
Pero eran dudas infundadas. Gabriel no
tenía muertos en el armario ni novias
secretas. Eso sí, me di cuenta por el
camino de que era controlador, me
vigilaba y sentía celos aunque no los
confesaba para no parecer vulnerable.
Admito que esto me ponía más y más
cachonda”. El terapeuta interviene para
explicarle que esa simulación encierra
un rasgo revelador, puesto que el
arcángel demuestra allí ser una persona
altamente estratégica. La paciente
asiente y asegura que con el correr del
tiempo se confirma esa impresión.
Desde su butaca preferencial, Irene
puede observar que el talento de su
amado se basa en su gran pericia para
manipular a los socios y clientes, a
quienes persuade con pequeños engaños
y sobre todo con el perseverante tejido
de una ficción: Gabriel fija una vez más
el territorio, pinta los decorados, asigna
los papeles, reparte el guión y logra que
el argumento siempre le otorgue un
protagónico incuestionable y superior
que lo habilita para tutelar
cariñosamente al resto. Tarda
muchísimo la mujer en ver lúcidamente
estos mecanismos inconscientes: el
deseo y el apego afectivo le nublan la
vista. Recién abre los ojos cuando
comienza a sufrir en carne propia los
efectos de la telaraña. En los inicios de
un gran amor impera la falsa idea de que
dos son uno, y entonces parece normal
pegotearse, fundirse completamente en
el otro y armar una sola masa informe.
Cuando la obsesión amorosa cede lugar
al amor puro y duro, la pareja recupera
una cierta cordura y retoma algo de su
respectiva individualidad. Al querer
ella rescatar una diminuta parte suya de
todo lo que ha cedido, el arcángel
pierde de pronto el control y le planta un
escándalo. Se muestra inflexible, en
ocasiones profundamente decepcionado,
suspicaz y agresivo. Estos cambios de
conducta le producen un verdadero
shock a Irene, que por nada del mundo
quiere perderlo. Recula y acepta los
términos de la paz, pero a su vez se
percata de que no hay forma de salir de
esa representación cómoda y placentera,
ni de ese rol de pobrecita rescatada, y
que ella padece una severa dependencia
emocional. Esta triple conciencia le
llega de repente, pero se amortigua bajo
la resignada idea de que el amor paga y
es agradecido, y que todo esto al fin de
cuentas no significa un precio tan
elevado.
Para Gabriel esa breve experiencia de
desacuerdos es una bisagra, que le deja
no pocas secuelas: malhumores
repentinos, victimizaciones dichas al
pasar, transmisión de presuntas
defraudaciones, bromas hirientes,
comentarios despreciativos, recelos y
sospechas. De un día para el otro,
aunque en verdad pasa casi todo un año,
al arcángel le molestan los compañeros
laborales de Irene, las cenas de los
miércoles con amigas, las decisiones
profesionales que sigue, los cursos de
superación en los que se anota. Una
noche Irene cae en la cuenta de que
Gabriel le revisa el celular y la netbook;
también que sus llamados a horas raras y
con pretextos pueriles tienen por objeto
pescar una eventual traición. La mujer
sube entonces otro escalón del
discernimiento, aunque lo hace con
taquicardia y pena: Gabriel es un ser
dominante y cerebral. Tal vez lo fue
siempre, pero recién ahora se le cae la
máscara. Por supuesto resulta muy

