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Te esperaré solo a ti Blue Heron 3 – Kristan Higgins

 Te esperaré solo a ti Blue Heron 3 – Kristan Higgins

Sinopsis De 

Libro Te esperaré solo a ti Blue Heron 3 – Kristan Higgins

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—¡Invita la casa!
Los parroquianos vitorearon, no solo porque Colleen O’Rourke, la camarera y copropietaria del mejor (y único) bar del pueblo, acabara de ofrecer bebidas gratis,
sino porque Brandy Morrison y Ted Standish acababan de comprometerse.
Colleen abrazó a la feliz pareja una vez más y después volvió a su lugar detrás de la barra, donde chocó los cinco con sus clientes habituales mientras tiraba cervezas
y preparaba martinis, o mientras servía vino y deslizaba copas por encima de la barra. Después de todo, lo de Brandy y Ted había sido cosa suya. Y con ellos ya
iban… mmm… ¿catorce parejas que habían pasado por la iglesia? No, ¡quince! No estaba mal. No estaba nada mal.
—Buen trabajo, Coll —dijo Gerard Chartier al aceptar su botellín de cerveza Cooper’s Cave IPA gratis. Estaba sentado al final de la barra, donde el cuerpo de
bomberos celebraba su «reunión», cuyo orden del día parecía ser la lista de cervezas artesanas de la taberna de O’Rourke. Colleen no podía quejarse. Era bueno para el
negocio.
—Tu penoso estado de soltería no ha pasado desapercibido —replicó ella al tiempo que le frotaba la calva—. No te preocupes. Eres el siguiente.
—Prefiero seguir soltero.
—No, no lo prefieres. Confía en la tita Colleen, que lo sabe todo y es muy lista.
—¡Colleen! —gritó su hermano Connor desde la cocina—. ¡Deja de molestar a los clientes!
—¡Lo mío forma parte del encanto del negocio! —gritó ella a su vez—. Chicos, ¿os estoy molestando?
Recibió un satisfactorio coro de negativas por respuesta. Colleen entró en la cocina.
—Hola, Rafe —saludó al segundo chef, que estaba preparando una de sus afamadas tartas de queso—. Guárdame un poco, ¿quieres?
—Claro, mi único amor —contestó el aludido sin mirarla. Era gay. Todos los buenos lo eran.
—Querido hermanito —le dijo Colleen a su gemelo—, ¿qué bicho te ha picado?
—Acabas de regalar trescientos pavos en bebidas, eso es lo que me ha picado —contestó él.
—Brandy y Ted se han comprometido. El anillo es precioso, por cierto.
—¿Cosa tuya, Collie? —preguntó Rafe.
—La verdad es que sí. Llevaban semanas echándose el ojo. Les di un sutil empujoncito y voilà. Espero ser dama de honor. Otra vez.
Rafe sonrió.
—¿Y cuándo vas a usar tus superpoderes en tu propio beneficio, guapa?
—Ah, nunca. Soy demasiado lista. Me gusta usar a los hombres por razones puramente físicas…
—¡Chitón! Nadie quiere enterarse de tu vida sexual —la interrumpió Connor.
—Yo sí —aseguró Rafe.
Ella sonrió. Atormentar a su hermano, aunque los dos tenían treinta y un años, seguía siendo uno de los grandes placeres de la vida.
—Menudo desperdicio. Todo eso, sin dueño. —Rafe abarcó con un gesto de la mano su pecho y su cara.
—Se llevó un chasco cuando era joven —le dijo Connor a Rafe.
—Por favor… Ese no es el motivo de que esté soltera. Además, tú también lo estás. Es cosa de nuestra infancia disfuncional, Rafe.
—Ni se te ocurra ir por ahí dijo él mientras añadía una capa de leche agria a la tarta—. Fui un chico gay en una comunidad de testigos de Jehová y crecí en East Texas
con cinco hermanos mayores que jugaban todos a fútbol americano. Era como un cruce entre Friday Night Lights con La jaula de grillos y Amos del pantano. Nadie
puede competir conmigo en lo de familias disfuncionales.
—Nos ganas de calle —repuso Colleen—. Con y yo solo contamos con un padre infiel y…
—¿Hoy no tenías la noche libre? —la interrumpió Connor.
—Ajá. Pero he venido porque he presentido, a través de nuestro vínculo mágico de gemelos, que me echabas de menos.
—Pues te has equivocado —masculló Connor—. Sal de mi cocina. Tu grupito acaba de entrar por la puerta.
—Menudo oído tiene —dijo Rafe.
—Lo sé. Da miedo. ¡Adiós, chicos! No te olvides de mi trocito de cielo, Rafe. Connor, ven a saludar. Por algún motivo, todos te adoran.
Regresó al bar y sí, allí estaban todas: Faith Holland, su mejor amiga del mundo mundial (y recién casada, y aunque Colleen no podía decir que había sido idea suya,
sí que había ayudado a que estuvieran juntos); Honor, la hermana mayor de Faith (martini seco con tres aceitunas), a quien Colleen había ayudado sin lugar a dudas con
el dulce Tom Barlow… su boda sería a principios de julio; y Prudence, la mayor de todas las hermanas Holland (gin-tonic, que ya era primavera), casada desde hacía
años.—
¿Qué vais a tomar, Holland? Honor, ¿quieres lo de siempre? Pru, ¿un gin-tonic? ¿Y qué me dices tú, Faithie? Te he estado reservando unas fresas… un chorrito de
vodka, un poco de menta, unas gotas de limón… ¿quieres probarlo?
—Agua para mí —contestó Faith.
—Ay, Dios, ¿estás embarazada? —replicó Colleen.
Faith y Levi se habían casado en enero y, a juzgar por las miradas que él le echaba, lo hacían como conejos. Y ya se sabía lo que se decía de los conejos.
—Yo no he dicho eso. —Pero se ruborizó, y Honor sonrió.
—En fin, ojalá que lo estés —dijo Pru—. No hay nada como la bendición de tener hijos, aunque el otro día me entraron ganas de estrangular a Abby. Me preguntó si
podía ponerse un piercing en la lengua. Le dije que claro, que buscaría un martillo y un clavo y que se lo haríamos en ese momento si era tan tonta, y la conversación
siguió en esa tónica.
—Hola, chatas —saludó Connor, que había salido de la cocina como le habían ordenado.
—Con, tráeles a Pru y a Honor lo de siempre, y un vaso de agua helada para Faith.
—Creía que querías que saludara, no que os sirviera —replicó él—. Faith, ¿estás embarazada?
—¡No! A lo mejor. Pero cállate —pidió Faith—. Solo tengo sed.
—Connor Cooper sería un nombre fantástico —sugirió él.
—Pues a mí me suena pretencioso —repuso Colleen—. Colleen Cooper o Colin si es un niño… eso sí que suena bien. Con, ¿nos traes las bebidas? ¿Y unos nachos?
Su hermano la miró con cara de pocos amigos, pero se marchó sin rechistar y Colleen se repantingó en el asiento.
—Adivinad qué os habéis perdido. ¡Brandy Morrison y Ted Standish acaban de comprometerse! Ha clavado una rodilla en el suelo y todo, y ella se ha puesto a
llorar. ¡Ha sido precioso, guapas! ¡Precioso!
Hannah, la prima de Colleen, les llevó la comida y las bebidas, y Prudence se lanzó a contarles su última aventura para alegrar la vidilla conyugal de su matrimonio.
Muy entretenido todo. Coll paseó la mirada por el bar mientras Pru hablaba, para asegurarse de que todo iba sobre ruedas.
De repente, pensó que pasar su noche libre en el bar tal vez no fuera lo más saludable del mundo. Cierto que las opciones en Manningsport, Nueva York, un pueblo
de poco más de siete mil habitantes, eran limitadas. Podía pasar la noche en casa, leyendo acurrucada con Rufus, su enorme chucho, un cruce de lebrel irlandés, que
estaría encantado de pasarse horas mirándola embelesado. El subidón para el ego era muy tentador.
O, pensó Colleen, también podría salir con alguien. Rafe llevaba razón.
El problema era que a todos los hombres que conocía les faltaba algo. No había sentido la chispa desde hacía muchísimo tiempo.
Como dueña del único establecimiento que servía alcohol durante todo el año, Colleen veía muchas relaciones subir como la espuma para morir aplastadas contra las
rocas. Cuando las cosas salían bien, se debía normalmente a que la mujer manipulaba al hombre con astucia para que se comportase como era debido. Así la llamaría
cuando había dicho que la iba a llamar. Se esforzaría con las citas. Y le preguntaría por su vida si ella no le soltaba todos los pormenores en los primeros diez minutos.

