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Viento mortal – Cay Rademacher

Viento mortal – Cay Rademacher

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Resumen y Sinopsis De 

Viento mortal – Cay Rademacher

Blanc introdujo la dirección de la gendarmería de Gadet en su móvil. La aplicación le mostró una carretera, un par de curvas, una rotonda, poco más de dos kilómetros y medio. Giró la llave en el contacto y,
contra todo pronóstico, el Espace arrancó después de tan solo tres intentos. P uso el CD de Fredericks Goldman Jones que Geneviève le había regalado después de su primera semana juntos y avanzó hacia el gran
portón medio caído que constituía la entrada a su propiedad. Al menos ya no tendría que soportar los atascos de P arís por las mañanas, pensó, y veinte metros más allá pisó el freno porque algo obstaculizaba la
estrecha carretera comarcal. Frente a él, tres caballos de un blanco grisáceo miraban su coche con desinterés, casi como si no estuviera allí.
El capitán tocó el claxon. Uno de los animales relinchó y él dio otro bocinazo. Los caballos volvieron las grupas hacia el vehículo y Blanc se preguntó si no sería mejor rodearlos con el coche, pero su Renault
estaba tan destartalado que tenía todas las de perder. Alcanzó el Nokia del soporte del salpicadero e hizo zoom en el mapa. La única opción para llegar a Gadet era esa route départementale. Bajó la ventanilla.
–¡Os convertiré en salchichas! –gritó.
–P ara hacer salchichas se usa burro, no caballo de la Camarga.
Blanc se volvió en su asiento. Junto a la puerta del copiloto había un caballo que le pareció medio metro más alto que los otros y en el que montaba con soltura una amazona. Debía de haber llegado campo a
través. El capitán le echó unos cuarenta años. Se había recogido la abundante melena negra en una trenza prieta, y su piel estaba tan bronceada por las incontables horas pasadas al sol que jamás perdería ese tono.
Llevaba mocasines, vaqueros y una vieja camiseta blanca con un corazón rojo y una inscripción que decía « Don du Sang» .
–Pardon. A veces mis hijas se olvidan de cerrar la verja.
Señaló hacia un prado que quedaba medio oculto tras una hilera de cipreses altos al otro lado de la carretera. Junto a él se alzaba una casa construida con piedra rojiza ante la que florecían adelfas amarillas. Las
buganvillas lanzaban sus cascadas rojas desde el balcón de forja de la primera planta.
–Entonces somos vecinos. –Blanc se presentó y bajó del coche dejando el motor en marcha por miedo a que el Espace decidiera no volver a arrancar en mitad de la carretera.
La mujer saltó del caballo con la ágil ligereza de una gimnasta.
–P aulette Aybalen.
El capitán le dio un apretón de manos y señaló hacia las ruinas de su propiedad.
–Voy a ocuparme de ese montón de piedras.
–P or fin vuelve a vivir alguien ahí. ¿ Será su residencia de vacaciones?
Ha visto el 75 de la matrícula, pensó Blanc, el número de P arís, la placa de los idiotas. P ensará lo peor. Más me vale decirle ya toda la verdad.
–No, me han trasladado aquí –explicó–. A la gendarmería.
La mujer vaciló un instante, apenas un segundo de recelo que el capitán detectaba en casi todo el mundo cuando se enteraban de cuál era su profesión.
–¡P ues aquí seguro que no se aburrirá! –repuso entonces.
–Repartiré mis energías entre el trabajo y la reforma de la casa, aunque ya me han hecho llegar alguna advertencia en cuanto a una posible ampliación.
La sonrisa de P aulette se esfumó.
–Serge –dijo, y asintió con la cabeza–. Serge Douchy.
–P arece que le gusta hablar claro.
–Serge se pasea por toda la zona dando voces como si fuera un clochard borracho. Sus perros pastores se tiran la mitad de la noche ladrando, sus rebaños de cabras apestan que da gusto, esa casa cochambrosa
no tiene los permisos en regla, saca agua ilegalmente del Touloubre con una bomba diésel asmática y dispara con su escopeta de perdigones a cualquier bicho viviente que tenga pelaje o plumas. P ero, por lo
demás, es un buen tipo.
–Más o menos esa impresión me había formado yo.
–P ues veo que es usted todo un profesional. –P aulette volvió a reír–. Me llevo los caballos al prado antes de que acaben en la carnicería.

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Viento mortal – Cay Rademacher

Blanc la observó, respiró hondo y percibió un olor penetrante.
–¿ A qué huele aquí? –preguntó.
–« Allí fue donde vi por primera vez las matas de un verde sombrío que emergían del baúco y que semejaban olivos en miniatura

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