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Y entonces, tú- Nieves García Bautista

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Resumen y Sinopsis De 

Y entonces, tú- Nieves García Bautista

1
Hacía días que sabía que ocurriría, meses, así que no se extrañó. Aquel sería el día. Lo supo nada más despertarse por la mañana. Pasó la jornada en la sede central del
banco en el que trabajaba, entre números y valores, con una especie de vacío por dentro que no lograba llenar con nada. No la calmaron ni los cafés, ni las charlas
superficiales con las compañeras, ni la frugal ensalada de brotes verdes que apenas probó.
Podría haber sido cualquier otro día, pero fue aquel. Quizá terminó de decidirse por el azar de cruzarse con varias parejas contagiadas del tempranero espíritu
primaveral o fue la caída danzarina de las livianas flores blancas de esos árboles que parecían almendros, pero no lo eran, y que enfilaban el paseo hasta su casa. Pudo
haber sido la algarabía de los niños jugando en el parque o la contemplación de aquella mujer que con expresión arrobada se acariciaba el vientre abombado.
Cualquier acontecimiento podría haber llenado el vaso, pero no importaba cuál, porque podría haber sido cualquiera. Ese vaso estaba a punto de rebosar desde
hacía mucho. Se entretuvo caminando, dejando pasar el tiempo entre escaparates. Se paró frente a una pastelería que conocía bien y que siempre trataba de evitar, pero
hoy era diferente. Compró media docena de esos bocaditos de nata que la volvían loca. Fue por auténtica necesidad. Unos metros más adelante estaba el supermercado
donde vendían su ginebra favorita. Mucha, mucha necesidad.
Cuando Estela giró la llave y entró en casa, la encontró como siempre, y entonces se convenció. De ese día no pasaba. Aquel sería el día en que rompería con
David.
Él oyó el ruido de las llaves y los altos tacones pisando la madera del suelo, y se desperezó. La luz de las farolas iluminaba el salón donde David dormitaba desde
hacía horas. Bostezó y se frotó la cara. Vaya, debería afeitarse. Quizá mañana.
Los destellos que manaban de la pantalla plana del televisor se le clavaban en los ojos como alfileres. Cogió la lata de cerveza de la mesita de centro y se la llevó a
la boca. Quedaban dos o tres gotas.
Estiró el cuello para echarle un vistazo al terrario donde convivía su pareja de insectos palo. Uno estaba pegado a la pared de plástico, con las antenas extendidas
hacia arriba. El otro, en la esquina opuesta, se cernía sobre una hoja de rosa mordisqueada.
Por el pasillo le llegó el sonido de la ducha de hidromasaje. David dejó la lata en el mismo sitio, al lado de la bolsa de papel grasienta y los restos de la hamburguesa
que se había comido a las tres, al regresar del trabajo, y volvió a recostarse en el sofá.
¿Tortilla o atún? Estela dudaba delante de las dos rebanadas de sándwich, pero la respuesta se hacía de rogar. ¿Queso o mahonesa? La nevera era un páramo
abandonado habitado por un plátano negruzco, una tartera con algún guiso de su suegra que no recordaba ni se atrevía a destapar, un par de huevos, una loncha de queso
de bordes duros y resecos, y las latas de cerveza de David. Lo tiró todo a la basura, excepto las latas. Ahora no iba a enfadarse; dentro de poco podría hacer una buena
limpieza sin riesgo de que nadie le malograra los resultados poco después. Untó el pan de molde con un chorrito de aceite, desmenuzó el atún en conserva por encima y
listo.
Sin embargo, cuando Estela colocó la cena en el plato, desconchado en el borde, se dijo que ya estaba bien de tanta vulgaridad. Tiró el sándwich plato incluido
y deshizo el paquete de los bocaditos de nata que se había reservado para el postre. Para completar aquella cena majestuosa solo faltaba prepararse uno de sus
maravillosos gin-tonics.
Cuando ella pasó por delante, David la rozó con el pie, sin querer, y de un respingo se retiró varios centímetros para dejarle espacio en el sofá. ¿O ella le había
rozado a él a propósito, para que se moviera?
Por el rabillo del ojo, vio que Estela dejaba unos bocaditos de nata en una fuente de la vajilla que les regalaron al casarse y que ella guardaba para lo que llamaba
ocasiones especiales y que nunca habían celebrado. En cualquier caso, algo especial debía de haberle ocurrido porque solo se permitía esos pasteles muy de vez en
cuando. Los bocaditos, con su pasta dorada atrapando la nata arremolinada hacia arriba, ofrecían un extraño cuadro al lado de los grasientos restos de hamburguesa.
Ahora lo recojo dijo antes de que ella se lo recordara.
Hum.
Tenía los labios pegados a una copa de cóctel con un líquido azulado. Era su gin-tonic favorito. Quizá hoy estuviera de buen humor.
«¿Qué le vas a regalar?», sugería una insinuante voz masculina desde el televisor. Imágenes de flores, perfumes, ropa interior, libros y chocolates caían como una
suave lluvia sobre una mujer colmada de deseos y felicidad. «Este sábado es el Día de los Enamorados», recordaba la insinuante voz, «y en El Corte Inglés encontrarás el
regalo perfecto».
David se revolvió en el sofá y se rascó la mejilla. Estela seguía pegada a su copa azul.
Oye, dentro de poco es el cumpleaños de Desi.
Anda, ¿ya ha pasado otro año? dijo al fin Estela, que había logrado separarse de la copa azul.
Como cumple cuarenta, estamos pensando en hacerle una fiesta sorpresa.
Estela se pasó la lengua con lentitud por los labios. Parecía que se estuviera relamiendo.
¿Y crees… carraspeó creéis que no se lo espera después de las tres fiestas sorpresa que tu madre le ha organizado a tus hermanas por sus respectivos
cuarenta años? Dime una cosa, cielo: ¿a que si te esfuerzas un pelín adivinas qué hará tu madre cuando tú cumplas cuarenta primaveras?
A Estela nunca le había gustado su familia, David lo sabía, pero a eso ya se había acostumbrado. Lo que le chocó esta vez fue ese «cielo» que ella había dejado caer
sobre ellos y que no tenía nada de promisorio ni de celestial.
David prefirió volver la atención hacia el televisor. A fin de cuentas, el anuncio del Día de los Enamorados ya había pasado.
Si no quieres, no vengas masculló.

Pages :112

Autor : Nieves García Bautista

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Y entonces, tú- Nieves García Bautista

Lo mismo se piensa que me hace un favor, rumiaba Estela. Contempló el fondo azul de su gin-tonic y lo hizo bailar en la copa. Un sorbo más y

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