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Sin embargo, era mucho más habitual el final contra las rocas, momento en el que Colleen preparaba un cosmopolitan de consolación o rellenaba más de la cuenta una
copa de pinot grigio para una mujer que no tenía ni idea de qué había fallado. Ella podía decírselo, claro, y a veces lo hacía… «A lo mejor no deberías haber hablado de tu
ex durante dos horas» o «¿Crees que decirle que acabas de recibir el visto bueno para un tratamiento de fertilidad en la primera cita ha sido buena idea?».
Por suerte, la flamante prometida de esa noche le había pedido consejo a Colleen desde el principio. «¿Debería salir con él mañana otra vez? ¿Pasa algo si me acuesto
ya con él? ¿Y si le mando un mensaje de texto ahora mismo?»
Las respuestas: «No», «no» y «no».
—Colleen —dijo la futura novia—, solo quería agradecerte de nuevo todo lo que has hecho. —Se inclinó hacia ella y la abrazó—. ¿Dama de honor?
—¡Pues claro! —exclamó Colleen—. Pareja… mazel tov! ¡Me alegro muchísimo por los dos!
—Gracias, Coll —dijo Ted—. Eres la mejor.
—Mi décimo quinta pareja —les dijo a las hermanas Holland cuando la feliz pareja se marchó para montárselo como locos, o eso era de esperar.
—Tienes un don —sentenció Faith, mientras se llevaba un buen trozo de nachos a la boca.
—Y anoche mismo vino una pobre mujer, suplicándole al hombre con quien salía que no la dejara, y me la llevé a un aparte y le dije: «Cielo, si tienes que suplicar,
¿seguro que quieres a este perdedor?». Claro que ella siguió suplicando y llorando, fue una tortura, de verdad. —Apuró la bebida, uno de los cócteles con fresas que
Faith había rechazado—. A lo mejor debería dar clases. Pru, cuando Abby empiece a salir, me la mandas.
—Lo haré. Y te lo agradezco, porque bien sabe Dios que lleva un tiempo que no me hace ni caso.
—Disculpad —dijo una voz, y todas alzaron la vista.
—Hola, Paulie —la saludó Colleen—. ¿Cómo estás? ¡Siéntate!
Paulina Petrosinsky, a quien todos llamaban Paulie, acercó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas. Había sido compañera de clase de Faith y de Colleen; no

 Te esperaré solo a ti Blue Heron 3 – Kristan Higgins

una verdadera amiga en aquel entonces, pero sí mantuvieron con ella una relación agradable. Iba a la taberna de O’Rourke de vez en cuando, normalmente después de
pasarse por el gimnasio, donde su habilidad como levantadora de pesas era legendaria.
—Esto… os he oído hablar de algo de… esto… ¿dar clases? ¿A mujeres? —preguntó.

 

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