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difícil encararlo, dado que el arcángel
gana fácilmente cualquier discusión:
nadie que haya aceptado las reglas de su
obra puede vencerlo con pura dialéctica.
Ella se enfrenta además con alguien que
se ha ocupado sistemáticamente de
conocer sus defectos y debilidades más
recónditas. Gabriel se divierte
deshaciendo esos planteos sin
despeinarse, o clausurando el debate
con un vibrante acto erótico. Irene se
siente confundida y acosada por
remordimientos. De golpe, integrantes
de su familia directa la llaman o la
visitan para hacerla recapacitar. El
arcángel ha hecho campaña y como
todos lo admiran y adoran, resulta que
para sus parientes ella está cometiendo
el mismo error con el que arruinó su
anterior matrimonio; es injusta e
inmadura, y a su edad no debe jugar con
fuego: Gabriel es un ave única, no hay
que herirla ni molestarla porque puede
echarse a volar. “Ese jueguito me
indignó —añade Irene, y pide permiso
para fumar. Su terapeuta se lo otorga con
un movimiento de cabeza—. Es como si
hubiera por fin entendido que para él
esto no era una cuestión de amor, sino
de poder. Y fue tanta la bronca que
decidí darle una lección. ¿Cómo iba a
saber que estaba desatando una
guerra?”.
II
Solo una de sus cinco amigas íntimas se
aviene a creerle, aunque justo esa dama
solitaria es famosa por sus
resentimientos y exageraciones, y
también por una cierta desconfianza
hacia los hombres brillantes: muchos de
ellos le parecen manejadores o
directamente psicópatas; tiene un
escáner muy fino para detectarlos. Las
otras amigas de Irene se limitan a
relativizar los pecados de Gabriel,
cegadas como están por su personalidad.
A ellas les suenan delirantes las quejas
sombrías de la afortunada, aseguran que
se ha vuelto insoportablemente
quisquillosa, y conjeturan que el
subconsciente le está boicoteando una
felicidad servida. Aseveran incluso que
esos celos masculinos son deliciosos y
que aquel intento de sobreprotegerla es
conmovedor: tienen a su lado novios o
esposos indiferentes que no las registran
y a quienes hay que arrancarles un
elogio con tenazas. La resentida, en
cambio, apoya a Irene en sus presagios,
y la anima a desprenderse de las dulces
garras del arcángel. Juntas deciden
anotarse en un curso intensivo de francés
que culmina con un viaje de diez días a
París. Gabriel, al enterarse, pone el
grito en el cielo, impugna a su
compañera de travesía (“envidia nuestro
amor y tira mala onda”) y le parece
intolerable que se separen tanto tiempo.
Las dos mujeres estudian atentamente
sus reacciones; Irene solo pretende un
pequeño escarmiento que lo coloque en
su lugar y le cure la adicción a ser el
comediógrafo permanente de la pareja.
Acostumbrado a que se haga su
voluntad, Gabriel pasa de la indignación
a la tristeza, y practica el chantaje. Le
cuesta a su enamorada resistir esa súbita
victimización, está a punto de arriar las
banderas, pero tiene una socia de
carácter y el curso sigue adelante a
pesar de los desplantes del galán, que
comienza a agredirla verbalmente y a
socavar su autoestima. Por primera vez
la encuentra desarreglada y le critica la
ropa, y cuando aparece con un vestido
nuevo lo censura por insinuante y vulgar.
Le hace escenas a diario por
estupideces: ve amantes fantasmagóricos
donde solo hay personajes secundarios,
y cuando logra asustarla o llevarla al
llanto, llora él a su vez y pide perdón y
se echa culpas. Por lo general, esas
crisis desembocan en el sexo, que
limpia las manchas y acalla las voces.
La mujer es esclava de la tiranía de la
piel, que todo lo justifica y borra.
Al menos en tres oportunidades, el
arcángel llama media hora antes del
curso para alegar enfermedad o
emergencia, e Irene debe faltar para
socorrerlo en episodios confusos que
vistos en perspectiva parecen inventos,
trucos de dramaturgo. “Me sentía
prisionera, a veces era como una
especie de objeto o cosa —recuerda en
terapia, ante sus camaradas de grupo,
que la escuchan en silencio total—. Una
cosa que tenía dueño, y que debía pagar
tributo por los favores recibidos. Los
cambios de humor de Gabriel eran
enloquecedores, y yo me sentía cada vez
más insegura. Había momentos en los
que me decía a mí misma: basta, dejate
de joder y entregate, que es el hombre
ideal. Y otros en los que me
recriminaba: vos no llegaste hasta acá
para que te repriman, te sofoquen, te
sometan. ¿O sí? ¿El amor no es también
la suspensión gozosa de la libertad,
entregarle al otro hasta esa
prerrogativa?”.
Entonces el arcángel hace algo
inesperado: le anuncia que a su agencia
le ofrecieron un posible contrato con la
República Popular China, que volará a
Beijing para cerrar el trato y que luego
visitará los principales puntos de ese
país insondable. Estará ausente un mes
entero. Salen a cenar para celebrar la
noticia, e Irene le pregunta
inocentemente si puede acompañarlo en
ese periplo exótico. Gabriel le comunica
con frialdad que no es posible: las
plazas están cubiertas y los anfitriones
son muy estrictos. Comen sin pronunciar
palabra, cada uno metido en sus
pensamientos, hasta que el galán deja
los cubiertos sobre el plato, pone los

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codos sobre la mesa, entrelaza sus
manos y dice: “Vas a extrañarme mucho;
a lo mejor la ausencia se te hace
inaguantable. Pero fijate cuánto

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