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Vías cruzadas – James Patterson

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Resumen y Sinopsis De 

Vías cruzadas – James Patterson

Con cuidado de no estropear el maquillaje, Coco pasó el Elie Saab por su lisa cabeza calva y sus femeninos hombros, rezando para que la caída del vestido
ocultara cualquier evidencia externa de su masculinidad.
Sus oraciones fueron escuchadas. Cuando Coco alisó la tela para que se aferrara a las caderas y a los muslos, incluso con la calva era, en apariencia, una mujer
impresionante.
Coco encontró unas medias negras transparentes que llegaban hasta los muslos y se las puso con mucho cuidado, sensualmente, antes de dirigirse a las estanterías de
zapatos que había al lado de los espejos. Dejó de contar cuando llegó a los doscientos pares.
¿Quién era Lisa? ¿La reencarnación de Imelda Marcos?
Se echó a reír y escogió un par de zapatos negros de tacón de aguja de Sergio Rossi. Le apretaban un poco en los dedos, pero, cuando se trataba de seguir la moda, una
chica tenía que sacrificarse.
Después de apretar las correas de estilo gladiador y conseguir mantenerse en equilibrio, Coco salió del vestidor y entró en la gigantesca suite. Ignorando la exquisita
decoración, fue directamente hacia el enorme joyero que había en el tocador.
Tras descartar varias piezas, encontró unos pendientes de perlas de Tahití y un collar a juego de Cartier que complementaban pero en ningún caso anulaban el
vestido. Como solía decir su madre: Concéntrate en lo importante, y luego adórnalo.
Se puso las perlas y cogió la bolsa de Fendi que había dejado antes junto al tocador. Apartó el papel de seda, ignorando la camiseta tipo polo doblada, los vaqueros y
los náuticos, y sacó una caja ovalada.
Coco quitó la tapa de la caja: dentro había una peluca. Tenía más de cincuenta años, pero estaba en perfecto estado. El pelo, abundante, era humano, y no estaba
teñido; era de un color rubio ceniza. Cada hebra de cabello conservaba su brillo y su textura natural.
Se sentó en el tocador, se inclinó sobre la bolsa y encontró un poco de cinta adhesiva de doble cara. Con unas tijeras que había en un cajón, cortó la cinta en cuatro
trozos de unos dos centímetros de longitud. Con los dientes, tiró de uno de los largos guantes negros.
Arrancó la tira de cada trozo de cinta y lanzó los papeles en la bolsa de Fendi. Luego fijó los trozos de cinta en su cráneo: uno en la coronilla, otro a unos seis
centímetros del centro y uno más encima de cada oreja.
Después de volver a ponerse el guante, Coco sacó la peluca de la caja, se miró en el espejo y se la colocó en la cabeza, sobre los trozos de cinta. Impecable. Suspiró
con satisfacción.
A los ojos de Coco, la peluca parecía tan impresionante como la primera vez que la había visto, décadas atrás. La había diseñado un maestro de París que había
dividido el pelo por la mitad, lo había cortado por detrás y luego había ajustado la longitud para que, a ambos lados, los rizos fueran más largos. El cabello enmarcaba el
rostro de Coco en una lágrima que terminaba justo debajo del perfil de la mandíbula y encima del collar de perlas.
Entusiasmado por el conjunto, Coco se retocó con el lápiz de labios y sonrió seductoramente a la mujer que lo contemplaba.
–Esta noche estás preciosa, querida −dijo, encantado–. Una obra de arte.
Guiñándole el ojo a su reflejo, Coco se levantó del tocador y se puso a cantar.
–«Me siento guapa, ¡oh, tan guapa! Me siento guapa y divertida y…»
Mientras cantaba, su experta mirada se posó de nuevo en el joyero, del que sacó varias prometedoras piezas con enormes esmeraldas. Las metió en la bolsa de Fendi
y volvió al vestidor. Despejó un estante lleno de camisas de hombre almidonadas, que dejaron al descubierto una caja fuerte con teclado digital.
Coco tecleó el código de memoria y abrió la caja fuerte; se sintió satisfecho al ver que había diez fajos de billetes de cincuenta dólares. Los metió todos en la bolsa de
Fendi, cerró la caja fuerte y puso la bolsa, con lo que había dentro, en la parte inferior de la funda para ropa, subió la cremallera y la cargó en el hombro.
Cuando salía del vestidor, Coco cogió un juego de llaves. Vio un bolso de mano de Badgley Mischka Alba negro y dorado, de forma geométrica, y lo sacó del estante.
¡Qué suerte!
Metió las llaves dentro.
Cuando entró en la suite, dudó, entró de nuevo en el cuarto de baño, cuyo tamaño era el de una casa pequeña, y gritó:
−¡Lisa, querida, me temo que ya es hora de que me vaya!
Coco inclinó la cabeza sobre su hombro izquierdo y miró atentamente y con tristeza a la mujer morena que había en la bañera. Los ojos sin vida de color turquesa de
Lisa estaban fuera de sus órbitas y sus labios inyectados de colágeno se habían ensanchado, como si su mandíbula se hubiera fundido cuando la radio Bose, que estaba
enchufada, entró en contacto con el agua de la bañera. Era increíble que actualmente, con tecnologías tan sofisticadas, disyuntores y todo eso, la electricidad y el agua de
una bañera aún pudieran producir una descarga tan fuerte que fuera capaz de parar un corazón.
−Debo reconocer, amiga mía, que tenías mucho mejor gusto del que creía −le dijo Coco al cadáver−. Pensándolo bien, después de haber hecho un breve inventario de
tu guardarropa, veo que tenías dinero y que lo gastabas razonablemente bien. Y, desde el fondo de mi corazón, debo decir que eres guapa incluso estando muerta.
¡Maravillosa, querida! Maravillosa.
Le lanzó un beso, se dio la vuelta y salió del baño.
Coco se movió con seguridad por la mansión y bajó por la escalera de caracol hasta el vestíbulo. Era tarde, casi había anochecido; la puesta de sol en Florida
proyectaba un brillo dorado a través de las ventanas, iluminando una pintura al óleo en la pared del fondo.
Coco pensó que el artista había plasmado a Lisa en todo su esplendor, representándola en el apogeo de su poderosa feminidad, su elegancia y su madurez. Nadie
podría cambiar eso. Jamás. A partir de aquel día, Lisa sería la mujer del cuadro y no el cuerpo sin vida que estaba arriba.

Pages : 154

Autor De La  novela : James Patterson

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Vías cruzadas – James Patterson

Salió por la puerta principal a la rotonda que había frente a la casa. Era finales de junio y tierra adentro el calor

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